Por Pablo Stasiuk

Mi primer recuerdo de Armando se remonta a un 24 de mayo en la década del 70.En el Club Solbaid de Mercedes se festejaba el cumpleaños de Argentino Valenzuela, maestro poeta y cantor mercedino. En una larga mesa de músicos y amigos, nosotros rondábamos los 7 u 8 años. A pesar de la corta edad no pudimos escapar al magnetismo de un hombre que en un momento de la noche se paró frente a la mesa y empezó a recitar una poesía vehemente…ese mismo magnetismo que lo había convertido en uno de los grandes poetas latinoamericanos.

Armando Tejada Gómez nació en Mendoza, a orillas del zanjón del Cacique Guaymallén, frente al barrio de la Media Luna. Allí, sus amigos aseguran que en su adolescencia, y a pesar de no haber recibido educación más que en su familia, mostraba una profunda adicción por la lectura. Armando llevaba siempre un cuaderno en su mano, al que él denominaba su primer libro y que llevaba como título “Roñas de siglos”. Ya el poeta dejaba ver su compromiso con la temática social que vivían los pueblos de América.

Cuenta de su infancia en “Primera Soledad”:

Hoy mi madre 
no me quiso
 
la he rondado horas enteras
 
pero nada, no me quiso,
 
ni me ha mirado siquiera.

Arde el sol en el silencio 
amarillo de la siesta
 
ni gatos, ni vigilantes,
 
sólo la calle desierta.
 
 Salgo a morir al baldío 
golpeando todas las puertas
 
cómo me voy a morir
 
sin que mi madre me vea.

Armando fue el antepenúltimo de 24 hermanos. El “Toto”, un poco mayor, era su compinche. Armando le contaba historias de fantasía, que su hermano escuchaba con gran avidez. Las necesidades eran muchas y la pobreza golpeaba fuerte. En ese contexto es asesinado el Toto en ocasión de un robo menor en un almacén, hecho que habría de marcar a Armando para toda su vida.

Escribe el poeta en su “Hay un niño en la calle”:

Donde andarán los niños que venían conmigo
ganándose la vida por los cuatro costados?
Porque en este camino de lo hostil, ferozmente
cayó el Toto de frente con su poquita sangre
con su ropa de fe, su dolor a pedazos.
Y ahora necesito saber cuales sonríen,
mi canción necesita saber si se han salvado,
porque si no es inútil mi juventud de música
y ha de dolerme mucho la primavera este año.
Importan dos maneras de concebir el mundo.

Una, salvarse solo. Arrojar ciegamente los demás de la balsa
Y el otro es un destino de salvarse con todos

comprometer la vida hasta el último naufrago
No dormir esta noche si hay un niño en la calle.”
 

Allá por las décadas del 40 y del 50, el barrio de la Media Luna estaba habitado por muchas familias de obreros afiliados al Partido Comunista. Entre los clubes que frecuentaban los jóvenes había uno llamado Club Anibal Ponce, en homenaje a uno de los grandes pensadores marxistas de la época del ’30. Armando ya hacìa gala, sobre todo en su poesía, de la pertenencia a una clase, la trabajadora, nombrándola claramente como “su” gente, los pobres, los trabajadores, los desposeídos.

Más adelante llegaría un poema que él, consideraría entre los mejores que pudo escribir: “Serenata a los Sueños”…y decía…

Hay que soñar la vida
para que sea cierta
soñarla a pleno día
y a cara descubierta.

Que todo sea claro
que el amor se te vea
que digan persignándose
ahí va el que sueña.”

En el año 1958, Armando, gracias a su gran desempeño gremial, es elegido Diputado Provincial por la UCRI…pero nunca se sentiría a gusto con sus lineamientos. En 1960 realiza una visita a China por el 100 aniversario de la república Popular. También visita la URSS, Checoslovaquia y Francia. Inmediatamente después de su regreso se afilia al Partido Comunista y termina como tal su mandato de Diputado.

En 1963, ya consolidado internacionalmente en su rol de poeta y artista, funda “El nuevo cancionero”, junto a Oscar Matus, la Negra Sosa, y Tito Francia.

Siguió acumulando premios y distinciones, pero lo que el màs valoraba era la devolución que le hacìa su pueblo en cada actuación, y la incorporación de la problemática social a casi toda su poesía.

En “Menú del día” escribe:

Los martes se discute. Hay plenario en la casa. 
El viejo se levanta. Deja el puño en la mesa. 
Sus hijos dicen: armas, dicen Che, dicen basta 
y sobre nuestra bronca pasa ardiendo la huelga. 
-Madre, no llore. Madre, no estamos contra el viejo. 
-Estamos contra el mate del paro dominguero. 
-El cree que la huelga es cosa de parar 
y nosotros creemos que es pueblo en movimiento.” 

Armando se convirtió con el tiempo en uno de los poetas más representativos del pueblo Americano y dejó un gran legado sobre la poesía social y fundamentalmente sobre el folklore argentino, al que habría de regalarle, y regalarnos, una parte fundamental de su existencia. Junto al Cuchi Leguizamón, Cesar Isella y Tito Francia, compuso canciones que están entre lo más destacado de nuestra música popular. Como cuenta en su historia de cómo escribió la Zamba del laurel…ante la pregunta de su hija paula “Papá, si lo verde no se llamara verde…como se llamaría?” a lo que el poeta, después de mucho pensar, le contestaría “Si lo verde tuviera otro nombre, debería llamarse rocío!”. Así nacería una de las zambas más hermosas con música del Cuchi.

Mi último recuerdo de Armando se remite a una peña del PC en Mercedes, allà por los 90, con casi 500 asistentes en el Club Quilmes, donde un hombre solo, con un micrófono, hacía que no se sintiera el vuelo de una mosca, con su poesía de pueblo y puño en alto.

Armando ya está en el Olimpo de los dioses de nuestra cultura…a veces, poco reconocido por los que manejan hoy los medios, pero metido para siempre en el corazón de los amantes de la poesía y la música comprometida. Tejada Gómez, hoy, es sinónimo de poeta del pueblo, de trabajador y artista, de canción y panfleto…de lo que en realidad debería ser un artista en todos sus aspectos, los personales, los políticos y el artístico.

Desde Centenario recordamos al que es, sin dudas, el poeta del pueblo y al que ha sabido interpretar como ninguno el sufrir y la alegría de la clase trabajadora.

Me voy a tomar el atrevimiento de terminar ésta nota con algo que escribí para él hace unos años:

SIMPLEMENTE ARMANDO

No tiene América un poeta tan obrero

tan capitán de barco en la distancia,

tan contador de sueños de los pobres

conocedor de hambres y de obrajes.

Nadie conoció tanto a mi madre

como Armando en su primera ausencia

ni la dura realidad de nuestra patria

con un niño de intemperies y distancias.

Tus manos grandes son dos palomas

que afirman con el vuelo tu palabra.

Matilde Luna no es nuestra Matilde,

si el poeta no la cuenta con su magia.

El aroma de la olla de mi infancia,

la lucha silenciosa de los camaradas,

el verde laurel de algunos ojos

son olvido sin tu pluma planetaria.

Tu boca es un volcán eterno

que estalla con verdades escondidas

con el amor presente en cada verso,

con el valor de ser la voz del olvidado.

Decidor infinito y libertario

necesitamos tu forma de contarnos

el hombre, el amor, también la muerte,

nada menos que la vida, en tu relato.

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Categoría

Cultura, Pablo Stasiuk