Editorial N° 1: La cuestión de la alternativa

Salvo el poder, todo es ilusión”

Lenin

El que no cambia todo, no cambia nada”

Armando Tejada Gómez

El avance impiadoso del gobierno colonizado de Macri y los CEO puede ser analizado desde muchas perspectivas.

Desde la relación entre la crisis del capitalismo como sistema mundo y la estrategia de rapiña del país imperial central, los EE.UU., que busca con fruición recuperar su “patio trasero” a pleno luego de una década de cuestionamientos y recortes parciales a su dominio total y absoluto.

Desde la perspectiva de cuánto de continuidad y cuánto de ruptura hay entre dos ciclos capitalistas como el encabezado por los Kirchner y el iniciado por Macri y los Ceo. Desde una mirada hacia lugar relevante que juegan en el “capitalismo democrático” (concepto que apunta a marcar al sistema social como lo preeminente y permanente y lo democrático como secundario y transitorio) aquellos poderes que no se someten a votación: el Poder Judicial y el Mediático que algunos apuntan como centrales en la actual operación continental de recolonización en marcha.

O desde las “largas sombras del Genocidio” que dejaron marcas imborrables en la sociedad argentina en las relaciones de poder social, económico, militar y político pero también en los planos más complejos de la subjetividad, la cultura popular, los sistemas de transmisión de conocimientos y valores, etc..

Y seguramente la lista no solo es valida sino incompleta; pero en este número de Centenario preferimos apuntar a algo que casi no se discute en la prensa comercial, la academia y aún en los ámbitos de la izquierda social y política: nuestra crisis, la crisis de alternativa o dicho de un modo más rotundo: la ausencia de una fuerza (en el sentido que le daba Ernesto Giudice en su “Carta a mis camaradas”1 que Centenario reivindica y hace suya) capaz de confrontar con el Poder real, vencerlo y construir uno nuevo, alternativo en el sentido de otredad: nunca alternancia dentro de los mismos parámetros capitalistas sino otro radicalmente distinto desde el momento mismo en que se lucha por él, democrático por el protagonismo popular, revolucionario por la convicción de la necesidad de cambios drásticos y profundos capaces de cortar las lógicas de la reproducción ampliada del capital en los terrenos materiales y simbólico, de liberación nacional y socialista porque no hay ruptura del capitalismo que no cumpla funciones liberadoras del dominio Imperial ni hay lucha por la liberación nacional que no confronte con el Imperio y por ende con el capitalismo como sistema.

Porque en casi cien años de existencia de la cultura comunista, que nació para romper con el orden burgués y protagonizar una Revolución Socialista (algo que parece obvio pero que más de una vez y a vastos sectores que se reclaman tributarios de esta cultura se le corrió del centro o directamente se le olvidó como primero Giudice y luego Echegaray en el XVI Congreso marcaran a fuego) no faltaron los ciclos de grandes luchas obreras, estudiantiles, campesinas, populares y de todo tipo, por la vía de las movilizaciones populares, la institucional y hasta la armada; pero nunca se conquistó el poder.

Y como decía Lenin, con su estilo que hoy suena casi cruel, “salvo el poder, todo es ilusión”.

Ahora, que más allá de las piruetas semánticas o los rebuscados discursos justificatorios, el supuesto “nuevo tiempo latinoamericano” y “el proyecto nacional y popular” argentino han perdido su ímpetu y van pasando a una etapa defensiva (donde la crisis de alternativa sigue marcando el ritmo y los modos del repliegue regional y nacional) la cuestión de la crisis de alternativa comienza a volver a la agenda de debates de quienes con desprecio soberbio renunciaron a toda performance independiente y se sumaron, como coro, a las fuerzas que en los noventa tiraron por la borda el pasado izquierdista y emprendieron la carrera hacia un gobierno que resultó ser mucho más funcional a la derecha que el de casi todos los izquierdistas acusados de todos los crímenes imaginables por pretender llamar al pan, pan y al vino, vino.

En los primeros noventa, ante el desconcierto por las derrotas, y por lo ignominioso de ellas, de tantos comunistas y revolucionarios de todo el mundo fue Fidel Castro el que llamó a conservar el nombre de comunistas; pero no como una cuestión de forma sino de contenido. Se trataba de cumplir el primero de los requisitos que aún hoy nos apremia a quienes nos reclamamos comunistas, mantenernos en las posiciones de principio de los revolucionarios comunistas.

Veinte años después el desafío sigue siendo el mismo aunque sería necio pretender que todo sigue igual: ni la frustración de haber gobernado en nombre de un proyecto nacional y popular, sin cuestionar las bases del capitalismo ni en el terreno real ni en el simbólico; ni los aprendizajes de la lucha contra el menemismo y las conquistas reales en el terreno de la Memoria, la Verdad y la Justicia, el reconocimiento de una serie de necesidades populares como Derechos y no como mercancías o servicios como pretenden ahora los MacriCeo, el acercamiento cultural y el conocimiento real de Nuestra América por parte de miles de militantes populares que en estos años han compartido debates y experiencias con compañeros de Cuba, Venezuela o Bolivia (por mero ejemplo), pueden dar resultado cero.

Ni lo dan.

La cuestión de la alternativa hoy requiere partir del acumulado de organización, cultura política y voluntad de vencer que se ha construido del modo que se pudo, que es siempre el modo en que construye el pueblo.

La construcción de atributos para el movimiento popular, el proceso de conciencia política de las clases subalternas no es objeto de estudio de las matemáticas o la física sino que transita por otros caminos.

Por procesos de larga acumulación que fructifican en un momento jamás previsto con precisión. Carlos Marx lo decía así en una carta a su amigo Federico Engels “En desarrollos de tal magnitud, veinte años son más que un día, aun cuando en el futuro puedan venir días en que estén corporizados veinte años2 y que no pueden ser previstos con la exactitud de un pronostico meteorológico como reclaman los oportunistas de todo laya.

No compartimos las miradas catastrofistas que se pasa la vida pronosticando el inminente fin del capitalismo por el “agravamiento de sus contradicciones”, como si el capitalismo pudiera vivir sin contradicciones de todo tipo, en primer lugar entre el modo colectivo de producir y el modo privado, cada vez más concentrado, de apropiación del fruto del trabajo social; pero mucho menos compartimos la ya agotadora tendencia al evolucionismo, el culto a la lenta acumulación de fuerzas por el camino de enfrentar al “enemigo principal” (como si el enemigo secundario no fuera tan enemigo como el otro, lo que no quita la justeza de saber distinguir, pero no a costa de servir de furgón de cola al “enemigo-que-no-es-el-principal”) que entre nosotros ha provocado toda clase de tragedias políticas desde los llamados a constituir “gobiernos cívicos militares de transición” justo cuando gobernaban los militares genocidas o el apoyo a las demandas y movilizaciones de los burgueses sojeros que preparaban el ascenso del macrismo al gobierno

El momento de la lucha de clases está marcado ahora exactamente por esa tensión: cómo conformar el más potente sistema de alianzas y frentes contra el macrismo pero de modo tal que no preparemos nuestra propia derrota, o dicho de un modo más directo, se trata, claro está y quien puede dudarlo, de luchar con todas las fuerzas y de todos los modos posibles, contra el proyecto MacriCeo pero no de cualquier modo; no para que vuelva al gobierno el proyecto kirchnerista que en su frustración y complacencias con el poder, preparó el terreno para la nueva etapa del dominio burgués de rapiña y represión que hoy vivimos.

Hemos traído al debate a Lenin y a Marx, y no por vanidad literaria sino porque son imprescindibles para pensar la alternativa verdadera en la Argentina.

Demasiado hemos sufrido por el desprecio a la teoría que parece ser la impronta de la década perdida en América Latina.

Desprecio por el Che Guevara y su convicción de que solo cabe “revolución socialista o parodia de revolución” por lo que su propuesta de frente antimperialista no era en ayuda de las burguesías nacionales en el gobierno como se pretendió sostener en Argentina sino contra ellas como cualquiera que estudie lo mínimo de sus conductas políticas reales podrá constatar; desprecio por Carlos Mariategui y su convicción de que “No existe en Perú, y no ha existido nunca, una burguesía progresista, con una sensibilidad nacional” o polemizando con las tesis de aliarse (y en condiciones de subordinación) a la burguesía nacional que sostenía la mayoría de los Partidos Comunistas de América Latina en los 30 del siglo pasado, comenzando por el Partido Comunista Argentino, La aristocracia y la burguesía ‘criollas’ no se sienten solidarias con el pueblo por el lazo de una historia y de una cultura comunes” y desprecio por Antonio Gramsci, tan citado como ignorado por la izquierda latinoamericana que no asumió en lo más mínimo el concepto central de su pensamiento, el de la hegemonía en sus múltiples miradas, hacia el poder para entender que en función de conquistar la hegemonía es capaz de renunciar a casi todo, salvo al Poder mismo, como el kirchnerismo demostró de manera contundente; y hacia el sujeto popular, para comprender que la auto proclamación de vanguardias o el seguidismo a fracciones burguesas progresistas son las dos caras de la misma moneda: la renuncia a la construcción de una hegemonía revolucionaria del sujeto pueblo en lucha.

Un desprecio patético que empalmó con una gran ilusión, la vieja ilusión de liberarse sin costos, ni luchas frontales con el Poder real, con sus formas más “cultas” y “legales” como el Congreso, la Universidad, Clarín, La Nación y el sistema de formación de opinión publica pero también a las otras formas de existencia del Poder Real en la Argentina, esas que debutaron con el Ejercito arrasando el Paraguay, el sur del Río Colorado y el Gran Chaco para perpetuarse todo el siglo XX en intervenciones militares y acciones para militares de grupos de tareas con cobertura sindical, estudiantil, religioso y aún deportivo como las actuales barras bravas.

Si nos preguntan nuestra primer exigencia como colectivo que gesta esta revista, apuntaríamos a pedir que la izquierda revolucionaria y comunista deje de vivir de ilusiones, de todas ellas.

La ilusión de que existe una burguesía nacional que luchará arduamente contra el Imperialismo.

La ilusión que fuerzas que proclaman el horizonte burgués como meta, en el camino cambien de opinión y se conviertan en revolucionarias consecuentes por la dinámica de los enfrentamientos sobre cuestiones secundarias (que no son menores pero que no vulneran los principios en que se basa el capitalismo: la propiedad privada, el Estado, el Derecho, etc.).

La ilusión de que las relaciones de integración con estados y gobiernos que emprenden acciones de ruptura con la hegemonía imperial prevalecerán sobre las lógicas internas de la lucha de clases.

La ilusión de creer que se puede gestar una fuerza comunista a la sombra de un proyecto burgués, aun cuando ese proyecto burgués sea reformista en alto grado.

Y también la ilusión de que el aislamiento y la autoproclamación de vanguardia, al margen de las luchas reales y del sujeto real, producirán otra cosa que grupos homogéneos, auto suficientes en lo simbólico pero impotentes en la disputa del poder.

Menos ilusiones y más sueños es la premisa

Sueños de construir resistencia y sueños de construir fuerza política revolucionaria.

He aquí una buena manera de entender el modo de celebrar nuestro Centenario.

Sin ilusiones y sin posibilismo, sin sectarismo ni dogmatismos; reconociendo y valorando los saberes y atributos que nuestro pueblo efectivamente tiene, la construcción de la alternativa verdadera en medio del proceso de resistencias al macrismo tiene hoy una nueva oportunidad.

Como se entenderá fácilmente, no es este un debate teórico para el mañana; sino un debate táctico sobre el presente en América Latina y Argentina: sin una Fuerza de nuevo tipo no solo que no habrá perspectiva de revolución, tampoco habrá resistencia efectiva al regresionismo en curso.

En este número presentamos algunos aportes diversos sobre la cuestión que en su conjunto presentan una variada muestra de los posibles puntos de vista sobre el asunto; pretendemos así aportar a desplegar un debate vital para nosotros y la causa que sostenemos.

1 en la biblioteca virtual del Partido Comunista hay enlace al texto completo : https://www.facebook.com/bibliotecavirtual.pca/

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El comunismo como necesidad histórica

Por Jorge Beinstein

La crisis global iniciada en 2008 no pudo ser superada, el diluvio de subsidios a los grupos financieros en los capitalismos centrales tradicionales solo consiguió evitar el derrumbe del sistema (lo que no es poco) pero se perpetuaron los crecimientos económicos anémicos, los estancamientos y las caídas recesivas. Se esfumó la ilusión acerca de la emergencia desde la periferia de un nuevo capitalismo superador de la decadencia de los viejos amos del mundo, China desacelera su crecimiento pero al haberse convertido en la segunda economía global su enfriamiento productivo y sus turbulencias financieras tienen un gran impacto negativo sobre el conjunto del sistema. En realidad el “milagro” de China fue un salvavidas doble: proporcionó al capitalismo desarrollado (sobre todo a los Estados Unidos) la mano de obra industrial barata de más de 200 millones de trabajadores superexplotados y por otra parte facilitó la supervivencia del régimen chino mediante la expansión de un capitalismo salvaje que amplió el volumen de sus clases altas y medias urbanas, creó un gigantesca masa obrera industrial y una burguesía rural integrando a una sociedad que en los años 1970-1980 sufría los efectos del estancamiento productivo.

El mundo burgués marcha a la deriva sin perspectivas de recomposición, sus elites sumergidas en el parasitismo concentran riquezas a nivel global como nunca antes había sucedido en la historia humana, sus discursos optimistas ((incluidas las alegres tonterías neoliberales) de otros tiempos han desaparecido de la escena, ahora solo ofrecen ajustes fiscales, empobrecimiento de las mayorías, guerras sin fin, sacrificios y más sacrificios prolongándose hasta el infinito. Por otra parte las tentativas progresistas de reforma, de mejoras graduales fracasan unas tras otra, son bloqueadas o desplazadas por arremetidas reaccionarias como viene ocurriendo a América Latina o su impotencia se transforma en traición grotesca como sucedió en Grecia en 2015. Sin embargo no irrumpe la alternativa superadora, el ejemplo práctico de que es posible la emancipación radical, anticapitalista. Podríamos retomar aquella memorable frase de Proudhon cuando describía a la Francia decadente algunos años antes de la Comuna de París: “todas las tradiciones están gastadas, todas las creencias anuladas, en cambio el nuevo programa no aparece, no está en la conciencia del pueblo, de ahí lo que yo llamo ‘la disolución’. Es el momento más atroz en la existencia de las sociedades”1. Como sabemos unos pocos años después, desde lo más profundo del desastre emergió la Comuna de París (1871), insurgencia decisiva que iluminó las rebeliones sociales del siglo XX.

Es necesario desatacar que el horizonte negro que nos quiere imponer esta civilización contrasta con la increíble vitalidad demográfica, tecnológica, cultural y social en general que demuestra la humanidad especialmente en sus zonas más sumergidas, irrupción juvenil, voluntad de vivir opuesta a las tendencias tanáticas del capitalismo anunciando choques, confrontaciones, alternativas, insurgencias que podrían ir más allá de los límites deteriorados del sistema.

Deberíamos ponernos por encima de tanta basura, atrevernos a la rebelión, pensar más allá de la sensatez, del conformismo que nos informa que lo que es será, tal vez en el mejor de los casos con algunos alivios, y recomponer la utopía posible, la idea de una humanidad autoemancipada que no ha desaparecido para siempre sino que sobrevive, se reproduce secretamente en el subsuelo de la sociedad universal. No ha olvidado sus sueños, sus proezas y espera el momento oportuno para reaparecer renovada bajo la forma de una ola aplastante de explotados y oprimidos.

Propongo una doble negación; la del capitalismo y la de las viejas alternativas híbridas, fracasadas de postcapitalismo expresadas principalmente como comunismo del siglo XX. En el primer caso se trata de rechazar al enemigo absoluto cuya dinámica autodestructiva amenaza arrastrar al abismo al conjunto de la humanidad, en el segundo caso el objetivo es contribuir a la realización de un balance crítico de experiencias e ideas insuficientes, en última instancia ideológicamente atrapadas en la jaula de la civilización burguesa. Esas negaciones deberían abrir el camino, conducir finalmente a la (re)afirmación de la necesidad histórica del comunismo.

La declinación del mundo burgués.

La civilización burguesa se identifica con el imperialismo milenario de Occidente (desde su despegue europeo protoburgués hasta hoy), mucho más viejo que su etapa industrial-financiera. Arranca con las Cruzadas y sigue con el aplastamiento de sus culturas populares internas o próximas (formas precristianas, sincretismos, cristianismos igualitarios, etc), la conquista de América y del resto de la periferia, es la heredera del Imperio Romano, gran cáncer militar-parasitario de la Antigüedad.

Se trata de Occidente y del mundo occidentalizado, es decir de la civilización burguesa victoriosa etapa superior planetaria, culminación perversa de todas las civilizaciones anteriores visualizadas como sistemas de opresión y explotación. De ese modo el rechazo al capitalismo es ante todo una rebelión ética cuya legitimidad está por encima de supuestas “leyes de la historia” u otras formas de fatalismo o de adecuación conformista, apuntando hacia una racionalidad superior integradora del ser humano y su entorno ambiental, sobreponiendo fines universales expresados como “utopía” necesaria y posible, como eutopía comunista. En consecuencia el anticapitalismo debe incluir, asumir como propias todas las rebeliones anteriores donde la insurgencias encabezadas por Espartaco, Tupac Amaru o Thomas Müntzer, la de los campesinos chinos contra sus opresores imperiales, las del Antiguo Egipto o Babilonia forman parte de un movimiento liberador común que atraviesa toda la historia de las civilizaciones. El anticapitalismo como destrucción revolucionaria del sistema, partero de la nueva humanidad.

Al promediar la segunda década del siglo XXI aparecen claramente tres rasgos definitorios del sistema; la declinación económica general, la hipertrofia y agotamiento del parasitismo financiero y la degeneración (lumpen-imperialista) del militarismo.

La tasa de crecimiento de la economía mundial viene declinando tendencialmente desde los años 1970 y por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial tuvo en 2009 una cifra negativa. Desde entonces en las economías imperialistas las expansiones del PBI fueron anémicas, nulas o incluso negativas mientras que los capitalismos periféricos emergentes como China se fueron desacelerando. Paralelamente a (interactuando con) esa prolongada declinación emergió el parasitismo financiero, viejo integrante del sistema que fue creciendo en progresión geométrica hasta llegar a su máximo volumen hacia 2008, en ese momento los productos financieros derivados registrados por el Banco de Basilea equivalían a 11,7 veces el Producto Bruto Mundial (representaban 3 veces el producto bruto mundial en el año 2000).

Desde 2008 la avalancha financiera se desaceleró (el volumen global de productos financieros derivados había descendido a 8,5 veces el producto bruto mundial a fines de 2014) enfriando un motor decisivo del sistema que permitía a los estados centrales, sus grandes empresas y sus consumidores sumar más y más deudas, y a sus redes de negocios compensar con operaciones especulativas los retrocesos en las ganancias productivas y comerciales.

La hegemonía parasitaria marcó con su sello no solo a la industria, al comercio, al arte y a la política sino también al perfil tecnológico de la economía y la guerra. El militarismo profesional-estatal se fue transformando en una compleja combinación de formas regulares convencionales, despilfarro tecnológico y presencia ascendente de mercenarios y organizaciones clandestinas, de ese modo el parasitismo imperial (lumpenimperialismo) engendro lumpen-militarización. En su cima sobrevuela una mezcla de narcotráfico, operaciones armadas ilegales, negocios financieros, consumismo elitista desenfrenado, accionar de redes político-mafiosas, etc. todo bajo el paraguas de protección e intimidación de sus aparatos mediáticos y bélicos.

Algunos autores identifican a un núcleo central dominante del Imperio calificado como oligarquía financiera (cuyo poder escapa a todo control) embarcada en una fuga hacia adelante que devora las bases estructurales de los Estados Unidos y del conjunto de los llamados países de alto desarrollo, y que fuera de ese espacio superior, en la periferia, destruye naciones, infraestructuras y culturas. La estrategia de supervivencia, de reproducción de su poder atravesando las crisis económicas, las recesiones, las turbulencias sociales internas y las resistencias periféricas gira en torno de la guerra como ejercicio permanente de dominación acompañado por mecanismos de represión dentro y fuera del Imperio legitimados por la emergencia de formas culturales y políticas ultrareaccionarias2.

La transformación en curso de los Estados Unidos en una sociedad policial sumado a la ola de extrema derecha en Europa, a la implantación del “Estado islámico” con evidente intervención del aparato de inteligencia estadounidense y de algunos de sus aliados de la OTAN, y los brotes de clase media colonial-fascistas en América Latina3 me induce a referirme al ascenso del neofascismo del siglo XXI. No está de más recordar el rol desempeñado por las élites financieras e industriales de los Estados Unidos e Inglaterra en los orígenes del nazismo alemán4, por ejemplo del ultraracismo estadounidense en su formación ideológica5. En el nacimiento del fascismo y su culminación nazi los caminos se cruzaron, la extrema barbarie fue el resultado de una obra colectiva, transnacional de Occidente.

Por otra parte los teóricos del “estancamiento secular” como Larry Summers y sus referentes en el tema tecnológico como Robert Gordon6 señalan el impacto decreciente del desarrollo tecnológico en el crecimiento económico, cuestión ya abordada en los años 1970 por Giarini y Loubergé7 cuando se iniciaba la decadencia sistémica global.

Es necesario insistir sobre un aspecto esencial habitualmente no señalado o subestimado por esos autores: la hegemonía financiera (y parasitaria en general) sobre el conjunto de la reproducción social de los polos imperialistas y en consecuencia sobre su desarrollo tecnológico donde el saqueo y los negocios rápidos y turbios dominan el panorama. Como lo demuestran la explotación minera a cielo abierto, la extracción de gas y petróleo por medio de la fractura hidráulica o la agricultura con transgénicos y glifosato, asistimos al predominio de tecnologías depredadoras, abiertamente destructoras del medio ambiente, a la imposición de un estilo tecnológico que no está en función de la reproducción ampliada de las fuerzas productivas materiales y espirituales de la humanidad sino de una vasta operación de saqueo. Como lo señalaban Marx y Engels a mediados del siglo XIX llevando hasta el último extremo la dinámica de la reproducción del capitalismo: “Dado un cierto nivel de desarrollo de la fuerzas productivas, aparecen fuerzas de producción y de medios de comunicación tales que, en las condiciones existentes solo provocan catástrofes, ya no son fuerzas de producción sino de destrucción8. Audacia teórica desmesurada lanzada hace más de un siglo y medio, la magnitud del desastre actual, su aspecto escatológico de destrucción de las bases materiales y culturales de la supervivencia de la humanidad eleva dicho pronóstico hasta niveles seguramente no imaginados por sus entonces jóvenes autores. Nunca antes había existido la posibilidad de que la decadencia de una civilización fuera capaz de provocar un mega desastre ambiental y demográfico de alcance planetario radicalmente superior al causado por la conquista europea de América, el mayor desastre demográfico de la historia.

Según los cálculos de Dobyns al finalizar el siglo XV la población originaria de América llegaba a las 110 millones de personas y en los primeros 130 años de la conquista la misma se habría reducido en un 95 %. Por su parte Cook y Borah establecieron que la población de México disminuyó de 25 millones en 1518 a 700 mil personas en 1623.

Consideremos que al comenzar la conquista de América la población total de la península ibérica llegaba a las 10 millones de personas y que la totalidad de la población europea osilaba entre las 60 millones y 70 millones de personas. La población mundial en el año 1500 según Angus Maddison rondaba los 438 millones de habitantes. Si nos basamos en los datos de Dobyns el exterminio se aproximaría a un cuarto de la población mundial del año 15009, llevado al mundo actual un porcentaje equivalente significaría unas 1800 millones de personas. No estamos contabilizando las numerosas “proezas” coloniales de Occidente en África y Asia o los millones de africanos muertos en su traslado hacia la esclavitud en América.

¿Porque llamo la atención sobre estos datos?, porque esas grandes masacres fueron un pilar decisivo del despegue y la victoria mundial del capitalismo. Hacia el año 1500 Europa Occidental representaba apenas algo menos del 20 % del Producto Bruto Global (contra 25 % de China y 25 % de India)10 por otra parte los recursos naturales aparentaban ser una fuente mundial inagotable, esa mirada era falsa sin embargo dichos recursos eran una masa explotable tan grande que las necesidades del relativamente pequeño naciente capitalismo colonial-europeo podían ser satisfechas a través de un saqueo multisecular sin un límite temporal a la vista.

La situación actual es radicalmente diferente, nos encontramos ante numerosos recursos naturales cuyo ciclo de explotación comienza a declinar, los bajos costos de la explotación minera o petrolera pertenecen al pasado, el panorama se agrava ahora porque la decadencia se expresa como crisis deflacionaria, sobre todo desde 2014, entonces los precios por ejemplo del petróleo cubren cada vez menos sus costos de explotación, por otra parte una suba de esos precios a causa de un derrumbe extractivo provocaría una estampida efímera de precios que agravaría la crisis industrial en los países importadores causando desocupación, empobrecimiento y después más deflación.

Además el costo de las aventuras militares imperialistas son cada vez más difíciles de soportar por las economías sobre-endeudadas del capitalismo central, sus probables beneficios no compensan lo invertido. En fin, la experiencia de los tres últimos lustros de guerra imperialista contra la periferia, a partir de los autoatentados de septiembre de 2001, nos muestran que la OTAN ha conseguido destruir algunos países como Irak, Libia, Afganistan, Ucrania o Siria pero sin poder lograr el control estable (colonial) de sus recursos naturales y sin producir cambios geopolíticos que recompongan su hegemonía global. En realidad ha creado espacios caóticos y focos de desestabilización regional en los que se enredan sus estructuras militares, se degradan sus aparatos de inteligencia.

En síntesis, nos encontramos ante un mega-parásito imperial (occidental) que para sobrevivir como tal necesita crear áreas periféricas de superexplotación, desestabilizar y si es posible destruir a sus rivales, interviniendo en todos los rincones del planeta, fabricando conflictos, amenazando, alentando o imponiendo gobiernos vasallos que se sumergen en crisis de gobernabilidad. Se trata de una imparable fuga hacia adelante que aparece como tentativa de destrucción del resto del mundo pero que deviene autodestrucción (degeneración, avance de la decadencia) en el centro imperialista. No presenciamos por consiguiente un mega saqueo nutriendo a un eventual salto hacia adelante del capitalismo como fue la acumulación originaria desde los siglos XV y XVI dando nacimiento a la Europa burguesa, aplastando a la periferia y a las resistencias internas. Para encontrar algún paralelo útil deberíamos estudiar por ejemplo la decadencia y desintegración final del Imperio Romano condenado a militarizarse y superexplotar a sus súbditos para reproducir su parasitismo sin poder sostener a largo plazo el despliegue bélico y sin poder controlar las resistencias de sus víctimas.

Trampas occidentales-elitistas

Pero la alternativa como fuerza contracultural superadora, como presencia física universal desafiante tarda en emerger. Han aparecido resistencias débiles como el progresismo en América Latina o de potencias periféricas intentando preservar margenes de autonomía frente al Imperio como China o Rusia pero en todos estos casos el horizonte es el capitalismo cuya declinación perciben como una deformación elitista o bien como una supremacía occidental corregibles. Se trata de opciones internas al sistema, en consecuencia son desbordadas por su decadencia, arrastradas por una marea imparable que opera al mismo tiempo como agotamiento interno y como fuerza negativa externa, como límites burgueses propios y como acosos internacionales de tal manera que las tentativas de independencia relativa, de reproducción heterodoxa quedan maniatadas por la naturaleza transnacional-financiera de sus élites económicas más encumbradas mientras se aproxima el verdugo bajo la forma de crisis (desintegración) global .

François Furet, un historiador conservador y eurocentrico, intentó cerrar completamente la salida a la trampa sistémica al sostener dos tesis fuertemente interrelacionadas. La primera de ellas es que en última instancia el comunismo no ha sido el resultado de la confrontación de la clase explotada contra su opresor capitalista es decir la expresión de un proceso contacultural de autoemancipación proletaria opuesto a la civilización burguesa sino el producto de un desgarramiento ideológico en el seno de la propia cultura dominante generadora de contradicciones explosivas. La sociedad burguesa, señala Furet, se basa en el mito de la igualdad de oportunidades (en teoría cualquiera puede llegar a ser un burgués independientemente de su raza o de la condición social de sus progenitores) en oposición a las sociedades esclavistas o feudales. Pero esta legitimidad igualitaria “es permanentemente negada por la desigualdad de las riquezas producto de la competencia. Su desarrollo contradice sus principios. La sociedad burguesa no cesa de producir desigualdad – más desigualdad material que ninguna otra sociedad- mientras proclama a la igualdad como un derecho imprescriptible del ser humano… (en consecuencia) en la sociedad burguesa la desigualdad es una idea que circula de contrabando, contradictoria (de ese modo) la idea de igualdad funciona como un horizonte imaginario nunca alcanzado. Los jacobinos de 1793 eran burgueses partidarios de la libertad de producir, es decir de la economía de mercado y eran al mismo tiempo revolucionarios hostiles a la desigualdad de las riquezas producidas por el mercado, señalados como los que inauguraron el reinado de la burguesía ofrecen sin embargo el primer ejemplo claro de burgueses que detestan a los burgueses en nombre de principios burgueses”11. A similares contradicciones podríamos llegar cuando comparamos la libertad proclamada por la sociedad capitalista y la carencia concreta de libertad de la mayoría aplastante de sus miembros sometidos a la dependencia laboral y al bombardeo de los medios de comunicación concentrados o cuando colocamos frente a frente a los discursos solidarios, generosos con la realidad del egoismo exacerbado. En suma los tres principios universales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, base fundacional del edificio ideológico burgués aparecen en la práctica como una farsa.

Entonces, explica Furet, emerge una ruptura irreparable entre la legitimación ideológica y la ilegitimidad práctica, “la desgracia del burgués no consiste solo en estar dividido al interior de si mismo sino también en que una mitad de si mismo es criticada por su otra mitad”12. Las promesas ilusorias son desmentidas por la realidad generando “una capacidad infinita para producir seres humanos que detestan al régimen social y político en el que han nacido”13. La conclusión es que el capitalismo como sistema mundial engendra brotes revolucionarios anticapitalistas desde sus propias filas, hijos de familias burguesas o pequeñobuguesas que en determinadas circunstancias históricas encabezan, organizan movimientos nutridos por las masas oprimidas, objeto de la explotación capitalista pero que también serían según el autor objeto de sus liberadores (manipuladores) comunistas.

La segunda tesis se deriva lógicamente de la primera, ampliando (globalizando) el eurocentrismo estrecho de Furet, sería posible señalar al siglo XIX como el de la culminación de la conquista del planeta por parte de Occidente, sus potencias centrales europeas (los Estados Unidos, neoeuropa transatlántica, emergerá recién en el siglo siguiente) impusieron su cultura en todos los continentes, instalaron la modernidad y su mito del progreso, generaron burguesías periféricas que absorbían, adaptaban a sus fines o eliminaban según los casos (sobredeterminados por la dinámica de dominación de sus amos imperialistas) formas anteriores, precapitalistas de opresión. Se consolidaba el subdesarrollo que la mitología progresista calificaba de “atraso” cuando en realidad se trataba de la modernización periférica de las sociedades conquistadas, de su incorporación al capitalismo bajo la forma de satélites.

Al mismo tiempo las burguesías europeas acumulaban riquezas no solo a partir del saqueo periférico sino también de la superexplotación de su proletariado interior, imponiendo estructuras autoritarias, exhibiendo su egoísmo desenfrenado, entonces fabricaban el desgarramiento ideológico, la ruptura entre sus promesas y sus actos y en consecuencia la insurrección ética, anticapitalista de una parte de sus hijos que se extendió más adelante, en el siglo XX, a la periferia aburguesada.

Aunque Furet no fue nada original, en su libro publicado en 1995 exacerbó y torció hacia la derecha concepciones elitistas de socialismo de la vieja socialdemocracia europea. Karl Kautsky publicaba en 1908 “Las tres fuentes del marxismo”. Considerado en su tiempo como el máximo divulgador del pensamiento de Marx en realidad lo instaló (deformó) como ortodoxia, ideología, articulación de leyes y verdades inmutables, sacralización como base para la fundación de una iglesia marxista en la que un pequeño círculo de sacerdotes supremos preservaban la Fe presentada como ciencia. La clave del procedimiento consistió en romper con el principio autoemancipatorio de Marx14 pilar decisivo de su obra (Marx: “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la propia clase obrera”). En su texto Kautsky sostenía de manera tajante que “el movimiento obrero y el socialismo no son idénticos15, el primero sería el resultado natural de la extensión de la explotación capitalista, sus protestas en si mismas no podrían superar el horizonte de las reivindicaciones económicas o de reivindicaciones políticas democráticas muy limitadas. A diferencia del primer caso según Kautsky “el socialismo supone el conocimiento profundo de la sociedad moderna… partiendo del punto de vista de la clase obrera”, sería el resultado del pensamiento de una elite de científicos sociales encargada de elaborar la crítica teórica del capitalismo, tanto de su dinámica general, de su evolución mundial como de sus especificidades locales trazando la vía de su superación socialista que descendería desde sus cerebros contestatarios hasta la masa explotada, incentivando, haciendo eficaz, encarrilando su descontento, esclareciendo el sentido histórico de sus luchas.

El jacobinismo burgués de la Revolución Francesa que desde las alturas de la Razón pretendía liberar a la plebe inculta reaparecía con Kautsky y sus científicos sociales portadores de la “ciencia proletaria”, patriarcas iluminados del proletariado convertidos en jacobinos socialistas. El elitismo eurocentrico opera como puente, como visión compartida por Kautsky y Furet porque la Europa del siglo XIX fue el polo dominante planetario, sus burguesías abarcaron la totalidad del escenario mundial imponiendo colonias y semicolonias. En el territorio europeo se desarrollaban innovaciones tecnológicas, transformaciones políticas, descubrimientos científicos, cambios culturales, etc. que operaban como paradigmas imitados por las elites modernizantes (colonizadas) de la periferia incluyendo sus desgarramientos ideológicos. En ese sentido Furet puede escribir que la historia de la idea comunista es sobre todo una historia europea16, las tesis de Kautsky llevan a una conclusión similar porque es en Occidente donde se encontraba la elite científica global. El elitismo cientificista de Kautsky converge con el elitismo eurocentrico de Furet, la burguesía occidental pasa a ser lo importante, el resto del mundo queda condenado a observar, obedecer o a rebelarse al ritmo de las melodías propaladas por sus amos o sus hijos contestatarios. La soberbia elitista le impide a Kautsky ver la historia europea del comunismo, el despertar obrero inicial, su compleja autopraxis que va elevando su nivel de conciencia, su rebeldía a los largo del siglo XIX finalmente bloqueada, degradada por el ascenso imperialista, el éxito colonial de las economías industriales que extienden sus mercados internos consiguiendo integrar culturalmente a una porción decisiva de sus clases obreras dándoles participación en el enriquecimiento general. Estos trabajadores ascendían socialmente y aburguesaban sus cerebros. Una de las expresiones culturales de ese cambio, perceptible al comenzar el siglo XX, fue la transformación del pensamiento rebelde, la impaciencia revolucionaria de Marx en el pensamiento ortodoxo, gradualista, burocratizante, prolijo de Kautsky y sus colegas que se convirtió antes de la Primera Guerra Mundial en la legitimación ideológica del reformismo socialdemocrata. Kautsky no se daba cuenta de las causas profundas de su éxito efímero como eminencia teórica.

Nueve décadas después de la publicación de la biblia kautskiana, Furet desde lo alto de su soberbia eurocentrica reiteraba el elitismo de Kautsky y decidía ignorar el hecho abrumadoramente periférico de las revoluciones socialistas del siglo XX, el mix eurasiático de las culturas populares del Imperio Zarista, el asiatismo chino, el comunismo victorioso de Vietnam y Cuba, en suma el carácter antiimperialista de esas rupturas radicales que repudiaban a sus respectivas burguesías coloniales y semicoloniales. La ola comunista del siglo XX fue principalmente una rebelión periférica que entre otras cosas logró al finalizar la Segunda Guerra Mundial ampliar su poder llegando hasta las puertas de Occidente ocupando Europa del Este e instalándose en una parte de Alemania.

En oposición a Kautsky y otros divulgadores ortodoxos, Marx desde su pasos teóricos iniciales y hasta el final de su vida negó esa jerarquía supuestamente salvadora cientificista del saber liberador, no excluyendo a los intelectuales revolucionarios, no aislándose en un obrerismo cerrado sino planteando el fenómeno autoemancipador como una convergencia no elitista entre “la humanidad sufriente que piensa y la humanidad pensante oprimida” tal como el joven Marx le escribía a su amigo Ruge hacia 184317 rompiendo con el jacobinismo según el cual la plebe solo podía ser liberada por sus salvadores-pensantes conduciéndolas hacia un mundo de igualdad, libertad y fraternidad. Marx señalaba a la “masa sufriente” (el proletariado) capaz de pensar y en consecuencia de autoemanciparse a la que se integrarían fraternalmente en pie de igualdad los intelectuales como él sin aspirar a dirigirlos sino a interactuar, a fusionarse con los explotados en el combate común18.

También Marx rechazó, a veces con vehemencia, las tentativas de convertir sus ideas en un recetario infalible, en una ciencia congelada, promovidas por algunos de sus seguidores, Engels dio a conocer en repetidas oportunidades la célebre expresión de Marx: “todo lo que yo se es que yo no soy marxista19.

Revolucionario riguroso y en consecuencia desprejuiciado, flexible, deseoso de nutrirse de la realidad cambiante, en su última etapa intelectual Marx focalizó una porción decisiva de sus estudios hacia Rusia, periferia subdesarrollada próxima a Occidente. Se opuso a “marxistas” rusos de gran prestigio como Plejanov, Axelrod o Vera Zasulich que señalaban a la comuna rural de Rusia como expresión de atraso precapitalista y en consecuencia destinada a desaparecer. Por el contrario Marx la consideraba una forma precapitalista de resistencia social al capitalismo que podía prefigurar el futuro socialista. En su carta a Vera Zasulich señalaba con respecto a la comuna rural que: “el estudio especial que he hecho sobre ella, que incluye una búsqueda de material original, me ha convencido de que la comuna es el punto de apoyo para la regeneración social de Rusia”20. Marx ponía al descubierto en sus estudios rusos no solo como el capitalismo heredaba, utilizaba formas precapitalistas para afirmar su dominación sino también la persistencia de estructuras sociales y su carga cultural también precapitalitas opuestas a la explotación capitalista portadoras de futuro comunista. Esa presencia comunal no era para Marx una señal de “atraso”, de lamentable falta de capitalismo que la historia se encargaría inexorablemente de remplazar por una organización burguesa superior para dar paso más adelante a la superación socialista (inevitable y aburrida sucesión de “etapas”) sino la reproducción en tiempo presente de un pasado anunciador de futuro. La especial simpatía de Marx hacia el populismo revolucionario ruso y su tesis acerca del posible salto ruso no hacia el capitalismo de estilo occidental sino hacia el socialismo nos muestra a quien fue ampliando su visión del mundo enriqueciéndola con la complejidad periférica lo que le hace escribir a Teodor Shanin que “el triple origen del pensamiento analítico de Marx sugerido por Engels – filosofía alemana, socialismo francés y economía política inglesa – debería en realidad complementarse con un cuarto: el populismo revolucionario ruso21.

Se trata entonces de un Marx no-elitista, libertario, zambullido de cuerpo y alma en las luchas proletarias de Europa, que va extendiendo, transformando su pensamiento adentrándose en la complejidad periférica y que debe ser instalado en su época, tiempo europeo de revoluciones populares, de insurgencias obreras, de crisis, de ilusiones acerca de la próximo (cercano) desmoronamiento del capitalismo y de la victoria comunista. Optimismo exagerado que llevó no solo Marx y a Engels sino a una sucesión de generaciones revolucionarias del siglo XIX a confundir muchas veces los dolores del parto burgués con los de su agonía y que Marx solía justificar como necesidad espiritual de los combatientes. Cierta vez señaló que “una profecía puramente teórica, y por tanto inevitablemente fantástica del programa de acción para una revolución futura alejaría simplemente la atención del pueblo respecto de la lucha actual. La creencia de que el colapso del mundo era inminente permitió a los cristianos primitivos levantarse en guerra contra el imperio mundial de Roma y les dio confianza en su victoria” 22

La herencia europea

Es posible describir una trayectoria de insurrecciones y revoluciones populares en Europa partiendo desde fines del siglo XVIII cuando despega la industrialización en Inglaterra y la aristocracias ya constituyen híbridos decadentes desbordados en espacios decisivos como Francia por una marea burguesa que venía ascendiendo de manera compleja, irregular, presentando múltiples rostros.

Podríamos tomar a la Revolución Francesa como ruptura inicial irreversible (la tentativa posterior de “restauración” aristocrática no hizo más que confirmar con su fracaso la marcha de la historia) y establecer hitos como el de 1848 llegando hasta 1871 cuando la Comuna de París marca el punto más alto de la conciencia proletaria. Desde 1789 y hasta el encumbramiento de la jefatura jacobina (pero ya manifestando brotes igualitarios) avanzando en las décadas siguientes de manera desordenada, experimentando progresos, deformaciones, retrocesos y luego nuevos progresos en su autopraxis al ritmo de la extensión de los tejidos industriales, rebelándose contra la superexplotación y al mismo tiempo diseñando caminos hacia el postcapitalismo, digiriendo utopías socialistas, desatando insurgencias, atravesada por conspiraciones blanquistas, organizaciones y debates comunistas.

Se trata de una larga marcha alimentada por la interacción entre dos sujetos europeos en formación que el joven Marx describía como la “humanidad sufriente” que peleaba y desarrollaba su cerebro y la “masa pensante” que también desarrollaba su cerebro mientras se sumergía en las luchas sociales, fue la prolongada época marcada en el plano de las ideas por personajes como Proudhon, Marx, Bakunin, Engels, Blanqui y otros intelectuales revolucionarios que legaron a nuestro presente lo que podría ser calificado como la herencia europea ineludible en el proceso de construcción de un pensamiento insurgente global. Conformación de una visión del mundo, reproduciéndose desde la pretensión de universalidad parisina inicial hasta cuando Marx luego de la derrota de la Comuna de París cifraba sus esperanzas en el populismo revolucionario ruso y metía su cabeza en la periferia no para constatar como “progresaba” aburguesándose sino como podía llegar a superar su capitalismo subdesarrollado, autocrático, proponiendo a la comuna rural rusa (basada en la propiedad colectiva comunal) como punto de apoyo de la regeneración socialista de Rusia, valorando sus raíces precapitalistas, proyectándola hacia los capitalismos considerados avanzados. Marx atacaba el mito del progreso y en unos de sus borradores de respuesta a Vera Zasulich señalaba de manera explícita que esa comuna rural regenerando a Rusia pasaría a ser “un elemento de superioridad sobre los países aún esclavizados por el régimen capitalista” visualizandolo como “un renacimiento en una forma superior de un tipo social arcaico” por lo que según él “no deberíamos pues, asustarnos demasiado por la palabra arcaico23. A comienzos del siglo XXI aparecen otras potenciales valorizaciones revolucionarias de viejas (“arcaicas”) resistencias culturales colectivistas al capitalismo como el ayllu andino y muchas otras supervivencias comunitarias en la periferia.

Destaco entonces la existencia en el siglo XIX europeo de un ciclo de pensamiento revolucionario comunista visible desde los años 1840 que se fue radicalizando y que en consecuencia durante su tramo ascendente final fue extendiendo su visión hacia la periferia, la des-occidentalización ya descripta de Marx en sus últimos años es una muestra de ello.

El ciclo conservador

Pero mientras ese ciclo revolucionario avanzaba un segundo ciclo mucho más potente que terminaría por doblegar al primero se desarrollaba como una ola envolvente. A lo largo del siglo XIX se produjo lo que algunos autores denominan la segunda gran expansión europea-occidental luego de las conquistas de los siglos XVI y XVII. Se combinaron expulsiones de población hacia la periferia, implantaciones coloniales de población, colonizaciones, sometimientos semicoloniales, inversiones, expansiones comerciales e intervenciones militares. La superficie terrestre ocupada por europeos o bajo su control era del orden del 35 % en 1800, del 70 % en 1880, del 85 % en 1914. Entre 1800 y 1878 la media de la expansión imperialista fue de 560 mil kilómetros cuadrados por año24 y hacia finales del siglo XIX emergía un imperialismo neoeuropeo, los Estados Unidos. Si la primera transferencia masiva de riquezas de la periferia al centro posibilitó el despegue irreversible de la civilización burguesa la segunda posibilitó su dominación planetaria, su industrialización, y en las última décadas de ese siglo la integración a la prosperidad de sus clases medias y de vastos sectores de sus clases bajas generando una aristocracia obrera que engullía una porción de la explotación imperialista. Al calor de la prosperidad y de la inclusión social internas el pensamiento comunista rebelde fue desplazado, absorbido por un recetario dogmático, un pensamiento congelado manipulado por elites “socialistas”, Marx pasó a ser codificado por Kautsky y otros interpretes de las sagradas escrituras que legitimaban la integración al sistema con ilusiones reformistas25. El marxismo domesticado de la socialdemocracia incorporaba viejos y nuevos paradigmas del imperialismo en expansión, se arrodillaba completamente ante el mito del progreso, glorificaba sus tecnologías describiendo al socialismo como la prolongación de un desarrollo obstaculizado, frenado por la irracionalidad capitalista. Perdía potencial crítico y ante el ascenso estatal-industrial-militar evidente en los capitalismos más avanzados de Europa en el tramo final del siglo XIX adhería “desde la izquierda”al nuevo paradigma burgués sucesor del liberalismo: el estatismo y la planificación centralizada de tipo militar.

El “progreso” aparecía como un fenómeno imparable, sus hipotéticos sucesores socialdemócratas imaginaban su culminación natural “socialista” como resultado del despliegue gradual de fuerzas industriales generadoras de una clase obrera cada vez más organizada receptora y ejecutora de una racionalidad superior. La democracia burguesa sometida a sucesivas reformas se convertiría en democracia socialista.

Ciclo financiero, crisis y revolución en la periferia

Mientras la ola proletaria se disolvía en el océano de la prosperidad burguesa, industrial e imperialista, desde el interior de esta última emergía el parasitismo financiero como resultado del proceso de concentraciones económicas y saturaciones comerciales que frenaban para luego comprimir las tasas de ganancias en las áreas productivas. El primer ciclo (revolucionario) era devorado por el segundo (la prosperidad burguesa) a su vez corroído por un tercer ciclo parasitario.

Karl Polanyi idealizaba a la aristocracia financiera de esa época señalando su rol positivo en la preservación de la larga “pax europea” (salpicada por conflictos menores) vigente desde el fin de las guerras napoleónicas hasta 1914. La “haute finance” como la llamaba el autor cumplía según él una función armonizadora poniéndose por encima de los nacionalismos, anudando compromisos y negocios que atravesaban las fronteras estatales calmando así la disputas interimperialistas. Pero Polanyi solo miraba la superficie del fenómeno en realidad los negocios de la “haute finance” se fundaban en la vertiginosa acumulación de capitales provenientes principalmente de la rapiña imperialista del mundo uno de cuyos pilares esenciales era la acción de los estados occidentales, el desarrollo de sus aparatos militares (fuente decisiva de negocios) y de las consiguientes megalomanías “patrióticas” de las respectivas burguesías nacionales rivales. Polanyi señalaba que: “los Rothschild no estaban sujetos a un gobierno; como una familia, incorporaban el principio abstracto del internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, cuyo crédito se había convertido en la única conexión supranacional entre el gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía mundial que crecía con rapidez26. En realidad el rol “pacificador” de los Rothschild formaba parte de un doble juego peligroso pero muy rentable, por un lado excitaban a las bestias alentando sus ambiciones (y de inmediato les pasaban la cuenta) y por otro las calmaban cuando amenazaban hacer un desastre, pero esa sucesión de excitantes y calmantes aplicadas a

monstruos que absorbían drogas cada vez mas fuertes terminó como tenía que terminar: con un gigantesco estallido bajo la forma de Primera Guerra Mundial.

De esa gran crisis emergió la revolución rusa que fue el disparador de una enorme ola periférica que se prolongó durante más de seis décadas atravesando la segunda guerra mundial, produciendo la revolución china hasta llegar a la revolución cubana, la liberación de Vietnam y más adelante la revolución nicaragüense. A lo que es necesario incorporar al conjunto de revoluciones antiimperialistas, grandes reformas populares e independencias periféricas desde la revolución boliviana de 1952, el primer peronismo (1945-1955), el nasserismo y la marea del nacionalismo árabe hasta la revolución islámica de Irán. El comunismo fue la expresión más radical de ese proceso, sin embargo desde el punto de vista ideológico su radicalidad quedó a medio camino, su hibridez inicial derivó más adelante en graves deformaciones burocráticas que lo llevaron a la implosión final. El ala bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso pasó a llamarse Partido Comunista, retomó la vieja tradición insurgente de Marx, rechazó al “renegado Kautsky” pero sin desprenderse completamente de los paradigmas burgueses de la época.

Algunas pistas pueden ayudarnos a explicar el fenómeno, un factor decisivo fue el peso abrumador de la cultura estatista ascendente, novedad de fines del siglo XIX y arrolladora desde la Primera Guerra Mundial. Robert Kurz señaló acertadamente la admiración de la dirigencia bolchevique hacia el estado planificado de la economía de guerra del imperio alemán que aparecía como el último grito de la técnica y de la organización planificada27. En ese sentido la ruptura respecto del “marxismo” aburguesado de Kautski fue parcial, desechó el etapismo al que la socialdemocracia europea condenaba a los revolucionarios rusos asumido plenamente por los mencheviques, los bolcheviques no esperaron a que una supuesta revolución burguesa les abriera el espacio para una futura transformación socialista, se acercaron al Marx tardío que visualizaba la posibilidad de saltar desde la autocracia zarista a la revolución socialista pero al mismo tiempo se rindieron culturalmente al mito de la centralización estatal, de la gran maquina planificadora manejada con férrea disciplina militar. Stalin llevó esa tendencia hasta sus últimas consecuencias.

Esa deformación ideológica se vio reforzada por condicionantes externos que acorralaron a la URSS y a las siguientes revoluciones anticapitalistas. Cercos económicos, agresiones imperialistas directas, tentativas de desestabilización reforzaron las tendencias internas a la militarización, al control de la población y a la eliminación de las disidencias. Las burocracias socialistas legitimaban con la agresión externa real a sus sistemas de control interno, los abusos y privilegios de funcionarios y la restricción del desarrollo democrático relegando a un futuro muy lejano la promesa de extinción del estado. El hecho más terrible fue la invasión alemana de la que la Unión Soviética pudo librarse aportando 27 millones de muertos (tragedia que salvó a la humanidad de la primera gran ola de barbarie fascista, ese solo hecho alcanza para legitimar la existencia de la URSS). El aparatismo estatal-militar fue a la vez expresión de resistencia y fortaleza, de opresión interna y de debilidad cultural ante los paradigmas ideológicos occidentales.

A los condicionantes externos debemos agregar, tanto en el caso soviético como en el conjunto de revoluciones periféricas del siglo XX, la presencia de resistencias culturales internas profundas a la transformación socialista no solo en las clases privilegiadas afectadas por el cambio sino también en las bases populares. Se trató de la convergencia entre el aburguesamiento cultural subdesarrollado (admiración del estilo de vida occidental, de sus clases medias y altas) y la persistencia de tradiciones despóticas integradas al capitalismo periférico pre-revolucionario. Convergencia perversa no superada por la estatización socialista (en ciertos casos agravada).

El cuadro queda completado con la evidencia de que tanto la revolución rusa como las posteriores victorias comunistas se apoyaron en la declinación, la podredumbre de sus respectivos capitalismos ingobernables por las elites dominantes, pero el nuevo poder necesitaba para consolidarse de jefaturas enérgicas que se colocaban por encima de las masas populares asi como un estado mayor se coloca por encima de sus soldados. De ese modo la eficacia del aparato reemplazaba la inexistencia o débil presencia a nivel popular de capacidad de auto-organización, de experiencia democrática previa no borrada de la memoria colectiva base indispensable para el desarrollo autoemancipatorio. Debemos tener presente el aplastamiento por parte de la modernidad burguesa de los elementos de comunitarismo campesino y otras formas de solidaridad social de origen precapitalista allí donde estas existían.

Los desmoronamientos capitalistas les abrían paso a las insurgencias populares que amenazaban convertirse en impotencia caótica. La solución jacobina resolvía el problema… pero a largo plazo la solución se transformaba en trampa burocrática, en el predominio de círculos viciosos autoritarios que bloqueaban las iniciativas populares e instauraban complejos aparatos de control cuyo resultado final era invariablemente la decadencia del sistema. El partido único (homogéneo, “monolítico”) y la estatización integral de la sociedad parecían asegurar la transformación socialista, el Partido se apoderaba del estado y lo reconvertía al mismo tiempo que este último engullía a la sociedad, más adelante el estado devoraba al partido, lo convertía en un apéndice de su dominación, la “razón de estado” trituraba a los sueños comunistas.

Insurgencia global, comunismo insurgente

Al promediar la segunda década del siglo XXI la decadencia sistémica global se va acercando hacia una crisis de enorme magnitud, desplegando una mirada sobre la superficie del fenómeno y parafraseando a Proudhon podríamos llegar a afirmar que las tradiciones revolucionarias están gastadas sobre todo la proveniente del comunismo del siglo XX que pretendió heredar al comunismo europeo del siglo XIX. Lo logró parcialmente mientras impulsaba la mayor rebelión anticapitalista de la historia que se expandió por todos los continentes, derrotó a la barbarie nazi y alentó movimientos antiimperialistas de diverso signo.

La primera herencia comunista parecería haber quedado sepultada para siempre, convertida en pasado muerto, reducida a la curiosidad de historiadores, marxólogos o especialistas en Bakunin. La segunda herencia, más cercana en el tiempo, carga con el estigma del fracaso, las banderas rojas victoriosas de 1917 en Petrogrado, de 1945 en Berlín, 1949 en China quedan ocultas bajo los desastres de la implosión soviética de 1991, la caída del muro de Berlín, el auge capitalista de China. Furet en el libro ya citado exagerando sus deseos quiso constatar a mediados de los años 1990 que: “el comunismo termina en una suerte de nada, de vacío absoluto, no abre la vía, como tantos lo han deseado y previsto, a un comunismo mejor” 28. Dicho de otro modo: después de (muertas) las ilusiones comunistas de los siglos XIX y XX no quedaría en pie otra cosa que capitalismo y más capitalismo, neoliberal optimista primero y ahora neofascista, tanático, decadente.

Primera objeción, la memoria histórica, social no es un objeto muerto, sino el resultado, inserto en el devenir de sucesivas reconstrucciones conscientes y subconscientes del pasado, de sus recorridos complejos, de sus reproducciones temporales visibles u ocultas, haciendo vivir en rincones discretos formas culturales latentes que pueden reaparecer de manera “inesperada”. Freud se refirió al “fenómeno de la latencia es decir a la aparición incomprensible de fenómenos y condiciones pertenecientes a sucesos muy lejanos, más tarde olvidados”29. En ese sentido existen numerosas señales de la existencia de una latencia comunista, muchas de ellas visibles, reproduciéndose al calor de las luchas de clases, de las resistencias culturales frente a un capitalismo crecientemente salvaje que ya ni siquiera esgrime un discurso optimista sino llamados a la resignación o al odio racial o religioso o a la limpieza étnica30 y también de un legado teórico formidable de tal manera que por ejemplo resulta imposible entender el funcionamiento general del capitalismo sin el aporte de Marx, ni realizar la crítica del Estado prescindiendo del debate europeo entre comunistas marxistas y libertarios, ni abordar las especificidades nacionales-regionales del desarrollo capitalista global y las consiguientes alternativas poscapitalistas sin las reflexiones de Marx sobre Rusia o las de Proudhon acerca de la reproducción plural de las sociedades, de su heterogeneidad creativa, igualitaria, opuesta a la normalización autoritaria de los sistemas elitistas fundados en jerarquías opresivas (y en consecuencia del comunismo como realización de la libertad).

Segunda objeción, la reproducción de la latencia comunista es el resultado de un desgarramiento social en el sentido más amplio del término de la sociedad universal, de su totalidad, de su manifestación plural, cambiante. No de un desgarramiento ideológico elitista en el seno de la cumbre burguesa sino de rupturas que involucran a grandes masas humanas, de procesos moleculares que pueden llegar a generar saltos cualitativos en la conciencia popular. Su mecanismo de reproducción deriva de la confrontación entre el discurso generoso y democrático, hipócrita del capitalismo y su realidad siniestra, suele expresarse como lucha de clases, se potencia con las crisis y marcha hacia rebelión social integral de sus víctimas (insurgencia contarcultural, violenta, desborde de las clases bajas que rompe los muros del sistema).

Tercera objeción, la experiencia comunista del siglo XX, su fracaso, no terminó en la nada quedó grabado en la memoria, sus proezas están almacenadas en el alma de los justos, de millones de oprimidos, esta siendo digerida por la historia, no puede desaparecer de manera absoluta porque es permanentemente legitimada por la dinámica criminal del capitalismo que al ingresar en su etapa decadente presenta dos grandes escenarios posibles: la degradación ad infinitum o la superación poscapitalista. Se trata de memorias del primer ensayo de superación del capitalismo, imágenes, historias que sobreviven a los deseos de los promotores de la nada, a los ataques nihilistas del pesimismo, las grandes proezas revolucionarias no se esfuman en el vacío, son recuerdos activos, semillas de futuro sembradas en el vasto espacio de la insurgencia global.

Ya que la insurgencia constituye la única vía posible (presentada como imposible por la maquinaria ideológica del sistema) confirmada por los fracasos de las reformas progresistas, nacionalistas, productivistas, democratizantes ante un capitalismo bajo hegemonía parasitaria, marcado por vertiginosos procesos de concentración de ingresos y de acumulación de autoritarismo hasta llegar al neofascismo. Insurgencia contra invasiones extranjeras, contra dictaduras explícitas o implícitas, con rostro militar o civil, contra saqueos desenfrenados de recursos naturales y desastres ambientales que hacen peligrar la supervivencia humana. Desde México hasta la Argentina pasando por Colombia, desde Marruecos hasta Afganistan pasando por Palestina, desde Ucrania hasta hasta Grecia, siguiendo hacia Libia y más hacia el sur de África… ¿que otra alternativa seria que la insurgencia les queda a esos pueblos?, en algunos de esos casos la rebelión ya está en marcha en otros se va aproximando la hora de la pelea. El comunismo del siglo XXI tiene su lugar en esas luchas, debería ser su componente más abnegada, incentivando el desborde popular, la auto-organización a todos los niveles en el doble proceso de destrucción del sistema opresivo y de construcción de conciencia superadora, poscapitalista, autopraxis fundada en la constatación histórica de que el poder de los de abajo solo puede desarrollarse sobre la base de la desestabilización, el deterioro, el retroceso y finalmente de aniquilamiento del poder opresor. Se trata de una mirada combatiente de la realidad social visualizada como campo de batalla, ensayando todas las formas de lucha posibles.

Herencias, medios y fines

Necesidad histórica del comunismo y en consecuencia de la revolución capaz de realizar la transición socialista hacia ese horizonte, ¿pero de que socialismo-comunismo estamos hablando?.

La superación completa del socialismo estatista aparece como un pilar decisivo de la construcción de la conciencia liberadora, es decir el balance crítico de esa deformación, su ubicación temporal concreta no para instalar una suerte de relativismo histórico conformista sino para entender los condicionantes culturales que lo forjaron. Es de gran utilidad retomar el viejo debate entre comunistas marxistas y libertarios, en un texto anterior31 yo señalaba lo siguiente:

1º: el anarquismo planteaba la liquidación revolucionaria del Estado como acto inaugural de la ruptura, por el contrario el marxismo y mas duramente en su versión leninista original planteaba la destrucción del estado burgués y la construcción inmediata de un estado proletario que desde el inicio sería un estado “en extinción”.

2º: la opción anarquista era inviable ya que si tenía éxito llevaría a un caos o a un sistema débil fácilmente destruido por la reacción burguesa porque la cultura comunista del pueblo no emergía a la velocidad que el esquema anarquista esperaba y porque la burguesía era lo suficientemente fuerte a escala global como para aplastar al brote libertario.

3º: la promesa marxista del estado en extinción tampoco era viable dada la inmadurez cultural comunista del pueblo y la fueza de la burguesía global ante lo cual el estado revolucionario para defenderse se centralizaba, burocratizaba, militarizaba enterrando definitivamente la promesa inicial.

4º: los anarquistas tuvieron razón ante experiencias revolucionarias exitosas del siglo XX que terminaron engendrando monstruos burocráticos antesala de restauraciones capitalistas desde el interior del sistema enlazando con el capitalismo global aun dinámico.

5º: pero también los marxistas tuvieron razón porque en las condiciones concretas del siglo XX solo la construcción de un estado revolucionario podía impedir la restauración burguesa.

6º: en realidad ambos estaban equivocados, los primeros porque condenaban a la revolución a un rápido fracaso y los segundos porque la condenaban a su burocratización 7º: la solución fue aportada por la historia, por el tiempo que terminó por traer la senilidad del capitalismo es decir su declinación cultural universal y una gigantesca acumulación universal de experiencias democráticas en los pueblos sumergidos, en el proletariado, humanidad plural rodeando a las potencias centrales pero extendiéndose más adelante hacia el interior de las mismas como consecuencia de la decadencia del sistema que proletariza a porciones crecientes de sus propias poblaciones.

Más allá de la corrupción sindical, de los fraudes electorales y de la usurpación de la voluntad popular por parte de las “democracias representativas”, lo cierto de que varios miles de millones de personas han participado durante el siglo XX en actos electorales, han realizado huelgas, han intervenido en revoluciones, en organizaciones vecinales, etc., en fin han terminado por conformar lo que podría ser calificado como “patrimonio cultural democrático de la humanidad” base real en la que pueden apoyarse procesos de autoemancipación social, de autopraxis revolucionaria. Las revoluciones socialistas del siglo XX no contaron con ese potencial inicial con el agravante de que las vanguardias en muchos casos subestimaban o despreciaban tradiciones populares colectivistas consideradas restos de precapitalismo, atraso campesino, desorden que podía ser aprovechado por el enemigo.

Precisamente ese potencial de auto-organización existente con sus especificidades culturales y diferentes niveles de desarrollo, producto de la propia dinámica de la civilización burguesa y de las experiencias anticapitalistas, es decir del siglo XX, brinda la posibilidad de construcción de estructuras descentralizadas, de redes populares insurgentes capaces de desestabilizar, aislar y luego quebrar el funcionamiento de los mega-aparatos de control, desbordando sus instrumentos represivos, sus sofisticaciones tecnológicas.

La concentración del poder por parte de las elites dominantes pone a su disposición estructuras capaces de acumular y procesar enormes masas de información y realizar operaciones puntuales muy precisas, así como estrategias de degradación y sometimiento de amplios sectores populares combinando la hiper-concentración mediática que apabulla a la sociedad con acciones represivas de diverso tipo, “legales” e ilegales, todo ello formando parte del paquete conocido como Guerra de Cuarta Generación32. Esos sistemas pueden aislar y descuartizar vanguardias centralizadas, burlar sus compartimentaciones celulares, dicho de otro modo pueden derrotar a organizaciones revolucionarias del siglo XX, pero tienen enormes dificultades para enfrentar a un monstruo popular descentralizado, desplegándose en miles de iniciativas autónomas, practicando una amplia variedad de formas de lucha, conformando redes sociales complejas.

Fines y medios se articulan históricamente, auto-organización popular y comunismo del siglo XXI pasan a ser las dos caras de la insurgencia revolucionaria posible, el sistema capitalista queda al descubierto como un gigante con pies de barro. La civilización burguesa con su despliegue político-militar, económico y tecnológico, su hipertrofia urbana, su revolución comunicacional, ha conseguido crear monstruosos aparatos opresivos pero al mismo tiempo, y sobre todo en su etapa decadente termina generando las condiciones organizacionales para ser derrotada por sus víctimas.

La revolución fundada en la auto-organización popular define otro tipo de transición socialista hacia el comunismo, propone un nuevo estado que se acerca mucho más a la imagen descripta por Lenin en “El estado y la revolución” como híbrido, construido luego de la destrucción del Estado burgués (no de su transformación gradual) que se presenta como una sucesión de reorganizaciones (democratizaciones) estatales-revolucionarias marchando hacia la extinción de ese poder33, no como promesa de la dirigencia jacobina sino como proceso real de ascenso de las comunidades de base, del comunalismo que aleja el fantasma de la revolución congelada por la burocracia.

El concepto de autopraxis revolucionaria resulta indisociable de la reconceptualización del sujeto universal capaz de realizarla: el proletariado del siglo XXI. Como sabemos el concepto de proletariado aparece en la Roma imperial abarcando a la llamada “sexta clase”, la más baja, carente de propiedades y que solo disponía de sus hijos (su prole) para nutrir los ejércitos del Imperio. Desde mediados del siglo XIX se refiere a la masa de trabajadores modernos que no disponen de la propiedad de sus medios de producción. Necesitamos ahora un concepto de proletariado que identifique al sujeto potencial del proceso de superación del capitalismo en su etapa decadente y globalizada donde el parasitismo es el centro del proceso de reproducción (la etapa de la hegemonía industrial y productiva en general ha quedado enterrada en el pasado), donde dicha reproducción despliega fuerzas destructivas que amenazan a la existencia humana (el capitalismo del siglo XXI entendido como sistema de autodestrucción a escala planetaria). Ya a mediados de los años 1980 Ernest Mandel pronosticaba la nueva disyuntiva sucesora de la formulación realizada por Rosa Luxemburgo a comienzos del siglo XX, “el dilema ya no es – señalaba Mandel- socialismo o barbarie sino socialismo o muerte34.

Dicho concepto debe servir para señalar a la masa social universal que para sobrevivir, para superar la acumulación de desastres en curso necesita destruir al capitalismo, a la que la dinámica del sistema empuja a convertirse en negadora absoluta de la civilización burguesa o en caso contrario pasar a ser una masa multiforme, gelatinosa de subhumanos. Se trata de un espacio plural abarcando a diversas categorías sociales: obreros industriales, trabajadores de la agricultura y el comercio, pequeños campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, microempresarios industriales, etc., a pobres e indigentes en general como por ejemplo la población de aproximadamente mil millones de personas clasificada por la OIT como la que sobrevivía en 2012 con un ingreso de 1,90 dólares diarios o menos (medido a paridad de poder adquisitivo – PPA- del año 2011), a la que es necesario agregar la franja siguiente sobreviviendo con un techo de 3,10 dólares diarios medido de igual manera. Evidentemente el concepto de proletariado no cubre a la totalidad de los asalariados ya que es necesario excluir a los asalariados de clase alta y media-alta como los gerentes de bancos, de empresas de diverso tipo, técnicos de alto nivel, altos funcionarios del Estado, etc. que tanto en los países centrales como en los periféricos integran el área de las elites dominantes y sus círculos de servidores privilegiados. Quedan entonces excluidas diversas capas de asalariados y deben ser incluidas otras de no asalariados. A estos cortes según niveles de ingresos y localización en el sistema se agregan numerosas especificidades regionales, nacionales y locales, étnicas, etc. Se trata entonces de la “masa sufriente“ que señalaba el joven Marx pero en la condiciones del siglo XXI y que comienza a pensar en la medida en que pelea por su dignidad, desde su lugar concreto, desde sus herencias e innovaciones culturales, buscando afirmar su identidad solo posible si se embarca en la tarea de destrucción del infierno capitalista. Masa sufriente-pensante que puede ser potenciada en su proceso autoemancipador con el ingreso a sus filas de la masa pensante que sufre, se rebela contra la injusticia, masa pensante-sufriente que se humaniza realmente a condición de no reivindicar la letra del discurso demagógico democrático del sistema para contraponerlo con su práctica siniestra (“desgarramiento” inútil) sino que rechaza de manera absoluta a esa alternativa civilizatoria buscando destruírla mediante la lucha revolucionaria, fusionándose con la autopráxis liberadora del proletariado. Dialogar y combatir, todo al mismo tiempo.

De todos modos no existe una frontera prolija, perfectamente delimitada entre el proletariado y el resto, aparecen más bien fronteras borrosas que van siendo atravesadas de manera desordenada al ritmo de la decadencia sistémica por estratos superiores que se empobrecen. Esto ocurre hoy en los países centrales pero también en los periféricos donde las clases medias son acorraladas por los programas de ajuste.

La insurgencia global se presenta entonces como una posibilidad concreta derivada de la necesidad de sobrevivir al desastre en curso y de la existencia del sujeto proletario. El comunismo renovado, desprovisto de sus viejas trabas castradoras constituye el horizonte poscapitalista accesible recorriendo los caminos de las transiciones socialistas35: revolución de la pluralidad creadora, conquista de la libertad, desborde multicultural de miles de millones de seres humanos destruyendo la cárceles del capitalismo.

1Citado en Pierre Olivier, “La Commune”, Ch. 1, Gallimard, Paris, 1939.

2Destaco dos textos recientes: John Pilger, “Why the rise of fascism is again the issue”, Johnpilger.com, 25 February 2015 (http://johnpilger.com/articles/why-the-rise-of-fascism-is-again-the-issue) y Dmitry Orlov, “Financial collapse leads to war”, Cluborlov, March 03, 2015 (http://cluborlov.blogspot.fr/2015/03/financial-collapse-leads-to-war.html).

3Evidentes en la marea reaccionaria con claras componentes racistas que llevó al gobierno a Mauricio Macri en Argentina, en el antichavismo duro en Venezuela, en expresiones abiertamente fascistas en movilizaciones opositoras en Brasil.

5Domenico Losurdo, Las raices norteamericanas del nazismo”, Enfoques Alternativos, nº 27, Octubre de 2006, Buenos Aires.

6Laurence H Summers: “Reflections on the ‘New Secular Stagnation Hypothesis” y Robert J. Gordon: “The turtle’s progress: Secular stagnation meets the headwinds” en “Secular Stagnation:Facts, Causes, and Cures”, CEPR Press, 2014.

7O. Giarini et H. Loubergé, “La civilisation technicienne à la dérive. Les rendements décroissants de la technlogie”, Dunod, Paris, 1979.

8Marx-Engels, “La ideología alemana” (1845-46). Marx-Engels, Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1974.

9Dobyns, H. F.,”Their number become thined: Native American population dynamics in Eastern North America”, Knoxville, University of Tennesee Press, 1983.). Cook, S. F. y W. W. Borah, “The indian population of Central Mexico”, Berkeley, University of California Press, 1963.). Angus Maddison, “Historical Statistics of the World Economy: 1-2008 AD”, http://www.ggdc.net/maddison/maddison-project/home.htm.

10Angus Maddison, op. cit.

11François Furet, “Le passé d’une illusion”, Chap 1. RobertnLaffont-Calmn Lévy, Paris 1995.

12ibid.

13ibid.

14Maximilien Rubel rescató el concepto elaborado por Marx de “autopraxis histórica del proletariado”, proceso de autoemancipación a la vez crítico y destructivo, teórico-práctico del sistema, capaz de elaborar en el combate anticapitalista el camino de la superación socialista-comunista (Maximilien Rubel, “L’autopraxis historique du proletariat” en “Auto-émacipation ouvrière et marxisme politique”, Économies et Sociétés, Etudes de Marxologie, Cahiers de l’ISMEA, Série S, n.º 18, Paris, Avril-Mai 1976).

15Karl Kautsky, “Les trois sources du marxisme”, Chapitre IV, “L’ union du mouvement ouvrier et du socialisme”, Ed. Spartakus, París, 1947.

16Europa, madre del comunismo, es también su principal teatro, la cuna y el corazón de su historia”, F. Furet, op. cit, pág. 15.

17Carta de Karl Marx a Arnold Ruge, Mayo de 1843, en Karl Marx, Arnold Ruge, “Los Anales franco-alemanes”. Ediciones Martinez Roca, S.A. 2a edición, Barcelona 1973.

18Jorge Beinstein, “Carta de Marx a Ruge, Mayo de 1843”, Programa 123 – Escuela de cuadros, Caracas, Julio de 2013, https://www.youtube.com/watch?v=CpxQ08dghkY.

19Maximilien Rubel reunió varios testimonios de Engels referidos a esa expresión de Marx (carta de Engels a la redacción de Sozialdemokrat 7 de septiembre de 1890, carta a Bernstein 3 de noviembre 1882, carta a C. Schmidt 15 de agosto 1890, carta a Paul Lafargue 27 agosto 1890), Maximilien Rubel, “Marx critique du marxisme”, pág. 21, Payot, Paris 1974.

20Karl Marx – Réponse à Vera Zasulich, 8 mars 1881, Marxist.org, https://www.marxists.org/francais/marx/works/1881/03/km18810308.htm

21Teodor Shanin, El Marx tardío y la vía rusa. Marx y la periferia del capitalismo”,pág. 38, Editorial Revolución, Madrid, 1990.

22Marx-Engels Werke, vol 35, pág 160-161, citado por Teodor Shanin, op. cit, pág. 94.

23Marx & Engels, Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1974), t. III.

24Favid Fieldhouse, “Economía e Imperio. La expansión europea 1830-1914”, Ed. Siglo XXI, México, 1990.

25El desplazamiento no fue completo, subsistió la miseria proletaria en importantes espacios urbanos y rurales modernizados de Europa al igual que intelectuales revolucionarios que enlazarían más adelante, desde 1917, con la ola revolucionaria proveniente de Rusia, periferia próxima. Aunque el liderazgo (reformista) del socialismo en Europa quedó en manos de la aristocracia obrera y sus pensadores ortodoxos, la socialdemocracia alemana era el ejemplo a seguir.

26Karl Polanyi, “The Great Transformation.The Political and Economic Origins of Our Time”, Bacon Press, Boston, Massachusetts, 2001.

27Robert Kurz, “La economía de guerra alemana y el socialismo de estado”, http://www.exit-online.org/textanz1.php?tabelle=transnationales&index=3&posnr=42&backtext1=text1.php

28François Furet, op. cit., pág. 13.

29Sigmund Freud, “Moisés y la religión monoteista”, Editorial Losada-Editorial La Página, Buenos Aires, 2004.

30El neofascismo europeo y el “estado islámico”, el primero en el centro y sus suburbios -desde París a Kiev- y el segundo en la periferia constituyen ejemplos extremos de capitalismo tanático, punta de iceberg de un espacio ideológio-político más vasto que incluye a neoliberalismos salvajes como los del México de Peña Nieto, la Colombia de Santos o la Argentina de Macri extendiéndose a otros sistemas conservadores menos escandalosos pero profundamente decadentes.

31Jorge Beinstein, “Comunismo del siglo XXI. De la decadencia de la sociedad burguesa global a la irrupción del post capitalismo revolucionario”, Ediciones Trinchera, Caracas 2011.

32Jorge Beinstein, “La ilusión del metacontrol imperial del caos. La mutación del sistema de intervención militar de los Estados Unidos y sus consecuencias para América Latina”, Ediciones Trinchera, Caracas 2013. Texto alojado en: http://beinstein.lahaine.org/b2-img/beinstein_militarismo.pdf

33Lenin aclara que con la victoria de la revolución “el estado burgués no se extingue sino que es destruido… el que se extingue después de la revolución es el Estado o semi-Estado proletario” (V. I. Lenin, “El Estado y la Revolución”, en V. I. Lenin – Obras Escogidas, tomo 2, pág. 315, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú 1960.

34Ernest Mandel, “El socialismo en el umbral del siglo XXI”, Mesa Redonde 1985 – El socialismo en el umbral del siglo XXI, Međunarodna Tribina Socijalizam u svetu, Beograd 1985.

35En el texto antes citado Ernest Mandel señala que la transición socialista visualizada como fenómeno universal “no es ni el paraíso terrestre, ni el establecimiento de un armonía perfecta entre el individuo y la sociedad ni entre la sociedad y la naturaleza. El objetivo es más modesto: resolver seis o siete problemas que han sido la fuente de los principales sufrimiento humanos; la explotación del hombre por el hombre, la guerra y la violencia masiva, las hambrunas, la desigualdad, la discriminación institucionalizada y sistemática de las mujeres, razas y o grupos étnicos considerados inferiores, etc., las crisis económicas, las crisis ecológicas, etc. Estamos convencidos que la solución de los seis o siete problemas mencionados constituiría un salto enorme hacia el progreso y la emancipación del género humano en general y de los individuos que lo constituyen, un progreso del mismo tipo como lo fue en el pasado la abolición del canibalismo y de la esclavitud”.

LA ALTERNATIVA POLÍTICA Y SU CARENCIA. El caso argentino en el contexto sudamericano

Por Daniel Campione
Muy breve mirada a los “progresismos” de Sudamérica.
Algunos procesos sudamericanos elogiados como “progresistas”, criticados como “populistas” e incluso autoproclamados como “socialistas”, fueron encabezados, en su inicio, por fuerzas políticas de breve historial (Bolivia), en laborioso proceso de formación y reconfiguraciones (Venezuela), o hasta sin un partido o coalición que los sustentara (Ecuador). Había un rasgo común fundamental: El derrumbe, previo y más o menos completo, del sistema de partidos anterior, configurado en base a agrupaciones que habían sufrido un largo desprestigio, como en Venezuela, o al menos venían de ruidosos fracasos, con desplazamientos de figuras presidenciales incluidas, en el pasado reciente. A todas ellas les correspondía una alta responsabilidad, tornada evidente para las mayorías populares, en un decurso de deterioro del nivel de vida, las condiciones de trabajo, y el acceso a los servicios y prestaciones públicas del conjunto de las clases subalternas. Un proceso firme de luchas y movilización popular precedió el ascenso al gobierno en los tres países, como respuesta a crisis económicosociales y políticas, con momentos agudos enmarcados en una trayectoria prolongada. El caso más rico en esas manifestaciones fue tal vez el boliviano, con la extensa lucha de los campesinos cocaleros, que conectó con episodios de protesta más bien urbana, con cariz insurreccional (corroborar) tales como las “guerras” del agua y del gas, y al menos dos grandes movilizaciones que derivaron en el desplazamiento de los gobiernos respectivos.

En Brasil y Uruguay el componente de novedad y transformación fue bastante menor. Los sistemas de partidos tradicionales no se derrumbaron, los elementos de crisis no llegaron a eclosionar, y no hubo movilizaciones que desplazaran gobiernos. Sí se produjo el arribo al gobierno de fuerzas que nunca habían llegado a la posición de gobierno hasta ese momento, y que provenían de posiciones situadas a la izquierda de los partidos gobernantes en períodos anteriores. Asimismo, si bien su aparición provenía de fines de los años 60 para el uruguayo Frente Amplio, en tanto que coalición de izquierda que reemplazaba a otras de alcance y nivel de éxito más circunscripto, y de los primeros 80 en el caso del Partido de los Trabajadores a principios de los 80, en esas épocas no tan lejanas habían irrumpido como novedosos y radicales agrupamientos que venían a conmover a sistemas políticos signados por el conservadurismo, el desprestigio a causa de prácticas mezquinas y corruptas, y la incapacidad para promover seriamente algo diferente a la “administración de lo existente”, en sociedades en las que el estado de cosas imperante distaba de ser prometedor. El que en Uruguay el sistema preponderante fuera un bipartidismo anquilosado y con sus raíces en el siglo XIX, y en Brasil se presentara el predominio de múltiples maquinarias electorales, inestables y de origen mucho más reciente, no proyectó diferencias sustanciales entre ambas experiencias. En cambio, sí las acercó el desarrollo de un proceso de “desradicalización” ideológica, moderación progresiva de las respectivas culturas políticas, y parcial desactivación de las bases militantes. Todo ello hizo que, una vez llegados al gobierno, tanto el PT como el FA encarnaran sólo una desleída imagen respecto al perfil izquierdista e incluso en parte marxista que había signado sus orígenes y contribuido a sus primeros éxitos.

Si comparamos el componente de “radicalidad” de estos dos tipos de experiencias, aparece más que clara la diferencia cualitativa existente entre unas y otras, que tal vez pueda sintetizarte en tres aspectos, que aparecieron, con diferentes niveles de claridad y centralidad, en Bolivia, Venezuela y Ecuador: 1) La adopción, como consigna propagandística pero también, al menos en parte, como guía programática, de la realización de un proceso de revolución social, definida de diversas maneras, a menudo con un componente de vaguedad importante, pero signada por cambios, así sea parciales, en las relaciones de propiedad agraria, urbana y de los recursos naturales. 2) El propósito, de producir transformaciones en el tipo y calidad del orden político existente, articulados en torno tanto a cambios de la arquitectura institucional del Estado, como en el estímulo a la organización y movilización de masas, con la inclusión de modalidades de “poder popular” orientadas en mayor o menor medida a dotar de mayor amplitud e intensidad al componente de soberanía popular de las democracias “realmente existentes”, en un intento por ampliar su componente directo y semidirecto, sin desechar el preexistente factor representativo. En los tres casos hubo asambleas constituyentes que dieron lugar a modificaciones importantes del ordenamiento político, económico y social..1 3) La fijación de un horizonte de superación del capitalismo, siquiera como guía de mediano y largo plazo para el diseño estratégico de los cambios emprendidos, en puesta en cuestión voluntaria y explícita del marco de “posibilismo” dentro del capitalismo y la democracia representativa que adquirió franco predominio tras el derrumbe de la URSS, y guió las llamadas “transiciones a la democracia” de todos los países sudamericanos.2

Esos tres componentes han estado ausentes tanto en los gobiernos del PT , como los del Frente Amplio. Ambos ganaron elecciones después de varios intentos fallidos, y lo lograron mediante el aprendizaje de las “lecciones” que les impartieron, sin prisa ni pausa, los poderes económicos, sociales y culturales de sus respectivos países, que los llevaron a adoptar ciertas prácticas de partidos “atrapatodo”, con la necesaria atenuación de su inicial vínculo privilegiado con los trabajadores y sectores populares, la adopción de formas discursivas en las que los componentes disruptivos tuvieron un peso cada vez menor, la ejercitación de las prácticas de la “encuestología” y el marketing político no como referencias auxiliares sino en carácter de verdaderas “guías para la acción”, amén de políticas de alianzas que los llevaron a articularse en coaliciones más amplias, expandidas casi exclusivamente hacia la derecha del espectro político.. El resultado fueron gobiernos que generaron algunos avances en políticas sociales (en mayor grado en el caso brasileño, con planes como “Bolsa Familia” y “Mi casa, mi vida”, entre otros), pero en lo fundamental mantuvieron intacto el marco generado en décadas anteriores por gobiernos habitualmente caracterizados como “neoliberales”, y no cuestionaron, ni siquiera en el plano discursivo, el sistema capitalista. Incluso, sobre todo en Brasil, los funcionarios a cargo de la política económica estuvieron en gran parte encuadrados en los parámetros de la “ortodoxia”.económica, lo que derivó en las políticas de ajuste fiscal y de reducción de la emisión monetaria que suelen acompañar a ese paradigma.

Hoy algunas de esas experiencias están en un prolongado desgaste, estimulado por contraofensivas encabezadas por variopintas coaliciones de oposición, que tienen el respaldo invariable de grandes centrales empresarias y de los medios de comunicación autodenominados “independientes” El propósito de los agrupamientos de oposición es desplazar del poder a los gobiernos llamados “progresistas”, sea mediante elecciones, cuando visualizan posibilidades de un triunfo electoral en un plazo más o menos breve, o mecanismos menos regulares de desplazamiento, en caso contrario. La lucha por el poder sigue abierta, si bien son innegables los avances de las alianzas que quieren terminar con lo que definen como “populismo”, caracterización que encubre el deseo de volver atrás con toda política que haya favorecido las condiciones de vida y de trabajo de las clases subalternas.

En Brasil se vive un momento álgido de cuestionamiento a la permanencia del Partido de los Trabajadores en el poder, respaldado por un gran empresariado que, no conforme con la acentuación de las políticas de “austeridad” por parte de la presidenta Dilma Roussef, pretende el abandono de los resabios “populistas”, y la imposición de su programa de máxima. Una informal coalición, centrada en el Parlamento, que aúna a las principales fuerzas de oposición con sectores que acaban de abandonar la alianza oficialista, se halla a punto de lograr el inicio de un juicio político a la mandataria, pese al más que dudoso valor de las causa invocada para entablar el juicio, y la nula legitimidad de los hasta ayer aliados del PT, que impulsan todo el proceso y serían los beneficiarios directos del apartamiento de la presidenta Rousseff.3

En la República Bolivariana de Venezuela el conflicto ha sido más agudo y se mantiene, con breves períodos de remisión, desde hace más de una década. Una coyuntura internacional desfavorable y el sabotaje activo de sectores del empresariado, facilitado por la no superación de la dependencia petrolera del país caribeño, han contribuido a a la generación de una aguda crisis económica que, sobre la base de la muy elevada inflación y los problemas crecientes de abastecimiento, sirve de lubricante al hostigamiento permanente del conglomerado opositor hacia el gobierno. Desde 2002 se ha intentado una amplísima gama de instrumentos para terminar con el ciclo “chavista”, hoy la presunta pérdida de popularidad del presidente Nicolás Maduro, y la lejanía de la próxima elección presidencial, lleva a los opositores a poner en marcha un proceso de revocatoria, instituido por la constitución bolivariana, y que ya fuera puesto en práctica, sin éxito, en vida de Hugo Chávez. Queda por verse qué tan profundo es el deterioro del sustento popular al gobierno chavista, y que rol jugarán las organizaciones populares que lo han respaldado hasta ahora.

Tanto en Ecuador como en Bolivia, sin excluir un alto nivel de conflictividad, los gobiernos respectivos no se encuentran, por ahora, bajo una amenaza de desplazamiento o destitución con el carácter agudo existente en los casos venezolano y brasileño. En Bolivia, la flamante derrota del presidente Evo Morales en el referéndum convocado para habilitarle una nueva reelección no implica un riesgo de destitución, pero sí constituye un toque de atención sobre los límites del proceso en cuánto a procurarse una opción sucesoria menos dependiente del liderazgo personalizado e insustituible.

En lo que respecta a Uruguay, único caso de sucesión entre presidentes de la misma orientación, sin que medien circunstancias dramáticas ni situaciones de alta conflictividad, todo parece encauzarse en los límites de la “normalidad”, tanto económica como institucional. Los gobiernos del Frente Amplio se remiten a la administración de lo existente, sin provocarle mayores sobresaltos al poder económico ni a las fuerzas políticas opositoras y con total disposición a mantener la participación popular en los límites de la apatía política, con la retribución de no sufrir acciones hostiles de la magnitud de las que enfrentan otros gobiernos.

El caso argentino, sobre el que nos ocuparemos a continuación, es el único donde el ciclo “progresista” ya ha tenido que abandonar el gobierno, por vía de elecciones libres convocadas en el tiempo previsto, con elevada participación, e incuestionada “limpieza” de los procedimientos electorales. La ausencia de traumas institucionales en la transición no equivale a que el cambio de orientación respecto del gobierno anterior sea una alteración de escasa relevancia. Autopercibida como “nacional y popular”, descalificada como “populista” y en ocasiones hasta como “chavista”, aunque cuidadosamente ajena a cualquier retórica “anticapitalista”, la gestión de los gobiernos Kirchner ha tenido que dar lugar a un gobierno de signo conservador, que una mirada benévola puede caracterizar como una “derecha moderna”, respetuosa del régimen constitucional, que emplaza a las políticas más gratas al gran capital, en un lugar al que en otras épocas sólo habían llegado por vía de fraude electoral, golpes de estado o de la ferviente conversión de un gobierno de signo “populista”, tornado en entusiasta gestor de la línea programática de las grandes empresas y el poder financiero internacional durante las dos presidencias de Carlos Menem. Las primeras acciones del gobierno de la Alianza Cambiemos con la presidencia de Mauricio Macri, son percibidas, por partidarios y adversarios, como una drástica reversión de la gestión de los gobiernos Kirchner. Queda por verse si el viraje conservador en curso en Argentina es el primero de una serie, consolidando el cierre de todo un ciclo. Los indicios manifestados hasta ahora, parecen indicar altas probabilidades de que así sea.

 

Argentina 2003-2015. Algunos apuntes.

El proceso argentino de 2001-2015 presenta particularidades que lo distinguen con claridad de los dos “tipos” esbozados más arriba, Venezuela, Bolivia y Ecuador por un lado, Brasil y Uruguay por el otro, que incluso podrían hacer razonable el considerarlo un caso “intermedio” entre ambos.

Sí estuvo presente en el país la modalidad más “fuerte” de la crisis, con catastróficos niveles de desocupación, pobreza y deterioro de las políticas sociales y servicios públicos, y un auge del nivel de organización y movilización popular, en gran medida como respuesta al franco ataque llevado adelante por el gran capital y un Estado más que estrechamente subordinado a sus intereses. En el transcurso de esas respuestas populares se dio, a la par que su intensificación, el surgimiento de formas parcial o totalmente novedosas de acción y organización. La conformación de un movimiento de desocupados de una amplitud y visibilidad pocas veces vista a nivel mundial.4 fue la primera en orden cronológico, hizo eclosión en los últimos años 90, con el “corte” de calles, rutas y puentes como forma privilegiada de acción pública. Los llamados “piqueteros” formaron parte principal de un movimiento de protesta que articuló con las organizaciones sindicales, cuya participación en estas luchas suele ser subestimada o incluso semiolvidada, pese a que, entre otras cosas, realizó seis paros generales durante 2000 y 2001, el último el 13/12, en las vísperas de la rebelión popular,5 y con un vasto conjunto de organizaciones de base territorial, incluidas muchas con predominio de las capas medias, a menudo con objetivos específicos y sectoriales, y otras veces animadas por el propósito general de enfrentar una situación percibida cada vez más como intolerable.

El interinato presidencial de Eduardo Duhalde, entre enero de 2002 y mayo de 2003 logró restablecer la autoridad presidencial y darle una salida electoral al proceso, pese a todos sus tropiezos. Cuando los comicios se hicieron realidad, más del cuarenta por ciento de los sufragios se distribuyeron entre candidaturas probadamente conservadoras como la del expresidente Menem y la de Ricardo López Murphy, que fuera destacado ministro del desplazado gobierno anterior, y los partidos de izquierda permanenecieron en condición muy minoritaria. El triunfo final, por retiro de Menem para la segunda vuelta de un postulante, como Néstor Kirchner, que tenía entre sus divisas la de conseguir “un país normal”, y no esbozaba en su campaña más transformaciones que las que encarnaban algo así como un tímido regreso a las políticas que el peronismo había propiciado antes de 1989. El cuadro de conjunto que proporcionaban esos resultados, era el de condiciones crecientes para una “normalización” que dejara incólume todo lo sustancial de las relaciones de poder y de la estructura social abiertamente cuestionadas, así fuera de un modo confuso,

La presidencia Kirchner encaró de modo resuelto esa vuelta a la “normalidad”, pero con la inteligencia, asentada en una fuerte voluntad política, de incorporar a su acción de gobierno algún nivel de satisfacción de las reivindicaciones y demandas que habían estado en el ambiente en el período inmediato anterior. El abandono de la “cruzada” privatizadora, desreguladora y de flexibilización laboral vigente entre 1989 y 2001, sin ser totalmente revertidos sus efectos, dio lugar a un propósito de “mayor presencia del Estado” en el ámbito económico y también en el laboral, esto último mediante el resurgimiento de las convenciones colectivas de trabajo, reducidas al mínimo por más de una década.

A lo largo de los 12 años de gobierno del kirchnerismo, y en particular despúes de 2008, también se fueron sucediendo estatizaciones de algunas de las empresas e instituciones privatizadas por las gestiones anteriores. La mayoría de ellas quedaron en manos de capitalistas privados, pero la vuelta a manos estatales del sistema jubilatorio y de Aerolíneas, sumado a la conversión de YPF en una peculiar empresa mixta, tuvieron una significación económica y sobre todo simbólica.

Esto fue acompañado por el propósito de retomar los juicios a los militares represores de la última dictadura, una cierta “limpieza” del poder judicial, que había sido un foco importante de los cuestionamientos de la etapa anterior.

También jugó un papel la aprobación de normativas con reivindicaciones de las llamadas “minorías”, como el matrimonio igualitario y la identidad de género, aunque no hubo avances en otros campos similares, como la legalización del aborto.

Asimismo merece mención la ley de medios, que recogió, después de un proceso deliberativo, los proyectos de una coalición de medios alternativos, que venía de una larga brega a favor de una legislación de ese tipo.

El gobierno de Néstor Kirchner, a partir de 2003, no se basó en las construcciones alternativas surgidas en los años inmediatos anteriores. Su relación con las pujantes organizaciones populares se orientó más bien a la cooptación, en particular de las que se identificaban con el peronismo, o sin hacerlo, profesaban ideas y modos de acción de raigambre nacional popular.6 Estas organizaciones conservarían su existencia y un margen acotado de autonomía operativa, a cambio de un apoyo explícito y continuado a las políticas del gobierno.

Para las restantes, en general vinculadas a partidos de raigambre marxista o bien identificadas con posiciones de izquierda autonomista o “independiente”, se optó por mantener una relación más bien distante, pero compatible con la permanencia del otorgamiento de “cuotas” de subsidios y planes sociales, y con la supuesta abstención por parte del poder político del recurso a la represión abierta, renuncia destinada a coexistir en la práctica con el abundante uso de recursos judiciales y administrativos contra militantes y activistas, y con episodios de represión localizada, en general efectuados por gobiernos provinciales. El resultado buscado era la pérdida de fuerza y presencia callejera de esos movimientos, sin emplearse a fondo en tentativas de alcanzar su completa neutralización.

Otras creaciones populares, como las empresas recuperadas y en especial las asambleas populares, ya habían visto sensiblemente menguada su “visibilidad” y capacidad de acción antes de la asunción del presidente Kirchner, y el gobierno tendió más bien a no prestarles mayor atención, limitándose a un apoyo selectivo y no muy caudaloso, pero sin emprender acciones de hostigamiento más o menos abierto.

El influjo de la propuesta de Néstor Kirchner incluyó a los llamados movimientos piqueteros, algunos de los cuales apostaron a modalidades de articulación política diferente a las organizaciones partidarias, lo que no sólo incluía a las fuerzas políticas burguesas, sino a las expresiones más o menos tradicionales de la izquierda. La apertura de un proceso reformista, para muchos inesperado, que abarcó la expansión del empleo y un mejoramiento de las condiciones económicas de las clases populares, al menos en la comparación con los catastróficos indicadores anteriores a 2003, produjo la cooptación de parte de los movimientos de desocupados y territoriales, que decidieron apoyar al gobierno, y la pérdida de fuerza y a veces dispersión de los que escogieron mantener distancia respecto al kirchnerismo, tanto en la izquierda tradicional como en los de perspectiva más autonomista. Asimismo, la insinuaciónde una alianza entre sectores marginados y capas medias, en su momento expresada en la consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola”, se fue diluyendo hasta dar lugar a una creciente hostilidad de los sectores medios, e incluso de una porción importante de los trabajadores asalariados, con respecto a los que eran visualizados como perceptores de planes sociales, alejados del trabajo genuino por voluntad propia, que en todo caso entretenían sus ocios en actividades militantes que tampoco se visualizaban de modo muy positivo.

La plataforma para la candidatura presidencial en 2003, el Frente para la Victoria, estaba claramente articulada en torno al tradicional Partido Justicialista, que hubo de mantener a todo lo largo del período sus rasgos de siempre, en primer lugar los de signo conservador e incluso regresivo. Así se pueden observar el sesgo paternalista de sus modos de construcción de consenso interno y externo, la concepción verticalista de la conducción, con las organizaciones y militancia de base casi reducida al rol del apoyo acrítico a las orientaciones de la dirigencia, en cuánto a movilizarse o mantenerse en la pasividad, y a actuar como masa de maniobras electoral al servicio de una trama de poderes locales a menudo signados por la corrupción y la violencia. Esos poderes adoptaron un sedicente pragmatismo, con desprecio de casi cualquier objetivo que no esté orientado por una política de obtención y mantenimiento del poder. En línea similar juega la alianza estrecha y de influencia mutua con una dirigencia sindical cada vez más corrupta y propatronal, habituada a la manipulación y hasta a la coerción directa sobre sus “representados”. Todas esas características pervivieron e incluso se expandieron bajo los gobiernos kirchneristas.

Estaba claro lo que el PJ podía ofrecerle a los trabajadores y demás clases subalternas, evidencia que se reforzaba con el más somero repaso de la trayectoria de ese partido, cuyo antecedente más cercano era una década completa de gobierno dedicada a una feroz ofensiva contra todo tipo de derechos y conquistas de las clases populares, junto con el desmantelamiento, llevado a grados extremos, de todo el aparato de políticas keynesianas y actividad empresaria estatal que, en lo fundamental, había sido formado por el primer peronismo, y mantenido, con relativo entusiasmo o a regañadientes, por sus sucesores de 1955 en adelante.7 Y remontándose a la década de 1970, se encontraba el precedente de un justicialismo encabezando a un gobierno que prohijó tanto el desencadenamiento inicial del terrorismo de Estado, como la fase “experimental” de las políticas neoliberales cuyo predominio se tornaría perdurable a partir de marzo de 1976.

La actuación del PJ en la antesala de los gobiernos kirchneristas, el interinato 2001-2003, había apuntado a una incipiente estabilización económica y política que no vaciló en recurrir al asesinato de militantes cuando procuraba disminuir el nivel de protesta social.

El PJ, artefacto surcado por matices siniestros, cuyos pujos de canalizador de las reivindicaciones y energías populares llevaba tres décadas de relegamiento a un papel secundario cuando no marginal, fue erigido desde el gobierno, a partir de mayo de 2003, sino como el impulsor, al menos como el sustrato organizativo y político-electoral fundamental, de un proceso político que, en grado creciente, se autopercibía como portador de reivindicaciones nacionales y populares, hasta con ribetes de “liberación nacional y social,” y consiguió así un vasto consenso social que tendía a legitimarlo en tal papel. Por añadidura, ese papel del justicialismo, aceptado con cierta reluctancia durante el período presidencial de Néstor Kirchner, fue más abiertamente promovido a partir de 2007, incluida la asunción por ese mandatario de la presidencia del partido.8

Los anuncios e intentos de constituir una “transversalidad”, alianza amplia que superara al PJ, no fueron llevados adelante de modo consecuente y su resultado se limitó a la incorporación de algunos aliados externos no siempre duraderos9. Incluso en las elecciones de 2007 se desplegó una propuesta aliancista de signo distinto, ya que a diferencia de la idea “transversal” no incluía a movimientos populares ni expresiones que, con mayor o menor voluntad, podían situarse a la izquierda del peronismo, sino una “concertación” que incorporaba a la mayoría de las estructuras partidarias de la UCR en las provincias donde ese partido ocupaba la gobernación. La llamada “Concertación Plural” tuvo una corta vida, la deserción del vicepresidente de origen radical Julio Cobos cuando la votación del proyecto de ley sobre las retenciones agropecuarias, le puso fin, más allá del apoyo de algunos gobernadores que la integraron, y a los efectos prácticos quedaron subsumidos en el FPV.

En paralelo con esa entronización del aparato peronista tradicional, se formaron agrupaciones, sobre todo juveniles, que, en mayor o menor grado, escapaban a la influencia de las estructuras preexistentes, para reportar de modo directo a Kirchner y, después de su fallecimiento, a su sucesora. Algunas de esas agrupaciones como “La Cámpora”, alcanzaron un vasto poder de afiliación y movilización, e incluso fueron presentados como exponentes de una “revalorización de la política” y evidencia de un activismo juvenil que, supuestamente, no había existido desde los años 70. En el caso de “La Cámpora”, la organización fue en gran medida una iniciativa desde el Estado, y la asunción de su jefatura por el hijo del matrimonio Kirchner, Máximo, no dejó duda de su total alineamiento con las directivas presidenciales. Sus militantes se afiliaron al justicialismo, con la idea de “pelear desde adentro”. Una agrupación de este tipo no tuvo, no podía tener, una perspectiva que rebasara los límites del “capitalismo serio”, o con más pretensiones de rigor, “crecimiento con inclusión y matriz económica diversificada”, que fue erigido como horizonte, en el plano económico y social por los gobiernos Kirchner. En el campo del régimen político, no existía la menor pretensión de superar los límites de la democracia representativa, con el agregado de la aceptación de liderazgos personalizados e indiscutibles, asentados sobre lazos de familia. Estas ausencias se expresaron también en la falta de convocatoria a una asamblea constituyente, muestra por omisión de la comodidad con la que el kirchnerismo se movía dentro de las modalidades más limitadas de la democracia. Respecto a ideas como la de “poder popular”, tan presente en otras latitudes, no ocupó ningún lugar práctico importante, sólo se apelaba a un “empoderamiento” de perfiles poco definidos. Con esas premisas, el renovado predominio del PJ constituía una negación práctica de las tendencias disruptivas emergidas en la etapa en torno a 2001, y su presunta continuidad con la militancia de los 70, se volvía más que dudosa, con más valor propagandístico que asiento en la realidad.

Otras organizaciones surgidas o tornadas masivas por la misma época respondieron a parámetros similares, bien desde su creación, o como resultado de una adaptación bastante veloz. Sirva como ejemplo de esto último el caso de “Nuevo Encuentro”, que tras un lapso puesto bajo el signo de la autonomía, el “apoyo crítico” y la búsqueda de opciones electorales propias, sobre todo en el plano local, derivó en un disciplinamiento completo, sin excluir la proclamación de la jefatura indiscutida de Cristina Fernández de Kirchner. Si bien existen núcleos con prácticas más autónomas, como el “Movimiento Evita”, no prescinden de la actuación dentro del PJ, y no han cultivado modalidades de organización y liderazgo que superen las predominantes en el campo kirchnerista, de las que nos ocupamos más arriba.10

Lo antedicho no implica negar la presencia, en La Cámpora y otras organizaciones, de una nutrida y entusiasta militancia juvenil, que no se reduce a una disciplinada respuesta al patrocinio estatal, que por cierto ha sido generoso. Tienen una elevada capacidad de movilización callejera, que logra convocar a decenas de miles de manifestantes cada vez que se lo propone seriamente. Pero no debería existir confusión entre estas características y la conformación de una auténtica alternativa política, con cuestionamientos profundos al poder económico, social, político y cultural , y capacidad de construcción de formas de organización y decisión radicalmente diferentes a las hegemonicas. En ese aspecto La Cámpora ha sido una punta de lanza a a favor de la concepción más verticalista de la construcción política, con el líder único como instancia última e inapelable en la toma de toda decisión importante, y hasta de algunas que no lo son.

 

Hoy Argentina atraviesa una “novedad” en materia política, que es la llegada al gobierno, por la vía del sufragio, de una coalición que no oculta su identificación con los grandes empresarios, y sus posiciones conservadoras o elitistas en variados campos, incluidas la salud y la educación. La historia de la Argentina a lo largo de más de un siglo, marcaba la experiencia de que los partidos o alianzas que reflejaban de modo ostensible los intereses del núcleo de las clases dominantes nunca habían logrado el triunfo en elecciones con elevada participación y respeto a los resultados genuinos. Las vías de acceso al gobierno para la “derecha” eran entonces el fraude electoral, que quedó clausurado de hecho después de 1945, y los golpes de estado cívico-militares, repetidos una y otra vez, pero de muy problemática factibilidad luego del completo descalabro de la última dictadura, después de una escalada del terrorismo de Estado inédita en nuestra historia. El camino electoral quedó abierto y se fue consolidando, pero los partidos “proempresa” continuaron en posición minoritaria, como fue el caso de la Unión del Centro Democrático y de Acción por la República. Fue la ya mencionada “hipoteca” del peronismo a los dictados del gran capital local e internacional, la que permitió una década, entre 1989 y 1999, de realización del programa de máxima del gran capital, desde las privatizaciones a la “desregulación” de las más variadas actividades, pasando por la carga frontal contra las condiciones de vida y trabajo de los asalariados.

En cambio, a partir de 2003, y bajo el liderazgo personalizado de Mauricio Macri, se fue conformando una fuerza partidaria11 de orientación conservadora y “moderna” a la vez, con militantes formados en la gran empresa en las ONGs de acentuado perfil burgués, o en expresiones eclesiales o religiosas ajenas a cualquier perspectiva de radicalización, pero también con grupos escindidos de ambos polos del bipartidismo en declive, y hasta por dirigentes de organizaciones de raigambre popular, incluidos algunos movimientos “villeros”.12 Obtenida por primera vez la jefatura de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 2007, el PRO inició una proyección nacional, gradual, con algunos tropiezos pero constante, que desafió con éxito el escepticismo de casi todos sus adversarios, obstinados en motejarlo de “partido municipal”, aún en contra de la evidencia de que empezaba a disputar con éxito la gobernación en provincias importantes, generalmente por medio de “famosos” de diferente procedencia. La obstinada creencia de que la imposibilidad de que “la derecha” ganara en elecciones limpias era absoluta e inmodificable, conllevó la subestimación sistemática del crecimiento del partido liderado por Macri. Incluso ante la conformación de una herramienta electoral cuyo alcance nacional era indudable, el empeño por negar sus posibilidades de triunfo de cara a una elección nacional siguió adelante. Consumado el triunfo en los comicios y la asunción de la presidencia por Mauricio Macri, las organizaciones populares se encuentran con la para muchos inesperada constatación, de que tienen enfrente a un gobierno conformado en buena parte por cuadros de alta gerencia de grandes empresas, que desarrolla una línea de ofensiva contra las condiciones de vida y de trabajo de la mayoría de la población y una predisposición a adoptar de lleno las demandas empresariales locales e internacionales que muchos pensaban que habían quedado para siempre en el pasado, como un rasgo distintivo e irrepetible de la década de los 90. La suposición, bastante extendida de que los gobiernos K no sólo habían generado gigantescas transformaciones, sino que estas eran muy difíciles de revertir, comenzó a derrumbarse de modo acelerado.

Tal vez valga la pena una brevísima reseña acerca de las condiciones que dieron lugar al novedoso ascenso al gobierno nacional del PRO.

El kirchnerismo, sobre todo a partir de 2008, y con una persistente labor de los medios de comunicación al respecto, pasó a ser considerado un “populismo” con rasgos incluso “izquierdistas”, que generaba un deterioro de las instituciones y, sobre todo en los últimos años, un estancamiento económico, acompañado por una corrupción de raíz demagógica. Era un tipo de cuestionamiento a los gobiernos de los Kirchner, de orientación explícita o implícitamente conservadora, entre cuyas preocupaciones no se encontraba la persistencia de la precarización laboral, las concesiones amplias y múltiples hechas a ramas empresarias como la megaminería, la explotación petrolera, el “complejo sojero” e incluso los bancos, o la permanencia de facetas represivas bajo gobiernos que blasonaban de su renuncia al recurso de la represión de la protesta social. La “visibilidad” escasa, en el plano electoral de los partidos de izquierda, y el progresivo giro conservador de casi todos los que al comienzo del período se postulaban como “progresistas” o “centroizquierda”, contribuyeron a instalar la creencia generalizada de que un reemplazo a las políticas kirchneristas sólo podía efectuarse mediante opciones “moderadas”, propensas a la versión del “diálogo” y el “consenso” que predican los grandes empresarios y sus ámbitos afines, y al establecimiento de “políticas de estado”. Traducido a un lenguaje algo más riguroso, es una opción que apenas encubre el propósito de acatar los propósitos del gran capital en todos los temas importantes. Así el debate político percibido por el gran público, con la sola salvedad de los sectores militantes o al menos muy politizados, se fue reduciendo al que se daba entre el kirchnerismo y los sectores que lo cuestionaban desde ángulos en que prevalecía el conservadurismo, sea en clave de “republicanismo” institucional completado por liberalismo económico, sea desde un peronismo cuyo filo crítico decanta hacia una corrección hacia la derecha de los ejes económicos y políticos del kirchnerismo. Frente a las elecciones presidenciales de 2015, estas tendencias se canalizaron a través

más conservador de los candidatos posibles, Daniel Scioli, cuyas ideas económicas y políticas, su origen social, y su configuración cultural, remitían a una estrecha cercanía con las posiciones de las dos coaliciones que se le enfrentaban en la coyuntura electoral.

El arribo a la primera vuelta de los comicios presidenciales de 2015 con Mauricio Macri, Daniel Scioli y Sergio Massa como únicas opciones con posibilidades, expresó con suma claridad no sólo la ausencia de alternativas reales, sino la lejanía de la inmensa mayoría de la población respecto del planteo mismo de la necesidad de propuestas, si no revolucionarias y anticapitalistas, al menos con alguna vocación de “ampliar los límites de lo posible”. Prueba de ello es que más del 90% de los votantes lo hicieron por alguno de esos tres candidatos.13, y del resto apenas el 3,2% votó por la única candidatura “antisistémica” que llegó a esa instancia, la de Nicolás del Caño por el FIT.14 El PRO, como eje vertebrador de la alianza que terminó de ampliar sus horizontes, y con una cohorte de “ricos y famosos” provenientes del espectáculo y el periodismo como candidatos, llegó al proceso electoral con buenas perspectivas de éxito. Una difusa promesa de cambio acompañada por la atenuación de sus aristas más claramente antipopulares y la manifestación del propósito de dejar en pie políticas como la Asignación Universal por Hijo, la ampliación de los beneficios jubilatorios, y las estatizaciones más importantes, lo ayudaron a imponerse en la segunda vuelta sobre su competidor oficialista, en unos comicios acompañados por un clima político e ideológico en el que el punto de discusión parecía reducirse al de la forma más adecuada y eficaz de imprimir un giro conservador a las políticas en curso entre 2003 y 2015.

 

Las aspiraciones alternativas.

El Frente de Izquierda y losTrabajadores (FIT), conformado en 2011, se afirmó desde entonces como la prinicipal fuerza de izquierda, en el plano electoral, y en el de las luchas sociales.Alianza de tres partidos de orientación trotskista presenta limitaciones importantes, no sencillas de superar que, como afirma Claudio Katz, le permiten consolidarse como ámbito de resistencia, pero no ofrecer alternativas de poder.15

Su presencia en las luchas obreras y populares es importante y de signo combativo, ha tenido capacidad de crecimiento electoral, ayudado por la introducción de prácticas innovadoras respecto a las tradicionales en ese sector de la izquierda. Recambio generacional, mayor empatía de los dirigentes y candidatos con sectores que exceden los “nichos” tradicionales del voto de izquierda, lenguaje menos dogmático y modalidades proagandísticas actualizadas y con novedades importantes, reforzaron su incidencia tanto en el plano de las luchas sociales como del plano político-institucional.

Estos rasgos se verifican sobre todo en el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). La existencia de un diario y de emisiones televisivas on line, la visibilidad de dirigentes jóvenes, capaces de amalgamar la oposición firme a las políticas predominantes con tono “amigable” para un destinatario ajeno a la tradición de izquierda e incluso poco politizado, la preocupación por tener presencia en el campo intelectual, incluida una labor editorial que, en lugar de aunar la producción prolífica a “precios populares” con los desniveles de calidad y cierta desprolijidad formal, privilegia un trabajo riguroso sobre los textos, la incorporación de escritos inéditos en español, y un notable cuidado de sus ediciones, son todos aspectos que facilitan la llegada y repercusión entre un público más amplio.

Una contribución más indirecta, pero gravitante, al crecimiento de la influencia del FIT, lo da la reiterada comprobación de que las expresiones que desde la oposición al kirchnerismo intentaron sustentar posiciones de “centroizquierda”, terminaron deslizándose con celeridad, hacia la conciliación ideológica y las alianzas oportunistas con sectores en tránsito desde un “progresismo” de raíz liberal a un liberalismo a secas que concluyeron por incorporarse a la coalición liderada por las fuerzas emergentes de la derecha, o quedarse con un perfil desleído, lindante con el apoyo “crítico” al presidente Mauricio Macri. A grandes rasgos esa fue la trayectoria del Partido Socialista, de Libres del Sur, y Proyecto Sur, que supiern cosechar éxitos electorales localizados, para luego buscar alianzas hacia la derecha en procura de ampliar su influencia, al precio de desdibujarse y perder cualquier credibilidad como alternativa.

Las restricciones en campo de acción del FIT son varias. La primera, una visión de la política aún centrada en el paradigma de la Revolución Rusa en sus primeros años, hasta el comienzo de la entronización de Stalin. La propia referencia en el “trotskismo” perdió fuerza y sentido después de la disolución de la URSS. Una identidad política construida desde la oposición y crítica a la burocracia soviética y a la idea del “socialismo en un solo país”, ya no tiene al oponente que le daba razón de ser, pese a lo cual, lejos de buscar una identidad diferente, se debate de modo incansable e impiadoso, aún al interior del FIT, acerca de quienes son los más genuinos seguidores de Trotsky, acusando siempre a las otras agrupaciones de traicionar su legado, y por extensión, de claudicar ante la burguesía.16 Con el campo marcado por el predominio kirchnerista, se compite acerca de quien produce las críticas más demoledoras, mientras se acusa al resto de tener contemplaciones excesivas con el “populismo”, cuando no de ser directamente “filo” o “neo” kirchneristas, como hace el Partido Obrero respecto del PTS. Otra gran limitación es la no asunción de la necesidad de desarrollar una política de alianzas que proyecte al Frente más allá del trotskismo, y el consiguiente aislamiento dentro de una expresión que ha crecido, pero sigue siendo muy minoritaria. El ya mencionado Katz señala también la carencia de un proyecto de poder, de una estrategia para llegar al gobierno que aporte mayores precisiones que la invocación genérica, a un siglo de distancia, de la experiencia bolchevique.17

 

Desde fines de los años 90 aparecieron agrupaciones que unían su no alineamiento partidario con una perspectiva de superación no sólo de la izquierda tradicional, sino de la proveniente de los años 60-70, que en algunos casos llegaron a identificarse con la idea de una nueva “nueva izquierda”, o poniendo el acento en la distancia respecto a las organizaciones partidarias, se autodenominan “izquierda independiente”. Se manifestaban en distanciamiento crítico tanto de la idea de la clase obrera como “sujeto de la revolución”, como de la matriz organizativa de tipo “leninista”. Las reemplazaban por la noción de un “sujeto plural” y una perspectiva organizativa más horizontal, sin pretensiones vanguardistas, y con la búsqueda de ser radicalmente diferente de todo lo que puede englobarse como “política tradicional”. A ello le sumaban un esfuerzo por construir una perspectiva de transformación global de la sociedad, que no se detuviera en el plano económico y político, con la impugnación genérica del imperialismo y el capitalismo, que de todas maneras asumían como central, sino que abarcara incluso la vida privada, con la adopción de la lucha contra el patriarcado, y también le asignara un un sitio importante a la llamada “defensa de los bienes comunes”. No quedaron exentas de que algunos núcleos fueran cooptados por el kirchnerismo, y que otros se dispersaran o disolvieran. .Algunas de esas agrupaciones se articularon, en 2004, en el “Frente Popular Darío Santillán”, con predominio de organizaciones “piqueteras”, en particular movimientos de trabajadores desocupados del sur del GBA, que no excluyó la participación de agrupamientos muy diversos, desde estudiantiles a campesinos y sindicales. Consiguieron una cierta visibilidad, asentada en su capacidad de organización y movilización, pero el debate en torno a la articulación política comenzó a dividir aguas a poco andar. Hoy existe un partido político que surgió en parte de sectores del FPDS, denominado Patria Grande, y otras fracciones que no ingresaron en esa fuerza y procuran seguir afianzándose en el terreno social y cultural, y manteniendo una distancia prudencial con la opción por la disputa electoral y la actuación en el terreno parlamentario. De todas formas han visto disminuir su activo militante y su visibilidad pública, amén de no haber logrado expandir su implantación territorial más allá de los puntos iniciales y no constituyen hoy una fuerza que pueda pensarse como eje de una perspectiva transformadora.

Si bien, como procuramos reseñar más arriba, Argentina atravesó por un momento de crisis integral, que produjo una protesta social generalizada que llegó a insinuar cuestionamientos radicales, si no al sistema social al menos al régimen político y en particular a su dirigencia, esto no cristalizó en la conformación de una alternativa política, a pesar de que entre fines de los 90 y 2003 aparecieron o se consolidaron un amplio conjunto de organizaciones populares. El repudio a la dirigencia expresado en la consigna “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, generalizada en 2001-2002, no arribó a formulaciones por la positiva. Distaba de estar claro cómo reemplazar a esa dirigencia, qué cambios económicos, sociales y culturales eran requisito para que el desplazamiento de dirigentes diera lugar a una verdadera transformación. Las organizaciones que tenían aspiraciones más o menos autonomistas y se oponían a la “forma partido”, no sólo no tenían coincidencias con las expresiones de la izquierda tradicional, sino que aspiraban a su extinción o reducción a la marginalidad, lo que era correspondido por los partidos de izquierda con una actitud de desprecio, basada en la inconmovible convicción de que el partido de pertenencia, y solo éste, era el camino excluyente para encauzar el proceso hacia lo que suele llamarse “salida revolucionaria”.

Si se sale del terreno de la específica lucha política para dar una mirada a los movimientos sociales, el panorama sigue signado por la escasa fuerza y la limitada influencia de las organizaciones de izquierda.

En el campo sindical, las agrupaciones decididamente combativas y clasistas son minoría en casi la totalidad de los gremios de cierta envergadura y hay grandes sindicatos en los que no tienen ninguna o sólo ínfima presencia, como en los casos de Empleados de Comercio y Camioneros. La mayor presencia de agrupaciones de izquierda se da al calor de situaciones agudas de conflicto, que con frecuencia llegan a conducir, pero escasas veces dejan un saldo organizativo estable que se extienda más allá de la dirección de la comisión interna de la empresa respectiva. Han llegado a ocupar la dirección en entidades sindicales pequeñas o apenas medianas, como las que nuclean a los trabajadores del subte, Ademys, un sindicato docente minoritario, algunas seccionales del sindicato de la industria del aceite y de la de ladrillos cerámicos, muy recientemente el SUTNA, que nuclea a los trabajadores de la industria del neumático. Alcanzar el predominio en el núcleo de agrupaciones gremiales que cuentan a sus afiliados por centenares de miles, parece todavía una perspectiva algo lejana.

En cuanto a la CTA, creada en los primeros años 90, con la bandera del combate a las políticas neoliberales, enraizada en la renovada tradición de democratización sindical, rechazo a las prácticas corruptas y propatronales y ampliación de la representación gremial a sectores más amplios que los amparados desde siempre por el movimiento obrero, ha quedado un tanto desleída por las crecientes pujas internas, que derivaron en la partición de la central en 2010, que por ahora no parece reversible. A ello se sumaron apuestas político-electorales poco felices, y la agudización de las luchas interiores en el sector de la central que se mantuvo en oposición al universo K.

En otros ámbitos, como el movimiento estudiantil y los movimientos territoriales y de diversas formas de la llamada “economía popular”, sin ser mayoritaria la izquierda mantiene una presencia mayor y más sólida. Pero la dispersión es muy elevada. Los diferentes partidos suelen “tener” sus propias organizaciones, a las que dirigen, con sus militantes en el “centro” y el resto en un rol periférico, y no logran, o no buscan, formas de articulación y reagrupamiento que provea permeabilidad a las fronteras partidarias. Una experiencia de unidad entre algunos de esos espacios y otros “autónomos”, el Bloque Piquetero Nacional, perduró algunos años de conflictiva existencia, tras los que terminó en ruptura, sin lugar para nuevos reagrupamientos. Por otra parte, y como fenómeno más amplio, la asumida identidad “piquetera” perdió fuerza y presencia, entre otras razones porque la asunción de parte de esos colectivos como nucleamientos de “trabajadores desocupados” en la medida en que si bien los índices de precariedad siguieron altos, la creación de nuevos puestos de trabajo que comenzó con la salida del “pozo” de desempleo que provenía de los últimos noventa, que comenzó no mucho después de diciembre de 2001 y se prolongó por algunos años, redujo el universo de desocupación “abierta”, poniendo en entredicho las referencias principales.

 

A modo de conclusión. Las perspectivas frente a una ausencia.

Las condiciones existentes no alcanzan para modificar el cuadro en el que una amplia mayoría de la población y de las propias organizaciones populares están disciplinadas en los hechos a dirigencias con orientaciones que, en el mejor de los casos, expresan un tibio reformismo, y cuyas prácticas de conducción y su cultura política están dominadas por la conducción verticalista, concentrada en las cúpulas, prácticas burocráticas, corrupción generalizada, y las formás más acentuadas del cllientelismo y la manipulación.

La idea de creación de una fuerza social y política portadora de una impugnación radical de los parámetros de la sociedad actual, capaz de alcanzar una repercusión de masas, requiere hoy de una mirada refundacional. Ninguna de las organizaciones existentes tienen posibilidades reales de romper con su condición minoritaria, y esto no se resuelve con un planteo simplista de “unidad”, basado en la creencia en la formación de una coalición que aúne a todas o la mayoría de esas fuerzas. Las corrientes de izquierda realmente existentes no tienen coincidencias para converger en un programa, ni para acordar un mecanismo de toma de decisiones, y en buena parte provienen de culturas políticas reacias a desarrollar políticas de alianzas, con una autopercepción que los erige en “vanguardia”, en cuyo crecimiento e influencia se cifra el destino de una revolución social de contornos poco definidos.

Si bien la dispersión es un problema serio, la falta de un planteo concreto de transformación social y la escasa vocación por modificar convicciones teóricas y culturas políticas sostenidas durante un lapso prolongado sin apenas revisión, es un obstáculo aún mayor, y de raíces más profundas, y por lo tanto con mayores dificultades para ser despejado.

La refundación a la que nos referimos en el párrafo anterior debería apuntar nos parece, a la creación de algún tipo de articulación no centrada en, y menos dirigida con exclusividad, a la conformación de una coalición electoral.

Es requisito la construcción conjunta de un proyecto de transformación social radical, que puede tomar ejemplo parcial en las recientes experiencias sudamericanas, en particular de las tres más proclives a adoptar una perspectiva revolucionaria. Hablar de un proyecto de transformación radical de la sociedad no implica solamente la fijación de un programa de cambios en las relaciones de propiedad de los medios de producción, con su correlato de estatizaciones, reforma agraria, acompañado por la propuesta de políticas sociales que suelen llamarse “inclusivas”, tomadas no como fin en sí mismo, sino como transición, con un sentido de justicia social, a un orden ya alejado del capitalismo e incluso del predominio de la explotación del hombre por el hombre. Lo anterior es no ya necesario sino indispensable, pero no resulta suficiente. Una de las deficiencias fundamentales de las experiencias de izquierda, a todo lo largo del siglo XX, ha sido la incapacidad para generar mecanismos decisorios que partan de abajo hacia arriba, con formas asamblearias y de poder popular, que construyan liderazgos colectivos y perdurables, puestos al servicio de una clara política de emancipación, con la iniciativa popular puesta al frente de la toma de decisiones y de su implementación, sin delegar en instancias burocráticas o falsamente “representativas”. Las enumeradas son tareas pendientes para una tradición política que no supo desarrollarlas cuando se encontró en el ejercicio del poder. Algo similar puede decirse de la asunción de una concepción revolucionaria integral, que no ciña la transformación de las relaciones sociales a un eje economicista, acompañado por una ampliación de las oportunidades educativas y la universalización más o menos efectiva de los derechos sociales fundamentales. Nos parece que, por el contrario, la propuesta transformadora se debe desplegar sobre un amplio arco que va desde el carácter popular efectivo de las decisiones políticas, basado en un debate amplio y “horizontal”, en una clara democratización que abarque a la totalidad de las instancias de dirección, que no se detenga frente a las manifestaciones más elevadas del poder, como son los estados nacionales, y abarque a las más sectoriales y localizadas. No se puede pensar en una democracia de sentido cabal, si en las fábricas, las instancias de la administración pública, los establecimientos educativos, y los demás campos en que se desenvuelve la vida ootidiana, la iniciativa y la conducción de todo el proceso no está en manos de la libre deliberación de las mayorías.

El objetivo que oriente toda la acción sería el cambio profundo de todas las relaciones sociales, bajo un común signo liberador e igualitario. Se necesita luchar contra todas las formas de opresión, sin reducir a todas a la pretendida universalidad de un eje de clase, y sin exceptuar las que anidan en lo más recóndito de la llamada “vida privada”.

La perspectiva final, sin embargo, no es, no puede ser otra que la supresión del capitalismo, y con este de toda sociedad dividida en clases, asentada en la explotación del hombre por el hombre. Allí se halla la continuidad fundamental, por encima de los abrumadores cambios producidos, de una tradición socialista desplegada desde el siglo XIX. Pueden modificarse el sujeto, los métodos, los objetivos tácticos, la comprensión del proceso histórico. Lo invariable es la aspiración a la liberación de la humanidad, y de la sociedad nacional respectiva como contribución a la realización del objetivo último. La aparición y eficacia de una alternativa popular y revolucionaria hoy ausente, depende de devolver legitimiidad y credibilidad a las banderas de siglos de luchas populares enfrentadas al poder de los capitalistas.

 

1En el caso de Bolivia se modificó incluso la conformación nacional del estado que, como es sabido, pasó a asumirse como “plurinacional”.Más de un siglo de sociedad con mayoría indígena y “mestiza” bajo la conducción de un estado “blanco”, apuntaba a ser superado, al menos en el plano de la norma fundamental.

2Esto último excluye a Venezuela, con un régimen constitucional que transcurrió sin interrupciones desde poco después de la caída del dictador Pérez Jiménez, durante el año 1958, que dio lugar a un reparto bipartidista del sistema político, conocido como Pacto de Punto Fijo.

3La causal invocada para abrir el proceso de impeachment es una irregularidad presupuestaria que es reconocida como habitual en todos los gobiernos, y que no implica ninguna maniobra de corrupción. Los aludidos como “beneficiarios directos” son el vicepresidente Michel Temer, eventual reemplazante interino de la presidenta, y el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha. Ambos dirigentes, pertenecientes al Partido del Movimiento Democrático Brasileño, tienen en su contra acusaciones de corrupción, que en el caso de Cunha han llevado a su procesamiento.

4Pierre Bourdieu llegó a calificar al movimiento de desocupados argentinos como un “milagro sociológico”. La idea ha sido retomada una y otra vez por cientistas sociales argentinos, entre ellos Federico Schuster, que estudió el tema durante largo tiempo.

5Distintos trabajos de Nicolás Iñigo Carrera enfatizan la actuación del movimiento obrero en esa coyuntura, en explícita crítica al hábito de destacar casi en exclusivo, lo hecho por los movimientos de desocupados, territoriales y vecinales. Entre otros Iñigo Carrera, Nicolás “Democracia y movimiento sindical 1983-2013.” en Voces en el Fénix, s/f . http://www.vocesenelfenix.com/sites/default/files/pdf/13carrera.pdf

6El Movimiento Evita, Barrios de Pie, subsumido en “Libres del Sur”, la Federación de Tierra y Vivienda, y el Frente Transversal y Popular, fueron expresiones “piqueteras” que adhirieron desde un comienzo al gobierno de Néstor Kirchner. Libres del Sur se alejó años después, los restantes mantuvieron su alineamiento hasta nuestros días.

7Si bien los derechos y conquistas de los trabajadores ya habían sido objeto de un ataque frontal apoyado por el terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico=militar, las dos presidencias de Menem retomaron esa ofensiva después de la relativa tregua que marcó el gobierno de Alfonsín, profundizando incluso sus efectos. En lo que respecta a políticas keynesianas y empresas públicas, los pujos privatizadores y desreguladores de la dictadura iniciada en 1976 quedaron menos de a mitad de camino, y fue Menem el llamado a realizar hasta sus mayores demandas, el programa pendiente del gran capital local e internacional.

8Cabe llamar la atención sobre el hecho de que el viraje desde las críticas limitadas pero frecuentes al partido, a menudo estigmatizado como “pejotismo”, hasta la entronización del líder al frente del PJ no generó grandes reacciones negativas, si se exceptúa el alejamiento del partido “Libres del Sur”, que abandonaría de modo definitivo su alineamiento kirchnerista en torno a 2009. Y de todas maneras, ello fue más que compensado por el disciplinamiento frente al kirchnerismo y adscripción plena al Frente para la Victoria, de otras agrupaciones ajenas al PJ, que hasta ese momento habían mantenido matices críticos en su apoyo al gobierno.

9Desde titulares de ejecutivos locales como Aníbal Ibarra o Martín Sabbatella a organizaciones “piqueteras” que apoyaron al gobierno Kirchner sin incorporarse al PJ como la Federación de Tierra y Vivienda y hasta 2007 Libres del Sur, hasta disidentes de un partido tradicional como el socialista, fueron parte de esas incorporaciones que no alteraron en modo sustantivo el protagonismo del PJ:,

10Otras agrupaciones replican, en una escala más reducida, rasgos de “La Cámpora”. Un ejemplo es Kolina, creada desde el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación bajo la iniciativa de Alicia Kirchner, hermana del extinto presidente.

11La denominación de este partido se fue desplazando desde la inicial “Compromiso para el cambio” a “Propuesta Republicana-PRO”, apareciendo en ocasiones las dos al unísono.

12Ver al respecto Morresi, Sergio Daniel y Vommaro, Gabriel Mundo Pro: Anatomía de un partido fabricado para ganar, Buenos Aires, Planeta, 2015.

13La suma de las alianzas Cambiemos, UNA y Frente para la Victoria dio exactamente el 92, 62 por ciento de los votos válidos. Datos de la Dirección Nacional Electoral, dependencia del Ministerio del Interior, publicados en el sitio web oficial de la misma.

14Otras listas de izquierda no llegaron al 1,5% de los votos en las PASO, por lo que quedaron excluidas de la elección presidencial.

15cf. Claudio Katz, “Las razones del FIT” en La página de Claudio Katz. Textos de Ciencias Sociales. http://katz.lahaine.org/?p=258, 15/08/2015.

16Un ejemplo de estos debates impiadosos y algo irracionales, es el que lleva adelante el PO acusando al PTS de “filokirchnerista”, lo que más allá de que el segundo partido ha impreso algunos rasgos de menor dureza a sus críticas a los gobiernos “K”, resulta algo surrealista para los no iniciados, acostumbrados a los fuertes ataques que, de todas maneras, los dirigentes del Partido de los Trabajadores Socialistas no dejaron de propinarle al oficialismo entre 2003 y 2015. cf. Rafael Santos, “Las Paso del Frente de Izquierda”, en En Defensa del Marxismo, nro. 45. Octubre 2015 (edición digital).

17Íbidem.

Arando el porvenir con viejos bueyes

Por Nuria Giniger

El Genocidio (1975-83) inaugura un proceso de disciplinamiento de la clase obrera argentina, con la derrota de los proyectos populares emancipatorios, que desarraiga la premisa cultural que enseñaba que la vida era plausible de ser mejorada por el camino de la lucha y de los proyectos colectivos. Luego la Hiperinflación (1989-1990) y la Desocupación masiva (1997-2003), consolidan un proceso de concentración – centralización global del capital, proletarización de nuevos sujetos sociales y disciplinamiento de inmensas masas de trabajadores y trabajadoras. Este proceso de realización del genocidio con la destrucción de la vida, la subjetividad y el trabajo a través del cierre de fábricas, como plan de reorganización de la división mundial del trabajo, dejó para nuestro país y el Cono Sur el renovado lugar de productores de materias primas. La última reconversión productiva tiene sus particularidades: para el sector agrario, la velocidad en tiempo y su extensión en espacio. La colonización de la soja tiene su origen en la década del 90, en la que desaparecen el 75% de las unidades productivas y se despliega la “sojización”: soja transgénica + glifosato + siembra directa; junto con la desaparición de la regulación estatal de exportaciones (Junta Nacional de Granos y Carnes) y asunción por parte de las transnacionales de este rol (Cargill, Dreyfus, Aceitera General Deheza, Bunge, Molinos Río de la Plata, etc.). Este proceso, además, aumenta exponencialmente el valor de la tierra, transformando la llamada “agricultura familiar” en pequeños y medianos arrendatarios improductivos (con hábitos de las clases medias urbanas: individuación, reducción de descendencia, pluriactividad, profesionalización), que le alquilan sus tierras a pooles de siembra, conformados por grandes empresas transnacionales o vinculadas al capital transnacional, que tienen riesgos mínimos. Asimismo, estos pooles subcontratan la producción: la maquinaria y mínima cantidad de trabajadores (2 horas de trabajo anuales x hectárea de soja).

Estos procesos llamados genéricamente “flexibilización laboral”, también se despliegan en el sector industrial: implican transformaciones en la organización del trabajo en base a lo siguiente: 1) la extracción sistemática del saber obrero, con el fin de objetivarla maquínicamente (proceso que por otra parte se acrecienta a partir de la incorporación de la informatización), que se ejecuta en los grupos de mejora, líderes, polivalencia funcional, etc.; y 2) la profundización del control descentralizado, a través del auto-control, el control por grupos y la informatización del control laboral. Este proceso que va desde mediados de la década del 70 consolida la “mejora continua”, que se extiende a toda la sociedad, en tanto el proceso de concentración y centralización capitalista también se profundiza. La monopolización/oligopolización extiende a nivel global las condiciones y formas de organización del trabajo, tanto a las empresas madres como a las subcontratistas. Los procesos de tercerización y subcontratación, como forma de segmentar a la clase obrera, bajar costos productivos y condicionar las ramas industriales. Este proceso tuvo su correlato institucional-legal: además de las leyes laborales promulgadas durante los 90 (desregulación laboral y privatización de la seguridad social) se firmaron convenios colectivos. Entre 1991 y 1999, se homologaron 517 CCT, que estuvieron signados por la flexibilidad contractual (períodos de prueba, etc.) y regulación flexible (jornada laboral, organización del trabajo y modalidad de remuneraciones). Es importante mencionarlos, debido a que ha quedado instalado socialmente que en los 90 no se firmaban CCT ni Actas Acuerdo. Este elemento falaz desresponsabiliza y desdibuja el rol de las conducciones sindicales en la década, permitiéndoles, entre otras cosas, aggiornarse. Asimismo, identificar la participación de los sindicatos –muchos de ellos- en la flexibilización, a través de la negociación de prebendas y negocios propios es central para comprender la tardanza y excesiva prudencia en su aparición que hoy estamos viviendo.

El proceso de segmentación y heterogenización de la clase obrera de todos modos debe ser cuidadosamente analizado: hay un mito que plantea que en los 90 comienza una creciente precarización del trabajo. Esta idea de “trabajo precario” oculta las características reales de la clase obrera. Se interpreta a los y las trabajadores de nuestros países con herramientas europeas (trabajador varón, blanco, fornido, que llega a la fábrica al amanecer y se va a su casa 8 horas después). La clase obrera, producto de la división mundial del trabajo y de las experiencias históricas, es heterogénea. Hay y hubo, desde su aparición histórica, segmentos de la clase obrera más favorecidos y menos favorecidos. Estas características diferenciales en cuanto a condiciones de trabajo, salario y acceso a bienes públicos y privados de forma relativa, fueron variando según las relaciones de fuerzas históricas. En el último proceso histórico, la clase obrera se segmenta tanto según rama de actividad, como inter-rama, como por género, edad, región, etc. (por poner un ejemplo sencillo, las condiciones de trabajo y salario de los trabajadores textiles es muy diferente a las de los aeronáuticos; pero además, dentro de la propia rama textil, se segmenta profundamente entre los hombres cortadores, las mujeres costureras, que están bajo régimen regulado; y aquellos hombres, mujeres y niños que trabajan en talleres clandestinos, incluso bajo el régimen de cama caliente). Sin lugar a dudas, esto además está sesgado por coyunturas de movilización y desmovilización, en las que las condiciones empeoran o mejoran relativamente. De esta forma, cuando interpretamos los despidos que actualmente se están desarrollando y los asociaciamos estrictamente a la “precarización del trabajo” (contratos temporales) estamos desconociendo la situación general de la clase trabajadora, que mayormente es precaria y pobre. Este proceso social de concentración y segmentación de la clase obrera es acompañado con interpretaciones posibilistas acerca de la clase capitalista, que particularizan entre capitales productivos (buenos) y capitales financieros (malos). Desde esta perspectiva, la ofensiva capitalista de los 90 (y hoy en la CEOcracia) fue llevada adelante por los capitostes de los buitres: los bancos, las financieras, los organismos internacionales de crédito. Sin embargo, siguiendo a Marx, la formación del capital siempre tiene esta doble condición productiva y financiera, pero es el trabajo el que crea valor. Aún cuando la especulación y la timba hayan aumentado a nivel mundial es la explotación del trabajo la que reproduce y amplía el capital.

Esta forma de particularizar y caracterizar al capital, además tomó una forma específica en nuestros países, en los cuales el proceso de desestructuración industrial fue tan abrupto. Se configuró un mito: el capital productivo es capital nacional/bueno; y el financiero es internacional, ajeno, destructor, deshumanizado, salvaje, buitre. La igualación de la contradicción capital-trabajo a la contradicción nacional-internacional, es un viejo debate, pero sin embargo, vale recordar que el capitalismo es ajeno, destructor y deshumanizado en cualquiera de sus momentos históricos (y en todos los espacios territoriales que coloniza), porque se acumula a partir de la explotación del trabajo ajeno, el despojo, la desposesión, la destrucción. Pero además, las formas de organizar el trabajo y los procesos de acumulación se articulan de forma orgánica a nivel mundial, así como muchos de los sentidos que fetichizan las relaciones sociales. Por supuesto, lo nacional-internacional encarna una contradicción, con productividad histórica e implica un anclaje territorial-institucional del capitalismo realmente existente. La historia de la lucha de clases tiene su territorialización, su experiencia concreta, que además de estar signada por los condicionamientos internacionales de relaciones entre clases sociales mundiales, están organizados en espacios regionales y nacionales. No hay capitalismo sin Estado y la forma Estado es Nacional. Y como tal, ya se ha dicho muchas veces, el Estado es al mismo tiempo instrumento (de organización y dominación) de las clases dominantes y cristalización de las relaciones de fuerzas sociales. Por último, este proceso de concentración-fragmentación, se reforzó con la impunidad de los crímenes del Terrorismo de Estado, y el aumento del poder de las fuerzas represivas, especialmente de las fuerzas policiales, en detrimento de las FFAA. Ya para fines de la década del 80, Toto Zimerman tuvo que inventar el concepto de “gatillo fácil” para identificar una práctica que se haría cada vez más frecuente y aún por momentos, legitimada socialmente. En Argentina, el incremento de los negocios ilegales (prostitución, drogas, armas, etc) bajo la égida policial no hicieron más que incrementar el dominio territorial de las policías federal y provinciales, cuyo poder se fortaleció subjetivamente con el desprecio a los sectores populares a través de la misoginia, el racismo y el clasismo en general.

Hemos caracterizado como “el fin de los consensos neoliberales”, varias veces el proceso de luchas populares in crescendo, que en nuestro país tuvo su epicentro en las jornadas históricas de diciembre de 2001. En aquel momento, la ausencia de alternativa política revolucionaria impidió ampliar la ruptura de los consensos a niveles más orgánicos y ocupar aquel espacio momentáneo de falta de dirección e incapacidad del bloque dominante de reorganizar sus fuerzas y redireccionar al conjunto de la sociedad. Es decir, la crisis no podía ser caracterizada de proceso revolucionario, fundamentalmente por dos motivos relacionados entre sí: 1) los límites en la ruptura de los consensos, que no cuestionaban mayormente al capitalismo, sino a su forma neoliberal; 2) la ausencia de una fuerza política revolucionaria capaz de dirigir al conjunto de la sociedad, e incluso de profundizar la ruptura ideológico-cultural. En este sentido, la ausencia fue tanto de organizaciones de masas como de frente político. El debilitamiento de las organizaciones de masas tradicionales estaba en su máximo esplendor con la crisis del movimiento sindical y del movimiento estudiantil. En este sentido, vale hacer un balance profundo de las tareas que algunas conducciones sindicales ligadas al PJ cumplieron desde el fin de la Dictadura (cuyos elementos nodales pueden encontrarse en el llamado sindicalismo colaboracionista de Triaca -cuyo hijo, y no por casualidades de la historia, hoy es ministro de trabajo- y Cavalieri, quienes signaron lo que luego sería hegemónico para el movimiento sindical). También es central balancear el rol de las conducciones de los centros y federaciones estudiantiles ligados a la Franja Morada, que también instalaron una forma de ser y de hacer las organizaciones estudiantiles. La experiencia neoliberal con la democracia bipardista (de alternancia entre el PJ y la UCR) estuvo sostenida precisamente en esta reconfiguración de las organizaciones de masas, puestas al servicio de la destrucción de los derechos laborales y de los derechos educativos que se habían conquistado hasta el Terrorismo de Estado. A nivel laboral, implicó la negociación a la baja de convenios y actas de acuerdo, pero además la negociación y acuerdo de las privatizaciones (con la conformación vía el Programa de Propiedad Participada de empresas dirigidas directamente por los sindicatos y/o sindicalistas, como el archi-conocido de Pedraza y las tercerizadas).

En esta dirección, las organizaciones tradicionales se vaciaron, adquirieron una dinámica mercantilizada, se convirtieron o en empresas o en simples proveedores de servicios, y dejaron de ser mayormente herramientas de organización popular. Esto generó intensísimos debates dentro del campo popular entre quienes consideraban que había que reformarlas y quienes planteaban su agotamiento y la necesidad de fundar instituciones nuevas. Esas tensiones, sumadas a la incapacidad de las organizaciones de izquierda de contactar con las grandes mayorías, reforzaron las lecturas acerca de los “nuevos movimientos sociales”, que glorificaban la no – política y la no – organización, en un escenario de gran desconcierto respecto del sujeto popular, la clase obrera y las perspectivas revolucionarias. Los debates en los espacios latinoamericanos, tales como el Foro de San Pablo durante los 90, hoy nos permiten ver con mayor claridad la profundidad de la asimilación del pensamiento reformista y posibilista en las izquierdas latinoamericanas, para quienes el socialismo era algo demodé. Las movilizaciones de diciembre de 2001, entonces, encontraron a un pueblo harto, desesperado, con hambre y con organizaciones pequeñas y atomizadas que no terminaban de resolver un norte común. Sin embargo, la creatividad popular y la iniciativa política y organizativa de grandes masas pudo por momentos salir de la crítica de su situación concreta, corporativista, para pasar a niveles de profundización críticos e incluso organizativos muy interesantes. Muchas de estas experiencias transitadas han quedado en la memoria popular (piquetes y asambleas barriales) y forman parte del acervo combativo de nuestro pueblo. En este contexto, la asunción de Kirchner a la presidencia tuvo en el discurso inaugural las pistas de la nueva etapa. El nuevo presidente postuló que su programa de gobierno consistiría en un capitalismo serio y humano, en la reconstrucción del capitalismo nacional. Es decir, se propone recuperar la legitimidad pivoteando entre dos tipos de capitalismo: el bueno y el malo. Esta antinomia configura la propuesta de reconstrucción hegemónica que el kirchnerismo va a desplegar.

En este proceso abierto, Kirchner tuvo el desafío de suturar la crisis de gobernabilidad, para reorganizar económicamente al país. Para ello, recuperó demandas populares y las resituó en la construcción de una apuesta hegemónica. En este sentido, bajó los cuadros de los genocidas y se puso al frente del reclamo histórico por la anulación de los juicios (luego en 2005 ratificadas por la Corte Suprema). Este elemento que se constituye en el principio del fin de la impunidad, también se asume desde distintos sectores y organizaciones de derechos humanos, como el principio del fin de la etapa comenzada en 1976. Sin lugar a dudas, la apertura de los juicios, la cárcel común a los genocidas y la restitución de la identidad a los militantes desaparecidos y a muchos de sus hijos, rompe el cerco impune que la Argentina transitó por veinte años. Sin embargo, la ruptura de la impunidad tampoco rompió los consensos con el capitalismo: paradójicamente erosionó la legitimidad que aún contaba la Dictadura y el Terrorismo de Estado, desarmó la Teoría de los Dos Demonios, reconstruyó gran parte de la historia reciente, pero no avanzó mucho más allá en el cuestionamiento al orden social. El cuestionamiento judicial a los genocidas, en términos económico-políticos, a lo sumo generó la expectativa de la vuelta a las relaciones sociales anteriores a 1975. Y de alguna forma, se instaló un relato histórico que tiene al peronismo de 1973 como el mejor momento de la historia nacional, como “el” momento de victoria popular. Y más allá de las apreciaciones comparativas al respecto de la distribución del ingreso, lo que habilita esta mirada es correr de lado la definición de que el capitalismo, en cualquiera de sus expresiones, es incapaz de resolver las necesidades y deseos de las mayorías; y sobre todas las cosas, que el socialismo y el comunismo serán las relaciones sociales que nos permitan satisfacernos. Es innegable que frente a años de neoliberalismo y “Estado mínimo”, la propuesta del kirchnerismo fue poner al Estado a intervenir de forma visible en la política económica. La devaluación asimétrica y el nuevo tipo de cambio favorecieron el incremento de las exportaciones (en un contexto favorable al precio de los commodities) y con ellas la transferencia hacia el sector industrial mercado-internista. Este proceso se desplegó a través de obra pública, créditos diversos y medidas de promoción al consumo. Este lugar de privilegio, debido a la entrada de divisas, en el que nos puso nuevamente la división mundial del trabajo, fortaleció las reservas nacionales. El desafío también era disminuir el desempleo, y lenta pero sostenidamente la reactivación industrial –desarrollada en base a capacidad instalada que había quedado ociosa con la crisis– fue reabsorbiendo a las masas de desocupadas y desocupados.

Asimismo, para 2005, se produce la propuesta de reestructuración de la deuda externa, sin revisión de su legalidad ni legitimidad. Este no es un dato menor, debido a que la deuda externa como eje de debate social había sido un mojón de organización y acumulación de todas las vertientes de la izquierda. La invisibilidad de la crítica e incluso la tibieza de los pronunciamientos al respecto, comienzan a mostrar que la estrategia de recomposición hegemónica -basada en construir dos polos, uno de centro-izquierda y otro de centro-derecha, ambos contenidos por el kirchnerismo y sus aliados- daba sus frutos. Kirchner reestructuró la deuda, no la revisó legalmente, y hoy a los ojos de la historia fue una de las iniciativas más festejadas. Pareciera que hace falta recordar que la deuda externa estaba compuesta de la estatización de la deuda privada que Cavallo hizo en el 82 de las empresas genocidas, más los endeudamientos del genocidio económico de Menem y De la Rua. Sin embargo, el 2005 también es el año de No al Alca. Los comandantes Fidel y Chávez incentivaban un acercamiento con Lula y Kirchner, como estrategia para salir del aislamiento y profundizar el proceso de integración popular latinoamericano. Esta alianza estratégica se cristaliza en la Cumbre de Mar del Plata en la cual se le dio la espalda a la estrategia yanqui, por primera vez en la historia de América del Sur, después de la conformación de los Estados Nacionales. Kirchner respondía a una necesidad histórica, producto de años de lucha y combates, de limitar el poderío yanqui en la región. Pero nuevamente, este componente anti-yanqui propio del movimiento popular argentino en todas sus vertientes, no necesariamente derivó en mayores niveles de confrontación anti-imperialista.

En este mismo proceso, sin embargo, la movilización popular había abandonado lentamente su carácter general (incluido el debate de la deuda externa) y con el desempleo en retroceso, se sitúa en la lucha reivindicativa por aumento salarial y condiciones de trabajo. La CTA y la CGT todavía estaban unificadas y cumplieron un rol [contradictorio] en las luchas reivindicativas entre 2005-2007. En este proceso, además, hace su reaparición otra herramienta del movimiento sindical tradicional que son las comisiones internas, que motorizaron la conflictividad en aquel periodo, incluso con la victoria de agrupamientos de izquierda (este proceso, aunque no hegemonizado por él, en parte luego será capitalizado por el trotskismo en la constitución del FIT). Estas tensiones dentro del movimiento sindical comienzan a resquebrajar las unidades hasta allí logradas, que a partir de 2008, con la ruptura de la CGT no cesan de dividirse hasta 2012. La imposibilidad de profundizar la consolidación institucional de un nuevo sindicalismo clasista en Argentina, terminaron de hacer eclosionar un movimiento sindical debilitado, sin autonomía y sin proyecto propio. Cristina Kirchner gana las elecciones en 2007, en una alianza con un sector del radicalismo. El kirchnerismo había logrado, como apuesta hegemónica, dejar sin espacio a la izquierda anti-capitalista, convertir a la centro-izquierda en la frontera y comenzar a consolidar una izquierda sin proyecto real, sin capacidad de disputa seria y muchas veces funcional a la derecha. Al mismo tiempo, y con la victoria de Macri en la CABA, también ayudó a consolidar una “aparente” derecha boba, pero que hoy la historia demostró que de boba e incapaz no tenía nada. El “dejar hacer” del kirchnerismo para con el macrismo es uno de los errores históricos más serios que estamos hoy pagando. Esta construcción de “enemigo”, por parte del kirchnerismo tiene su origen en la Tragedia de Cromañón, en 2004. Con la muerte de 194 jóvenes, se puso en juego la tríada materna del huevo de la serpiente, parida en la dictadura: negocios asociados con corrupción estatal, omnipotencia de las fuerzas represivas (especialmente de la policía), y la política como negocio. Cuando el naciente macrismo establece un acuerdo con Telerman para realizar el juicio político y destituir a Ibarra, el kirchnerismo vio la oportunidad de soltarle la mano a la centro-izquierda, desconfigurar la transversalidad prometida y mantener su juego político dentro del PJ, en alianza con los sectores más de derecha (De la Sota, Insfrán, Gioja, Romero, etc.). La ruptura del cascarón del macrismo yace sobre 194 jóvenes muertos. El gobierno de Cristina, por su parte, tiene tres aspectos importantes para resaltar: 1) una política exterior de dos puntas, hacia América Latina y hacia los yanquis; 2) la crisis del “campo” y la constitución del “enemigo oligarca”; 3) la consolidación de conquistas populares, sin autonomía de masas.

Respecto del primer punto, es importante señalar cómo CFK despliega en un mismo proceso la consolidación de la alianza latinoamericana comenzada en el No al ALCA, en los acuerdos de UNASUR, aún con profundas contradicciones, como la extradición de los seis luchadores paraguayos. Hacia 2010, reemplaza a Taiana por un canciller vinculado con Israel, que tensiona las posibilidades de profundización de la integración popular y tiene como ejemplo más palpable la aprobación de las leyes de la Doctrina Antiterrorista. En cuanto al segundo elemento, el conflicto por la 125 se basó en la necesidad del Estado de ampliar, vía retenciones a la exportación, la recaudación, es decir, que el partido de gobierno disponga de una porción de la renta agraria diferencial para continuar y/o profundizar sus políticas (incluidas las de bienestar). Y aunque estamos hablando de una distribución de la riqueza ínfima respecto a las ganancias extraordinarias de los sectores exportadores (como pocas veces en la historia de nuestro país, gracias al contexto de precios internacionales, pero también a las políticas económicas desde 2003), se consolidó un proceso de construcción de un verdadero “enemigo poderoso frente a un gobierno popular”. Aunque el kirchnerismo favoreció el crecimiento del extractivismo y de la sojización, aparecieron contradicciones con estos sectores que configuraron los años venideros, en un contexto de crisis mundial que desnudó nuevamente la incapacidad del capitalismo de resolver las necesidad humanas. Y es interesante además señalar el carácter profundamente antiperonista de la denominada oligarquía argentina: mientras que el peronismo muchas veces cumplió el rol de reponer la gobernabilidad, suturar las crisis de representatividad e incluso de hegemonía, un sector de la burguesía vinculada especialmente al agro no le perdona sus concesiones y símbolos populares. Este es un elemento importante, también, para caracterizar al Macrismo.

La crisis mundial, 2008-2009, no solo se expresó en los sectores agrarios, sino también en la industria. El gobierno nacional limitó los despidos con aumento de subsidios al sector, especialmente con el RePRO, que consistió en el pago de una porción del salario de los empleos del sector privado industrial por parte del Estado, de forma no remunerativa. No estamos hablando solamente de empresas chicas, sino que el Estado –además de los subsidios a la luz y al gas- le proporcionó una parte del pago de salario a grandes empresas que amenazaron con reducir costos laborales (despidos, en este caso), amparados en la crisis internacional.

Las posiciones respecto al conflicto “del campo”, que nunca llegaron a tocar seriamente los intereses de los grandes grupos concentrados, hicieron un parteaguas en la historia argentina: los “campestres” (mesa de enlace -con la consecuente destrucción virtual de la Federación Agraria-, sectores de izquierda que fueron furgón de cola y terminaron de perder legitimidad, agrupamientos políticos de centro-derecha o de derecha, que se posicionaron explícitamente contra las retenciones) y los que defendieron la política del gobierno y quedaron definitivamente incapacitados en construir una posición autónoma. Esta posición también partió al movimiento popular, entre quienes se encuadraron y quienes no y quedaron relativamente marginales (excepto en las políticas sectoriales). Este conflicto, entonces, profundizó la configuración de dos bloques: el “nacional y popular” y el “oligarca”. Por fuera, la izquierda “boba”. Así estaba planteado por Ernesto Laclau en su asesoramiento a CFK: configurar dos polos discursivos antagónicos. No se trata de otra cosa que de llenar el “significante vacío”, es decir, construir un enemigo discursivo, que permita transitar sin profundidad de intereses la consolidación hegemónica. Este lugar le tocó al campo oligarca y a Clarín, sin importar que muchas veces las políticas económicas los favorecieron. Esta construcción histórica le da cuerpo político-ideológico a la supuesta contradicción entre “capitalismo bueno/humano/serio” y “capitalismo malo/inhumano/buitre”. Se profundiza la idea de que los sectores de la burguesía se disputan entre esos dos proyectos, que en la burguesía tienen existencia real y concreta esos dos sectores, y se retoma un análisis tipológico, positivista y dogmático de la historia.

Además, la antinomia “nacional y popular” vs. “oligarcas” tiene otros dos significantes asociados: el “Estado” vs. el “Libre Mercado”. La constitución de un bloque “nacional y popular” y el conflicto de la 125 dieron empujón a la creación y/o fortalecimiento de organizaciones kirchneristas: La Cámpora, el Movimiento Evita, Miles, etc. Sin embargo, son organizaciones vinculadas al Estado, bajo la justificación de que el Estado completa el sentido del proyecto político que encarnan. La falta de autonomía frente al Estado constituye una forma de militancia muy particular, sumamente subordinada en sus iniciativas a las políticas públicas, financiada desde el Estado, sin proyecto popular autónomo, que más adelante mostrará su incapacidad de conducir (especialmente en el balotaje). Así y todo, este conflicto da lugar a la consolidación de políticas de profunda raigambre popular, conquistas que tensionan no solo los sentidos asignados al “kirchnerismo, lo nacional – popular y el Estado”, sino que transforman sustantivamente la vida del pueblo argentino, como con la Ley de Medios; la AUH y AUE; el Matrimonio Igualitario e Identidad de Género; la Recuperación del ANSES (fin de las AFJP, ampliación exponencial de la cobertura previsional, al 90%); Plan Conectar Igualdad, Fines, Nuevas Universidades y Progresar; acceso popular al consumo cultural (Tecnópolis, CC Kirchner, Casa del Bicentenario, Encuentro, Paka Paka, etc); la reestatización de Aerolíneas Argentinas, Tandanor, Fábrica Militar de Aviones, 51% de YPF; Creación del Ministerio de Ciencia y del de Cultura; Procrear; Fabricaciones Militares, etc. Estas medidas, sin lugar a dudas, son derechos conquistados en años de lucha, pero también son producto de la voluntad política del gobierno. Esto pone en tensión y nos obliga a cuestionarnos acerca de la posibilidad de profundizar, con la conducción de CFK, las contradicciones históricas y otorgarle un sentido de transformación radical, máxime con el comienzo de una etapa de retroceso en el proyecto latinoamericano y un estado complejo del movimiento popular argentino. El 5 de marzo de 2013, muere el Comandante Chávez y el 13 de marzo asume Bergoglio como Papa. Estos dos hechos son un símbolo del comienzo del fin de una etapa signada por contradicciones que asumieron un carácter popular transformador, en algunos países de la región, como Bolivia, Venezuela y Ecuador; y en otros, un progresismo capaz de recomponer la hegemonía, a través de la ampliación de derechos y una distribución del ingreso progresiva. Este proceso de disputa está claramente en marcha, entre la resistencia a pasar a una etapa defensiva y la ofensiva de restauración (que en algunos países como Honduras y Paraguay se desplegó a través del golpe de estado).

El año 2015, estuvo signado por el proceso electoral. La primera contienda que avizoraba el momento actual tuvo lugar en la provincia de Santa Fe, en donde el socialista Lifchitz se enfrentó contra el macrista Del Sel. La victoria del socialismo santafesino fue muy ajustada. Mientras este escenario se desarrollaba, el kirchnerismo entró en una dinámica sostenida por la rosca habitual del PJ, resuelta por CFK, subestimando la capacidad de armado del radicalismo y la imagen positiva de Mauricio Macri. En CABA, el candidato del FPV, Mariano Recalde quedó en tercer lugar y se consolidó un balotaje entre dos fuerzas de centro-derecha (Lousteau, con más proporción de radicales y Rodríguez Larreta), pero que forman parte del mismo espacio que hoy conduce el país. Como hipótesis, pareciera que ese balotaje funcionó como una interna virtual entre el PRO-CAMBIEMOS (radicales), que luego condicionó el armado del gabinete (y cargos) nacional. Otro elemento significativo es la participación en las PASO de la provincia de Buenos Aires del FPV-PJ y cómo la victoria de la fórmula Fernández-Sabatella parte al PJ provincial. Estas elecciones dejaron en evidencia la autonomía relativa que el PJ sostiene dentro del FPV y aún más, la mínima influencia de los agrupamientos (Nuevo Encuentro, Movimiento Evita, La Cámpora, el PC, etc.) no pejotistas en el armado y dirección de la política. Por otro lado, también queda en evidencia cómo opera el macartismo en la construcción del FPV y los límites en las alianzas con el PJ. Las elecciones presidenciales tuvieron dos tiempos, la primera y la segunda vuelta. Esto es porque la decisión de CFK de que fuera Scioli el candidato, bajo una sentido que se fue instalando respecto de que “por derecha se gana”, demostró incapacidad, verticalismo y falta de iniciativa de las fuerzas progresistas y de izquierda del FPV, cuya “respuesta”, incluso con el candidato puesto, fue no salir a hacer campaña “por izquierda”, que demostraron la falta de iniciativa y un sentido del posibilismo arraigado profundamente en las conducciones políticas populares. No hubo siquiera intencionalidad de poner cercos a lo que –eventualmente- sería la presidencia de Scioli. Sin embargo, al candidato “obvio, aglutinador, más convocante” le fue mal en la primera vuelta y en ese estado de desmovilización, tuvimos un balotaje con Mauricio Macri.

Frente esto, un sector mayormente representado por las políticas del gobierno kirchnerista, incluso militantes o adherentes de base a alguno de los agrupamientos progresistas y de izquierda, tomaron la campaña en sus manos, con mucho reflejo popular, llevándola a las calles, a las plazas, a las estaciones de trenes. Frente a la parálisis de las conducciones de las organizaciones, y con la experiencia parida del 2001, muchos compañeros y compañeras recuperaron atributos de debate popular, de crítica, de iniciativa, que estaban adormecidos, en un escenario que se vivió sintomático de la crisis de representatividad y sobre todo de ausencia de conducción clara. La pérdida de autonomía y la ausencia de crítica de las organizaciones populares frente al Estado son el escenario en el cual la ofensiva imperialista toma cuerpo en la región: venciera electoralmente en Argentina, en el referéndum boliviano, avanzara con el golpe en Brasil y diera sus mejores batacazos en Venezuela, que aún resiste. Por primera vez en nuestro país, gana por elecciones un partido de derecha explícito. El 51% votó a sabiendas, porque jamás lo ocultaron, al candidato de la devaluación, la quita de retenciones, la pérdida del poder adquisitivo del salario. Contra la “soberbia” y “las cadenas nacionales” (con mucho de misoginia, porque rompió el estereotipo de la mujer suave, dulce y no confrontativa), votaron contra CFK y al votar contra ella, votaron la revancha clasista, sexista y elitista. A solo cinco meses desde la victoria del Macrismo, la transferencia de riqueza al sector concentrado se desató implacablemente: devaluación, quita de subsidios a la luz y al gas, aumento exorbitante de precios de los alimentos, aumento del precio de los combustibles, apertura de las importaciones, 140 mil despidos entre trabajadores estatales y privados, estigmatización de los trabajadores del Estado, cierre de programas y dependencias públicas vinculados a políticas de bienestar. Pero además, da pasos firmes hacia la criminalización de la protesta: Milagro Salas está detenida; balearon a los chicos de una murga del Bajo Flores, están pidiendo documentos y multiplicando las razzias, han transferido la policía federal al ámbito porteño. Hay signos de que la estrategia de fortalecer el poder policial es indispensable en la aplicación de políticas de ajuste.

Otro elemento significativo para caracterizar al gobierno actual es la presencia de gerentes y presidentes de empresas como ministros y funcionarios de gobierno. Esta característica merece ser analizada, porque ya hace años que la etapa viene siendo caracterizada como “gobierno de las corporaciones internacionales” (según David Harvey, por ejemplo), pero que los CEOs se invistan directamente como funcionarios es algo interesante a tener en cuenta, en tanto la mediación de los políticos en la articulación orgánica Estado-Empresas respecto de los negocios, pareciera estar desestimada por el PRO. Este es –sin lugar a dudas- el gobierno de los monopolios, del poder concentrado. Aquellos civiles de la Dictadura que el Poder Judicial evitó que juzgáramos, hoy nos gobiernan con el mismo libreto que en 1975: disciplinar al campo popular, a través del terror (a los despidos; a que no alcance para alimentarse, vestirse y tener vivienda; a las represalias; a la represión), para destruir lo conquistado y habilitar que la crisis internacional (que impacta especialmente a las economías ligadas a la exportación de materias primas, por la baja en el precio de los commodities) la afronten los sectores populares. Esta derecha recalcitrante inicialmente intentó desplegar un proceso de articulación e incluso cooptación de algunas organizaciones populares. Intentó lavarle la cara al Imperialismo Yanqui con la visita de Obama en el aniversario del 40º del Golpe, pero no pudo convencer al pueblo argentino, que se movilizó masivamente el 24 de marzo. Lo intentó con el sindicalismo cegetista, pero el viernes 29 de abril, en una masiva movilización de todas las centrales sindicales podría haber comenzado la ruptura de esos lazos. Al gobierno de las corporaciones le cuesta mucho que su política de ajuste tenga alguna organización popular que explícitamente salga a plantear acuerdos. Sin embargo, esto no termina de fracturar algunos sentidos que articulan al gobierno con alguna fracción del pueblo desorganizado, e incluso con la tibieza de algunas organizaciones. El movimiento popular tiene al menos tres debilidades hoy:

1) La parsimonia de los dirigentes de asumir un lugar en el nuevo escenario. Pareciera que –más allá de honrosas excepciones -, los dirigentes políticos y sindicales tienen temor a elaborar apreciaciones y caracterizaciones, y aún mucho más intentar mantener al menos hasta donde estaba, el poder adquisitivo del salario, los empleos y las conquistas populares. Esta relación tirante entre dirigentes y dirigidos en el pueblo es una tensión que se sostiene y que tiene que ser resuelta en unidad. La movilización del 29 de abril puede ser una punta de lanza en esta dirección, siempre y cuando las bases continúen empujando a los dirigentes (y cada vez más) y se consoliden espacios genuinamente organizativos por abajo, que permitan marginar la estrategia del PJ de resolución por arriba y habilite la aparición de nuevas direcciones orgánicas a un proyecto de país realmente soberano. Para eso hace falta voluntad, organización y dirección política. 2) La desorganización y la falta de experiencia militante de muchos compañeros y compañeras, sin las arcas del Estado. Esta es una debilidad explícita, debido a que hay mucha militancia, pero sin capacidad de golpear al Estado, sin iniciativa, acostumbrada a resolver política y organizativamente su construcción bajo la égida de las políticas públicas. Esta militancia tiene que aprender a resistir, a confrontar, a exigirles a sus dirigentes políticos que se muevan, que recuperen la crítica en la cabeza y en los pies y que ayuden a construir autonomía popular. 3) La imposibilidad de pensar con cabeza propia, autonomía y proyecto de largo plazo, dejando de lado el macartismo y el sectarismo, fortaleciendo la unidad como bandera y la emancipación humana como proyecto. La consigna “vamos a volver”, que se escucha desde la plaza del 9 de diciembre, en la cual miles y miles de personas fueron a un duelo colectivo, no plantea el desafío de resignificarla en un sentido profundo y con proyección histórica. No es un “vamos a volver” cerrado, no solo indicaría el deseo de una nueva presidencia de CFK en 4 años. Es una oportunidad de evitar que el PJ vuelva a instalar qué hay que hacer, quién lo va a hacer y cómo lo van a hacer, dejando nuevamente a las mayorías sin poder de decisión de nuestro futuro.

Hay un espacio político y cultural abierto, que hay que llenar con iniciativa, con organización, con unidad y con proyecto político. En Comodoro Py, con una multitud bajo la lluvia, CFK planteó la necesidad de la conformación de un Frente. Ella lo caracterizó como Frente Ciudadano y la ciudadanía es el leit motiv del proyecto burgués. Nuestro desafío está en sortear la alternancia entre el “capitalismo bueno” y el “capitalismo malo”; de anclarnos en la urgencia frentista para avanzar más allá de los límites de lo posible, más allá de la ciudadanía, más allá de lo que hoy se hace evidente: dentro del capitalismo las mayorías no pueden resolver sus necesidades básicas, en el largo plazo, ni acá ni en ningún lugar del mundo. Hoy, en plena resistencia al ajuste, hay a fortalecer las organizaciones de masas y construir organización y dirección política allí donde el pueblo está desorganizado. Sobre dos ideas clave, que el capitalismo es incapaz de resolver las necesidades de las mayorías y que la organización popular es capaz que destruir, construir y reconfigurar nuevas relaciones de fuerzas sociales, hay que impulsar la creación de una alternativa popular que venza al macrismo y su CEOcracia, pero que sea capaz de tomar por abajo, por arriba y por los costados el gobierno del Estado para organizarlo a su imagen y semejanza.

Es posible una Alternativa Política Popular en la Argentina

Por Orlando Agüero (militante popular integrante del Frente Darío Santillán)

El pueblo trabajador de nuestro país transita por momentos sumamente difíciles en

términos de representatividad política, sindical e ideológica.

Los ciclos que venimos experimentando dan cuenta de la existencia histórica de

momentos de alzas en las luchas y derechos para los trabajadores y las trabajadoras, como así

también de espacios temporales en donde el retroceso de las conquistas se instalan de tal manera

que demandan fuertes resistencias por parte de los sectores populares.

Así fue como en el siglo veinte y hasta la actualidad hemos asistido a la formación de

diversos movimientos de trabajadores que modificaron el escenario de la política.

Sin embargo, esos momentos históricos en donde la clase trabajadora y el pueblo avanzó

en la recuperación de derechos laborales, productivos y humanos, mostraron al mismo tiempo

las profundas limitaciones que padecemos como pueblo.

Sin dudas esto se enmarca en la incapacidad de generar una herramienta popular que se

erija como la verdadera alternativa política en el camino de sostener una línea de crecimiento en

favor del pueblo para terminar con la explotación y el yugo capitalista.

No obstante y muy a pesar de este análisis crítico sobre las limitaciones como pueblo,

sabemos que contamos con un importadísimo catálogo de cualidades y capacidades en el terreno

popular, que nos dejan claras expectativas de construir en la Argentina esa herramienta aún

faltante.

La últimas décadas.

Si observamos las décadas pasadas, podemos advertir que los ciclos abiertos desde los

’70 hasta hoy, aún permanecen sin resolución favorable a la gran mayoría del pueblo argentino.

La lucha por el Socialismo y la Patria Liberada, la Dictadura Militar, el neo-liberalismo de

los ’90 y el estallido popular del 2001, a pesar de los valiosos esfuerzos desarrollados desde

diferentes sectores de la vida nacional, continúan abiertos a la espera de la gran unidad que

derrote a la reacción del capital y los intereses del imperialismo.

Podemos también decir que lo que nos sucede a nosotros como pueblo está enmarcado

por un contexto internacional que fagocita la proliferación del pensamiento de derecha como

elemento cultural a vencer.

Es decir que el triunfo del macrismo en nuestro país se saluda con la mano derecha con

los intereses que vienen sacudiendo a los progresismos latinoamericanos. Este dato es de suma

importancia para pensar una salida popular al problema planteado en nuestro continente.

Es por eso que la construcción de la alternativa que vaya resolviendo los ciclos abiertos,

debe contar con fuertes lazos políticos, económicos y culturales con los pueblos de nuestro

continente, en el marco de un ordenamiento internacional que permita la independencia de los

centros del poder económico.

Lo cierto es que propuestas siempre existen.

En la actualidad la idea de la formación de un Frente Ciudadano, emitida por la ex

presidenta Cristina Fernández de Kirchner toma cuerpo en un sector muy determinado de la

militancia. Incluso podríamos pensar que casi compite con la idea de transversalidad con la que

Néstor Kirchner construyó el piso que marcó el curso de los doce años de gobierno kirchnerista.

De todos modos aparece esta propuesta en el escenario político con la fuerza de muchos años

de gobierno, desde la oposición y ante el vacío en esta materia.

Con qué modelo productivo.

Hoy las posibilidades concretas para la construcción de una verdadera alternativa política

para el pueblo se encuentran en otros lugares.

Esos espacios los podemos hallar en la fuerte decisión de como y para quienes gobernar.

Con qué modelo productivo se debe desarrollar una estrategia de poder. Aquí se entabla un

problema central, que tiene que ver con abandonar el modelo extractivista de los bienes

naturales y el monocultivo.

Estas formas la han desarrollado sin diferencias tanto el gobierno anterior como el actual.

No solo que estas políticas degradan la tierra y la calidad de vida del ambiente, sino que han

atentado históricamente en contra del desarrollo de las potencialidades multifacéticas que

poseen las economías regionales a nivel productivo, turístico y cultural.

Es así que con esa fortaleza del perfil político, poniendo a los sectores que desde siempre

se han enriquecido a costas del pueblo trabajador, a pagar las consecuencias de las distintas

políticas de ajuste, para que podamos realizar en serio una correcta redistribución de la riqueza

en favor de las mayorías populares.

Con que sectores construir.

La clase trabajadora que lucha permanentemente por dar un pasito más hacia adelante

en la lucha de clases, el movimiento popular encarnado en las organizaciones sociales que

empoderan al pueblo desde los barrios, el movimiento estudiantil que pelea y cuestiona el

sistema de enseñanza y defiende la educación pública y gratuita, los campesinos y campesinas

pobres, que trabajan la tierra fuera de los circuitos que forman los laboratorios de agrotóxicos y

semillas transgénicas, los luchadores y luchadoras por los derechos humanos, los productores

autónomos y autogestionados que fabrican sin la fiscalización de las cámaras empresarias y se

representan en las fábricas recuperadas, son los sectores que en forma imprescindible deben

formar parte de una nueva alternativa política y popular en nuestro país.

La concurrencia de estos actores políticos de la Argentina para la formación de una

alternativa seria, son la clave para cerrar esos ciclos pasados y abiertos, para redistribuir

correctamente las riquezas, modelar nuevamente el mapa de las economías regionales, terminar

con el flagelo de la pobreza y para poner de pie de una vez por todas y para siempre a nuestro

querido y joven pueblo trabajador.

EL VIRAJE, LOS ERRORES Y NUESTRO DEBER EN LA ACUMULACIÒN.

Por Fabián Badano (Partido Comunista – Mercedes)

La experiencia post XVI Congreso ha sido, para los comunistas, una etapa difícil de definir en el terreno de la acumulación y la lucha por estrechar el margen de diferencia de fuerzas entre el campo popular revolucionario, y los representantes del poder opresor.

Poder definir cómo acumulamos y para qué, ha sido, sin dudas, la principal deficiencia de nuestro partido, al menos a nuestro entender.

El XVI Congreso pareció abrir un debate y un ejercicio de la crítica y la autocrítica permanente, que se consolidaría con el tiempo como ejercicio cotidiano en la vida de nuestra organización, pero todo quedó solamente en una expresión de deseo. Así dejamos pasar una oportunidad inmejorable para corregir errores y no volver a repetirlos.

Es innegable que no hemos hecho una lectura correcta ni hemos interpretado acertadamente el desarrollo de la lucha de clases a través del tiempo y los acontecimientos. La tentación permanente que nos ofreció la participación en el terreno electoral, nos ha llevado a caer, una y otra vez, en la trampa que nos pone la democracia burguesa y hemos consumido el tiempo y el esfuerzo que debíamos ocupar en la concentración de las fuerzas del partido, para poder acumular y desarrollarlo.

La experiencia práctica nos demuestra, una y otra vez, que la lucha de clases tiene múltiples expresiones y, por consiguiente, variadas formas de intervenir. Por eso, no podemos consumir prácticamente la totalidad de nuestros esfuerzos, nuestro tiempo y nuestros grados de organización, en el plano meramente electoral.

Tenemos muy en claro que en un proceso revolucionario, no son necesarios solamente los comunistas, que la política de alianzas es una herramienta fundamental en nuestro trabajo de acumulación, por eso se torna esencial tener en claro el “por qué” y el “para qué” acumulamos.

Nuestro enemigo permanente es el capitalismo, y queremos derrotarlo, entonces debemos buscar alianzas con los sectores que estén dispuestos a construir un espacio basado en un programa de neto corte anticapitalista, donde se pueda sentar las bases de una construcción socialista. Nunca hay que subestimar ni descartar la lucha electoral, pero ésta lucha debe estar supeditada a la construcción que planteamos anteriormente.

Es imprescindible que redefinamos el alcance del concepto “campo popular”, para no quedar otra vez atados a la práctica y a la política de la pequeña burguesía, que reniega y desconoce permanentemente la vigencia de la lucha de clases y retarda todos los procesos liberadores o de posible construcción política de los trabajadores.

En el terreno que nos ofrece la lucha de clases (política, sindical, juventud, género, territorio, etc..) aparecen en forma permanente cuadros políticos naturales, y es sobre ellos que debemos posar nuestra mirada. Tenemos que abordar esos cuadros, algunos se sumarán a nuestro partido y otros serán nuestros aliados, pero ésta debe ser, sin dudas, nuestra tarea de acumulación, y debemos hacerlo de forma organizada y planificada.

Debemos sumar y actuar con amplitud, participando y acompañando las acciones de la clase en su afán de organizarse y luchar, atendiendo todas las parcialidades que cuestionan al sistema.

En éste sentido, aplaudimos la intención de CENTENARIO de aportar al debate, y la valentía de plantear, hoy, la necesidad de un estudio profundo de la situación material y la política del capitalismo en el mundo, y sobre todo, en la Argentina, para poder, en base a éstos conocimientos, trazar la táctica y la estrategia correcta, para encarar el único camino posible, el de la lucha contra el capitalismo en todos los frentes, abordando la cuestión del poder, y lograr así desentrañar el rol del Partido Comunista en la lucha revolucionaria que nos lleve al socialismo.

No nos mueve, en absoluto, un espíritu conspirativo sino la defensa de los principios leninistas de la organización, que nunca debieron dejarse de lado, más allá de la correlación de fuerzas. Por eso defendemos e impulsamos la construcción de un partido revolucionario.

Tenemos la ideología…SALGAMOS A LA BÙSQUEDA Y ORGANIZACIÒN DEL SUJETO QUE LA LLEVE A LA VICTORIA.

ARMANDO TEJADA GÓMEZ, POETA DE AMÉRICA

Por Pablo Stasiuk

Mi primer recuerdo de Armando se remonta a un 24 de mayo en la década del 70.En el Club Solbaid de Mercedes se festejaba el cumpleaños de Argentino Valenzuela, maestro poeta y cantor mercedino. En una larga mesa de músicos y amigos, nosotros rondábamos los 7 u 8 años. A pesar de la corta edad no pudimos escapar al magnetismo de un hombre que en un momento de la noche se paró frente a la mesa y empezó a recitar una poesía vehemente…ese mismo magnetismo que lo había convertido en uno de los grandes poetas latinoamericanos.

Armando Tejada Gómez nació en Mendoza, a orillas del zanjón del Cacique Guaymallén, frente al barrio de la Media Luna. Allí, sus amigos aseguran que en su adolescencia, y a pesar de no haber recibido educación más que en su familia, mostraba una profunda adicción por la lectura. Armando llevaba siempre un cuaderno en su mano, al que él denominaba su primer libro y que llevaba como título “Roñas de siglos”. Ya el poeta dejaba ver su compromiso con la temática social que vivían los pueblos de América.

Cuenta de su infancia en “Primera Soledad”:

Hoy mi madre 
no me quiso
 
la he rondado horas enteras
 
pero nada, no me quiso,
 
ni me ha mirado siquiera.

Arde el sol en el silencio 
amarillo de la siesta
 
ni gatos, ni vigilantes,
 
sólo la calle desierta.
 
 Salgo a morir al baldío 
golpeando todas las puertas
 
cómo me voy a morir
 
sin que mi madre me vea.

Armando fue el antepenúltimo de 24 hermanos. El “Toto”, un poco mayor, era su compinche. Armando le contaba historias de fantasía, que su hermano escuchaba con gran avidez. Las necesidades eran muchas y la pobreza golpeaba fuerte. En ese contexto es asesinado el Toto en ocasión de un robo menor en un almacén, hecho que habría de marcar a Armando para toda su vida.

Escribe el poeta en su “Hay un niño en la calle”:

Donde andarán los niños que venían conmigo
ganándose la vida por los cuatro costados?
Porque en este camino de lo hostil, ferozmente
cayó el Toto de frente con su poquita sangre
con su ropa de fe, su dolor a pedazos.
Y ahora necesito saber cuales sonríen,
mi canción necesita saber si se han salvado,
porque si no es inútil mi juventud de música
y ha de dolerme mucho la primavera este año.
Importan dos maneras de concebir el mundo.

Una, salvarse solo. Arrojar ciegamente los demás de la balsa
Y el otro es un destino de salvarse con todos

comprometer la vida hasta el último naufrago
No dormir esta noche si hay un niño en la calle.”
 

Allá por las décadas del 40 y del 50, el barrio de la Media Luna estaba habitado por muchas familias de obreros afiliados al Partido Comunista. Entre los clubes que frecuentaban los jóvenes había uno llamado Club Anibal Ponce, en homenaje a uno de los grandes pensadores marxistas de la época del ’30. Armando ya hacìa gala, sobre todo en su poesía, de la pertenencia a una clase, la trabajadora, nombrándola claramente como “su” gente, los pobres, los trabajadores, los desposeídos.

Más adelante llegaría un poema que él, consideraría entre los mejores que pudo escribir: “Serenata a los Sueños”…y decía…

Hay que soñar la vida
para que sea cierta
soñarla a pleno día
y a cara descubierta.

Que todo sea claro
que el amor se te vea
que digan persignándose
ahí va el que sueña.”

En el año 1958, Armando, gracias a su gran desempeño gremial, es elegido Diputado Provincial por la UCRI…pero nunca se sentiría a gusto con sus lineamientos. En 1960 realiza una visita a China por el 100 aniversario de la república Popular. También visita la URSS, Checoslovaquia y Francia. Inmediatamente después de su regreso se afilia al Partido Comunista y termina como tal su mandato de Diputado.

En 1963, ya consolidado internacionalmente en su rol de poeta y artista, funda “El nuevo cancionero”, junto a Oscar Matus, la Negra Sosa, y Tito Francia.

Siguió acumulando premios y distinciones, pero lo que el màs valoraba era la devolución que le hacìa su pueblo en cada actuación, y la incorporación de la problemática social a casi toda su poesía.

En “Menú del día” escribe:

Los martes se discute. Hay plenario en la casa. 
El viejo se levanta. Deja el puño en la mesa. 
Sus hijos dicen: armas, dicen Che, dicen basta 
y sobre nuestra bronca pasa ardiendo la huelga. 
-Madre, no llore. Madre, no estamos contra el viejo. 
-Estamos contra el mate del paro dominguero. 
-El cree que la huelga es cosa de parar 
y nosotros creemos que es pueblo en movimiento.” 

Armando se convirtió con el tiempo en uno de los poetas más representativos del pueblo Americano y dejó un gran legado sobre la poesía social y fundamentalmente sobre el folklore argentino, al que habría de regalarle, y regalarnos, una parte fundamental de su existencia. Junto al Cuchi Leguizamón, Cesar Isella y Tito Francia, compuso canciones que están entre lo más destacado de nuestra música popular. Como cuenta en su historia de cómo escribió la Zamba del laurel…ante la pregunta de su hija paula “Papá, si lo verde no se llamara verde…como se llamaría?” a lo que el poeta, después de mucho pensar, le contestaría “Si lo verde tuviera otro nombre, debería llamarse rocío!”. Así nacería una de las zambas más hermosas con música del Cuchi.

Mi último recuerdo de Armando se remite a una peña del PC en Mercedes, allà por los 90, con casi 500 asistentes en el Club Quilmes, donde un hombre solo, con un micrófono, hacía que no se sintiera el vuelo de una mosca, con su poesía de pueblo y puño en alto.

Armando ya está en el Olimpo de los dioses de nuestra cultura…a veces, poco reconocido por los que manejan hoy los medios, pero metido para siempre en el corazón de los amantes de la poesía y la música comprometida. Tejada Gómez, hoy, es sinónimo de poeta del pueblo, de trabajador y artista, de canción y panfleto…de lo que en realidad debería ser un artista en todos sus aspectos, los personales, los políticos y el artístico.

Desde Centenario recordamos al que es, sin dudas, el poeta del pueblo y al que ha sabido interpretar como ninguno el sufrir y la alegría de la clase trabajadora.

Me voy a tomar el atrevimiento de terminar ésta nota con algo que escribí para él hace unos años:

SIMPLEMENTE ARMANDO

No tiene América un poeta tan obrero

tan capitán de barco en la distancia,

tan contador de sueños de los pobres

conocedor de hambres y de obrajes.

Nadie conoció tanto a mi madre

como Armando en su primera ausencia

ni la dura realidad de nuestra patria

con un niño de intemperies y distancias.

Tus manos grandes son dos palomas

que afirman con el vuelo tu palabra.

Matilde Luna no es nuestra Matilde,

si el poeta no la cuenta con su magia.

El aroma de la olla de mi infancia,

la lucha silenciosa de los camaradas,

el verde laurel de algunos ojos

son olvido sin tu pluma planetaria.

Tu boca es un volcán eterno

que estalla con verdades escondidas

con el amor presente en cada verso,

con el valor de ser la voz del olvidado.

Decidor infinito y libertario

necesitamos tu forma de contarnos

el hombre, el amor, también la muerte,

nada menos que la vida, en tu relato.

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