Por Lautaro Toth

Instado por una retórica radicalizada para los últimos 33 años de peronismo, el fenómeno kirchnerista se ha instalado como un evento rupturista en la historia argentina, siendo capaz de provocar una polarización en la sociedad civil y generar un sentido puntual de la sensibilidad política en, por lo menos, la etapa 2008-actualidad.

Una ruptura histórica está signada por ciertos rasgos de irreversibilidad tanto en el aspecto material como cultural. Lo cierto es que la estructura económica argentina no ha dejado su matriz de país dependiente agro-exportador en lo esencial. Su PBI está compuesto mayormente por la venta de servicios y, en cuanto a la entrada de divisas, la venta de maíz, trigo, girasol y soja definen los ingresos. La impronta industrialista peronista no ha superado mucho más que el discurso en este lapso, ya que la extranjerización de la economía se ha expandido en un período de alza de los precios de las commodities, siendo esta circunstancia internacional favorable el verdadero motivo del crecimiento sostenido de la Argentina hasta el 2011/12, y no el desarrollo de una clase que se proponga pasar de ser meramente clase dominante a clase dirigente. No existe interés en la burguesía en constituirse en una clase para sí, que se proponga un proyecto de industrialización y desarrollo autónomo.

El círculo vicioso, y no virtuoso, heterodoxo tantas veces alardeado por el ex Ministro de Economía Axel Kicillof es insostenible económica como culturalmente. El fuerte hincapié al desarrollo del mercado interno y el fomento al consumo sólo es posible bajo una coyuntura favorable como lo era cuando la demanda asiática estaba en alza y los precios de las materias primas, soja y petróleo principalmente, rondaban precios históricos altísimos. Por su parte, el reflejo cultural de estas políticas no es la construcción de poder en torno a un sujeto social transformador, los trabajadores, sino el desclasamiento de los mismos llevándolos a un terreno donde ya no se sienten incluidos en el proceso que les generara mejores cimientos materiales para el desarrollo humano. La construcción cultural del pretendido proceso transformador resulta empero el fomento al consumo y máxime el ahorro en moneda local: no hay un proceso democratizador de las bases que sustentaran el proceso ni construcción de poder en torno a un polo socio-político que dispute la hegemonía de las clases dominantes.

Luego de la derrota electoral del Frente para la Victoria en las recientes elecciones nacionales se ha instalado en la retórica kirchnerista como alegato de batalla “somos el 49% vs. el 51%”. Independientemente de la volatilidad de alrededor de un 20% de voto indeciso y que la sociedad no es una cuenta de resto cero, así planteado se colijarían dos polos contendientes aparentemente antagónicos, o al menos, con contradicciones estructurales capaces de enfrentarse para volver al poder del estado unos; y para defender lo actual otros. Es decir, una polarización social y política en el seno de la sociedad civil. ¿Polarización entre Bein y Frigerio? ¿Entre Blejer y Prat Gay? ¿Entre Scioli y Macri? Siendo vastas las coincidencias en el ajuste y las políticas en torno a las fuerzas represivas del estado suena extraño plantear una polarización. Pero… “El candidato es el proyecto”, dirían algunos. Consigna que tal vez encubra, sin querer queriendo, que no hay tal polarización. Si el candidato es el proyecto significa que no hay candidato para el proyecto, ni hay proyecto común con el candidato. Se trata de una pugna interburguesa con diferentes bases de sustento, pero con coincidencias sustanciales en torno a la estructura económica y a la política monetaria a corto plazo. Los mecanismos de dominación y subordinación social y cultural, la ideología, operan de la misma forma en ambos sectores.

En el aspecto que tal vez haya más consenso en torno a los contendientes por la banda presidencial y el devenir del sentido de la política es el relato. Hasta el asesor de marketing más mediocre le hubiera sugerido a un candidato presidencial que, aún con cualquier programa política, la retórica debería se opuesta a la generada desde el sillón de Rivadavia en los últimos años. (La “oposición responsable” planteada por las variantes del PJ en el Congreso en estos días es signo de ello). El sentido común burgués reaccionario, fomentado y profundizado por los medios hegemónicos de comunicación, coincide en la vuelta a la normalidad política, ficción instalada, a una forma no populista.

El mayor triunfo del kirchnerismo sea tal vez la producción de sentido político. Y es así que el kirchnerismo le dio a todos los debates políticos otra sensibilidad, reafirmada por sus contrincantes, de absolutamente cualquier sector político, al jugar en esa sensibilidad y no en otra. La confirmación de esta tesis podría encontrarse en que a poco más de cien días de gobierno de Mauricio Macri la sensibilidad política es la misma que cuando Cristina Fernández, pero con roles invertidos. La construcción de discurso y el repertorio cultural en el fenómeno kirchnerista son quizás el campo del que más difícil sea salir. La epopeya retórica de Cristina; la apropiación cultural de las fechas patrias; la estatización de la lucha por los derechos humanos así como vastas esferas de lo público; la trasformación de lo sensible y toda su épica: han generado y expandido las expresiones progresistas y populares bajo nuevas formas de canalización y movilización de las inclinaciones, así como su inverso, el furor reaccionario que atraviesa transversalmente todos los sectores sociales.

CONSENSO BURGUÉS

El sentido común de la clase dominante instala que el pasado siempre ha sido mejor y que, en clave nuestra, se expresa en la eternidad del presente donde no hay mayor verdad que la realidad. En Argentina, como en buena parte del mundo, la dominación burguesa, el sostenimiento del estado y sus estructuras jerárquicas, y la reproducción del sistema se sustentan con el juego bipartidista que garantiza la ficción democrática y la tasa de ganancia capitalista.

El bipartidismo burgués, que también cuenta con patas zurdas del sistema que hacen más permeables la legitimidad del sistema y el juego pluripartidista, se traduce en el Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical (el PRO y su modelo de “nuevo partido”, afincado en fundaciones, ONG´s y meetings a lo Tea Party, no se podría haber instalado en la exterioridad de la Gral. Paz sin la estructura partidaria, estatal y clientelar del radicalismo) en nuestro país. Unos con impronta industrialista vertical, la sociedad moderna con los de arriba y los de abajo: y otros más afianzados con los sectores medios y burgueses no hegemónicos agropecuarios junto con los sectores medios urbanos. Desde ya, la identificación con la clase dirigente no existe sino que subyace detrás, prerrequisito para integrar el juego bipartidista.

El peronismo, en su faceta kirchnerista, ha sido un engranaje más de la reproducción del sistema, pero con la capacidad de ampliar la base de sustento al sujeto popular saneando los cimientos destrozados del entramado social que habían dejado sus predecesores. La modernización del peronismo fue una condición sine qua non para recomponerse luego de la destrucción de las bases productivas de la nación que había generado. En tanto necesidad de ampliar su bagaje cultural ante el descrédito del peronismo más estrecho, el kirchnerismo estatizó la lucha por los derechos humanos y contra el menemismo, licuó buena parte del movimiento piquetero y construyó la memoria de los derrotados que luchaban por el socialismo en los 60´ y 70´ en tanto “lucha por la democracia”. Ese pasó a ser el desvelo de los luchadores por el mundo nuevo, cerrando filas a la más estrecha hermenéutica de la memoria colectiva.

Si se viera de verdad amenazado el orden social, si corrieran un grave riesgo los grandes principios sobre los que ese orden descansa. Entonces muchos de los más decididos oposicionistas, de los republicanos más entusiastas, estamos convencidos de que serían los primeros en incorporarse a las filas del partido conservador.” Cavour del Piamonte, en medio de las revoluciones plebeyas de Europa en 1848.

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Lautaro Toth, Número 0, Política