Desde la conquista del gobierno nacional, y de los principales distritos: la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires, Corrientes, Jujuy y Mendoza, por lo menos, el conglomerado de fuerzas económicas, sociales y políticas representadas por la Alianza Cambiemos, no solo vienen aplicando un programa de despojos y redistribución regresiva de la riqueza (incluida las industrias y productos culturales), de modificación del sentido común golpeando aquellos valores culturales construidos en largos años de lucha por derrotar la derrota de 1976: también, y acaso sea ese el peligro más grave y oculto, están reconfigurando el bloque de poder a favor de los sectores más concentrados, poderosos y subordinados al imperialismo de los EE.UU.

El capitalismo es un sistema articulado de relaciones de dominación y producción inescindibles de modo tal que las fortalezas en alguno de los campos se puede trasladar a otros y de un modo incesante. La correlación de fuerzas surge del conjunto de esas relaciones de dominación y no solo de un resultado electoral o de la pujanza o declive del ciclo económico, es algo un poco más complejo que requiere un analisis integral de la sociedad desde una perspectiva histórica de mirada larga.

Existe un bloque de poder de larga historia, acaso sus orígenes más remotos nos lleven a la Conquista Imperial Española cuyo heredero y descendiente directo, el ex Rey de España Juan Carlos II, presidiera simbólicamente la celebración impúdica de la derrota sucesiva de aquel gesto soberano del 9 de Julio de 1816; pero se sabe que aquel bloque histórico ha sufrido sucesivas modificaciones y cambios de hegemonías, expulsiones e incorporaciones de diversos sujetos sociales y políticos a lo largo de estos casi trescientos años de colonia, neo colonia y formas diversas de “independencia formal” y dependencia real, como el mismo Lenin pensara a la Argentina para comienzos del siglo XX.

Y con eso que no sabía de los golpes de Estado de 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y el más letal de todos ellos, el genocidio de Martínez de Hoz y Videla.

Igual que le ocurriera a Napoleón en su campaña contra la Rusia Zarista, que avanzó tanto que su línea de abastecimiento se debilitó y cortó facilitando la contraofensiva rusa; en su osadía y pasión del converso, el Peronismo Menemista destruyó tantos límites que cuando el ciclo neoliberal se agotó, y en ese agotamiento cuenta de un modo principal la resistencia obrera y popular de la que la izquierda en general y la Izquierda Unida en particular fueran protagonistas principales, la crisis alcanzó niveles inéditos de dificultad para garantizar el ciclo de reproducción ampliada del capital, la valorización del capital a la que aspira todo burgués y las clases propietarias y dominantes en general, que desembocaron en el Diciembre Popular de 2001.

Hemos dicho ya que la crisis de alternativa permitió, una vez más, que la burguesía se quede con el fruto de las luchas obreras y populares. Claro que para ejercerlo debieron asumir la máscara progresista, y luego, para hacerse creíble, debió asumir parte de las demandas populares y democráticas de la década de luchas contra el neoliberalismo.

Tanto por la decisión de los sectores del Poder Real que consideraron “suficiente” la experiencia kirchnerista; como por los límites del gobierno que encabezaron los Kirchner, en el contexto regional de una ofensiva imperial de recuperación del pleno dominio económico, político y militar; Macri y sus aliados de la Unión Cívica Radical llegaron al gobierno con los ánimos revanchistas y la angurria de una clase que conserva en la memoria profunda los rastros genéticos de su cultura predadora originaria.

Y de nuevo, la recepción entusiasta y cipaya del gobierno ante la presencia del ex Rey de España, dice mucho más de las clases dominantes argentinas que del corrupto y asesino Juan Carlos II.

Se trata entonces de enfrentar un proyecto de dominación que excede largamente a los miserables personajes puestos a gobernar, y para ello hay que refundar la izquierda revolucionaria, comunista por luchar contra el capitalismo, no importa los nombres que asuma o las tradiciones políticas o culturales que exhiba como propias, en la Argentina del siglo XXI1.

Si miramos los seis meses del macrismo gobernando desde la perspectiva del movimiento obrero y popular, podremos verificar, en la práctica de la lucha de clases real y no en los debates académicos o de café, que los dos partidos tradicionales de la Argentina: el Radicalismo y el Peronismo, son incapaces de confrontar con un proyecto de este tipo.

Que a lo máximo, en función de oportunistas intereses electorales, pueden señalar o dificultar algún aspecto exagerado del saqueo (como puede ser el aumento de las tarifas del gas).

Pero a contrapelo de las lecturas simplistas de que el país había quedado dividido en dos partes casi iguales, buena parte de los gobernantes, legisladores, políticos e intelectuales del vasto campo de fuerzas que sostuvo la candidatura de Scioli ha apoyado sin vergüenza y hasta con entusiasmo el rumbo revanchista y regresivo del gobierno de la Alianza.

Ahora se sabe, wikileaks mediante, que el hombre que Scioli mandó a negociar a los EE.UU., el salteño Urtubey2 formaba parte al mismo tiempo del grupo más cercano a Macri3.

Otros, como el Movimiento Evita, cuyo dirigente Taiana había concitado el apoyo de un vasto espacio social y político con su precandidatura presidencial, que luego declinó, intentan caminar con un pie en cada lado: no dejan de participar en el movimiento social donde impulsan acciones de resistencia al tiempo que han abierto espacios de dialogo, acuerdos y cogestión con el gobierno de María Eugenia y de Mauricio.

Nadie tendría demasiado derecho a las sorpresas o las burdas acusaciones de traiciones. Son viejas prácticas políticas inspiradas en un modelo de acumulación de fuerzas de espaldas al poder.

Y el mismo balance se podría hacer de la dirigencia sindical peronista de las C.G.T. (salvo pocas y honrosas excepciones) o de la dirigencia estudiantil radical de la F.U.A. o de buena parte de las direcciones de las nuevas ONG o cooperativas, surgidas de la mano del gran capital y no luchando contra ellas.

A pesar de todo ello, nunca hubo un gobierno que en sus primeros seis meses tuviera que soportar tantas marchas masivas, concentraciones y hasta paros nacionales.

Resaltan en esa serie la movilización del 24 de Marzo, por su alta definción política y la convocada por todas las centrales sindicales del 28 de abril por su componente de trabajadores estables y sindicalizados, algo que no se veía desde hace años en esa dimensión. La renuncia de Loperfido mostró el resultado de la alianza entre los organismos de derechos humanos y el mundo de la cultura. Hubo muchos otros actos de resistencia, más o menos explicitos.

Tenemos pues, como diría Pirandello4, un sujeto en busca de la representación social y política, pero ya sabemos que el encuentro entre “ellos” y “nosotros” no será ni automático ni sencillo.

Todo lo más que llegó el progresismo en el gobierno fue a reivindicar el derecho al consumo, pero el incremento del consumo por sí mismo no se vincula a valores culturales anti sistema, y es más en ciertas condiciones puede funcionar como su contrario.

Se ha dicho más de una vez, que un burgués más rico es más de derecha, no menos. Pero también hay que decir que el solo aumento del consumo (sin organización popular autónoma, despliegue de la cultura revolucionaria y el pensamiento crítico) pueden desarrollar más expectativas burguesas que revolucionarias. Fue Frank Fannon el que explicó porque “no pasa día en que el dominado no sueñe con ocupar el lugar del dominador”5

Conviene también releer aquella carta del Che a la revista uruguaya Marcha en 1965 titulada “El socialismo y el hombre en Cuba”, donde despliega con cierto detalle su concepción humanista revolucionaria, según la cual no habrá cambio social sin una transformación radical del hombre como ser, un cambio que depende del esfuerzo individual, del estudio y el compromiso con las causas colectivas, pero solo como parte de la lucha por destruir las bases de sustentación del capitalismo. Creemos que su reflexión metodológica es central en toda lucha social, aún en la más modesta reforma del capitalismo; digamos, como la que propuso el kirchnerismo.

Hemos dicho más de una vez que el kirchnerismo nació como un modo de renovar la credibilidad en el capitalismo, sometido al desprestigio de la catástrofe neoliberal y resistido por crecientes porciones de la población argentina pero que, al igual que el primer peronismo, en su despliegue, despertó fuerzas sociales y políticas que lo hicieron ir más lejos de lo pensado y que esas fuerzas lo imaginaron (como ilusión) en una clave transformadora que nunca tuvo, ni pensó en tener, como las conocidas declaraciones pro capitalistas de sus lideres lo demuestran.

Más allá de lo que pensaban unos y otros, el proceso real fue de crecimiento de los bienes materiales y culturales que recibieron los sectores más postergados de la sociedad, y se sabe que el entrelazamiento con los países de la región, comenzado por rigurosas razones energéticas y financieras (que maravilla que pasados doce años los mismos dos problemas agobian a la economía argentina, lo que muestra lo extremadamente limitado de la solución kirchnerista, al tiempo que la violencia del despojo macrista exhibe la diferencia entre uno y otro proyecto burgués, remitiendo el kirchnerista a la tradición de Estado de Bienestar fundada por el primer Perón y siendo la macrista la expresión más brutal de la matriz forjada a fuerza de desapariciones y apagón cultural por la dictadura de Martínez de Hoz y Videla) desembocó en mecanismos de integración regional que amenazaron en algún momento la hegemonía absoluta de EE.UU. sobre la region.

Pero las limitaciones del proyecto quedaron expuestas cuando el proceso electoral los enfrentó a lo que no habían construido: ni lideres populares que asumieran su proyecto ni organización política que contactara de un modo genuino (fuera del clientelismo estatal que viene de Rosas y pasó por Perón pero que puede mantener María Eugenia o algún otro derechista con dos dedos de frente) con el sujeto social que se veía beneficiado por diversas políticas, pero más como receptor u espectador pero no como actor.

Más allá de la voluntad de una parte de la militancia comprometida con el proyecto kirchnerista, éste no superó los pobres límites de una reforma “humanista” al capitalismo argentino, que como se sabe solo tolera esas maniobras en momentos de extrema debilidad y temor al pueblo, como en el 2002/2003, por lo cual apenás pudo confrontó, desgastó y derrotó el proyecto K.

La acción regresiva del macrismo da cuenta de lo que les dolía, y por lo tanto de lo valioso que había en el periodo de gobierno anterior; pero la facilidad con que en seis meses han cambiado el país hablan de la debilidad estructural del supuesto “modelo nacional y popular”.

Y el espectáculo pornográfico de la exhibición de riquezas (legal o ilegalmente obtenidas que para el caso es lo mismo, si el ideal de la vida es la riqueza, qué otra cosa que capitalismo es lo que se propugna?) por parte de una buena parte de la dirigencia del proyecto K, empezando por el de la familia Kirchner dice más de lo realmente ocurrido que los miles de litros de tinta empleados en embellecer la supuesta “década ganada”.

Y no en el sentido vulgar y oportunista que el macrismo exhibe de la corrupción K, sino porque si los lideres se hacen millonarios, qué dudas cabe que es la riqueza individual el horizonte propuesto para la sociedad. Hechos y no palabras muestran los proyectos reales y las conductas de quienes se proponen encabezar gestas tales como la propuestas por el kirchnerismo, o al menos por sus voceros de izquierda.

Ya desde la batalla del ballotage por impedir que Macri llegue al gobierno nacional, se comenzó a notar que todo lo sólido se disolvía en el aire, como diría Marshal Berman6, y que del aparente avasallante aparato político kirchnerista no iba quedando mucho más que ilusiones.

En los primeros seis meses, esa tendencia se ha acelerado y pocos discuten que se prepara un renacimiento del viejo Pejota, incluyendo a Massa y todos los que se fueron por derecha del Frente para la Victoria; un Pejota más cercano a Menem que a Cristina; más dispuesto a reconstruir el bipartidismo que a confrontar con el proyecto político que hoy gobierna.

La desaparición del kirchnerismo afecta seriamente también a quienes desde la izquierda se sumaron al kirchnerismo y hoy se encuentran que no tienen referencia política más allá de los patéticos Encuentros con los referentes más corruptos y vacilantes del progresismo: Anibal Ibarra que arrastra la Masacre de Cromañón sobre sus espaldas o Eduardo Sigal, uno de los exponentes más desfachatados de la claudicación ética y política de los que se fueron del comunismo luego de la caída del Muro de Berlín.

El encuentro con pajarracos de esa calaña no puede convencer a nadie de que tal espacio pueda jugar un papel medianamente serio en la lucha política contra el macrismo.

Otros espacios, que apostaron a la oposición casi sistemática o directamente sistemática, como el Frente de Izquierda y los Trabajadores o el partido de Víctor de Gennaro, no pasan por mejores tiempos, más allá de algunas posiciones institucionales.

Aquellos que en su momento apostaron al horizontalismo y la construcción de espaldas al poder, parecen congelados en el tiempo, con sus atributos y sus carencias de los últimos diez años.

Nunca como hoy aquello de Mariategui: o inventamos o erramos. La izquierda, para ser digna de su nombre, está hoy desafiada a reiventarse.

A producir una verdadera reforma intelectual y moral al decir de Antonio Gramsci; una reforma intelectual y moral que mire de frente y comience a superar las dos limitaciones que históricamente han impedido que tanto esfuerzo militante, y hasta tanto heroísmo, naufrague una y otra vez desde la aparición del comunismo como corriente política a finales del siglo XIX hasta la “década perdida” para construir, al menos, una alternativa verdadera al capitalismo: el posibilismo de tercera vía, hegemónico en el movimiento popular hasta ahora y el sectarismo dogmático, que se autoproclama vanguardia sin contar con ninguno de los atributos para ello.

Una reforma intelectual y moral que comience por asumir con humildad algo tan evidente como la crisis de alternativa; y que es nuestra crisis de alternativa la principal fortaleza política del Macrismo por lo que la discusión sobre la reforma intelectual y moral de la izquierda a fin de ponerse en condiciones de aportar seriamente a la construcción de una alternativa verdadera al macrismo no es para nada una cuestión “internista”, sino un problema que hace a las condiciones de vida del pueblo, aunque gran parte de los afectados ni lo imagine. Es uno de los efectos de la crisis de alternativa.

Para que quede claro, no proponemos, ni imaginamos, una reforma intelectual y moral de espaldas a las luchas de resistencia en marcha, ni fuera de los debates sobre los modos de articular fuerzas para confrontar con el proyecto, ejerciendo el arte de sumar fuerzas sin caer en las trampas del Poder que busca elegir quien puede criticar al Macrismo de modo tal que ninguna lucha y ninguna crítica lesione seriamente al Proyecto (y eso es Massa y sus referentes sociales, aliarse con ellos no es sumar, es hacerle el juego al plan de dominación).

Tampoco proponemos una reforma intelectual y moral en contra de ninguna fuerza política o social de las que han luchado todos estos años para superar los límites del capitalismo; es más, creemos que todas son necesarias y que no nos sobra ni una organización ni un militantes. Todos hacemos falta.

Pero para nosotros está claro que así no triunfaremos y los comunistas (todos los que luchan contra la explotación y la dominación capitalista, al decir de Marx y Engels en El Manifiesto Comunista) no existimos ni luchamos por morigerar los males del capitalismo, luchamos para terminar con el sistema que nos explota y domina. Porque otra vida es posible, acaso en el siglo XXI más posible que nunca antes.

En esta batalla por la renovación de la izquierda revolucionaria se juega la tradición comunista a poco de los cien años de la fundación del partido que ha sido por largos años el centro de la cultura comunista. Hace treinta años, en medio de los debates congresales Athos Fava solía repetir machaconamente: hay que cambiar para salvar al partido, hay que salvar al partido para cambiarlo. Cambiar es existir para los revolucionarios.

Y tenemos plena confianza porque el comunismo es el futuro de la humanidad, como decía nuestro Roque Dalton, es esa enorme aspirina que curara los enormes dolores de cabeza que hoy sufrimos. Y hay muchos que buscan cumplir el sueño eterno de ser libres para terminar con la prehistoria de la humanidad y comenzar la verdadera historia, la de los seres humanos libres y asociados. Comunistas.

1 la tradición inspirada en Marx nació en 1890 con la celebración del primer 1* de Mayo; en 1896 nació el P. Socialista, en 1918 el P. Comunista y luego una larga lista de organizaciones que se desprendieron de aquellas como las troskistas, las maoistas o guevaristas (el PRT/ERP); pero luego de 1955 se fue configurando una izquierda peronista, con contacto con corrientes cristianas de liberación que desembocó Montoneros y la Jotape Regionales; de todos ellos hay hoy “herederos” y fuerzas que se identifican con una o varias tradiciones de tal modo que el universo es casi inconmensurable.

4 Luigi Pirandello, gran dramaturgo italiano escribió un clásico “Seis personajes en busca de autor”7

5 “Los condenados de la tierra” 1961

6 Todo lo sólido se desvanece en el aire (All that is solid melts into air) es un libro escrito por Marshall Berman entre 1971 y 1981 y publicado en Nueva York en 1982. El libro examina la modernización social y económica y su relación conflictiva con el modernismo. El título del libro está tomado del Manifiesto comunista en relación a la capacidad del capitalismo de disolver los vínculos sociales tales como el patriarcado y la subordinación feudal.

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Editorial, Número 2