Por Eduardo Ibarra

 Auge y derrota de los obreros navales en la década de los 70

Fue una mañana como cualquier otra, ese 24 de mayo de 1973 en los astilleros Astarsa, como una de las tantas mañanas donde los cuerpos de los obreros se fundían con los metales y las maquinas, en una danza monótona al ritmo de las inmensas carcasas que poco a poco iban tomando forma de enormes barcos.

Un ritmo que no daba tregua pero que permitía llegar a fin de mes con unos de los mejores sueldos que un trabajador podía lograr por esos pagos, mientras las jornadas endurecían a los jóvenes y mancillaban a los viejos curtidos ante los años de sacrificio.

Entrar a trabajar a los astilleros era una prueba de hombría y resistencia dentro de una cultura fabril que exponía los cuerpos a todas las inclemencias posibles. El frío y el calor, los gases tóxicos, la falta de higiene, junto con el trabajo pesado daban forma a una cultura no apta para débiles. El obrero de los astilleros tenía que ser un duro, aguantador, resistente, como las placas de metales que se iban soldando y puliendo unas tras otras entre el platón y la anguilera[i].

Como recuerda el ex obrero naval, Carlos Morelli: en los astilleros todo provocaba dolor.

Eran épocas de un fervor revolucionario en la que se fusionaban las acciones de las distintas agrupaciones revolucionarias y las luchas obreras como el Cordobazo que había dado fin a la dictadura de Onganía y su plan liberal a manos de Krieger Vasena, creando así las condiciones para la vuelta de Perón desde su exilio en Madrid, hecho que daba esperanza a la juventud peronista de estar cada día más cerca de la Revolución socialista. Con la asunción de Héctor Cámpora, el 25 de mayo de 1973, como presidente de transición para la vuelta definitiva de Perón, Montoneros había creado la JTP (juventud trabajadora peronista)[ii] que como organización sindical propia tenía como fin el de disputar a la burocracia de la CGT el ámbito laboral, dentro de un contexto de lucha general hacia la derecha peronista y no peronista.

El astillero se encontraba en el municipio de Tigre, formaba parte del cordón industrial de la zona norte del Gran Buenos Aires, que, en esa época, aglutinaba a los barrios obreros que se iban creando ante la cercanía a las fuentes de trabajo. Por lo tanto, la identificación territorial con cada industria constituía una cultura propia de cada lugar y cada familia.

Astarsa se estructuraba internamente en jerarquías similares al ejército, con escalafones institucionalizados (por especialidades, puestos de control, etc) y otras jerarquías no normadas, pero con un fuerte arraigo en la cultura naval, como ser la de la antigüedad, la capacidad (ser aguantador dentro de una cultura netamente machista) y la legitimidad de la lealtad hacia la clase.

En los astilleros se representaba la misma lucha que se estaba reproduciendo en el resto de la sociedad. Las fuerzas reaccionarias de la burocracia sindical[iii] y la patronal se enfrentaban a los obreros y las agrupaciones de bases, que en el caso de Astarsa encabezaban los únicos delegados antiburocráticos no despedidos, el Tano Mastinu y Huguito Rivas.

Esa mañana transcurría como cualquier otra, hasta que el obrero soldador José María Alesia, emergió del doble fondo de un barco, donde se encontraba trabajando, envuelto en llamas provocadas por la acumulación de gases en un espacio reducido y no ventilado. Ante la parálisis total del astillero que provocaba todo accidente laboral, sus propios compañeros fueron los que tuvieron que socorrerlo y trasladarlo en un tablón de albañil ante la falta de una camilla.

Pese a que como repetían los trabajadores, que cada barco que se fabricaba se llevaba la vida de un obrero, ese accidente no sería uno más, sino la culminación de reclamos y padecimientos de la desidia de la patronal ante la falta de seguridad y condiciones dignas.

En el momento que los obreros dentro de la planta decidieron llevar adelante un paro reclamando el despido de toda la Comisión de Seguridad e Higiene, llegaba la noticia de que Alesia había fallecido, desmintiendo la versión de los delegados del sindicato de los obreros navales (SOIN), de que se estaba recuperando, lo cual expuso la connivencia entre sindicato y patronal para calmar a las bases y coartar todo plan de lucha. Este hecho fue el detonante para que el paro se transformara en una ocupación del astillero con la retención de todo el personal ejecutivo.

Con la fábrica controlada por los obreros y el personal directivo de rehén, los reclamos se incrementaron a:

Despido de todo el personal de Higiene y Seguridad

Control obrero de la seguridad y salubridad

Reincorporación de los despedidos por problemas gremiales

Pago de salarios por huelga

Y que no haya represalias.

La tragedia que disparaba una sucesión de reclamos y demandas de los navales, se encontraba envuelta en un clima de triunfo ante la llegada del nuevo gobierno y el auge de las organizaciones revolucionarias de distintas fracciones, lo cual daba esperanza de que el conflicto tuviese un final favorable hacia los obreros.

 

La toma y después

La toma que duró apenas unos cuatro días puso en juego las nuevas fuerzas de las generaciones de obreros jóvenes enfrentados a la reminiscencia de los viejos, cuya cultura del trabajo era la de no generar rupturas con el orden establecido, hecho que implicaba canalizar las demandas por medio de delegados burocráticos que nunca eran satisfechas en su totalidad, pero que apaciguaban el conflicto en beneficio de los intereses de la patronal.

Esta puja estaba atravesada por tres componentes sociales que ponían en tensión a los huelguistas, que no superaban los 500 obreros en un total de 1500. Por un lado se enfrentaban a la burocracia sindical de la derecha peronista asociada a los empresarios, por otro a la propia burguesía que provenía de la vieja oligarquía agrícola[iv] diversificada en los años 50 como resultado de la puesta en práctica del modelo sustitutivo de importaciones, y cuya política empresarial era la de no conceder nada al obrero  para  extraerle todo lo posible sin medir costos en vidas. Y por último las fuerzas en pugna que se congregaban fuera del astillero, donde se media la solidaridad de los barrios obreros junto al apoyo de las organizaciones guerrilleras, frente a las fuerzas represivas y reaccionarias de la derecha peronista y no peronista contenidas por el Gobierno de Cámpora[v] y su alineación con la “tendencia” revolucionaria.

La particularidad de la toma no estaba en el hecho en sí mismo, sino en la capacidad de los obreros de disputar la naturalización de la violencia en manos del Estado y la burguesía, y de romper la desigualdad entre una y otra clase, al obligar a los patrones a vivir, por esos días, en las mismas condiciones de los obreros[vi].

La victoriosa toma concluyo cuando el Ministerio de Trabajo aceptó todas las demandas de los obreros e impuso a la empresa la resolución de todos los reclamos, puntualizando los de seguridad e higiene.

La liberación de los directivos fue otra expresión simbólica de victoria, que al marcharse en sus autos se vieron rodeados por las columnas de los familiares y trabajadores que apoyaban la toma fuera del astillero.

Las consecuencias se irían manifestando con la normalización del trabajo cotidiano: Primero sería la creación de la Agrupación naval peronista José María Alesia (en homenaje al compañero muerto), desplazando de la dirección sindical interna a los delegados del SOIN, que implementarían dos modos pragmáticos de supervivencia: una la del silencio y pasividad ante la acción de los delegados de base, y la otra la de plegarse a los reclamos de la agrupación[vii].  El otro aspecto sería, tiempo después, el de convertirse en referentes de las luchas que se desarrollaban en otras fábricas y astilleros, lo cual implicaría la participación activa del cuerpo de delegados navales en otros conflictos ajenos a Astarsa.

La patronal derrotada junto con sus capataces sólo pudo implementar la dilación de las respuestas a los reclamos, con el fin de desgastar a los delegados combativos, al tiempo que un sector de los viejos trabajadores, que recibían las mejoras logradas por los obreros combativos, se resguardaban en la pasividad para no ser identificados como subversivos por parte de la dirección empresarial.

La contraparte de esto fue el incremento de responsabilidades de los delegados al asumir el control de las condiciones laborales, junto con los reclamos grupales e individuales que no eran cumplidos. El propio avance en la conciencia clasista en su pretensión, el control de los medios de producción, fue creando contradicciones dentro de la cultura obrera arraigada en los astilleros, que, mientras defendían los intereses de las bases, eran, al mismo tiempo, acusados de ejercer el papel de vigilancia ante hechos como la del no respeto de normas de seguridad laboral (pese a que se había luchado por eso), o la del robo de materiales y alcoholismo en las jornadas de trabajo.

La victoria no fue un hecho permanente y acabado sino un lugar de disputa entre fuerzas que se iban acomodando y recomponiendo, haciendo de cada cuestión una lucha que no permitía a los obreros distenderse, que si bien tenían el apoyo y participación de Montoneros dentro y fuera de la planta, se enfrentaban a lo que ellos llamaban la santísima trinidad; la patronal, la burocracia y la fuerza represiva.

Estas fuerzas reaccionarias comenzaban a agruparse en torno a la estructura empresarial. Miembros del Comando de Organización y la CNU[viii] fueron ocupando cargos en los sectores de Seguridad y Personal.

Entre los nuevos integrantes los que más se destacaban por su nivel de violencia hacia los obreros eran:

Héctor Sarroude alias Bonavena, custodia de Perón, matón del sindicato naval y pistolero en la masacre de Ezeiza a las órdenes del comisario Osinde. Como integrante de la Triple A[ix], comandó una operación donde secuestraron, violaron y asesinaron a una militante montonera de 19 años en zona norte.

En su actividad mafiosa dentro de Astarsa pudo suspender, a los tiros, la asamblea en la cual se iba a elegir a la nueva dirección de SOIN, con una clara ventaja para la agrupación Alesia. Producto de este hecho la derecha pudo intervenir el sindicato y provocar una derrota clave a los obreros navales y a la estrategia de Montoneros en las fábricas de Zona Norte, en 1975.

El otro personaje fue Jorge Rampoldi, asesor legar de la intervención del SOIN. Militante de una organización llamada Comando Evita de zona norte y posteriormente integrante de la CNU. Hasta su rol de interventor había sido empleado del Ministerio de Bienestar Social a manos del nefasto López Rega[x].

La lucha hacia afuera.

 Si durante la toma se había destacado la capacidad organizativa de los delegados de base, tanto a nivel organizativo como el de autodefensa, después del conflicto demostraron la misma capacidad y compromiso para extender el trabajo sindical combativo a otras fábricas de la zona, en especial el astillero Mestrina que se ubicaba en el mismo municipio de Tigre.

Pero también la actividad política y las acciones militantes de los navales de Astarsa fueron realizadas fuera del ámbito exclusivamente laboral (aunque algunos tuvieron como objetivo incidir hacia adentro del astillero). Las casas de los obreros, los bares y los clubes se convirtieron en parte del entramado en que se coordinaban las acciones políticas y militares de las organizaciones revolucionarias[xi]. Dentro de este marco de acción hubo dos hechos que marcarían el camino a la posterior venganza de la reacción.

Uno fue la realización, por parte de Montoneros, del secuestro del dueño del Astillero Mestrina, Antonio Menin, para exigirle que acepte los reclamos de los obreros de su empresa, que al poco tiempo de ser liberado pudo identificar a sus secuestradores cuando Mastinu, Rezeck y Echeverria se retiraban de las puertas del Astillero con el mismo auto con el que lo habían secuestrado, poniendo en evidencia a los obreros y su identidad política.

El otro de los hechos “por fuera” fue la del asesinato del criminal Sarroude “Bonavena”, que en el momento que se retiraba de su casa en el barrio de Saavedra, fue ultimado a balazos desde una camioneta.

Esto actos fueron utilizados por la burocracia y las organizaciones parapoliciales para ocultar la violencia que ejercían hacia los obreros antiburocráticos, mientras acusaban a la JTP y a la agrupación Alesia de ser agentes externos infiltrados y ajenos a los trabajadores.

Si bien, para los obreros, estos hechos se enmarcaban dentro de la justicia popular, como única manera de frenar los asesinatos, secuestros y torturas de los delegados, para las fuerzas de derecha esto daba la posibilidad de articular la retórica amenazante de los comunicados con la venganza directa hacia el cuerpo de delegados, que al poco tiempo de producido el asesinato de “Bonavena”, secuestraba y asesinaba a Raul Valverde, integrante de la agrupación.

Dentro de esta nueva etapa la agrupación Alesia se vio implicada en el asesinato del represor Alberto Villar y su esposa por parte de Montoneros, al detonar una carga explosiva en el momento en que navegaban en su lancha por el delta del Tigre. Si bien, el atentado nunca fue reivindicado por la agrupación, su asimilación a la organización guerrillera la puso en el centro de las sospechas y acusaciones, mientras que la CGT, ante este hecho, delineaba, por medio de la retórica discursiva de esos tiempos, la división ideológica entre una “sedición apátrida” y la muerte de un “servidor público”.

Estos hechos marcaban el cambio en la lucha política, tanto dentro como fuera de Astarsa, al dejarse de lado las disputas por las modificaciones en las condiciones laborales ante la lucha por el poder entre clases, donde distintos actores se posicionaban en un tablero de violencia de acuerdo a ideologías y/o conveniencias.

Divisiones internas y ataques externos

Después de estos hechos la Agrupación no volvería a ser la misma. Los secuestros y asesinatos fueron generando la radicalización de unos y la huida de otros, mientras las bases obreras iban separándose de las direcciones.

A partir de la agudización de la lucha política, Montoneros, que había ordenado a sus cuadros sindicales la incorporación orgánica de la agrupación a la línea militarista, produjo un enfrentamiento entre el grupo de los históricos de Mastinu (incorporados a la acción revolucionaria) y el grupo liderado por Juan Sosa, que sostenía la línea sindicar antes que la política militar.

Si bien Montoneros lograba por medio de presiones desplazar a los “sindicales”, las nuevas cúpulas que fueron subiendo posiciones en la agrupación Alesia, comenzaban a tener contradicciones con las bases obreras al supeditar las reivindicaciones laborales a la lucha revolucionaria. Los propios cuadros orgánicos a Montoneros se iban separando de su propio ámbito al tener que realizar tareas políticas no sindicales e ir integrando comandos para distintas acciones externas a los astilleros.

Esta contradicción entre la visibilidad sindical de los obreros montoneros y las acciones clandestinas iba produciendo la exposición de los militantes frente a la represión que se comenzaba a articular entre la derecha peronista y la derecha no peronista.

En 1975, después de la muerte de Perón y la intensificación de la represión “legal e ilegal”, las protestas de los trabajadores fueron en aumento en respuesta a las políticas del gobierno de Isabel Perón y López Rega, que junto al “sinceramiento” económico del ministro Celestino Rodrigo[xii] deterioraban la vida de pueblo argentino.  La respuesta ante los reclamos fue más persecución y asesinatos coordinados entre las fuerzas represivas del Estado y los grupos paraestatales encabezados por la Triple A.

En la zona norte del conurbano se fue conformando una mesa Coordinadora de las fábricas más combativas dirigidas por Montoneros y el PRT, que, si bien lograban grandes movilizaciones y reclamos, comenzaban a recibir golpes por parte del aparato represivo parapolicial.

El 5 de noviembre del 75 eran secuestrados Mastinu, Ramírez (la fabiana) y Velarde, quienes ante todo pronóstico fúnebre, pudieron ser liberados por las masivas movilizaciones y peticiones a las autoridades políticas y sindicales, que se vieron obligadas a ponerse al frente del reclamo.

A pesar de que los delegados pudieron recuperar la libertad después de días de estar secuestrados, en sus cuerpos torturados llevaban el mensaje de que la próxima vez no iban a tener la misma suerte. Como recuerda Carlo Morelli, el Tano Mastinu no fue el mismo después de pasar por ese calvario.

Este hecho fue la demostración de que la situación había cambiado y que los cuadros montoneros ya no tenían la capacidad de resguardarse porque, por un lado, la actividad propia de superficie de los delegados los había expuesto y por otro, porque las acciones militares que se habían llevado adelante fueron hechas con un rasgo de ingenuidad y/o soberbia, sin tener en cuenta la protección de la identidad de quienes actuaban en los operativos.

Sumado a todas falencias propias se empezaba a llevar adelante con total contundencia la ofensiva de la burguesía autóctona avalada por el imperialismo yanqui, que se hacía sentir tanto en Argentina como en toda América Latina.

Después de sufrir los golpes de las fuerzas paraestatales comandadas por el gobierno peronista, la agrupación naval se vio expuesta al golpe militar del 76, que continuó la llamada guerra sucia contra los sectores populares y revolucionarios, profundizando y monopolizando las tácticas de desaparición, tortura y muerte.

Los obreros navales fueron secuestrados en los barrios y entregados en los astilleros a los grupos de tareas de la dictadura militar, aniquilando así a la Agrupación Alesia y al aparato sindical montonero. Se cerraba trágicamente así la experiencia obrera más relevante de la zona norte del conurbano bonaerense.

 

Lo que fue y lo que será

 La represión estatal de los años 70, tanto en el gobierno peronista como durante la dictadura militar, fue el instrumento que la burguesía utilizó para vengar la osadía de las clases trabajadoras, al tiempo que imponía una nueva forma de acumulación y reproducción del capital dentro del avance mundial del sistema financiero, que puso en crisis al Estado intervencionista con eje en la industrialización.

 

El historiador italiano, Enzo Traverso, en su libro Melancolía de izquierda analiza las derrotas que el marxismo tuvo a lo largo del siglo XX, y el impacto en la militancia antes y después de la URSS.

Tomando como bisagra el triunfo del neoliberalismo en los 90, diferencia la subjetividad de la militancia comunista antes de la caída del campo socialista, que antepuso a las derrotas un futuro victorioso y la posterior nostálgica resignación de la izquierda después de la desaparición de llamado socialismo real. El rasgo característico diferencial lo encuentra en la pérdida de la imaginación utópica de un presentismo antidialéctico entre pasado y futuro.

El capitalismo no es sólo un sistema que se reproduce mediante la expropiación de los medios de producción, sino también, de la conformación de la subjetividad de las clases trabajadoras y marginadas, a fin de someterlas naturalizando las condiciones sociales y culturales necesarias al propio sistema. Borrar el recuerdo de las luchas obreras y populares es parte de un entramado de dominación para generar un presente constante que anule toda pretensión de cambio. Sin pasado y sin futuro las clases subalternas no pueden generar ningún sentido de pertenencia como clase, ni generar ningún proyecto transformador que encienda la mecha de la rebelión.

Enzo Traverso, frente a la impotencia de la derrota sin futuro, menciona que: “la melancolía de izquierda no significa abandonar la idea de socialismo o de la esperanza de un futuro mejor; significa repensar el socialismo en un tiempo en que su memoria está perdida, oculta y olvidada y necesita ser redimida. Esa melancolía no implica lamentar una utopía perdida, sino más bien repensar un proyecto revolucionario en una era no revolucionaria. Es una melancolía fecunda que, podríamos decir con Judith Butler, entraña el efecto transformador de la pérdida”

Nuestra deuda con los obreros navales, como tantos otros en nuestra historia, implica la obligación de proyectarnos en un futuro socialista, para que su lucha escrita con sangre y sacrifico no sea una hoja en los libros de historia ni un mero recuerdo de un pasado trágico, sino experiencia viva que ilumine el camino hacia una nueva vida plena sin amos ni verdugos.

Lista de los obreros navales detenidos desaparecidos en la última dictadura militar empresarial y eclesiástica.

Astilleros Astarsa

Álvarez Carlos

Camaño Uzal José

Deget Raúl

Garay Livio

Iriarte Rodolfo

Lescano Jorge

Mastinu Martín

Mesa Oscar

Poiman Ramón

Ramirez Aldo

Rivas Hugo

Sonin Alejandro

Ernesto Valverde

Villalba Mauricio

 

Astilleros Mestrina

Albornoz Cecilio

Ayala Zoilo

Boncio Carlos

Echeverria Oscar

Lascano Jorge

Machado Modesto

Marras Mario

Pandolfino Salvador

Rezeck Hugo

 

Astilleros Forte

Alemán Martín

 

Astilleros Cadenazzi

Ayala Andrés

Toledo Martín

Astilleros Acuamarina

Cabrera Luis

Astilleros Costaguta

Casas Francisco

Astilleros Quarton

Tello Pablo

Tello Rafael

 

Bibliografía

Lorenz Federico,2007, Los zapatos de Carlitos, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma.

Lorenz Federico,2013, Algo parecido a la felicidad, Buenos Aires, Editorial Edhasa.

Entrevistas y charlas con Carlos Morelli (Carlitos) exobrero de Astarsa durante el período narrado.

http://radiodenorteasur.blogspot.com/2014/11/la-lucha-de-los-obreros-en-zona-norte.html

Enzo Traverso,2019, Melancolía de izquierda, Buenos Aires, Fondo de cultura económica.

 

 

 

 

 

[i] Platón y anguilera son los sitios del astillero donde se iban construyendo los barcos

[ii] La creación de la JTP fue una estrategia para llevar la acción militar a las fábricas como base territorial, más que una política netamente obrerista.

[iii]  La vida sindical en  Astarsa se encontraba dividida entre dos sindicatos, el SOIN, SINDICATO DE OBREROS DE NA INDUSTRIA NAVAL Y LA UOM, SINDICATO METALURGICO, ambos dominados por la burocracia peronista de derecha.

[iv] Las familias que controlaban la empresa eran los Braun Menédez y los Braun Cantilo, cuya historia de riqueza y sangre, desde la Patagonia rebelde en los años 20 hasta la dictadura, nos atraviesa hasta nuestros días.

[v] El propio ministro de trabajo (Ricardo Otero) era un referente de la ortodoxia de la OUM, lo cual demuestra que la disputa de fracciones del peronismo se encontraba dentro del propio gobierno.

Un hecho demostrativo fue que cuando Otero llegó a los astilleros para anunciar que se aceptaban todos los reclamos de los navales, el anuncio fue recibido con el cántico de: ¡Perón, Evita, la patria socialista!, siendo corregido por el ministro diciendo que la patria era peronista no socialista.

[vi] El hecho de que los obreros comieran los alimentos de los directivos mientras a estos eran obligados a comer el guiso que los obreros consumían cotidianamente, simbolizaba un acto igualitario de justicia.

[vii] Si bien después de la toma hubo elecciones del sindicato del SOIN, la agrupación Alesia perdió por pocos votos, no impidió en los hechos que la agrupación fuera la que mandara en Astarsa.

[viii] Fueron organizaciones de la derecha peronista para perseguir y eliminar a lo que ellos llamaban la infiltración marxista dentro de movimiento peronista.

[ix] Grupo parapolicial creado por el gobierno de Perón que aglutinaba a todas las organizaciones de la derecha peronista bajo el manto y dirección del Estado.

[x] Ex policía se convirtió en secretario de Perón y asesor esotérico de Isabel en el exilio en España. Cuando Perón asume su tercera presidencia es designado en el ministerio de Bienestar Social. Fue  quien comandó  la organización anti comunista Triple A

[xi] La columna de zona norte fue una de las más poderosas de Montoneros y la que llevó a cabo el secuestro del empresario Jorge Born, hecho por el que se cobró una suma millonaria y la más alta cobrada por un grupo guerrillero en todo el mundo.

[xii] Celestino Rodrigo fue ministro de economía del gobierno de Isabel Perón, que dispuso un ajuste económico con un aumento de precios del 100% y una devaluación del 160% del cambio comercial y 100% para el financiero, lo que provocó una caída en el poder adquisitivo y una crisis inflacionaria de 177% hacia finales de 1975.

 

 

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Categoría

Argentina, Política