Por Rosario Cortés

Esperanzadora como pocas, la revolución Rusa emociona. Nos hace evidente la posibilidad: si fue posible, entonces es posible y será posible.

Como hace 100 años las mismas consignas nos siguen reclamando justicia. La exigencia de pan y el fin de la guerra diariamente nos miran a la cara. Las penas de los hambrientos que trabajan la tierra ajena para producir el alimento de los motores del mundo, son las nuestras; los refugiados, exiliados y asesinados por la guerra imperialista, exigen paz.

Es muy llamativo ver cómo los discursos dominantes y hegemónicos se apropian de definiciones y resignifican tanto sucesos históricos como hechos de la vida cotidiana actual. Así, por ejemplo, se nos presenta que las propuestas de derecha vienen a ordenar, organizar, limpiar, gestionar, cuantificar, modernizar, hacer progresar, etc. (todo acompañado de muchas comillas, claro está). Mientras que las ideas de izquierda, son vinculadas a cierto caos, libertinaje en algunos casos, pero al mismo tiempo dictadura, falta de democracia, gobiernos sin alternancia, idealistas sin tener los pies en la tierra, inmadurez política, con conceptos pasados de moda y contrarios a la evolución de la sociedad moderna (vuelven a ser necesarias las comillas). Pareciera imposible de creer, cuando la historia y el presente nos demuestran completamente lo opuesto. Sólo en los países con gobiernos socialistas, que transitaron revoluciones o con proyectos revolucionarios, podemos encontrar las propuestas de verdadera igualdad, democracias reales con búsqueda de participación popular, en los cuales la dignidad del ser humano es el principal objetivo y la vida de mujeres y hombres el principal recurso. Resulta imprescindible citar dos ejemplos de nuestra lucha. En Cuba, la solidaridad ejercida permanentemente, tanto el desarrollo en ciencia y medicina, como el esfuerzo por erradicar el analfabetismo, nos hablan de la sensibilidad del proceso revolucionario y del verdadero significado de democracia. De igual manera sucede con la URSS. El sustantivo “soviético”, se transforma rápidamente en adjetivo para identificar lo rústico, lo rígido; desde una gama de grises y ocres hasta un diseño arquitectónico tosco y de ángulos rectos, pretenden ser incluidas dentro de esta definición; intencionalmente se mezclan la estética y los sentimientos para generar una reacción automática de rechazo frente al “frío modelo soviético”.

En 1917 el 47% de la clase obrera de Petrogrado eran mujeres. Luego de 3 años de guerra, fueron ellas quienes iniciaron la revuelta en febrero (de acuerdo al calendario juliano), que comenzó con una manifestación masiva el Día Internacional de la Mujer. Ese 8 de marzo estaban convocadas manifestaciones, encuentros y se esperaban protestas. Las obreras se lanzan a la huelga y recorren las fábricas llamando a los trabajadores y trabajadoras a sumarse: “¡Abajo la guerra! “, ¡Pan para los obreros!” El zarismo se derrumba. A partir de abril comienza una seguidilla de acciones con las mujeres como protagonistas en las calles: 40.000 mujeres se movilizan exigiendo que se aprobara el derecho al voto, marchan reclamando el fin de la guerra, para exigir aumento de pensiones, la famosa huelga de lavanderas reclamando aumento de salarios y 8 horas de trabajo, etc.

En palabras de Lenin, el programa bolchevique, consistía en abolir “todo lo que tortura y oprime a la mujer”.

Así fue como se elaboró un nuevo Código Familiar en 1918 el cual abolió el estatus legal inferior de las mujeres, se estableció el divorcio por el simple pedido de cualquiera de las partes y se otorgó iguales derechos a todos los hijos (nacidos dentro o fuera de un matrimonio registrado), se despenalizó el adulterio y la homosexualidad. Al entender que la familia es una relación social sujeta al cambio histórico, el mencionado código se fue modificando, conforme se avanzaba en la transición.

En 1919, se creó el Zhenotdel (Jenotdel o Genotdel) Departamento de Mujeres Trabajadoras y Mujeres Campesinas del Partido Bolchevique y al año siguiente se legalizó el aborto. La emancipación de la mujer se asentaba sobre ciertos ejes principales como la unión libre, la socialización de la labor femenina, la extinción de la familia y la liberación a través del trabajo asalariado. Se crearon guarderías, casas cuna, centros de alfabetización y comedores comunitarios para sacar la responsabilidad exclusiva de la mujer sobre las tareas domésticas.

En días de Ni una Menos y de tantas consignas manoseadas debemos hacer valer nuestra historia y experiencias para exigir y producir los cambios profundos para nuestro pueblo. Ya lo hicimos junto a Nadiaezhda Krupskaya (Comisaria de Educación), Clara Zetkin (en 1907 colaboró en la organización del Congreso Internacional Socialista de mujeres y tres años después proponía la celebración el 8 de marzo del Día Internacional de la Mujer), Aleksandra Kolontái (conquistó grandes avances en la liberación de las mujeres a través del Zhenotdel y fue la primer embajadora en el mundo), Elena Stásova (presidenta del Socorro Rojo 1927-1938, miembro del CC), Inessa Armand (Primera directora del Zhenotdel e impulsora del periódico feminista Kommunistka), Klavdiia Nikolaeva (Directora del Zhenotdel hasta 1925), Alexandra Artiujina (directora del Zhenotdel desde 1925 hasta 1930), Konkordiia Samoilova (editora fundadora del periódico Pravda), Ludmila Pavlichenko (la francotiradora más letal de la historia). Son ellas nuestro espejo y quienes nos enseñan el futuro a conquistar.

Aleksandra Kolontái

Inessa Armand

Nadia Krupskaya

Esta pequeña reseña, sirve para dar cuenta del inconmensurable valor humanitario y de justicia de la Revolución. Tomando únicamente este ejemplo, podemos asegurar que no existe en el mundo una transformación de tal magnitud y tan avanzada como la soviética. Evolución, modernización, justicia, dignidad del ser humano, cultura, educación: deberían ser algunos de los sinónimos del calificativo “Soviético”.

No hay cambios reales sin revolución. ¿quién puede acaso representar a los que ni voz siquiera tienen?, ¿quién se puede proponer resolver el hambre en el mundo?, ¿quién es capaz de erradicar el analfabetismo o pensar en la ciencia al servicio de hombres y mujeres?. Intentan hacernos creer que hoy solo son posibles las reformas maquilladas (que no acumulan a estrategia revolucionaria alguna), que la participación electoral es la única forma de democracia, que no es tiempo de sueños de revolución. Desde siempre nos vienen a convidar a no perder e indefinirnos. Su ruido solo pretende distraernos y conformarnos, pero nuestras convicciones y certezas hacen etéreas sus mentiras.

Fue posible ganarle la batalla a los mencheviques, a pesar de estar en minoría, y hacernos carne de que un mundo mejor es necesario y urgente. Cien años después las consignas siguen siendo las mismas y las banderas de cambio siguen siendo rojas. Nuestra tarea es analizar las nuevas contradicciones y poder dañar al sistema, herir de muerte y proponer la nueva vida construida por y para los hombres y las mujeres, con Ciencia y Tecnología al servicio de nuestras vidas, con una visión que reivindique el derecho a la dignidad de los seres humanos.

Se han erguido revoluciones en distintas épocas y con realidades muy disimiles, por lo que queda de manifiesto que hay verdades y lineamientos ineludibles y certeros, pero no recetas. El arte de adaptarnos, de interpretar, analizar y accionar es clave. Pero el factor que no puede estar ausente en estos procesos es el Humano. Somos quienes hacemos la diferencia siempre. Tenemos la certeza de nuestras razones y la justicia de nuestras motivaciones, pero también sentimos y eso es ¡grandioso!. Sentir que es posible, justo y necesario es lo que nos mantiene vivos y vivas en esta historia. Nos perderíamos de mucho si descuidásemos este aspecto: sentir que nos duele el corazón cuando se comete una injusticia, sentir impotencia y rabia cuando existe el hambre, sentir odio hacia quienes necesitan que eso ocurra para multiplicar sus riquezas y hacia quienes le rinden culto al nuevo dios del mérito. Aplicamos las herramientas de la ciencia, el conocimiento y las experiencias históricas, pero además contamos con lo irreemplazable… nuestras vidas y corazones dispuestos a presentar resistencia y a construir nuevas relaciones, nuevos valores y colores propios para pintar de socialismo nuestro horizonte. La mujeres soviéticas supieron dar forma y hacer posible la transformación, es por eso que siguen siendo nuestro faro hasta el día de hoy. Lo más valioso que puede dejarnos la revolución, es saber y sentir que podemos multiplicarla.

Ludmila Pavlichenko

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Análisis y Debates, Número 5, Política, Rosario Cortés