Por Pablo Stasiuk ——

Cuando me decidí a hacer una nota sobre Raúl Gonzalez Tuñón, estaba seguro que al repasar su obra caería rendido otra vez, como tantas, ante la obra de uno de los poetas más significativos de nuestro país y del mundo.

Tuñón nació en Capital Federal, en el barrio de Once, el 29 de marzo de 1905. A los 17 años empieza a publicar sus primeros poemas en la revista Caras y Caretas. Unos años después viaja a la guerra del Chaco Paraguayo como corresponsal de guerra del Diario Crítica.

En el año 1934 viaja a España, y para que tengamos real dimensión de González Tuñón nombraremos a los que lo recibieron: Miguel Hernández, García Lorca y Pablo Neruda.

Salud a la cofradía

trotacalle y trotamundo

todo nos falta en el mundo

todo, menos la alegría.

Y viva la Santa Unión

De sin ropas y sin tierras

todo nos falta en la tierra,

todo, menos la ilusión.

París, 1937, Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, Pablo Neruda, Amparo Mom (primera esposa de Tuñón), Emile Savitry (fotógrafo), Delia del Carril (pintora argentina casada con Neruda), Tuñón y dos escritores miembros de las Brigadas Internacionales.

Sus primeros poemas tienen un origen casi hermanado con el tango. Surge en los conventillos cerca del puerto, poesía que contaba a los “vagos y mal entretenidos” de la década del 20 en Buenos Aires. Unos años más adelante, el clima que se vivía con las noticias sobre la Guerra Civil Española, lo hicieron volcarse casi definitivamente a la poesía comprometida. En 1936 aparece “La Rosa Blindada”, donde la poesía surgía desde el recuerdo de su abuelo Manuel Tuñón, obrero que lo llevara por primera vez a una manifestación socialista, sumado al cancionero popular de los Republicanos españoles y a la propia decisión de darle contenido político a casi todo lo que escribe.

En la década del 30, ya afiliado al Partido Comunista, empezó a ser mirado de mala manera por el reformismo de muchos camaradas. Es que Tuñón era un verdadero rebelde, como dijera Ricardo Güiraldes: “Raúl fue el eterno desobediente. El que nunca acató”

EL POETA MURIÓ AL AMANECER

Sin un céntimo, tal como vino al mundo,
murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, las esperanza y la miseria.

Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.

Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.


Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

La vida de González Tuñón es rica en datos, hay mucho material, citas y notas de otros escritores hablando sobre él, pero en éste caso especial la mejor forma de contar al poeta es con la palabra propia. Cada poema de Tuñón estremece, te sumerge en una atmósfera de la que es difícil escaparse y uno siente, ante cada palabra que lee, que no había otra más correcta para que eligiera el poeta.

Los que osamos escribir algo, y digo osamos porque después de leer a Tuñón todo parece oscuro, tenemos ciertos referentes en los que intentamos apoyarnos. En mi caso personal, creo que la poesía con contenido político está absolutamente representada en la obra de Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana y quien es hoy nuestro “homenajeado”: Raúl González Tuñón.

Porque el niño conserva todos los libres bríos
de la invención, baraja sus monstruos increíbles
y sus enloquecidos ángeles.
La bárbara inocencia sin prejuicios de la primera pureza
y el espléndido caos, el delirio de la razón, la fantasía.

El niño es el primer surrealista.

Y crece es hombre, y sigue viviendo más no sabe
y quien lo lleva adentro así lo ignora.
A veces, de manera sutil, eso supongo,
en cada acto adulto la infancia nos vigila
—una voz, un suceso rotundo, familiar, una lámpara,
una paloma herida con mensaje—.

Todo hombre en el final minuto de su invierno
piensa en algo lejano cuando muere.
Y la muerte es el último país que el niño inventa.


En cuanto a su pensamiento político, Raúl fue un enamorado de la Revolución Rusa y lo fue hasta el último de sus días. Férreo admirador de Lenin y Stalin, escribiría ante la muerte de Leon Trotsky:

Sobre el cadáver de León Trotsky: en Coyoacán, palacete campestre pagado por el dinero norteamericano, ha muerto León Trotsky, literato notable, hombre pequeño y traidor del Partido Comunista y de la Unión Soviética. Nunca fue antifascista como nosotros lo fuimos…él, el hombre de la ‘revolución permanente’- delatando y calumniando a sus viejos camaradas del Partido… Hoy que la prensa reaccionaria del mundo canta loas a su pobre cadáver de viejo resentido arrojándole la final paletada de tierra de ignominia, como se agranda la figura de Lenin cuya memoria fue escupida por los que hoy exaltan al Traidor, y cómo, cómo se agranda la figura de Stalin, el fantasma del fascismo y del imperialismo, la expresión suprema de nuestra causa y de nuestro Partido. .. Atrás, pequeño hombre. La tierra generosa hará con tus cenizas lo que hace con las cenizas de todos los hombres: algo útil a la tierra. Recién ahora tu carne torturada de envidia y fiebre oscura, tendrá un sentido, una función, pero los pueblos y el Partido no olvidarán que hubo un traidor… Atrás, pequeña sombra de lúcida maldad. Silencio sobre la tumba del pobre León Trotsky, cuidador de conejos, esposo y padre… Que su ceniza tenga paz, pero no su memoria”.

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

Tuñón es un personaje riquísimo en historias, pero como acostumbramos a hacer en CENTENARIO, trataremos de hacer que sea la palabra del poeta la que cuente su propia historia, una historia de conventillos, guerras, amantes, poesía y militancia. Murió el 14 de agosto de 1974 en el mismo lugar que lo vio nacer. Cuentan que una vez dijo: “El mejor de todos nosotros es César Vallejo”, aunque el estilo del peruano difería bastante de su poesía.

Para terminar, volvemos a remarcar que la intención de CENTENARIO es rescatar y homenajear a los artistas populares que además se han destacado por su militancia política, comprometiéndose enteramente ante las luchas y las reivindicaciones de su pueblo. El artista que no cuente lo que le pasa a los suyos, es un artista a medias…o un hombre a medias, simplemente.

EL CABALLO MUERTO

Media noche. Sobre las piedras
De la calzada hay un caballo muerto.
Aún faltan cinco horas
Para que venga el carro de “La Única”
Y se lo lleve. Ese caballo viejo,
hedoroso de sangre coagulada,
ese pobre vencido, fue un obrero.

Un hermano del pájaro, un hermano del perro.
Fue el hermano caballo que anduvo bajo el sol,
que anduvo bajo el agua, que anduvo entre los vientos
tirando de los carros
con los ojos cubiertos.
Fue el hermano caballo. Ninguno irá a su entierro.

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Cultura, Número 4, Pablo Stasiuk