Por Eduardo Ibarra

A partir del fin de la URSS, decretada por la burocracia gubernamental soviética en 1991, la burguesía transnacionalizada pudo expandir sus dominios a cada rincón del mundo, mientras que sus intelectuales orgánicos categorizaban el advenimiento de una nueva era llamada globalización.

Junto con los negocios financieros mundializados el termino globalización fue una forma de ocultar y naturalizar la cultura capitalista anexada, implícitamente y necesariamente, a las nuevas relaciones sociales de producción. Todo lo que estuviese por fuera de los parámetros de los designios del “mercado” fue acusado de ideología perturbadora de las leyes de la economía capitalista.

Esta época fue la mejor puesta en escena de la defección y traición de los que otrora suscribían al socialismo y a la socialdemocracia en todas sus vertientes . Solo quedaron reductos y bolsones de resistencia frente a un desierto ideológico hegemonizado por el egoísmo y el adoctrinamiento de las seudociencias empresariales. Cuba y algunos Partidos comunistas de Latino América fueron los dignos ejemplos de resistencia y convicción.

Fue la época del paroxismo liberal cuyo representante de moda, Francis Fukuyama, se transformó en la estrella de los medios editoriales y comunicacionales con su libro el Fin de la historia. Libro en el cual criticaba toda la teoría marxista en versión determinista soviética, pero cayendo a su vez en una versión hegeliana de determinismo liberal.

Si bien con el comienzo del nuevo siglo la globalización comenzó a estar puesta en duda y los planes económicos demostraron su fracaso, se estuvo muy lejos de lograr la derrota de la ideología liberal o neoliberal (la llamada batalla cultural).

La idea de que el marxismo es impracticable y que el comunismo fracasó con la caída del bloque socialista, sigue siendo una concepción arraigada en las grandes masas populares que son influenciadas por las grandes usinas de adoctrinamiento y comunicación imperialista.

La historia como un devenir lineal o proceso.

La globalización como forma de hegemonía imperialista implica que la historia debe leerse como un relato lineal de relaciones sociales que, implícitamente, traen aparejadas valores liberales desde el nacimiento de la humanidad, lo cual posibilita un justificativo a las desiguales condiciones de vida y naturaliza las relaciones de explotación y pauperización. Es así como la experiencia de la URSS es tomada en forma de anomalía que no puede volver a repetirse por haber quedado en el pasado como un hecho accidental.

Esta lectura ideológica más que histórica (a decir de Gramsci) oculta la propia experiencia del nacimiento de la burguesía como clase social y la constitución del sistema capitalista.

Hegel fue quien tomó la dialéctica de Heráclito y la aplicó a la historia para comprender el advenimiento del Estado burgués a partir de la Revolución francesa. Este movimiento dialéctico tuvo como motor a las ideas antes que a los hechos concretos, lo cual llevó a Marx a replantear todo el armado teórico hegeliano al introducir los conceptos del materialismo vulgar de Feuerbach dentro del movimiento dialéctico. Es así como desde la filosofía de la historia nace el materialismo histórico cuyo motor de todo movimiento son las relaciones sociales de producción.

La concepción dialéctica implica que la historia es un movimiento constante como resultante, no determinado, de fuerzas sociales en pugna.

Lo particular y lo universal

Todo movimiento social, en sus aspectos religiosos, políticos y culturales, se han constituido en universales a partir de la negación de su particularidad.

Tomando en cuenta los hechos históricos que han producido cambios sistémicos en la civilización occidental, la Grecia antigua fue uno de los primeros movimientos dialécticos que han dado una nueva forma de organización política y cultural a occidente.

La polis griega fue una forma de organización política que, basada en el sistema esclavista de producción, desarrolló una forma de democracia directa selectiva y acotada a quienes eran ciudadanos. A su vez dio nacimiento al desarrollo del conocimiento filosófico por fuera de la tradición mitológica de las religiones arcaicas que regían como leyes constitutivas de la organización social. Sócrates fue el primer exponente, que tengamos conocimiento, de la contradicción entre religión y filosofía.

Mientras la polis se hundía en conflictos internos, amenazas externas (Macedonia) y guerras perdidas (guerra del Peloponeso con Esparta) su ejemplo era tomado por los romanos y desarrollado por sus más destacados pensadores (Polibio y Cicerón).

Con el advenimiento de la patrística San Agustín tributa a Platón y en el siglo XIII Santo Tomás de Aquino rescata la concepción aristotélica, conservada por los árabes, para desarrollar la escolástica.

Los sostenedores de la democracia burguesa se referencian constantemente en el Ágora griega

Con el fin del imperio romano en el año 476 surgió la hegemonía de la iglesia católica como forma de un imperio moral (ideológico,) ante la decadencia de una autoridad central y la crisis de las ciudades, frente a la organización feudal fragmentada en unidades de producción servil.

El surgimiento del cristianismo con la muerte de Jesús (no entramos en los hechos y sus interpretaciones), tuvo adeptos que fueron divulgadores de la nueva doctrina, diferenciada y opuesta a la tradición griega. Este grupo incipiente fue tolerado dentro de Roma hasta que pasó a ser una amenaza para el imperio en decadencia, por lo cual fueron perseguidos y asesinados. Este grupo fue acorralado y relegado hasta tener que sobrevivir como secta en los rincones y catacumbas de la ciudad de Roma. El nacimiento y hegemonía del papado fue producto de la negación del cristianismo primitivo, que necesariamente se tuvo constituir en una organización con una doctrina propia para institucionalizarse y hegemonizar así la política occidental del Medio Evo. Si el cristianismo hubiese seguido anclado en su conformación originaria nunca hubiese sido verdaderamente católico.

En el siglo XVI el cisma provocado por las 95 tesis de Martín Lutero, dio paso a un siglo de guerras de religión cuyo desenlace fue la consolidación del protestantismo y su radicalización (el calvinismo), a la vez que se logró la supremacía del poder terrenal monárquico frente al celestial representado en el papado, quien sería absorbido por las cortes del Rey como una institución más del Estado moderno. (Paz de Westfalia 1648). Si bien el fin de la guerra pudo mantener el orden en Europa el protestantismo dio paso a una religión necesaria para el desarrollo de una nueva mentalidad que acompañara a la protoburguesía. Aunque los luteranos fueron relegados a los dominios del sacro imperio romano germánico, su ejemplo se extendió por toda Europa rompiendo los preceptos católicos hacia valores individuales y mercantiles, constituyendo el surgimiento y formación de la revolución industrial en Inglaterra y posteriormente la fundación de EEUU y su particular sistema de gobierno (para la época).

Fue el propio advenimiento del sistema capitalista y la asunción de la burguesía al poder estatal la que mejor demuestra la propia falsedad de los que quieren imponer el fin del socialismo.

1789 fue año que marcó el fin de un sistema y el comienzo del otro, no porque se tenga que tomar como un corte entre un pasado y un presente, sino porque dio comienzo a todo un proceso de consolidación de las nuevas clases sociales y al mismo tiempo de destrucción de los estamentos monárquicos. Si bien la Revolución Francesa puso fin al reinado de Luis XVI e inauguro una nueva etapa en la historia de la humanidad, la experiencia revolucionaria se agotó como tal en 1794 con la derrota de los jacobinos y el paulatino ascenso de Napoleón ante la imposibilidad de consolidar un orden estable dentro del territorio francés, amenazado por las clases más bajas del pueblo y por las potencias vecinas.

Hasta 1815 se dio la paradoja de ser Napoleón el negador de la revolución burguesa y al mismo tiempo ser el portador de los valores de esa nueva clase social. Con el fin de su imperio la restauración monárquica conservadora, va a tratar de girar la rueda de la historia hacia atrás, pero conservando las formas sin el contenido. El canciller austríaco Von Metternich será la figura más prominente en el diseño del nuevo concierto europeo a partir de la paz de Viena. La custodia del nuevo diagrama caerá sobre las monarquías más obsoletas, Rusia, Prusia y Austria, quienes serán las encargadas de perseguir y aniquilar todo intento de surgimiento revolucionario de signo liberal y nacional. En este contexto fue donde los liberales nacionalistas sufrieron grandes derrotas y masacres, al pretender constituir diversos Estados Nación por medio de revoluciones.

Derrotas como las de Alemania, España, Grecia, Polonia y la propia Francia, llevaron a los liberales a conformar reducto clandestinos conocidos como grupos masónicos. Perseguidos y aniquilados las esperanzas se proyectaron hacia la independencia de la América colonial.

Ante las derrotas constantes y el horror del recuerdo de la experiencia jacobina, la clase burguesa fue la portadora del progreso y del futuro, mientras las distintas monarquías europeas no fueron más que cadáveres a los cuales no les avisaron que estaban muertos. Parafraseando a Marx era el futuro que no terminaba de nacer y el pasado que no terminaba de morir.

La revolución rusa es nuestra esperanza

Hoy los secuaces teóricos de la burguesía y el imperialismo, tratan de negar los procesos históricos que dieron paso a los saltos civilizatorios y progresistas en toda la historia de la humanidad. Tratan de convencer obstinadamente a los trabajadores de que la historia no se tiene que entender en su dinámica dialéctica sino desde una concepción metafísica, donde los sucesos históricos son estancos, fijos y agotados en sí mismos sin correlación en el tiempo pasado ni futuro. Esta es la esencia de su ideología en decadencia.

La URSS fue el inicio de un proceso que porta la semilla de todas las luchas de la historia de la humanidad, la de crear un mundo igualitario y justo. Como menciona Enrique Dussel , son los sometidos, los explotados los que mueven la palanca de la historia, son los que posibilitan el progreso, porque son ellos los que portan las injusticias y los que tienes otras cosas que proponer, los que marcan las cuestiones no resueltas, son los que fundamentan la concepción filosófica crítica. Mientras que los dominadores, los privilegiados, no tienen otra cosa que proponer que lo dado, un presente constante, ósea lo que carece de vida.

La Revolución Rusa es la inauguración de un proceso abierto que vuelve una y otra vez a reclamar su realización, que no es más ni menos que la emancipación de los trabajadores y la igualdad real entre los seres humanos.

La Revolución rusa y todas las demás revoluciones del siglo XX, son para los comunistas lo que Zizek llamó el espacio simbólico, son la referencia a un lugar donde hubo otra forma de vivir distinta a la naturaleza degradada del capitalismo. Eso es la Revolución rusa para los pobres del mundo. Esperanza.

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  1. Muy buena la Editorial de Eduardo!

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Análisis y Debates, Eduardo Ibarra, Número 5, Política