El caso Vicentín: un burro en el baño del estado burgués

Por Leandro Gamarra

“Mientras exista la propiedad privada, vuestro Estado, aunque sea una república democrática, no es otra cosa que una máquina en manos de los capitalistas destinada a aplastar a los obreros, y cuanto más libre sea el Estado, con tanta mayor claridad se manifiesta este hecho”
(V.I.Lenin, Acerca del Estado)

“No pensar ni equivocado, para qué si igual se vive”
(Francisco Gorrindo)

“Es bello ser comunista, aunque cause dolores de cabeza”, decía Roque Dalton al comenzar uno de sus célebres poemas.
Y es verdad.
Aunque sucede que esos dolores de cabeza últimamente, no vienen solos, sino con el esfuerzo cada vez mayor por razonar y sostener en el terreno de la teoría y de la práctica, contra viento y marea, los fundamentos por los cuales nos asumimos como comunistas.
No es fácil. Nunca fue fácil. Mucho menos cuando desde que hace casi unos treinta años expirara definitivamente “el siglo corto” que refiere Hobsbawn con la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS, y con ello, se alterara todo el mapa de la geopolítica mundial. Evento cuyo tras cartón, viniera a instalarse con pretensiones hegemónicas un nuevo tipo de pensamiento. Nuevo digo, pero en el fondo, no tan nuevo, sino más bien una reciclada presentación de las viejas fórmulas del reformismo. Un reformismo reacondicionado, pero más ágrafo eso sí, menos ilustrado, más derrotista, más acomodaticio que aquel de la II Internacional.
Este nuevo reformismo – a veces disfrazado, otras veces enancado a la grupa del populismo – que no nació en medio del estrépito de las trincheras ni del humo de una guerra, es un hijo dilecto de la derrota de los ’90 y especialmente, del cacareado “fin de la historia” tan promovido con fuerza por la ideología dominante en aquella década. Hace falta remontarse unos treinta años por lo menos, para entender de dónde sale esta concepción posmoderna de una historia sin telos, que no es precisamente el fin de los albergues transitorios, sino un mecanismo de reproducción ideológico por el cual pretende extendérsele un acta de defunción al sueño de una sociedad mejor, sin explotadores ni explotados, al sueño de la revolución y del socialismo por el que soñaron, lucharon y cayeron millones de almas en todo el mundo.
Porque vamos, si es difícil ser comunista, por el contrario, es muy fácil ser posibilista. Fácil y más cómodo. No se requieren grandes esfuerzos ni complejas elucidaciones teóricas para establecer el angosto marco de categorías y abstracciones que caracteriza esa postura ideológica. Sobre todo en estos tiempos en los que la palabra “intelectual” se ha convertido casi en un insulto. No hay que hacer mayores esfuerzos ni elaboraciones. Basta con sumarse a la comparsa de la sensatez oficial y dejarse llevar por empatías o antipatías, o por lo que las personas digan de sí mismas, o por lo digan de otras.
Para entender mejor los dos lados de esta absurda grieta, hay un muy particular texto de Hegel, donde con un ejemplo por demás simple, describe los riesgos que se corren al pretender elaborar un juicio sobre un determinado suceso tomando solamente el primer aspecto aparente que se nos presenta ante nuestra vista:
En la feria, alguien ha comprado una docena de huevos. He aquí, que sin que lo advierta ni quien los vende ni quien los compra, uno de los huevos está en mal estado. Cuando la compradora finalmente llega a su casa y al abrirlo toma nota de ese mal estado, no sólo comienza a soltar toda una retahíla de agravios contra la vendedora, sino que además toda la progenie y los descendientes de la pobre mujer que se gana la vida vendiendo huevos caen bajo las maldiciones de la indignada pero muy liviana lengua de quien se ha sentido estafada, sin pensar ni en la vendedora, que pudo no haberse percatado, ni en el origen del huevo, ni en la gallina, ni en el alimento que ha consumido la gallina, ni en el criador, ni en el clima del criadero, ni en ninguna otra cosa que no sea sentirse estafada por alguien que parece ser, sólo vende huevos para sobrevivir.
En virtud de sus pretensiones hegemónicas, este tipo de razonamiento módico y tranquilizador, por lo confortable, se contagia de conciencia en conciencia mucho más rápido que el Coronavirus, y ha ganado a amplios sectores de lo que aún se autodenomina “la izquierda”, que según parece, ya no se guía por la praxis marxista, sino por un mero sentimentalismo de tablón.
Pero para ser justos, una parte de esa izquierda, digámoslo también, suele caer seducida y sin dificultad a los pies de este populismo porque ha sido víctima de un constante vaciamiento ideológico llevado a cabo en nuestras organizaciones a partir de precisamente, aquella desintegración de la URSS. Un vaciamiento que minuciosamente a veces, otras de un modo más burdo, ha degradado las concepciones leninistas, borrando del debate la cuestión del poder y en especial, toda caracterización crítica del capitalismo global y local, más una caracterización del Estado acorde a un punto de vista de clase. Un reformismo que le ha arrebatado a la militancia las alas del deseo revolucionario, dejándole a esa misma militancia apenas los huesitos y una parte del cogote. Nada de andar soñando con la pechuga. Mucho menos con el pollo entero.
Una vez instaladas como “oficiales” esas categorías de “lo aparente” en la conciencia de la militancia, aunque resulte un grotesco, a nadie le parecerá extraña la absurda tentación metafísica de creer que existe un “capitalismo bueno” o “progresista”, o que incluso, se puede circuncidar a un piojo con un sacapuntas.
Así funciona la ideología dominante. Con el sentido de la realidad invertido, como una venda en los ojos según el caso, o con la total imposibilidad de ver un burro adentro de un baño, ni siquiera con microscopio. Cualquiera que se atreva a advertir la presencia de algo tan visible e irrefutable será tomado automáticamente por loco.
Pero por si no tuviéramos suficiente con ese grado de contaminación ideológica, una vez adquirido ese punto de vista retrógrado, es muy sencillo caer en la burla o en el juicio reaccionario, cuando se nos toma por lunáticos a quienes sostenemos la necesidad de una transformación de cuajo en el modo de organización social, antes que el capitalismo termine de demoler el medio ambiente y a la propia humanidad toda.
No es fácil ser comunista. No es fácil sostener a pie firme ni las banderas ni los atributos, mientras el sentido común del reformismo nos trata de delirantes por sostener determinado punto de vista crítico contra lo que la ideología oficial da por cosa juzgada a primera vista. Porque más que un deseo o una fantasía imposible, a ciertas conclusiones, o a la idea de la necesidad de una revolución se llega con el espíritu de lo que podríamos llamar una “bella fatalidad inexorable”, después de haber agotado todos los caminos del razonamiento que nos podrían haber llevado por lugares menos escabrosos, más cómodos. Sin contar que, por más que se presente como la más ardua de todas las tareas, si la perspectiva de una revolución social aún está lejos del presente de esta generación, esa tarea inexorable, la llevará a cabo la próxima generación, o la siguiente, o la que sobreviva al inevitable holocausto al que nos lleva de narices el capitalismo. Por lo que todo lo que se haga en contra de esa dirección, todo lo que no sume a la elevación de la conciencia de clase de las masas trabajadoras, equivale a cargar sobre las espaldas de los revolucionarios de hoy o de los de mañana, mayor peso, mayores obstáculos.
Y ya que estamos, sobre todo sería bueno dejarlo en claro de una buena vez, los comunistas (los de verdad) no somos unos loquitos agoreros, ni tiramos las cartas para adivinar el futuro. Tampoco subestimamos el tan meneado concepto de “correlación de fuerzas” ni reaccionamos ante las noticias por espasmos. En pocas palabras, cada vez que analizamos un hecho político, sencillamente evitamos mezclar deseo con realidad. No es un método con perspectivas de buenos resultados mezclar deseo con realidad objetiva.

¿Entonces? ¿Renunciamos a la táctica?: Estamos locos, pero no comemos vidrio

Por supuesto que no. Cuando El Che nos trae el eco de su voz desde el fondo de la historia advirtiéndonos que al imperialismo no habría que creerle “ni un tantico así”, no nos está dejando una simple frase de póster o un clishé para copiar y pegar en los muros del Facebook. No. El asunto es mucho más profundo, porque se está apelando a un razonamiento del orden de lo ideológico.
Dado que las formas de dominio y explotación presentes en el capitalismo poseen una fuerte tendencia a ocultar, negar y hacernos desaparecer de la vista con habilidad de prestidigitador las relaciones de injusticia y de desigualdad entre una clase y la otra, para evitar precisamente, la toma de autoconciencia de los explotados, lo primero que nos preguntamos ante una determinada iniciativa de un estado que representa los intereses de la burguesía (y quien niegue el carácter burgués del estado argentino antes de apresurarse por favor, que no intente desmentirme a mí, sino a Lenin), es a qué planes relacionados y a qué intereses está orientada tal o cual acción político-administrativa de cada gobierno de turno.
Cuando Alberto Fernández anuncia la “estatización” de una empresa como Vicentín, aunque la palabra estatización sea música para los oídos de mucha gente bienpensante, (incluidos los nuestros), no es que se nos ocurre desconfiar por simple ojeriza de baqueanos, sino porque más de 500 años de historia de capitalismo nos dicen – y se han cansado de decirnos – que no son todos ruiseñores los que andan entre las flores. Y porque está más que visto que cada vez que el estado (burgués) interviene sobre la realidad, no lo hace con otro fin que no sea el de garantizar y sostener las condiciones de funcionamiento y reproducción del capitalismo.
En ese sentido, resulta ridículo que muchas veces se nos pretenda llevar al fango de la discusión retórica. No estamos discutiendo la palabra “estatización”, que a priori no debería suscitarnos ninguna postura crítica. Sino con cuáles fines el gobierno interviene una empresa que, “pesitos más, pesitos menos”, tiene una deuda que se cuenta en miles de millones de dólares y que como todo el mundo supone, deben estar ahora mismo reposando en alguna caja fuerte, pero al otro lado del océano, bien lejos de la Argentina, en alguna cuenta oculta. ¿Quién se hará cargo de ese pasivo? ¿Por qué se le entrega en fideicomiso a YPF agro, una empresa cuyo capital es una parte privada, la otra parte estatal y que tiene pendientes dos fallos en contra, uno de la justicia inglesa, otro de la justicia yanqui, que puede llegar a representar para esa empresa una erogación de casi 12.000 millones de dólares? Si de lo que se trata es de “defender los puestos de trabajo”, como dijo el presidente, ¿por qué no se le entrega la empresa a los propios trabajadores bajo la figura de “fábrica recuperada”? Y aquí lo más importante: ¿Con qué recursos el estado interventor responderá ante la banca privada por el “muerto” que deja la empresa? Porque vamos, como no tenemos otro mejor recoveco para sentarnos a pensar que no sea la misma historia reciente, los antecedentes del kirchnerismo no son los mejores en materia de estatizaciones. Por más que le haya vendido a la opinión pública y a cierta militancia ávida de escuchar buenas noticias la supuesta “recuperación de YPF”, aquel hecho finalmente se trató de una semiestatización, es decir, de una simple adquisición a precio de mercado sin el menor viso de “expropiación”. Una operación que se financió con emisión de títulos de deuda y de un cupón atado a la evolución del PBI que todavía estamos pagando. Negocio redondo para los fondos de inversión que adquirieron esos títulos rápidamente. Sin contar que el Estado Nacional debió hacerse cargo del porcentaje de los 400 millones de dólares que la runfla de malandras capitalistas de los Eskenazi dejaron debiéndole a la banca privada para comprar el 25,9 % de la empresa. (¿Les suena?. Vicentín debe 1.500 millones de dólares) ¿Y adivinen quiénes fueron los beneficiarios de esa cancelación que se pagó con intereses exorbitantes? Los mismos nombres que siempre aparecen entre los compradores de deuda argentina: Crédit Suisse, Goldman Sachs, BNP Paribas, Banco Itaú Europa, Standard Bank, Santander, Citi, y la mismísima Repsol que le prestó plata a los Eskenazi. Así cualquiera compra una empresa, ¿no?
Y para terminar. No se trata de desestimar toda táctica, porque lo que queremos ahora justamente, es poner en el primer plano de la discusión el tema de la concentración y extranjerización del comercio exterior en la Argentina. Un proceso que viene llevándose a cabo a paso firme desde 1996 hasta la fecha, facilitado y subvencionado por todos los gobiernos que hasta aquí se sucedieron. Todos.
No se trata de ser agoreros. Se trata de ser consecuentes con nuestro sentido de horizonte revolucionario y nuestra pertenencia de clase. Podemos ser más o menos cautelosos o más o menos desconfiados. Pero nunca jamás obsecuentes escuderos de los partidos de la burguesía, en especial del partido de este populismo berreta que se acomoda según le convenga al glosario liberal o al misal del estatismo, y que en los tiempos de la supuesta estatización de YPF ya utilizaba como cortina de humo el latiguillo de la “soberanía energética”, que jamás se consumó, así como hoy utiliza el de la “soberanía alimentaria”.
Ni un tantico así.

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