26 julio, 2016

Las libertades

Por Gonzalo Ramos—-

Las libertades se pergeñan en el compromiso comunitario de organizarnos. No hay salidas individualistas ni autoiluminadas como las que versan (desde un posmodernismo aberrante) de que la sola concepción intelectual y/o espiritual de la libertad basta para aprehenderla, a pesar de los fundamentos teóricos que se puedan fungir para sostener dicha ridiculez.

Desalienación/Liberación es el par dialéctico de la Libertad. Pero ¿qué libertad? ¿Libertad para perseguir los pokemones que me permitan los servidores? ¿Libertad para comprarme los libros que más me plazcan? ¿Libertad para cagar cuanta gente pueda en mi empresa? Evidentemente la precisión tiene que ser una facultad indiscutible en nuestros planteos. Estamos hablando de la libertad de no ser explotado que se opone a la represión de la capacidad de explotar, la libertad de apropiarse del propio trabajo y la negativa absoluta de apropiarse del trabajo de otro, la libertad de una sociedad comunista de productores libres en pugna constante con otras propuestas de organización social. De eso se trata, de plantear las aspiraciones en términos históricos y políticos dejando de lado el jippismo intelectual de libertad por la libertad misma, simples falacias que nos prometen una encerrona tan pedante como peligrosa.

La distorsión que tiene este mundo es más responsabilidad de la pasividad (dirigida) de la sociedad civil que mérito de los sectores que detentan el poder (la guita) en este entramado mafioso llamado mundo. El mundo mafioso, los sistemas democráticos son mafiosos y los estados están fraguados en el calor de la mafia organizada que se da a conocer como democracia (burguesa, valga el improperio).

Seguramente, para continuar transitando por estos senderos todos cagados (en ambos sentidos) hace falta una buena dosis de hipocresía pero sobre todo de alienación; la forma suprema de la hipocresía humana, es decir, no solo mentirse sino estar convencido de esa mentira. Es allí, un hilo para tirar del ovillo, sosteniéndonos, en el análisis de lo discursivo, no es otra la pretensión de este artículo.

Las épicas vacuas expresadas en estos últimos tiempos nos han demostrado que son muy efectivas para instalarse en el imaginario popular, más conocido como sentido común. Campañas efectistas que por elementales no merecen ser, de ninguna manera, subestimadas. Todo lo contrario. Poder analizar los discursos que conforman el humor general nos dará una llave para intervenir en esa conformación, porque, siempre volvemos a las génesis, aquí uno de los frentes que más debemos pertrechar es el de la batalla cultural. Desde el aparente microcosmos de las redes sociales hasta los debates académicos que determinan la direccionalidad de las teorías que luego se imponen en todo el sistema educativo, he ahí su peligrosidad. En estos dos eones que se cruzan constantemente, lo académico y lo vulgar, es en donde debemos pivotear con herramientas adecuadas (nadie intenta barnizar una silla con un destornillador) para cada situación, utilizando, justamente, el discurso adecuado y efectivo.

Si podemos pensar la coyuntura, a pesar de lo fugaz que eso pueda ser, tendríamos que dar cuenta del fenómeno de verbalización y superlativización de ciertos hechos que nos suceden. Estoy hablando de movilizaciones tales como el “Impuestazo”, el “Ruidazo”, el “Pique-tetazo” al que le podrían seguir tranquilamente el “Hipocretazo”, el Edulcorazazo” y el “Sinceramientazo” ponga el lector las líneas imaginarias a su placer. Tenemos en este fenómeno vulgar de la lengua como el uso del aumentativo un significado político locuaz: la rimbombancia como la continuidad de la vacuidad que tan efectiva ha demostrado ser para soslayar la discusión de los temas fundamentales de nuestro malogrado y falaz capitalismo nacional: las relaciones sociales de trabajo, la apropiación de la riqueza y su distribución, tampoco es tan rebuscado, y tal vez allí es donde el aparato de propaganda, principalmente peronista, esgrimiendo argumentos martin-fierristas, más ataca a las verdades irrefutables del marxismo, ni que hablar de los declarados derechista que están en pleno festín comiéndose los restos de un cuerpo aparentemente inacabable llamado presupuesto estatal.

Si lográramos comprender que la verdad es nuestra y que es un deber militante sostenerla tal cual, sin sodearla con improcedentes dosis de “popularidad”, tal vez estemos más cerca de dar una batalla cultural en regla. ¿Qué puede ser más sencillo de explicar que la riqueza no la producen los empresarios sino los laburantes? ¿Qué necesidad de tranzar con la conciliación de clases peronista? ¿Qué autoridad histórica tenemos para denostar nuestra identidad en pos de, vaya a saber uno, qué concepto de “pueblo”? Lo nacional y popular lo tenemos que buscar en Gramsci no en los aforismos de Jauretche, los fundamentos de nuestra batalla mediática en Fidel Castro no en 678, la forma de organizarnos en Lenin no en la Jefa. Parecen verdades de Perogrullo, no lo son.

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Categoría

Argentina, Cultura, Gonzalo Ramos, Número 2