Por Gonzalo Ramos

A los libros hay que darles picana, como a sus autores. Zurdos. Hay que quemarlos como lo hacía la Inquisición. Y mientras queman libros los muchachos se divierten.” Osvaldo Bayer

Asistimos, impávidos y un tanto adormecidos, tal es la tónica de estos días, al saqueo de la palabra, al robo indiscriminado de materiales simbólicos propios de una clase, de un determinado imaginario asentado en la materialidad signada por la lucha de clases, la resistencia y el sueño eterno de la revolución. Revolución, hablemos: término fuerte y consistente si los hubieron, y digo si los hubieron porque ha fenecido en manos de la estrategia macrista de cooptación del espacio simbólico vehiculizado por el deforme, torpe y no menos eficaz, aparato de propaganda de la derecha argentina. Pero, tenemos que pensar, intentar pensar que este es un proceso propio de la pugna de sectores con intereses contrapuestos porque, queda cada vez más claro, la disputa material no se concibe como tal sin la simbólica, es inherente a las confrontaciones “afanarse” las banderas del otro, algunas para quemarlas, otras, en un proceso más sutil, de cargarlas del sentido contrario para así darle el golpe más certero.

De la biblioclastía a la “liberación de libros”

Tomemos el ejemplo de lo que se conoce como biblioclastía, propensión a la destrucción de libros, una patología propia de la mayoría de los procesos dictatoriales; un fenómeno del que no estuvo ajeno el último proceso genocida de nuestro país, en 1980 se quemaron, en un terreno baldío de la localidad bonaerense de Sarandí, un millón y medio de libros pertenecientes al Centro Editor de América Latina en presencia del mismísimo fundador de la editorial, (morbo punto com) Boris Spivaco. En el proceso de censura ordinario, la prohibición, la negación o la biblioclastía incinerante actúa en el sentido opuesto al que busca, hace del objeto ordinario un objeto de deseo, de búsqueda, de promiscuidad que debe ser saciada con la aprehensión de lo prohibido. Pero, hablando de modernización, la derecha y sus intelectuales de clase han tomado nota de la lección y recurren a un proceso más sutil y efectivo, a la vez que más trabajoso, costoso y perdurable: dejar libre al libro, incluso incentivando las campañas de “liberación” de libros y sendas campañas de lectura, porque tras un periodo de terror, seguido por vaciamiento educativo y cultural signado por la relativización posmoderna de la palabra y su peso semántico, para rematarlo con la fugacidad del discurso y lo efímero de la escritura, ha logrado pergeñar su “lector ideal”. Un lector que no es capaz de fijar la atención por más de cinco líneas, un lector que está en la búsqueda de lo soez por sobre lo reflexivo y crítico, un lector que prefiere leer las intrascendentes dosis homeopáticas de vida ordinarias y ajenas en las redes sociales a un libro de cuentos o de poesía, ni hablar de análisis políticos o sociológicos. Hecha esta tarea, poco importa que circulen El Capital, la Guerra de Guerrillas, o el Manifiesto Comunista. No hay lectores para esos libros.

¿En qué consiste la batalla cultural, por estos días?

Probablemente arribemos a la triste conclusión de que deberíamos alfabetizarnos, peor aún, re-alfabetizarnos para tener las armas necesarias para dar tal batalla. La fugacidad del ser y el parecer expresada en la histeria de las redes sociales es el dato cabal de que hay que reeducar al soberanos, es decir, como escribidores (y somos varios y disímiles en esta revista de debates) tenemos que dar un paso atrás y formar a nuestros lectores con las premisa básica de que nos lean con los simples procesos de significación y cohesión necesarios para que el mensaje surta el efecto deseado. También podemos pensar que deberíamos, como se dice “aggiornarnos” a los tiempos y escribir a lo sumo en 128 caracteres o en el vacuo e ilegible registro de Facebook. Pues no, el primer movimiento en esta batalla es exigir, invitar, incentivar, atraer, seducir al lector a que se salga del marasmo panmediático para fijar su atención en la lecto-escritura, el análisis, la reflexión y la crítica. Y no es que no queramos adaptarnos a los tiempos que corren, o en realidad sí, no queremos acomodarnos a estas formas breves, fugaces y volátiles. Nosotros queremos escribir con sangre y lágirmas nuestros textos y defenderlos con el cuerpo y la vida si es necesario, ¡y es necesario!, replico rápidamente para no caer en relativismo absurdos. Es necesario defender con nuestro accionar las palabras que decimos y escribimos, somos gente de letras y palabras tanto como de acción y de calles recorridas.

Nos toca, librar una batalla no menor, en el plano de lo discursivo, de lo simbólico, en fin en la mentada batalla cultural cristalizada hace unos años por el Comandante Fidel Castro, pero hija de las reflexiones insistentes y perennes de Antonio Gramsci.

En este plano nuestro desafío es crear, imaginar, seducir, pergeñar, formalizar ese “lector ideal” en un proceso progresivo pero exigente, partiendo desde la atracción visual y otros mecanismos de captación para proponer lecturas más profundas, más extensas y sobre todo más movilizantes, más subversivas, más rompedoras de cráneos, en fin, Revolucionarias.

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Categoría

Cultura, Gonzalo Ramos, Número 0, Política