13 agosto, 2018

REGÍMENES AUTORITARIOS

Por Eduardo Ibarra

Una aproximación a los regímenes autoritarios de Europa post 1ª Guerra Mundial

Se ha dicho mucho sobre lo que fue el nazismo y el fascismo como fenómenos análogos dentro del sistema de dominación mundial y como los causantes de la guerra más sangrienta de nuestra historia. Estos tipos de mensajes revestidos como análisis históricos o científicos, tienen un claro contenido ideológico que, como tal, contienen una carga valorativa y espacios en las sombras.

Para comenzar un abordaje de lo que fueron éstos fenómenos políticos que se encumbraron entre guerras mundiales, tenemos que remitirnos al siglo anterior dentro de la conformación del Concierto Europeo y los cambios que se fueron dando hacia el plano internacional.

El proceso histórico

 El surgimiento y conformación de los Estados naciones producto del ascenso de las distintas burguesías nacionales, generaron nuevas estructuras políticas que por un lado centralizaron el poder administrativo y represivo, y por el otro dieron inicio al crecimiento de las ciudades con sus diversos desarrollos industriales. Si bien fue Europa quien encabezó el desarrollo de estas nuevas estructuras políticas, dentro de ese continente cada región tuvo su tiempo y características propias.

Para comenzar a comprender a los distintos regímenes autoritarios europeos de principio del siglo XX, es necesario entender en qué regiones se dieron  y qué procesos sufrieron, lo cual nos lleva a localizar el surgimiento del fascismo (y sus variables) y el nazismo, dentro de la constitución tardía de los Estados-Nación y dentro de las regiones periféricas de la Europa del siglo XIX.

Después de la caída definitiva de Napoleón en 1815, las viejas y asustadas monarquías europeas encabezaron la nueva conformación del  Concierto Europeo. Este nuevo escenario tuvo lugar en la Convención de Viena, donde las potencias ganadoras dispusieron de la suerte de la Francia derrotada y de la vieja dominación monárquica. Si bien fue la trilogía dirigida por Alejandro I de Rusia conjuntamente con Prusia y Austria (Santa Alianza) la que veló por el fin de toda revolución burguesa, el mentor del nuevo panorama tuvo el nombre del austríaco Von Metternich que, con la participación de la vieja monarquía francesa  en el Congreso de Viena (representada por Telleyrand), no socavaron la estructura económica y territorial de la Nación vencida. La única previsión fue la de crear Estados tapones, como Bélgica o Suiza, alrededor de la misma.

La Santa Alianza fue un nuevo bloque de poder continental que tuvo como fin reprimir en forma sanguinaria las distintas revoluciones nacionalistas liberales, pero demostró ser sólo el último suspiro de las viejas monarquías absolutas, las que sólo retrasaron la conformación de los Estados burgueses.

En éste panorama fue Inglaterra con su burguesía industrial incipiente y su monarquía adaptada al parlamentarismo la que triunfó como potencia mundial y marítima. El desarrollo de las vías marítimas dio la posibilidad de conquistar nuevos mercados para la adquisición de materias primas y la colocación mercancías.

Mientras que en el viejo continente el sistema servil feudal daba su último suspiro, en el territorio insular estiraba sus músculos el sistema capitalista.

El resultado de 1815 fue la cristalización de las contradicciones hacia el propio Concierto Europeo, con dos consecuencias hacia el nuevo siglo XX.

  1. relegando definitivamente a las viejas potencias como España y Portugal hacia la periferia.
  2. conformando tardíamente al Estado italiano en 1861, de la mano de la tríada Garibaldi-Couver-Mazzini y unificando a los 38 antiguos reinos integrantes del Sacro imperio romano germánico, después de la guerra franco prusiana de 1870-71, que tuvo como protagonista y mentor a Otto von Bismarck.

La inserción tardía al sistema capitalista por parte de estos países tuvo características peculiares y distintas a las potencias capitalistas maduras o en crecimiento. Una fue el “arrastre” de viejas estructuras y estamentos monárquicos, como la permanencia de reyes y la del estado papal, y la otra fue la de un crecimiento anémico de las propias burguesías nacionales limitadas tanto por las derechas e instituciones monárquicas, como por llegada a un mundo colonial repartido entre las potencias capitalistas incipientes lideradas por el imperio inglés.

La preservación de las estructuras monárquicas generaron la imposibilidad de conformar una sociedad civil hegemonizada por la burguesía,  limitando la modernización del aparato burocrático estatal, para la canalización de las distintas demandas de las clases sociales nuevas e imposibilitando el desarrollo de una red económica jurídica para la expansión y legitimación de las burguesías nacionales, tanto hacia adentro del territorio como hacia las relaciones internacionales.

La llegada tardía a los mercados internacionales por parte de las burguesías tardías ante un mundo ya repartido, las relegó a los espacios residuales de los continentes colonizados.

América del Sur se encontraba dominada por el comercio inglés, en Centro América y el Caribe los nuevos capitalistas yanquis devoraban materias primas y la Doctrina Monroe daba cobertura política a sus intereses geoestratégicos.  En África los ingleses conquistaban territorios a los nativos o a los viejos colonialistas holandeses (Boers) y fundaban Repúblicas como Rodesia.  Tanto India como China (expansionismo japonés de por medio) se doblegaban a fuerza de guerras y masacres a las compañías inglesas, y en Oriente Medio la disputa entre Rusia e Inglaterra ponía su impronta al territorio.

Si bien se intentó  en una mesa de acuerdos un reparto del mundo entre potencias, la única forma del expansionismo capitalista fue la guerra.

Primera Guerra Mundial y la crisis del 29

 Este panorama conjuntamente con la introducción de la Revolución Industrial en el ámbito militar y la permanencia de una vieja diplomacia aristocrática con una infinidad de acuerdos secretos, fueron los condimentos “adecuados” para la primera gran conflagración.

La 1ª Guerra Mundial resolvió las viejas deudas pendientes del siglo XIX, dando fin a los gobiernos y regímenes monárquicos (imperio Austro Húngaro, Otomano, zarismo), pero también dejó inconclusos los procesos contradictorios en la formación de los Estados nacionales europeos y dio la bienvenida a la clase obrera en su nueva conciencia política.

La derrota de la Triple Alianza por parte de los países centrales integrados en la Triple Entente, puso a Alemania en una situación de crisis estructural y humillación. A través del Tratado de Versalles las potencias triunfantes impusieron la anexión de los territorios de Alsacia y Lorena por parte de Francia, anexión de grandes fábricas y yacimientos minerales alemanes y una fuerte indemnización por los costos de la guerra, lo que provocó una crisis económica y social profunda al interior de la potencia derrotada. La desocupación y el desabastecimiento conjuntamente con la restricción al desarrollo de ejército, fueron el caldo de cultivo para la explosión social y la deslegitimación del poder político.

EE.UU. continuó con su política aislacionista de puertas adentro, por lo que tuvo una participación acotada a la conformación de la organización gubernamental internacional llamada Sociedad de las Naciones (antecesora de la ONU), cuyo rol fue la de imponer los principios y características a imagen y semejanza de la sociedad norteamericana. Los fundamentos de ésta organización se asentaron en los 14 puntos impuestos por el presidente de EEUU Woodrow Wilson (Corriente idealistas en las Relaciones Internacionales).

La decadencia del imperio Británico y la inmadurez del imperialismo yanqui, tuvo dos consecuencias fundamentales para el nacimiento y desarrollo de los regímenes autoritarios en Europa.

Por una lado dejó a los países derrotados y periféricos de Europa sin sustento económico y moral, al no incorporar a las burguesías nacionales a una nueva estructura hegemonizada por una nueva potencia capitalista mundial (cosa que sí pasó una vez culminada la 2ª Guerra Mundial).  Y  la otra consecuencia fue la de tratar de imponer un modelo social y político a sociedades, cuyas burguesías eran débiles y las clases obreras comenzaban a organizarse políticamente para asaltar el poder del Estado, impulsadas y estimuladas por las crisis económicas y por la Revolución Socialista Rusa. La debilidad de la sociedad civil para el sostenimiento y conformación de la organización social, la amenaza comunista y el “arrastre” de viejas derechas monárquicas obsoletas enquistadas en la estructura estatal, generaron en las burguesías nacionales la necesidad de delegar el poder político y la dirección económica a una nueva elite que resguardara el sostenimiento de las relaciones sociales (una sociedad asentada en los fundamentos hobbesianos[1]), disciplinando a los obreros y combatiendo a los Partidos Comunistas, para después proyectarse a la conquista de nuevos mercados, lo que en términos políticos los nazis entendieron como el “espacio vital” (Lebensraum).

Lo que las burguesías anglosajonas habían logrado a través de la hegemonía y madurez de la sociedad civil en el siglo XIX, las burguesías de los Estados tardíos de Europa tuvieron que lograrlo por la conformación de un poder político estadual fuerte y con mayor grado de autonomía.

El período entre guerras llamado  Paz Armada, fue un período de transición entre una potencia que moría y otra que nacía, pero donde la conformación del bloque de poder interno y su posición en el mundo, no había madurado. Esta zona gris en la estructura mundial, tuvo su correlato en la aplicación de la política exterior de “apaciguamiento” por parte de la diplomacia inglesa y norteamericana, con respecto a las conquistas territoriales de los nazis; algo así como dejar hacer para que Hitler calme sus ansias de poder.

Otro aspecto importante para entender estos movimientos políticos fue la respuesta a la crisis del 29. El crack económico financiero puso fin a la concepción liberal de los Estados, conocida como laissez faire, redujo el comercio externo entre países en pos del fortalecimiento del mercado interno y llevó a un nuevo tipo de concepción en materia de políticas económicas, llamadas intervencionistas o keynesianas (aunque Jhon Maynard Keyness escribió varios años después de la crisis del 29 e inspirado por ésta)

Esta nuevas políticas tuvieron como fin la de salvaguardar al capitalismo frente a la incapacidad de las burguesías de salir de la depresión económica, por lo cual el Estado tomó en sus manos los hilos de la economía para generar nuevos puestos de trabajo y así reactivar la actividad por medio de la inyección de recursos al mercado interno.

El intervencionismo estatal tuvo su propia impronta política, de acuerdo a las distintas estructuras sociales y productivas imperantes en los distintos países capitalistas. En los países europeos periféricos o vencidos, fueron los distintos fascismos que asumieron la dirección económica estatal, mientras que en los países con fuerte desarrollo de la sociedad civil fueron los llamados partidos socialdemócratas quienes asumieron ese rol (en EEUU tuvo el nombre de New Deal de Roosevelt).

Estas características democráticas o autoritarias que asumió el keynesianismo, también impactaron en la propia visión económica por parte del Estado, mientras que el modelo fue pensado como una etapa de transición para las potencias anglosajonas a fin de recomponer el poder de las burguesías, para los fascismos el modelo fue entendido en forma permanente y sin fecha de vencimiento.

La concepción de los regímenes autoritarios

 Como se mencionó, todos estos países tuvieron similitudes en sus procesos históricos y en los períodos que surgieron, pero también hubo claras diferencias, tanto de fondo como de forma.

La identidad nacionalista de los distintos fascismos:

  1. Concibieron a la nación como una entidad homogénea y antecesora a la formación del Estado.
  2. La organización nacional remitió a un mito fundacional que tuvo a estos movimientos como protagonistas o fieles representantes de los intereses de la nación manifestados en éste hecho.
  3. Los distintos gobiernos y partidos que antecedieron a los fascismos traicionaron la identidad nacional y a sus verdaderos intereses (según ésta visión)
  4. La simbología y los distintos rituales fueron la forma de naturalizar la dominación y la identidad nacionalista.
  5. El rasgo fuertemente militarista tuvo como fundamento la de rescatar la manifestación violenta que dio identidad e independencia a la unidad política de la nación, frente a otras naciones enemigas. Este rasgo también fue aplicado hacia el interior de los países a fin de combatir al enemigo interno, extranjerizante y disolvente del verdadero ser nacional (comunistas, judíos, etc). La concepción de Carl Schmitt de entender a la política en la dicotomía amigo/enemigo, fue resuelta por la concepción del Estado Total y a la guerra no como una forma de continuidad de la política por otros medios (Clausewitz), sino como integrada a la política misma.
  6. Las viejas derechas monárquicas fueron absorbidas (fascismo italiano y falangismo) o aniquiladas (nazismo) por estas nuevas derechas.
  7. La clase obrera fue el actor social a disciplinar y el campesinado atrasado el sustento social de la ascensión de los fascismos, y el portador (simbólico) de los valores puros de la nación humillada.
  8. Fuerte desarrollo y expansión de la burocracia estatal, identificando al Partido con el Estado.
  9. El sistema educativo fuertemente jerarquizado y las instituciones religiosas, fueron los aparatos ideológicos de los regímenes. A diferencia del fascismo, que tomó al papado bajo su influencia, el nazismo erigió al Estado nazi como una nueva religión.
  10. La justificación de la ascensión al poder de los autoritarismos tuvo un carácter socio/cultural por parte del fascismo italiano y español, mientras que para el nazismo la justificación fue biológica.
  11. En sus nacimientos el fascismo italiano y el nazismo alemán se vieron con desconfianza, en parte por lo expresado en el punto anterior.
  12. Los liderazgos fueron de carácter personalista y fuertemente carismáticos.
  13. La concepción común de que el Estado era el único actor de las Relaciones Internacionales y que la estructura mundial debía modificarse (por medio de la guerra).
  14. El capitalismo de Estado encolumnó a las burguesías (de distinta manera y con distintos grados poder) hacia la propia impronta del poder político; cacerolas o cañones se definen por los márgenes de ganancias y los costos de oportunidades.
  15. Tanto el fascismo como el nazismo fueron continuadores de las políticas de fortalecimiento del poder estatal, por medio de la conquista territorial directa.

Si bien hubo varios gobiernos autoritarios en Europa post 1ª Guerra Mundial, los expansionistas y con proyección ideológica internacional, fueron el fascismo italiano y el nazismo alemán. Las razones de que fueran estos mismos partidos los derrotados y aniquilados en la segunda guerra mundial, mientras que el fascismo portugués y el falangismo español sobrevivieron durante varias décadas, demuestra que la lucha fue por la imposición de una hegemonía mundial en disputa y no por la de derrotar a gobiernos dictatoriales en nombre de la democracia liberal.

[1] El término hobbesiano remite a la concepción de Thomas Hobbes, cuya teoría se basa en el Estado como sostenedor y portador de la organización social.

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Categoría

Internacional, Política