De ideas comunistas para el siglo XXI, un siglo que se abrió con la recuperación plena y casi absoluta del dominio imperial sobre la mayor parte del mundo pero que, en poco más de quince años, presenta la vieja antinomia de Rosa Luxemburgo; Socialismo o Barbarie, como algo tan evidente que hasta una larga lista de “analistas” moderados, la visualizan como la más posible de las hipótesis de futuro.

Centenario se presenta como una revista comunista de ideas en un país donde el comunismo es acaso la cultura política más nacional y tradicional de todas las tradiciones culturales políticas. También el país donde la cultura comunista ha sido la más estigmatizada, perseguida y reprimida. Desde la sanción de la Ley 4144 de 1902 hasta la política de exterminio de militantes de la última dictadura; desde la Ley 17401 de represión a las actividades comunistas sancionada por la dictadura de Onganía hasta la actual campaña de estigmatización de la militancia a la que se le vuelve a gritar en los programas de televisión el clásico “andate a vivir a Cuba” lo que es lo mismo que decir que el comunismo, la militancia de izquierda, es algo exótico, “infiltrado”.

La comunista es acaso la cultura política más antigua de la Argentina.  De hecho, desde 1850 en adelante existen periódicos y esfuerzos organizativos por parte de representantes de la población negra (El proletario, 1857) y de grupos de inmigrantes europeos con antigua tradición de lucha (Sección Francesa de la Primera Internacional en Buenos Aires,1872). 

Pero el antecedente directo más antiguo de la tradición política socialista y comunista se remonta a la Comisión Organizadora de los actos del Primero de Mayo de 1890 (en simultaneo con la celebración mundial por vez primera), que constituyó el primer intento por fundir la cultura revolucionaria con el movimiento obrero realmente existente. Y eso es precisamente el comunismo como movimiento social.

De aquella Comisión Organizadora -conservamos sus nombres: José  Winiger, Nohle Schultz, August Khun y Marcelo Jacqueller-, surgió luego el intento de organizar una central obrera en la Argentina, que tuvo en el periódico El obrero de Germán Ave Lallemant su órgano de clara definición marxista.  Al fracasar la formación de la Federación Obrera Argentina, en 1892 se tomó la decisión de constituir la Agrupación Socialista.  En 1894 se funda el periódico socialista La Vanguardia, y en 1896 ya se constituye formalmente el Partido Socialista en cuya fundación participaron algunos de los más renombrados intelectuales de la época: José Ingenieros, Roberto Payró y Leopoldo Lugones entre otros. Desde su segundo Congreso, el Dr. Juan B. Justo se convirtió en el principal referente, llevando al Partido Socialista todas las contradicciones, virtudes y límites que hoy se pueden analizar de quien fue traductor del primer tomo de El Capital de Carlos Marx, un intelectual de nota que utilizaba indistintamente nociones del positivismo y el liberalismo, junto con ideas socialistas, con el desastroso resultado que es de imaginar.

Aunque pocos lo admiten, esa contradicción iría a acompañar como la sombra al cuerpo los más de cien años de cultura comunista en la Argentina que ha cobijado y educado a miles de militantes revolucionarios que organizaron sindicatos, clubes, cooperativas, organizaciones estudiantiles, agrarias y de derechos humanos con una perspectiva de acumular fuerzas para la revolución en la lucha cotidiana. Pero también, y es tan innegable que en el propio gobierno ultraderechista de Macri hay una colección de ex comunistas cuyo nombre ni siquiera merece mencionarse en este articulo, una pléyade de conciliadores reformistas de bajo vuelo y hasta traidores sin escrúpulos.

En Juan B. Justo y sus iguales, la tendencia al reformismo se inscribía en un corrimiento generalizado a la derecha en el movimiento socialista mundial de la época (del que los bolcheviques rusos de Lenin y los seguidores de Rosa Luxemburgo en Alemania eran la excepción). 

Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, los debates se agudizan y las posiciones se separan: la mayoría de la dirección y la totalidad de los legisladores se deslizan  hacia un intervencionismo pro Entente (Gran Bretaña, Francia, Rusia, EE.UU., etc.) como un modo de sacar provecho electoral de la neutralidad asumida por Irigoyen.  En abril de 1917 el Partido Socialista realiza un Congreso Extraordinario e imprevistamente el grupo de izquierda consigue aprobar un mandato prohibiendo a los legisladores socialistas convalidar medidas belicistas. En setiembre, con la excusa del ataque por los alemanes de un barco argentino, los diputados aprueban leyes de tal carácter desatando una crisis de proporciones en el Partido Socialista.  Al advertir la gravedad de la situación, los diputados apelan a una maniobra oportunista: amenazan renunciar a las bancas si no se les renueva la confianza cambiando el eje de la discusión del hecho de que ellos han violado las resoluciones congresales y llevado al Partido a una posición seguidista del imperialismo inglés. Chantajeados por la perspectiva de perder la representación parlamentaria, la mayoría de los militantes del partido se pronuncia por la dirección, y ésta  expulsa a los internacionalistas los que, estimulados por el triunfo de la Revolución Socialista en Rusia en noviembre de 1917, deciden abandonar el Partido Socialista, realizar su propio Congreso y fundar un nuevo partido: el Partido Socialista Internacionalista, más tarde Partido Comunista.  Era el 6 de enero de 1918.

El primer Comité Ejecutivo del nuevo partido estuvo encabezado por Luis Emilio Recabarren (que fuera años después fundador del partido chileno), Guido A. Cartey, Juan Ferlini, Arturo Blanco, Aldo Cantoni (más tarde, uno de los fundadores del bloquismo sanjuanino), Pedro E. Zibechi, Carlos Pascali, José Alonso, Emilio González Mellén y  Alberto Palcos (luego miembro de la  Academia Nacional de Historia). Difunden un Manifiesto que explica lo sucedido al pueblo: El Partido Socialista, ha expulsado de su seno, deliberada y conscientemente al socialismo. No pertenecemos más al Partido Socialista. Pero el Partido Socialista no pertenece más al socialismo. Denunciar esta verdad a los trabajadores y fundar el verdadero Partido Socialista Internacional son deberes morales imperativos a los cuales no podremos sustraernos sin traicionar cobardemente al proletariado y a nuestra conciencia socialista. Lucharemos en defensa de los intereses de los trabajadores. Pero cuando breguemos por el programa mínimo será a condición de abonarlo, de empaparlo, por decirlo así, en la levadura revolucionaria del programa máximo, consistente en la propiedad colectiva, por cuya implantación, a la mayor brevedad, lucharemos sin descanso y sin temores.

Entre el proyecto revolucionario y la institución, eligieron el proyecto revolucionario y eso le dio la legitimidad histórica que reivindicamos. Han pasado desde entonces casi cien años y el análisis detallado de ese recorrido será uno de los objetivos de Centenario desde la perspectiva gramsciana que tanto molesta a los burócratas de turno: He aquí por qué del modo de escribir la historia de un partido deriva el concepto que se tiene de lo que un partido es y debe ser.  El sectario se exaltará frente a los pequeños actos internos que tendrán para él un significado esotérico y lo llenarán de místico entusiasmo.  El historiador, aún dando a cada cosa la importancia que tiene en el cuadro general, pondrá el acento sobre todo en la eficacia real del partido, en su fuerza determinante, positiva y negativa, en haber contribuido a crear un acontecimiento y también en haber impedido que otros se produjesen“ o dicho de un modo muy concreto, un partido es lo que es en la lucha de clases. Ni más ni menos.

La inesperada, para muchos, coincidencia temporal entre la celebración del Bicentenario de la Declaración de la Independencia del 9 de julio de 1816 y el establecimiento de un gobierno como el de Macri, expresión cabal del proyecto imperialista para la región en las nuevas condiciones de crisis civilizatoria capitalista y lucha desesperada de los EE.UU. por conservar su rol hegemónico mundial, nos pone frente a una crisis de alternativa que tiene múltiples lecturas pero una de ellas nos remite a la frustración de los esfuerzos centenarios de la cultura comunista, en sus más diversas formas de existencia, que no pensamos desde una sola institución sino desde un espacio cultural que ha admitido y admite diversas formas de existencia. Una cultura que no pudo resolver, hasta ahora, ni por sí ni acompañando otras culturas, la crisis de alternativa revolucionaria que arrastramos desde la derrota de Moreno, Monteagudo, San Martín, Artigas y Belgrano.

Digamos de entrada que es necesario superar las visiones más simplistas y primitivas sobre el poder. Aquellas que lo cosificaban y por eso hablaban de “asaltar el poder” o “tomarlo” en un acto único y casi mágico. También es necesario descartar el arsenal que proveyeron aquellos que llamaban a dar la espalda al Poder, ignorarlo de modo tal que por el camino del “no poder” se termine superando la situación de dominación. Ideas que no solo venían de Tony Negri sino que aquí fueron impulsadas por una larga lista de dirigentes sociales e intelectuales que alimentaron el “horizontalismo” y la negación de toda forma de partido político en un anticipo paradójico de lo que consumó el Pro y su revolución de la alegría despolitizada.

El poder es una de esas categorías relacionales, es decir que solo se puede pensar el Poder de un grupo social en relación a otro grupo social en relación de subordinación hacia el primero. Lo que queremos decir es que a veces cuando se discute la crisis de alternativa del campo popular se deja de lado el análisis del modo de construcción del Poder por parte de las clases dominantes. De sus labores represivas y destructivas de organización revolucionaria pero también de sus labores de captación de hombres, corrientes y hasta partidos políticos enteros.

Dicho de un modo pedagógico, hay una determinada cantidad de Poder en una sociedad y si un bloque construye mucho es en detrimento del otro bloque. Y el poder del bloque dominante no nació en las escaramuzas de la 125 sino que tiene una larga historia.

Muchas cosas han cambiado en el territorio que hoy es la Argentina desde que los españoles lo usurparon, pero el bloque de poder que se constituyó entre los herederos de las tierras usurpadas, los comerciantes porteños y el Imperio Británico, sobrevivió y esterilizó la Revolución de Mayo y la Campaña Libertadora de San Martín, las luchas entre federales y unitarios y todas las transiciones que hubo desde Roca a Cristina Fernández. Es el poder de un bloque social inmensamente rico que basa su fortaleza en aquello que Carlos Marx llamaba la renta diferencial agraria, ese plus valor que le genera a la burguesía el usufructo de las tierras como campo de cultivo, de cría de ganado y de extracción de hidrocarburos y minerales. Es el poder de un bloque social que aprendió política con los Ingleses Colonialistas y hoy está íntimamente articulado con el Imperio Yankee, el único poder global del siglo XXI; un Poder basado en su fuerza militar y cultural que sobrevive a sus propias crisis de valorización del capital y de situaciones críticas en las materias primas y la energía.

Entre las tantas tonterías que ha dicho la izquierda argentina resalta aquella que habla de un país pobre de desarrollo capitalista insuficiente. Todo lo contrario. Es el poder burgués en un país inmensamente rico y con yacimientos estratégicos que hoy desatan la lujuria imperial que sueña con reeditar entre nosotros los efectos del Plan Colombia, propagandizado como arma contrainsurgente pero que tuvo funciones organizativas de la mega minería y de la producción de sustancias plausibles de comercializar como drogas de consumo humano adictivo.

No disimulamos nuestras propias falencias, pero partimos de reconocer las capacidades del enemigo. Sus fortalezas materiales y subjetivas. Su enorme hegemonía cultural, que no la conquistó de otro modo que con la picana y la capucha, pero que se reproduce por medio de un enorme aparato de modelación de las subjetividades al que el kirchnerismo apenas rozó y que en mucho terminó reproduciendo. Y en este terreno, lo que no se derrota y desarticula, se fortalece hasta cobrarse revancha por las ofensas recibidas.

En noviembre de 1986, en el XVI Congreso del Partido Comunista, se afirmó que el Partido Comunista, aquel fundado en 1918, había sufrido una desviación oportunista de derecha; y es más, se avanzó luego en la relectura de la historia política argentina y del actuar comunista para afirmar que el heroísmo militante había sido interferido y hasta esterilizado por una cultura política denominada de “frente democrático nacional” que confiaba en la existencia de una burguesía nacional como aliada de la clase obrera y en una visión etapista por lo que antes de la lucha abierta por la revolución había que conquistar la democracia efectiva y diversas reformas. Por esos caminos, se dijo, el Partido Comunista había perdido su norte estratégico que no es otro que la conquista del poder político mediante una revolución que ponga en marcha un largo proceso de cambios para asegurar la liberación nacional y avance hacia el socialismo y el comunismo.

Dado que por décadas, el Partido Comunista ocupó un lugar central no solo entre las fuerzas de izquierda sino en toda la cultura de rebeldía, la “cultura del frente democrático nacional” no solo jugó un papel sustancial en la frustración del objetivo prioritario de constituir una fuerza revolucionaria que pueda hegemonizar la construcción de una fuerza alternativa verdadera (frustración de la posibilidad de principios del siglo que precipitó y posibilitó la aparición del Irigoyenismo; la frustración de la posibilidad que generó la heroica resistencia a la década infame de los 30 del siglo pasado, en las condiciones del triunfo contra el eje de Alemania, Japón e Italia, que permitió el surgimiento del peronismo; la frustración del ciclo abierto por el Cordobazo en 1969 y aplastado a sangre y fuego por el Terrorismo de Estado genocida o en la última oportunidad perdida del ciclo abierto en el 2001. Lo dramático y paradójico que muchas de las fuerzas que se proclamaron superadoras de las limitaciones reformistas del Partido Comunista terminaron repitiendo y aún ampliando la cultura del frente democrático nacional en lo que tiene de posibilismo y etapismo.

Es que el posibilismo más vulgar ha dominado desde 1983 en adelante el pensamiento político de las fuerzas de centro izquierda y de izquierda moderada. Para fines de los ochenta del siglo pasado, la derrota de los procesos de transición al socialismo modificaron la vieja Tercera Vía socialdemócrata que dejó de buscar un lugar intermedio entre el socialismo y el capitalismo para comenzar a imaginar un supuesto lugar intermedio entre el capitalismo neoliberal, “salvaje” y “financiarizado” y otro capitalismo nacional, “humano” y “productivo”, intentos vanos de ponerle apodos a un sistema que con su nombre y apellido define sin error posible a un modo de producción y dominación que funcionan de un modo inescindible y poco reformable, el capitalismo.

Agotada la legitimidad del Kirchnerismo, ante las clases dominantes, como modo de superar la crisis capitalista del 2001 y herramienta de depuración del capitalismo de sus modos neoliberales ya gastados (y eso se visualizó sin dificultad en la crisis por las retenciones a la especulación sojera ante el intento de la resolución 125 del 2008), todos los intentos de “profundizar” el proyecto -de modo tal de recuperar legitimidad social y derrotar una derecha que pretendía recuperar a pleno el modelo de país que se fundó con la picana eléctrica y se configuró plenamente por el peronismo en su modo menemista-, se frustraron una y otra vez por la hegemonía ideológica de esta combinación de posibilismo y Tercera Vía posmoderna, posibilismo de Tercera Vía que esterilizó los esfuerzos militantes y aún los aciertos del gobierno en el terreno de la Memoria, la asistencia social focalizada en los más pobres y el acercamiento a los procesos de búsqueda de cambios en Latinoamérica (afectados también, en diverso grado, por el mismo virus cultural del posibilismo de Tercera Vía).

Si la apuesta del “Viraje del Partido Comunista” a recuperar los atributos fundacionales se enfrentó con dos escollos inesperados y enormes: la derrota de los procesos de transición al socialismo en la URSS y buena parte del llamado campo socialista y el triunfo del menemismo en la Argentina; en la última década los esfuerzos por construir una estrategia revolucionaria comunista en la región chocaron contra la potente hegemonía del Posibilismo de Tercera Vía en los procesos progresistas y aún en la izquierda.

Y se sabe que el progresismo es cruel en el modo de ejercer la hegemonía cuando la conquista. Alcanza con releer a Emir Sader o los modos con que se manejó la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional en manos de Ricardo Forster, el mismo que justificaba los crímenes de Milani a nombre de la “razón de Estado” como un Suslov nacional y popular, para entender la debilidad del pensamiento comunista verdadero y la necesidad de potenciarlo.

Centenario no tiene todas las respuestas ni mucho menos.

Sobre algunos temas tenemos hipótesis y sobre otros tenemos preguntas pero sí tenemos algunas convicciones que son sencillas de explicar.

El capitalismo es el problema y no la solución.

El socialismo no surgirá sin lucha revolucionaria y sin la destrucción del orden burgués que tiene mucho más de cien años en la Argentina.

Las revoluciones son creación heroica de los pueblos o no son nada.

Y hacen falta fuerzas organizadas para hacer realidad un proyecto revolucionario, fuerzas políticas que sean capaces de reconocer la realidad en su más dura expresión para transformarla y de construirse con los atributos necesarios para jugar el rol de vanguardia que se requiere de ellas.

Fuerzas comunistas que anticipen en su modo de existencia la sociedad de iguales por la que luchamos. La cultura de la rebeldía, de la solidaridad. El espíritu creador y subversivo que se necesita para derrotar la cultura

No nos arrepentimos de nada ni de nadie de los que han luchado por el socialismo en la Argentina y estamos convencidos que hace falta una nueva fuerza política que honre a todos esos luchadores y lleve sus sueños a la victoria.

En esa nueva fuerza tienen lugar y razón de ser los herederos de la cultura comunista, para lo cual habrá que encontrar los mejores modos de correspondencia entre el proyecto y la institución pero desde Centenario solo venimos a aportar debates e ideas; no nos animan enfoques internistas ni venimos a fundar ninguna otra cosa que una revista.

Una revista de ideas.

De ideas comunistas, nada menos

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