Por Fernando Barbarán

Durante el mes de noviembre de 1917 (según el calendario gregoriano), Rusia conmovió al mundo con la revuelta más célebre de la historia, la Revolución de Octubre. Esta fue sin dudas, uno de los acontecimientos más importante en la historia mundial y su carácter socialista determinó la historia del Siglo XX.

La razón principal por la que la revolución triunfó en la Rusia atrasada fue la efervescencia popular de la población eslava oriental que asaltó el cielo, la historia y la teoría. Todas las clases oprimidas reclamaban el poder a los sóviets.

Pero además, una persona adaptaba la teoría a ese deseo insurreccional y la ponía en práctica en beneficio de todo su pueblo. Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, dio fruto al deseo de millones de encadenados de liberarse a través de la táctica marxista, nunca antes aplicada tan flexible, pero acertadamente.

Antonio Gramsci, años después de la Revolución de Octubre, definió a Lenin como el más grande teórico de la filosofía de la praxis. Lenin había creado un partido revolucionario que buscaba ser la expresión organizada de la acción colectiva. Pero claro, no fue fácil el camino que lo depositó allí. El congreso del Partido Obrero Social Demócrata Ruso en 1903, celebrado en las ciudades de Bruselas y Londres, luego de una pelea entre Martov y Lenin, en la cual el joven abogado planteaba la necesidad de un plan de partido, finalmente se decidió por la opción de un programa verdaderamente revolucionario, donde se redactaron los estatutos y se eligieron organismos centrales de la nueva esencia de partido. Era la primera vez que se proclamaba la necesidad de establecer la dictadura del proletariado y la posibilidad de una comunidad socialista. Casualmente, la mayoría que votó por estas ideas durante el congreso, fueron etiquetados como los bolcheviques (mayoritarios) y el resto como mencheviques (minoritarios).

De esta manera, Lenin, sin saberlo, empezaba a formular las bases para un proyecto emancipatorio para los pobres y los oprimidos del mundo.

Durante los meses de agosto y septiembre de 1917, Vladimir Ulianov redacta y publica El Estado Y La Revolución. En este, además que resulta un texto fundamental de teoría política, el líder del Partido Bolchevique afirmaba, introductoriamente, que la prosperidad alcanzada en las naciones más industrializadas de Europa tras décadas de desarrollo relativamente pacífico habían convertido a los representantes de la socialdemocracia al oportunismo y el socialchovinismo, al punto de traicionar a los pueblos apoyando una guerra imperialista. Sin embargo, el objetivo central del texto de Lenin, más allá del enfrentamiento con la izquierda reformista, era proponer un programa de acción para la implementación de la dictadura del proletariado y la eliminación del Estado burocrático burgués asociado al capitalista monopolista. Se trataba de explicar a las masas qué deberán hacer para liberarse, en un porvenir inmediato, del yugo del capital. Sin embargo, estos escritos de Lenin marcaban dos caminos para seguir, pero no distintos: por un lado afirmaba que la insurrección popular era inminente y necesaria, pero además interpretaba que definidamente la escisión del Estado llegaría de la mano con la irrupción de las masas en el poder. Con esto último, Lenin tuvo muchas contradicciones, las cuales trató de emendar con otros análisis, pero la conclusión radicaba en que el Estado no acababa cuando desaparecía la burguesía, sino que era necesario la implementación de un Estado proletario como dominante de clase. La teoría marxista del proletariado como sujeto de la historia se transforma en Lenin en una teoría del partido del proletariado proyectado como sujeto de la historia.

No obstante, los bolcheviques observaban inquietos la evolución de las insurrecciones europeas, con las esperanzas puestas en una oleada revolucionaria triunfante que les permitiera acordar una paz sin condiciones ni concesiones y apoyarse en la solidaridad de las naciones más industrializadas para emprender la construcción del socialismo. Lenin, era tan indisociable de la teoría y la práctica (se ve reflejado en sus libros), que sus intervenciones políticas siempre se daban en el calor del debate y las luchas en coyunturas históricas precisas. Por eso analizaba constantemente Europa y Rusia. Así, es que las decisiones de los bolcheviques estaban formuladas por la interpretación de la conmoción generalizada y la sensación de caos en el pueblo ruso. La Revolución fue una respuesta a ese caos y a la incertidumbre sobre los destinos de la nación rusa. En septiembre y octubre de 1917 ya nada funcionaba en Rusia y cuando la parálisis del poder fue total, todo el país se dirigió hacia puebladas a gran escala y hacia la guerra civil. Se trató de una crisis muy profunda, resuelta por los bolcheviques, luego de que las otras fuerzas, que trataban desesperadamente de controlar la crisis, no hacían más que profundizarla.

Pero la apropiación de elementos claves fue determinante. Primero, el llamado a los campesinos para que se apropiaran de la tierra que cultivaban y que consideraban propia. Los bolcheviques lograron adaptarse a sus demandas, convencidos de que la victoria era imposible sin su apoyo. Repito, el análisis de Lenin fue fundamental. En alguna oportunidad, había escrito que el fracaso del primer intento de derrocar al zarismo en 1825 se debía principalmente a que los rebeldes estaban demasiado alejados del pueblo. Lenin también captaba que gracias al populismo ruso de mediados del Siglo XIX, los trabajadores rurales habían desarrollado valores morales y formas de vida social que criticaban el modelo productivo, lo cual permitió sumarlos a la lucha contra el capitalismo e instaurar el socialismo con mayor facilidad que en otros sitios. Durante la revolución de 1905, Lenin también desatacó al campo convulsionado y participante de los disturbios. Intentó entonces sistematizar los roles de las dos clases dominadas. En Dos Tácticas de la Socialdemocracia en la Revolución Democrática, Lenin evoca por primera vez una “dictadura democrática de los obreros y campesinos”, es decir, una alianza de las clases dominadas de las ciudades y el campo para erradicar el antiguo régimen. En febrero de 1917, la revolución estalló y derrocó al zarismo. Los disturbios agrarios que se desataron para esa ocasión recordaron al gobierno provisional y a los partidos revolucionarios el tema del campesinado. En sus Tesis de Abril, Lenin celebra el “paso del poder a manos del proletariado y las capas pobres del campesinado”. Allí evoca la “nacionalización de todas las tierras del país” y agrega que “las tierras quedan a disposición de los soviets locales diputados de los asalariados agrícolas y de los campesinos”. Recordemos que Lenin, además, había heredado de su hermano mayor Alexander, luego de ser ahorcado, las creencias narodnikis (campesinado radical ruso) y el marxismo científico. Eso sí, Lenin no creía en la capacidad revolucionaria autónoma de los campesinos, sino que pretendía explotar su potencial subversivo en el proceso revolucionario en curso. Por otro lado, está la creación de los sóviets, consejos de obreros, militares y campesinos, pero más específicamente, la formación del Sóviet de Petrogrado. Tras el triunfo de la Revolución de Febrero en 1917, como forma de oposición al Gobierno Provisional de Alexander Kerensky, dirigentes sindicales, cooperativistas, diputados socialistas, delegados obreros, militares, entre otros, formaron el Sóviet de Petrogrado basado en los sóviets obreros y campesinos de las grandes ciudades. Iósif Stalin y Viacheslav Mólotov fueron designados como representantes de los bolcheviques. Luego del intento fallido de golpe de Kornílov (general ruso contrarevolucionario) la fuerza de los moderados entre las masas mermó y el refuerzo de los radicales permitió, junto con la división en las filas socialdemócratas, la toma del control del Sóviet de Petrogrado por los bolcheviques, con León Trotsky en la presidencia.

Todo esto hizo crecer la idea de que los bolcheviques podrían tomar el poder por las armas. Las mismas bases obreras del partido y los reclutas desbordados por la continuación de la guerra presionaban en este sentido. Lenin comenzó a defender esta posición ante los demás miembros del Comité Central. El estímulo político de una población ansiosa de paz y tierra radicalizó a los bolcheviques y el clima del momento atemorizaba desde la socialdemocracia, pasando por el Gobierno Provisional, hasta los vestigios más conservadores que había dejado el zarismo. Lenin, observador de los acontecimientos, intuía ya en febrero de 1917 que ambos poderes, el del Gobierno Provisional a través de la Duma (Parlamento) y el de los sóviets estaban llamados a enfrentarse no solo en el ámbito discursivo. Entonces era necesario derrocar por las armas a un gobierno transitorio desacreditado con el fin de implementar un programa verdaderamente democrático, es decir, de acuerdo con las aspiraciones de la mayoría: la paz inmediata, la tierra para los campesinos, el control obrero de las fábricas y el famoso “Todo el poder a los sóviets”. Lo cual sucedería la noche del 24 al 25 de octubre (según el calendario juliano): la Guardia Roja (principal elemento de respuesta de los bolcheviques durante 1917) tomó el Palacio de Invierno de Petrogrado, sede de un Goberino Provisional ya abandonado por todos.

Por supuesto que los acontecimientos no terminaron acá. La contestación de los sectores opositores y las intervenciones internacionales no se hicieron esperar. Comenzó la Guerra Civil Rusa que tuvo lugar entre 1917 y 1922 y enfrentó al nuevo gobierno bolchevique y su Ejército Rojo los militares del ex ejército zarista y opositores al bolchevismo, agrupados en el denominado Movimiento Blanco, compuesto por conservadores y liberales favorables a la monarquía y socialistas contrarios a la revolución bolchevique, la Iglesia Ortodoxa y muchos ejércitos extranjeros (Estados Unidos, Japón, Francia e Inglaterra principalmente). Al optar anteriormente por la insurrección armada, los bolcheviques salieron victoriosos en la contienda bélica civil, luego de sangrientos años. Además, es preciso destacar que los sóviets estaban conformados por soldados que volvían del frente occidental y que luego fueron partícipes en el derrocamiento del Gobierno Provisional.

No fue fácil. Finalmente se adoptó un Comunismo de Guerra que fortaleció al nuevo régimen, pero dejó desbastado al país y postergó la resolución de algunos problemas del campesinado, los obreros y la población en general. El Partido Bolchevique se instituyó como el Partido Comunista de la Unión Soviética y tuvo que enfrentar múltiples nuevos desafíos. Sin embargo, la hazaña de instaurar un Estado socialista y convertirlo en una potencia industrial, militar y científica, sirvió de faro para otras naciones y obligó al capitalismo a moderar sus ambiciones y generar bienestar. Pero se valora la voluntad de una sociedad, llena de antecedentes de lucha, que finalmente se decidió a apostar por una salida socialista, sin olvidar que esos deseos estuvieron impulsados por un líder que siempre supo a dónde ir y fue descubriendo el camino sin olvidar la misión finita.

A cien años de la gesta liderada por Lenin, retomamos sus enseñanzas y adaptamos su teoría y praxis para la liberación definitiva de los oprimidos por el capitalismo que hoy explota de formas más sutiles. La insurrección en ese momento no solamente fue armada, sino también cultural. Ambas enseñanzas deben interpretarse y adaptarse a la actualidad para continuar con estos procesos de liberación definitiva.

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Análisis y Debates, Fernando Barbarán, Internacional, Número 5