Argentina G20 y Democracia Burguesa  

EDITORIAL DE CENTENARIO Nº 8

La República Argentina ha sido escenario de dos hechos de gran relieve internacional, la realización de la cumbre del G20, y la denominada contra cumbre progresista organizada por Clacso. En estos días se conmemoran asimismo los 35 años de la asunción de Alfonsín y de la recuperación de la “Democracia”. Sigue leyendo “Argentina G20 y Democracia Burguesa  “

IDEOLOGÍA, ACUMULACIÓN REVOLUCIONARIA Y SOCIALISMO

EDITORIAL DE CENTENARIO Nº 6

Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta.” Sigue leyendo “IDEOLOGÍA, ACUMULACIÓN REVOLUCIONARIA Y SOCIALISMO”

Editorial N° 4: Semilla de un futuro socialista

La materialización de una revista nos pone ante el desafío de elevar la calidad de las argumentaciones en torno a los problemas que siempre han estado en la agenda de los militantes revolucionarios, esto se torna más significativo especialmente en el año del centenario de la Revolución Rusa. Aspiramos a salvar del olvido las voces rebeldes e inconformistas de los principales líderes bolcheviques, nos interesa rescatar la fertilidad de sus enfoques, porque demuestran la evidente actualidad de sus ideas y de sus planteamientos, en una época como la nuestra en que el posibilismo se pavonea por el andarivel izquierdo de la política Argentina. Así la reflexión teórica actúa como antídoto al conformismo neoliberal, como resistencia al modelo civilizatorio mercantil del imperio y como semilla de un futuro socialista para la humanidad.

En medio de la coyuntura electoral los debates se omiten y los cultores del posibilismo recurren al viejo truco, de que cuando una decisión no admite ninguna defensa, la presentan como inevitable, es en el ejercicio de ese recurso, en donde la democracia se convierte en el único horizonte posible y pensable de la política, las elecciones su única vía y una alianza con el peronismo la posibilidad real de su concreción. Esta operación vuelve árido cualquier esfuerzo por pensar la política en términos históricos y la historia en términos políticos.

Los exegetas de la democracia y sus epígonos, nos la presentan como la expresión universal de la igualdad, la fraternidad y la libertad, no como lo que realmente representa, la forma moderna de la dominación política de la burguesía, no es casual que en estas precisas circunstancias, la retórica del anticomunismo se vuelve a poner a la orden del día, no tanto contra un enemigo antaño temido, sino a favor de la superioridad mundial del capitalismo liberal democrático occidental. Aquí resulta pertinente traer a Lenin: “de modo general, la democracia política es tan sólo una de las formas posibles (aún cuando sea teóricamente normal para el capitalismo “puro”) de las superestructuras del capitalismo. Como lo prueban los hechos, el capitalismo, lo mismo que el imperialismo, se desarrolla bajo cualquier forma política y subordina todas estas formas”. El siglo XX y el que transitamos, son generosos en confirmar estas afirmaciones del genio bolchevique, al reducir las formas a las necesidades del imperialismo, el capitalismo nos ha dado de muestra las guerras mundiales, el fascismo, el nazismo, las dictaduras militares y los actuales “golpes suaves”.

No está en nuestro ánimo subestimar la lucha democrática, sino afirmar que ésta es inseparable de la lucha por la reforma y la revolución, no sólo como meta, como programa, es decir el socialismo como aspiración máxima de democracia, sino que aquí se entrelazan el programa y la vía, porque es preciso integrar lucha democrática como forma de lucha: la concepción moderna de la lucha democrática implica su impregnación de todas las formas de luchas, desde lo electoral hasta lo militar.

No se observa en la articulación electoral en torno al peronismo kirchnerista una relación dialéctica entre vía y programa, entre reforma y revolución, sino que la misma se asienta en lo fundamental, en la expectativa a una vuelta de un capitalismo consumista, que ensanche la capacidad de compra de amplios sectores populares, cada vez más comprimidos por el macrismo y los gobiernos provinciales: “el carácter burgués del peronismo no se mide tan sólo por la naturaleza de su propuesta, sino también por la naturaleza de las aspiraciones colectivas; no imbuye a sus sostenedores de una ética protestante espartana, sino de una elevada dosis de hedonismo consumista. El horizonte vital de los trabajadores peronistas es preciso, exacto inequívoco, está representado en el horizonte que la publicidad propone para sus consumidores: pensar otra cosa es falso y grave”. (Horowicz en Los cuatro peronismos)

Esto explica de manera cabal porqué el debate con el populismo se reduce al nivel de consumo de los sectores populares y no a las modificaciones reales en el terreno de la estructura y la superestructura, así la política no es la economía concentrada como afirmaba Lenin, sino la condensación de la retórica, tan propia del peronismo, lleno de épicas vacías.

Si la alianza con la burguesía liberal se demuestra ilusoria, si los trabajadores rompen definitivamente con la noción caótica de “pueblo”, la pregunta obligada sería ¿no se encuentra acaso de modo definitivo, en un aislamiento sin esperanzas, no se ve llevado a una lucha destinada necesariamente al fracaso? La respuesta hay que encontrarla en la demostración práctica de sus más que evidentes objetivos de clases diferentes, esta es la razón por la que el maridaje caótico entre burguesía y clases subalternas expresado en la noción populista, confusa y abstracta de “pueblo” debe dislocarse, debe ser apartada, pero tan solo para que surja, a partir del entendimiento concreto de las condiciones de una revolución socialista, la noción de “pueblo” en su acepción revolucionaria, o sea, la alianza revolucionaria de todos los oprimidos. Este es el derrotero que debería transitar cualquier fuerza que reclame para sí su condición de revolucionaria, caso contrario debiera asumir por confusión o abiertamente las banderas propias del peronismo, que es la principal fuerza de la gobernabilidad burguesa en la argentina.

El capitalismo y la clase dominante, lumpen, colonizada, vasalla, instala su “agenda de prioridades”: seguridad, desarrollo, estabilidad, crecimiento (entre otros rótulos) que condensan un mismo y viejo problema, garantizar y sostener las condiciones de funcionamiento y reproducción del capitalismo a través de su despliegue histórico; aunque parezca una tautología, el gobierno de los capitalistas a cada momento, en cada medida busca recomponer su tasa de ganancia; de esta manera el imperialismo (entendido como capitalismo de los monopolios) no deja márgenes para experiencias “benefactoras” del mismo, y extiende certificado de defunción a los progresismos, para anunciar un devenir de democracias neoliberales degradadas.

Queremos ubicar en el centro del debate el tema del poder, es decir el papel del Estado. Si el mismo es central para la perpetuación del capitalismo, para la reproducción de su dominación, para la acumulación del capital y para el control de las clases subalternas ¿podemos derrotar a la burguesía sin destruirle o anularle este dispositivo estratégico?

El recorrido de la izquierda y de los sectores populares es aleccionador cuando se pierde de vista la cuestión de poder y el enfrentamiento contra el estado burgués, nobleza obliga, nos hemos constituido como parte de una izquierda que no encuentra los caminos para superar la crisis de la política como instancia totalizadora y la concibe como un puro empirismo, condenando a una buena parte de la misma a una larga tradición en cuanto a pretender la conquista de situaciones minoritarias.

Asumir una visión totalizadora de los fenómenos históricos, nos permitirá eliminar de raíz la apología de la contingencia, la inconstancia y la intermitencia, que concibe la revolución o el “cambio social” como un acontecimiento sin historia; queda claro en este sentido que la actividad autónoma, aunque contrahegemónica, no logrará trascender su posición integrada en la totalidad de la sociedad capitalista (donde las instituciones están hechas para perpetuar la hegemonía de las clases dominantes) sino apuesta a construir identidades masivas, herramientas de articulación y estrategias de poder (la idea de de construir poder de espalda al poder se ha verificado inconducente para los proyectos revolucionarios).

En el año del centenario de la revolución de Octubre queremos recuperar sus más altos ideales y conquistas, reafirmando a cada paso nuestra lucha por el socialismo, que es en definitiva la posibilidad de optimizar los recursos humanos y los recursos naturales en beneficio del pueblo; la desaparición de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, es también la razón por la que luchamos y por la que lo han hecho a lo largo de la historia los revolucionarios de todos los continentes y, hoy, se eleva gigante como una bandera ética y política mas necesaria que nunca, en tanto respuesta anticapitalista y revolucionaria a la crisis del sistema.

EDITORIAL N° 3: LA BATALLA POR EL COMUNISMO

Desde Marx, Lenin, hasta hoy, ningún marxista que se precie de tal, ha dejado de caracterizar, como una necesidad inherente al régimen capitalista, la tendencia a expandirse, imponiendo la vigencia de sus relaciones a escala mundial. Por ello no resulta sorprendente, ni discutible, el fenómeno llamado globalización.

Para ser precisos hay que señalar, que se trata de la globalización de un sistema de producción, el sistema capitalista, que logra mundializarse, como resultado de una derrota impuesta por el capital a la clase trabajadora.

Desde este punto, la globalización implica la hegemonía del sistema capitalista de producción y un retroceso en la lucha que estamos librando contra este régimen. Debe quedar claro, en consecuencia, que el fenómeno de la globalización consagra una derrota.

Nuestra obligación, en tantos marxistas críticos, no consiste en lamentarnos por la derrota, sino en determinar cuáles son las nuevas condiciones, en las que debemos dar el combate.

El capitalismo tiene cuestiones de especie y otras de género, en este sentido globalización e imperialismo son de especie, y los modelos de acumulación capitalista son de género (estado benefactor o neoliberalismo) es decir que pueden mutar pero no modifican la tendencia histórica principal.

Así entendida las cosas, el triunfo de Trump no puede significar ninguna oportunidad ni para América Latina, ni para el cuadro principal de situación política del mundo, porque no va a modificar las condiciones de funcionamiento y reproducción del capitalismo a través de su despliegue histórico, esto quiere decir que va a seguir globalizando la violencia militar, la entropía financiera, el caos y reforzando la unipolaridad mundial, que implica que cuando EE.UU. habla de comunidad internacional, hablan de ellos, cuando lo hacen de “democracia”, de “libre mercado”, de Derechos Humanos, etc. siempre están hablando de ellos y de sus intereses.

TRUMP, MACRI Y LOS DESAFIOS DE LA BURGUESÍA PUNGA

El ascenso al gobierno norteamericano del magnate Donald Trump se convirtió para el gobierno de Macri en el “problema Trump” y desnuda una vez más a la burguesía argentina punga y provinciana; la muestra como es, mediocre, ladronzuela del estado pero también terrible y asesina.

Su primera reacción fue averiguar los comportamientos bursátiles de futuros de soja y otras commodities, ¿podremos exportar los míseros 300 millones de dólares en biocombustibles, que se utilizan como sostén del precio de los granos y así encarecer los alimentos populares en el mercado nacional?

¿Aumentarán las tasas de interés para los créditos tomados?

Tranquilos, los bancos imperiales les otorgarán nuevos créditos con la garantía de pago segura del sudor del pueblo. Entonces aparecerá en escena una nueva fracción peronista que obviamente HONRARÁ LA DEUDA. Ya Cristina nos catalogó como pagadores seriales ¡Que honor!

En un momento medianamente cercano defaultearán la deuda y, armas en mano, intentaran obligar a la clase obrera y los sectores populares a pagar la fiesta.

Igual, un poco antes o después hubiera sucedido si hubiera sido Clinton la elegida.

El problema de fondo es que las Cerealeras que son, junto a la Banca, quienes manejan Argentina van a jugar de acuerdo a las necesidades de EE.UU., quizás las usen para negociar con China y Rusia. Para los asentamientos y las villas todo igual, Ajuste y Represión. Por eso no hubo cambio de época, ni lo habrá hasta que las luchas nos lleven a estatizar el comercio exterior, la banca y las cerealeras como paso inicial.

LA VERDADERA GUITA DE ARGENTINA O CUANDO LOS PUNGAS VAN AL BANCO

Con dos ejemplos basta para demostrar la tendencia “inversora” del capitalismo internacional en el modelo de producción agro empresario argentino.

Adecoagro (gran empresa y pool de siembra) explica en un informe de la Bolsa de Comercio (extraído textualmente) el porqué del pedido de crédito internacional (Cincuenta Millones de Dólares)

Lo elemental y burdo de la explicación pertenece a la empresa mencionada

En el caso de la producción de arroz, el préstamo estará destinado a la ampliación en 300 hectáreas de la superficie dedicada al cultivo y al reemplazo de los motores diésel por eléctricos. En el sector, la empresa tiene 40.000 hectáreas en el noreste argentino, tres molinos arroceros y genera 900 puestos de trabajo.

“También estamos llevando adelante un manejo eficiente del agua mediante la nivelación de los suelos”, explicó el CEO de la empresa y agregó que están aplicando siembra directa para evitar la degradación del suelo. (Todo un genio) “Creemos que la sustentabilidad debe ser ambiental, social y económica”, argumentó Bosch.

En lechería, el préstamo se utilizará para transformar los desechos de los animales en energía eléctrica a través de la construcción de un biodigestor, que se estima que tendrá una capacidad de potencia de 1 MW. En este sentido, el CEO dijo: Estamos interesados en aportar a la generación de energías renovables.

Además del biodigestor, con el préstamo se mejoraran las instalaciones de cría y la adquisición de nuevos equipos para los tambos”i

Parece un cuento ecologista, siempre buscando salvar al planeta para que viva el yaguareté ¡que buenos son los empresarios militantes verdes!

El grupo Los Grobo está a punto de cerrar un acuerdo para capitalizar las actividades. Se trata de una de las principales empresas agroindustriales del país, cuyo presidente es el mediático Gustavo Grobocopatel. Se informó a la Bolsa de Comercio de Buenos Aires que recibió ofertas para la inversión en el paquete accionario controlante del conglomerado. Si bien no reveló más detalles, en junio ya había admitido la necesidad de obtener al menos u$s 100 millones para financiar un plan de crecimiento para los próximos tres a cuatro años. En la actualidad, la empresa factura u$s 700 millones y proyecta pasar a u$s 1400 millones. -¿Por qué venden parte del Grupo?, se preguntó a Grobocopatel.

-Buscamos aprovechar el momento político y económico. Nos genera una gran plataforma global con inversores de calidad. Hoy hay que estar en medio de los flujos del conocimiento y del capital. No se puede crecer sin acceso al capital. Queremos que la compañía trascienda a la familia y a la Argentina.(SIC)ii

¿Están quebrados?…No, ya se llevaron la plata que ganaron durante el gobierno peronista y ahora generan deuda externa…

¿Quién pagará la fiesta?, ¿la soja?

La soja es el producto más dinámico de la agricultura globalizada en Argentina.

Su desarrollo fue en función de la demanda Asiática y el negocio de las cerealeras que venden granos y derivados (la harina proteica y el aceite). La Argentina lideró la tasa de crecimiento entre 1996 y 2008, combinando aumento de superficie y rendimiento unitario se consolidó el cluster con enormes inversiones en toda la cadena, (aquí si les interesa) desde la semilla hasta el crushing, desde el silo bolsa hasta el dragado de la hidrovía y así “tomaron el poder económico de Argentina” El control político solo fue cuestión de poco tiempo.

Por eso ahora quieren la Ley de Semillas que les confiere el poder total sobre el desarrollo genético (se debate esta semana)…Que parece un poquito más importante que los galgos y las carreras.

Por primera vez en 20 años, la Argentina sufrirá un retraso en la carrera biotecnológica, La Burguesía Agraria decidió robar las royalties. El choreo de los punga-empresarios en la última cosecha con Soja fue importante. ¿Podrá Bayer con los pungas? Monsanto perdió, claro, nunca había administrado campos de concentración Alemanes en la Europa hitleriana. Consejo para los pungas, ¡cuidado!

¡El conocimiento es un acumulado histórico que le pertenece a la humanidad y no al imperio!

En el transporte se fue abriendo paso el biocombustible. Los más importantes son el etanol y el biodiesel, mientras el biogás queda por ahora limitado a la generación estacionaria de electricidad.

En la Argentina de los hambrientos, se ha ido incrementando el Uso Eugenésico de los Biocombustibles. Todo para mantener alto el valor de los granos, así se controlan los alimentos y con ellos a la población, y la soja y su genética siempre presentes.

GLOBALIZACION Y COMUNISMO

Hoy asestando fuertes derrotas a los trabajadores, la burguesía ha afirmado su dominación mundial, relativizando el Estado-Nación. La oportunidad que se presenta y debe ser asumida, es la objetivación concreta de la mundialización de las luchas contra el Capital. La mundialización de la soberanía de los trabajadores, en el nuevo mapa del mundo.

Sin caer en una posición catastrofista, debemos señalar los límites del capitalismo. No podemos considerar al mismo al margen del desarrollo histórico social. El capitalismo es sólo una etapa del desarrollo de la sociedad. Su capacidad para absorber y desenvolver los nuevos progresos científicos y técnicos, que impulsan el desarrollo de las fuerzas productivas, no es ilimitada. La mundialización está planteando, objetivamente, la contradicción de su existencia con respecto al progreso de la sociedad, es notable como, el fenómeno objetivo de la globalización, esto es la revolución que se produce de manera sostenida en la ciencia y la tecnología, en las comunicaciones en la información, en los transportes, y en los sistemas de producción, va acompañada de políticas neoliberales, que es el tratamiento que las grandes multinacionales, Estados Unidos y sus aliados más estrechos, dan a la tendencia general, objetiva de la globalización. Es la política que actualmente expresa los intereses del imperialismo y desarrolla dos objetivos muy claros: transformar el mundo en un único mercado perfectamente controlado, del que sacar los máximos beneficio posibles, y dominar al mundo, utilizando todos los medios necesarios para ello.

Ante este cuadro de situación el comunismo se plantea destruir las relaciones sociales de producción, no así las fuerzas productivas, por eso es la única organización de la sociedad posible, (expresión política de una clase universal como la obrera), que puede tomar la tarea de resolver cuatro temas básicos que son las mayores injusticias del mundo: el hambre, el analfabetismo, la atención sanitaria mínima para todos y el techo para todos.

A diferencia del capitalismo, que lo único que puede ofrecer son “vaselinas morales” (ONG, humanitarismo, ética de las buenas intenciones, ambientalismo, sentimentalismo, progresismo etc.) para que todo sea aceptable.

En conclusión de lo que se trata no es de derrotar al neoliberalismo para regresar al keynesianismo, sino de vencer la política neoliberal para avanzar en la socialización de la riqueza.

i Crédito del Banco Mundial para Adecoagro, recuperado de: https://www.agroempresario.com.ar/nota-2014.html

ii Los Grobo venden el 75% de su grupo al fondo Victoria Capital, recuperado de http://www.ieco.clarin.com/economia/Grobo-venden-grupo-Victoria-Capital_0_1688831275.html

Se trata de derrotar un proyecto político que excede largamente a sus rostros visibles

Desde la conquista del gobierno nacional, y de los principales distritos: la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires, Corrientes, Jujuy y Mendoza, por lo menos, el conglomerado de fuerzas económicas, sociales y políticas representadas por la Alianza Cambiemos, no solo vienen aplicando un programa de despojos y redistribución regresiva de la riqueza (incluida las industrias y productos culturales), de modificación del sentido común golpeando aquellos valores culturales construidos en largos años de lucha por derrotar la derrota de 1976: también, y acaso sea ese el peligro más grave y oculto, están reconfigurando el bloque de poder a favor de los sectores más concentrados, poderosos y subordinados al imperialismo de los EE.UU.

El capitalismo es un sistema articulado de relaciones de dominación y producción inescindibles de modo tal que las fortalezas en alguno de los campos se puede trasladar a otros y de un modo incesante. La correlación de fuerzas surge del conjunto de esas relaciones de dominación y no solo de un resultado electoral o de la pujanza o declive del ciclo económico, es algo un poco más complejo que requiere un analisis integral de la sociedad desde una perspectiva histórica de mirada larga.

Existe un bloque de poder de larga historia, acaso sus orígenes más remotos nos lleven a la Conquista Imperial Española cuyo heredero y descendiente directo, el ex Rey de España Juan Carlos II, presidiera simbólicamente la celebración impúdica de la derrota sucesiva de aquel gesto soberano del 9 de Julio de 1816; pero se sabe que aquel bloque histórico ha sufrido sucesivas modificaciones y cambios de hegemonías, expulsiones e incorporaciones de diversos sujetos sociales y políticos a lo largo de estos casi trescientos años de colonia, neo colonia y formas diversas de “independencia formal” y dependencia real, como el mismo Lenin pensara a la Argentina para comienzos del siglo XX.

Y con eso que no sabía de los golpes de Estado de 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y el más letal de todos ellos, el genocidio de Martínez de Hoz y Videla.

Igual que le ocurriera a Napoleón en su campaña contra la Rusia Zarista, que avanzó tanto que su línea de abastecimiento se debilitó y cortó facilitando la contraofensiva rusa; en su osadía y pasión del converso, el Peronismo Menemista destruyó tantos límites que cuando el ciclo neoliberal se agotó, y en ese agotamiento cuenta de un modo principal la resistencia obrera y popular de la que la izquierda en general y la Izquierda Unida en particular fueran protagonistas principales, la crisis alcanzó niveles inéditos de dificultad para garantizar el ciclo de reproducción ampliada del capital, la valorización del capital a la que aspira todo burgués y las clases propietarias y dominantes en general, que desembocaron en el Diciembre Popular de 2001.

Hemos dicho ya que la crisis de alternativa permitió, una vez más, que la burguesía se quede con el fruto de las luchas obreras y populares. Claro que para ejercerlo debieron asumir la máscara progresista, y luego, para hacerse creíble, debió asumir parte de las demandas populares y democráticas de la década de luchas contra el neoliberalismo.

Tanto por la decisión de los sectores del Poder Real que consideraron “suficiente” la experiencia kirchnerista; como por los límites del gobierno que encabezaron los Kirchner, en el contexto regional de una ofensiva imperial de recuperación del pleno dominio económico, político y militar; Macri y sus aliados de la Unión Cívica Radical llegaron al gobierno con los ánimos revanchistas y la angurria de una clase que conserva en la memoria profunda los rastros genéticos de su cultura predadora originaria.

Y de nuevo, la recepción entusiasta y cipaya del gobierno ante la presencia del ex Rey de España, dice mucho más de las clases dominantes argentinas que del corrupto y asesino Juan Carlos II.

Se trata entonces de enfrentar un proyecto de dominación que excede largamente a los miserables personajes puestos a gobernar, y para ello hay que refundar la izquierda revolucionaria, comunista por luchar contra el capitalismo, no importa los nombres que asuma o las tradiciones políticas o culturales que exhiba como propias, en la Argentina del siglo XXI1.

Si miramos los seis meses del macrismo gobernando desde la perspectiva del movimiento obrero y popular, podremos verificar, en la práctica de la lucha de clases real y no en los debates académicos o de café, que los dos partidos tradicionales de la Argentina: el Radicalismo y el Peronismo, son incapaces de confrontar con un proyecto de este tipo.

Que a lo máximo, en función de oportunistas intereses electorales, pueden señalar o dificultar algún aspecto exagerado del saqueo (como puede ser el aumento de las tarifas del gas).

Pero a contrapelo de las lecturas simplistas de que el país había quedado dividido en dos partes casi iguales, buena parte de los gobernantes, legisladores, políticos e intelectuales del vasto campo de fuerzas que sostuvo la candidatura de Scioli ha apoyado sin vergüenza y hasta con entusiasmo el rumbo revanchista y regresivo del gobierno de la Alianza.

Ahora se sabe, wikileaks mediante, que el hombre que Scioli mandó a negociar a los EE.UU., el salteño Urtubey2 formaba parte al mismo tiempo del grupo más cercano a Macri3.

Otros, como el Movimiento Evita, cuyo dirigente Taiana había concitado el apoyo de un vasto espacio social y político con su precandidatura presidencial, que luego declinó, intentan caminar con un pie en cada lado: no dejan de participar en el movimiento social donde impulsan acciones de resistencia al tiempo que han abierto espacios de dialogo, acuerdos y cogestión con el gobierno de María Eugenia y de Mauricio.

Nadie tendría demasiado derecho a las sorpresas o las burdas acusaciones de traiciones. Son viejas prácticas políticas inspiradas en un modelo de acumulación de fuerzas de espaldas al poder.

Y el mismo balance se podría hacer de la dirigencia sindical peronista de las C.G.T. (salvo pocas y honrosas excepciones) o de la dirigencia estudiantil radical de la F.U.A. o de buena parte de las direcciones de las nuevas ONG o cooperativas, surgidas de la mano del gran capital y no luchando contra ellas.

A pesar de todo ello, nunca hubo un gobierno que en sus primeros seis meses tuviera que soportar tantas marchas masivas, concentraciones y hasta paros nacionales.

Resaltan en esa serie la movilización del 24 de Marzo, por su alta definción política y la convocada por todas las centrales sindicales del 28 de abril por su componente de trabajadores estables y sindicalizados, algo que no se veía desde hace años en esa dimensión. La renuncia de Loperfido mostró el resultado de la alianza entre los organismos de derechos humanos y el mundo de la cultura. Hubo muchos otros actos de resistencia, más o menos explicitos.

Tenemos pues, como diría Pirandello4, un sujeto en busca de la representación social y política, pero ya sabemos que el encuentro entre “ellos” y “nosotros” no será ni automático ni sencillo.

Todo lo más que llegó el progresismo en el gobierno fue a reivindicar el derecho al consumo, pero el incremento del consumo por sí mismo no se vincula a valores culturales anti sistema, y es más en ciertas condiciones puede funcionar como su contrario.

Se ha dicho más de una vez, que un burgués más rico es más de derecha, no menos. Pero también hay que decir que el solo aumento del consumo (sin organización popular autónoma, despliegue de la cultura revolucionaria y el pensamiento crítico) pueden desarrollar más expectativas burguesas que revolucionarias. Fue Frank Fannon el que explicó porque “no pasa día en que el dominado no sueñe con ocupar el lugar del dominador”5

Conviene también releer aquella carta del Che a la revista uruguaya Marcha en 1965 titulada “El socialismo y el hombre en Cuba”, donde despliega con cierto detalle su concepción humanista revolucionaria, según la cual no habrá cambio social sin una transformación radical del hombre como ser, un cambio que depende del esfuerzo individual, del estudio y el compromiso con las causas colectivas, pero solo como parte de la lucha por destruir las bases de sustentación del capitalismo. Creemos que su reflexión metodológica es central en toda lucha social, aún en la más modesta reforma del capitalismo; digamos, como la que propuso el kirchnerismo.

Hemos dicho más de una vez que el kirchnerismo nació como un modo de renovar la credibilidad en el capitalismo, sometido al desprestigio de la catástrofe neoliberal y resistido por crecientes porciones de la población argentina pero que, al igual que el primer peronismo, en su despliegue, despertó fuerzas sociales y políticas que lo hicieron ir más lejos de lo pensado y que esas fuerzas lo imaginaron (como ilusión) en una clave transformadora que nunca tuvo, ni pensó en tener, como las conocidas declaraciones pro capitalistas de sus lideres lo demuestran.

Más allá de lo que pensaban unos y otros, el proceso real fue de crecimiento de los bienes materiales y culturales que recibieron los sectores más postergados de la sociedad, y se sabe que el entrelazamiento con los países de la región, comenzado por rigurosas razones energéticas y financieras (que maravilla que pasados doce años los mismos dos problemas agobian a la economía argentina, lo que muestra lo extremadamente limitado de la solución kirchnerista, al tiempo que la violencia del despojo macrista exhibe la diferencia entre uno y otro proyecto burgués, remitiendo el kirchnerista a la tradición de Estado de Bienestar fundada por el primer Perón y siendo la macrista la expresión más brutal de la matriz forjada a fuerza de desapariciones y apagón cultural por la dictadura de Martínez de Hoz y Videla) desembocó en mecanismos de integración regional que amenazaron en algún momento la hegemonía absoluta de EE.UU. sobre la region.

Pero las limitaciones del proyecto quedaron expuestas cuando el proceso electoral los enfrentó a lo que no habían construido: ni lideres populares que asumieran su proyecto ni organización política que contactara de un modo genuino (fuera del clientelismo estatal que viene de Rosas y pasó por Perón pero que puede mantener María Eugenia o algún otro derechista con dos dedos de frente) con el sujeto social que se veía beneficiado por diversas políticas, pero más como receptor u espectador pero no como actor.

Más allá de la voluntad de una parte de la militancia comprometida con el proyecto kirchnerista, éste no superó los pobres límites de una reforma “humanista” al capitalismo argentino, que como se sabe solo tolera esas maniobras en momentos de extrema debilidad y temor al pueblo, como en el 2002/2003, por lo cual apenás pudo confrontó, desgastó y derrotó el proyecto K.

La acción regresiva del macrismo da cuenta de lo que les dolía, y por lo tanto de lo valioso que había en el periodo de gobierno anterior; pero la facilidad con que en seis meses han cambiado el país hablan de la debilidad estructural del supuesto “modelo nacional y popular”.

Y el espectáculo pornográfico de la exhibición de riquezas (legal o ilegalmente obtenidas que para el caso es lo mismo, si el ideal de la vida es la riqueza, qué otra cosa que capitalismo es lo que se propugna?) por parte de una buena parte de la dirigencia del proyecto K, empezando por el de la familia Kirchner dice más de lo realmente ocurrido que los miles de litros de tinta empleados en embellecer la supuesta “década ganada”.

Y no en el sentido vulgar y oportunista que el macrismo exhibe de la corrupción K, sino porque si los lideres se hacen millonarios, qué dudas cabe que es la riqueza individual el horizonte propuesto para la sociedad. Hechos y no palabras muestran los proyectos reales y las conductas de quienes se proponen encabezar gestas tales como la propuestas por el kirchnerismo, o al menos por sus voceros de izquierda.

Ya desde la batalla del ballotage por impedir que Macri llegue al gobierno nacional, se comenzó a notar que todo lo sólido se disolvía en el aire, como diría Marshal Berman6, y que del aparente avasallante aparato político kirchnerista no iba quedando mucho más que ilusiones.

En los primeros seis meses, esa tendencia se ha acelerado y pocos discuten que se prepara un renacimiento del viejo Pejota, incluyendo a Massa y todos los que se fueron por derecha del Frente para la Victoria; un Pejota más cercano a Menem que a Cristina; más dispuesto a reconstruir el bipartidismo que a confrontar con el proyecto político que hoy gobierna.

La desaparición del kirchnerismo afecta seriamente también a quienes desde la izquierda se sumaron al kirchnerismo y hoy se encuentran que no tienen referencia política más allá de los patéticos Encuentros con los referentes más corruptos y vacilantes del progresismo: Anibal Ibarra que arrastra la Masacre de Cromañón sobre sus espaldas o Eduardo Sigal, uno de los exponentes más desfachatados de la claudicación ética y política de los que se fueron del comunismo luego de la caída del Muro de Berlín.

El encuentro con pajarracos de esa calaña no puede convencer a nadie de que tal espacio pueda jugar un papel medianamente serio en la lucha política contra el macrismo.

Otros espacios, que apostaron a la oposición casi sistemática o directamente sistemática, como el Frente de Izquierda y los Trabajadores o el partido de Víctor de Gennaro, no pasan por mejores tiempos, más allá de algunas posiciones institucionales.

Aquellos que en su momento apostaron al horizontalismo y la construcción de espaldas al poder, parecen congelados en el tiempo, con sus atributos y sus carencias de los últimos diez años.

Nunca como hoy aquello de Mariategui: o inventamos o erramos. La izquierda, para ser digna de su nombre, está hoy desafiada a reiventarse.

A producir una verdadera reforma intelectual y moral al decir de Antonio Gramsci; una reforma intelectual y moral que mire de frente y comience a superar las dos limitaciones que históricamente han impedido que tanto esfuerzo militante, y hasta tanto heroísmo, naufrague una y otra vez desde la aparición del comunismo como corriente política a finales del siglo XIX hasta la “década perdida” para construir, al menos, una alternativa verdadera al capitalismo: el posibilismo de tercera vía, hegemónico en el movimiento popular hasta ahora y el sectarismo dogmático, que se autoproclama vanguardia sin contar con ninguno de los atributos para ello.

Una reforma intelectual y moral que comience por asumir con humildad algo tan evidente como la crisis de alternativa; y que es nuestra crisis de alternativa la principal fortaleza política del Macrismo por lo que la discusión sobre la reforma intelectual y moral de la izquierda a fin de ponerse en condiciones de aportar seriamente a la construcción de una alternativa verdadera al macrismo no es para nada una cuestión “internista”, sino un problema que hace a las condiciones de vida del pueblo, aunque gran parte de los afectados ni lo imagine. Es uno de los efectos de la crisis de alternativa.

Para que quede claro, no proponemos, ni imaginamos, una reforma intelectual y moral de espaldas a las luchas de resistencia en marcha, ni fuera de los debates sobre los modos de articular fuerzas para confrontar con el proyecto, ejerciendo el arte de sumar fuerzas sin caer en las trampas del Poder que busca elegir quien puede criticar al Macrismo de modo tal que ninguna lucha y ninguna crítica lesione seriamente al Proyecto (y eso es Massa y sus referentes sociales, aliarse con ellos no es sumar, es hacerle el juego al plan de dominación).

Tampoco proponemos una reforma intelectual y moral en contra de ninguna fuerza política o social de las que han luchado todos estos años para superar los límites del capitalismo; es más, creemos que todas son necesarias y que no nos sobra ni una organización ni un militantes. Todos hacemos falta.

Pero para nosotros está claro que así no triunfaremos y los comunistas (todos los que luchan contra la explotación y la dominación capitalista, al decir de Marx y Engels en El Manifiesto Comunista) no existimos ni luchamos por morigerar los males del capitalismo, luchamos para terminar con el sistema que nos explota y domina. Porque otra vida es posible, acaso en el siglo XXI más posible que nunca antes.

En esta batalla por la renovación de la izquierda revolucionaria se juega la tradición comunista a poco de los cien años de la fundación del partido que ha sido por largos años el centro de la cultura comunista. Hace treinta años, en medio de los debates congresales Athos Fava solía repetir machaconamente: hay que cambiar para salvar al partido, hay que salvar al partido para cambiarlo. Cambiar es existir para los revolucionarios.

Y tenemos plena confianza porque el comunismo es el futuro de la humanidad, como decía nuestro Roque Dalton, es esa enorme aspirina que curara los enormes dolores de cabeza que hoy sufrimos. Y hay muchos que buscan cumplir el sueño eterno de ser libres para terminar con la prehistoria de la humanidad y comenzar la verdadera historia, la de los seres humanos libres y asociados. Comunistas.

1 la tradición inspirada en Marx nació en 1890 con la celebración del primer 1* de Mayo; en 1896 nació el P. Socialista, en 1918 el P. Comunista y luego una larga lista de organizaciones que se desprendieron de aquellas como las troskistas, las maoistas o guevaristas (el PRT/ERP); pero luego de 1955 se fue configurando una izquierda peronista, con contacto con corrientes cristianas de liberación que desembocó Montoneros y la Jotape Regionales; de todos ellos hay hoy “herederos” y fuerzas que se identifican con una o varias tradiciones de tal modo que el universo es casi inconmensurable.

4 Luigi Pirandello, gran dramaturgo italiano escribió un clásico “Seis personajes en busca de autor”7

5 “Los condenados de la tierra” 1961

6 Todo lo sólido se desvanece en el aire (All that is solid melts into air) es un libro escrito por Marshall Berman entre 1971 y 1981 y publicado en Nueva York en 1982. El libro examina la modernización social y económica y su relación conflictiva con el modernismo. El título del libro está tomado del Manifiesto comunista en relación a la capacidad del capitalismo de disolver los vínculos sociales tales como el patriarcado y la subordinación feudal.

Editorial N° 1: La cuestión de la alternativa

Salvo el poder, todo es ilusión”

Lenin

El que no cambia todo, no cambia nada”

Armando Tejada Gómez

El avance impiadoso del gobierno colonizado de Macri y los CEO puede ser analizado desde muchas perspectivas.

Desde la relación entre la crisis del capitalismo como sistema mundo y la estrategia de rapiña del país imperial central, los EE.UU., que busca con fruición recuperar su “patio trasero” a pleno luego de una década de cuestionamientos y recortes parciales a su dominio total y absoluto.

Desde la perspectiva de cuánto de continuidad y cuánto de ruptura hay entre dos ciclos capitalistas como el encabezado por los Kirchner y el iniciado por Macri y los Ceo. Desde una mirada hacia lugar relevante que juegan en el “capitalismo democrático” (concepto que apunta a marcar al sistema social como lo preeminente y permanente y lo democrático como secundario y transitorio) aquellos poderes que no se someten a votación: el Poder Judicial y el Mediático que algunos apuntan como centrales en la actual operación continental de recolonización en marcha.

O desde las “largas sombras del Genocidio” que dejaron marcas imborrables en la sociedad argentina en las relaciones de poder social, económico, militar y político pero también en los planos más complejos de la subjetividad, la cultura popular, los sistemas de transmisión de conocimientos y valores, etc..

Y seguramente la lista no solo es valida sino incompleta; pero en este número de Centenario preferimos apuntar a algo que casi no se discute en la prensa comercial, la academia y aún en los ámbitos de la izquierda social y política: nuestra crisis, la crisis de alternativa o dicho de un modo más rotundo: la ausencia de una fuerza (en el sentido que le daba Ernesto Giudice en su “Carta a mis camaradas”1 que Centenario reivindica y hace suya) capaz de confrontar con el Poder real, vencerlo y construir uno nuevo, alternativo en el sentido de otredad: nunca alternancia dentro de los mismos parámetros capitalistas sino otro radicalmente distinto desde el momento mismo en que se lucha por él, democrático por el protagonismo popular, revolucionario por la convicción de la necesidad de cambios drásticos y profundos capaces de cortar las lógicas de la reproducción ampliada del capital en los terrenos materiales y simbólico, de liberación nacional y socialista porque no hay ruptura del capitalismo que no cumpla funciones liberadoras del dominio Imperial ni hay lucha por la liberación nacional que no confronte con el Imperio y por ende con el capitalismo como sistema.

Porque en casi cien años de existencia de la cultura comunista, que nació para romper con el orden burgués y protagonizar una Revolución Socialista (algo que parece obvio pero que más de una vez y a vastos sectores que se reclaman tributarios de esta cultura se le corrió del centro o directamente se le olvidó como primero Giudice y luego Echegaray en el XVI Congreso marcaran a fuego) no faltaron los ciclos de grandes luchas obreras, estudiantiles, campesinas, populares y de todo tipo, por la vía de las movilizaciones populares, la institucional y hasta la armada; pero nunca se conquistó el poder.

Y como decía Lenin, con su estilo que hoy suena casi cruel, “salvo el poder, todo es ilusión”.

Ahora, que más allá de las piruetas semánticas o los rebuscados discursos justificatorios, el supuesto “nuevo tiempo latinoamericano” y “el proyecto nacional y popular” argentino han perdido su ímpetu y van pasando a una etapa defensiva (donde la crisis de alternativa sigue marcando el ritmo y los modos del repliegue regional y nacional) la cuestión de la crisis de alternativa comienza a volver a la agenda de debates de quienes con desprecio soberbio renunciaron a toda performance independiente y se sumaron, como coro, a las fuerzas que en los noventa tiraron por la borda el pasado izquierdista y emprendieron la carrera hacia un gobierno que resultó ser mucho más funcional a la derecha que el de casi todos los izquierdistas acusados de todos los crímenes imaginables por pretender llamar al pan, pan y al vino, vino.

En los primeros noventa, ante el desconcierto por las derrotas, y por lo ignominioso de ellas, de tantos comunistas y revolucionarios de todo el mundo fue Fidel Castro el que llamó a conservar el nombre de comunistas; pero no como una cuestión de forma sino de contenido. Se trataba de cumplir el primero de los requisitos que aún hoy nos apremia a quienes nos reclamamos comunistas, mantenernos en las posiciones de principio de los revolucionarios comunistas.

Veinte años después el desafío sigue siendo el mismo aunque sería necio pretender que todo sigue igual: ni la frustración de haber gobernado en nombre de un proyecto nacional y popular, sin cuestionar las bases del capitalismo ni en el terreno real ni en el simbólico; ni los aprendizajes de la lucha contra el menemismo y las conquistas reales en el terreno de la Memoria, la Verdad y la Justicia, el reconocimiento de una serie de necesidades populares como Derechos y no como mercancías o servicios como pretenden ahora los MacriCeo, el acercamiento cultural y el conocimiento real de Nuestra América por parte de miles de militantes populares que en estos años han compartido debates y experiencias con compañeros de Cuba, Venezuela o Bolivia (por mero ejemplo), pueden dar resultado cero.

Ni lo dan.

La cuestión de la alternativa hoy requiere partir del acumulado de organización, cultura política y voluntad de vencer que se ha construido del modo que se pudo, que es siempre el modo en que construye el pueblo.

La construcción de atributos para el movimiento popular, el proceso de conciencia política de las clases subalternas no es objeto de estudio de las matemáticas o la física sino que transita por otros caminos.

Por procesos de larga acumulación que fructifican en un momento jamás previsto con precisión. Carlos Marx lo decía así en una carta a su amigo Federico Engels “En desarrollos de tal magnitud, veinte años son más que un día, aun cuando en el futuro puedan venir días en que estén corporizados veinte años2 y que no pueden ser previstos con la exactitud de un pronostico meteorológico como reclaman los oportunistas de todo laya.

No compartimos las miradas catastrofistas que se pasa la vida pronosticando el inminente fin del capitalismo por el “agravamiento de sus contradicciones”, como si el capitalismo pudiera vivir sin contradicciones de todo tipo, en primer lugar entre el modo colectivo de producir y el modo privado, cada vez más concentrado, de apropiación del fruto del trabajo social; pero mucho menos compartimos la ya agotadora tendencia al evolucionismo, el culto a la lenta acumulación de fuerzas por el camino de enfrentar al “enemigo principal” (como si el enemigo secundario no fuera tan enemigo como el otro, lo que no quita la justeza de saber distinguir, pero no a costa de servir de furgón de cola al “enemigo-que-no-es-el-principal”) que entre nosotros ha provocado toda clase de tragedias políticas desde los llamados a constituir “gobiernos cívicos militares de transición” justo cuando gobernaban los militares genocidas o el apoyo a las demandas y movilizaciones de los burgueses sojeros que preparaban el ascenso del macrismo al gobierno

El momento de la lucha de clases está marcado ahora exactamente por esa tensión: cómo conformar el más potente sistema de alianzas y frentes contra el macrismo pero de modo tal que no preparemos nuestra propia derrota, o dicho de un modo más directo, se trata, claro está y quien puede dudarlo, de luchar con todas las fuerzas y de todos los modos posibles, contra el proyecto MacriCeo pero no de cualquier modo; no para que vuelva al gobierno el proyecto kirchnerista que en su frustración y complacencias con el poder, preparó el terreno para la nueva etapa del dominio burgués de rapiña y represión que hoy vivimos.

Hemos traído al debate a Lenin y a Marx, y no por vanidad literaria sino porque son imprescindibles para pensar la alternativa verdadera en la Argentina.

Demasiado hemos sufrido por el desprecio a la teoría que parece ser la impronta de la década perdida en América Latina.

Desprecio por el Che Guevara y su convicción de que solo cabe “revolución socialista o parodia de revolución” por lo que su propuesta de frente antimperialista no era en ayuda de las burguesías nacionales en el gobierno como se pretendió sostener en Argentina sino contra ellas como cualquiera que estudie lo mínimo de sus conductas políticas reales podrá constatar; desprecio por Carlos Mariategui y su convicción de que “No existe en Perú, y no ha existido nunca, una burguesía progresista, con una sensibilidad nacional” o polemizando con las tesis de aliarse (y en condiciones de subordinación) a la burguesía nacional que sostenía la mayoría de los Partidos Comunistas de América Latina en los 30 del siglo pasado, comenzando por el Partido Comunista Argentino, La aristocracia y la burguesía ‘criollas’ no se sienten solidarias con el pueblo por el lazo de una historia y de una cultura comunes” y desprecio por Antonio Gramsci, tan citado como ignorado por la izquierda latinoamericana que no asumió en lo más mínimo el concepto central de su pensamiento, el de la hegemonía en sus múltiples miradas, hacia el poder para entender que en función de conquistar la hegemonía es capaz de renunciar a casi todo, salvo al Poder mismo, como el kirchnerismo demostró de manera contundente; y hacia el sujeto popular, para comprender que la auto proclamación de vanguardias o el seguidismo a fracciones burguesas progresistas son las dos caras de la misma moneda: la renuncia a la construcción de una hegemonía revolucionaria del sujeto pueblo en lucha.

Un desprecio patético que empalmó con una gran ilusión, la vieja ilusión de liberarse sin costos, ni luchas frontales con el Poder real, con sus formas más “cultas” y “legales” como el Congreso, la Universidad, Clarín, La Nación y el sistema de formación de opinión publica pero también a las otras formas de existencia del Poder Real en la Argentina, esas que debutaron con el Ejercito arrasando el Paraguay, el sur del Río Colorado y el Gran Chaco para perpetuarse todo el siglo XX en intervenciones militares y acciones para militares de grupos de tareas con cobertura sindical, estudiantil, religioso y aún deportivo como las actuales barras bravas.

Si nos preguntan nuestra primer exigencia como colectivo que gesta esta revista, apuntaríamos a pedir que la izquierda revolucionaria y comunista deje de vivir de ilusiones, de todas ellas.

La ilusión de que existe una burguesía nacional que luchará arduamente contra el Imperialismo.

La ilusión que fuerzas que proclaman el horizonte burgués como meta, en el camino cambien de opinión y se conviertan en revolucionarias consecuentes por la dinámica de los enfrentamientos sobre cuestiones secundarias (que no son menores pero que no vulneran los principios en que se basa el capitalismo: la propiedad privada, el Estado, el Derecho, etc.).

La ilusión de que las relaciones de integración con estados y gobiernos que emprenden acciones de ruptura con la hegemonía imperial prevalecerán sobre las lógicas internas de la lucha de clases.

La ilusión de creer que se puede gestar una fuerza comunista a la sombra de un proyecto burgués, aun cuando ese proyecto burgués sea reformista en alto grado.

Y también la ilusión de que el aislamiento y la autoproclamación de vanguardia, al margen de las luchas reales y del sujeto real, producirán otra cosa que grupos homogéneos, auto suficientes en lo simbólico pero impotentes en la disputa del poder.

Menos ilusiones y más sueños es la premisa

Sueños de construir resistencia y sueños de construir fuerza política revolucionaria.

He aquí una buena manera de entender el modo de celebrar nuestro Centenario.

Sin ilusiones y sin posibilismo, sin sectarismo ni dogmatismos; reconociendo y valorando los saberes y atributos que nuestro pueblo efectivamente tiene, la construcción de la alternativa verdadera en medio del proceso de resistencias al macrismo tiene hoy una nueva oportunidad.

Como se entenderá fácilmente, no es este un debate teórico para el mañana; sino un debate táctico sobre el presente en América Latina y Argentina: sin una Fuerza de nuevo tipo no solo que no habrá perspectiva de revolución, tampoco habrá resistencia efectiva al regresionismo en curso.

En este número presentamos algunos aportes diversos sobre la cuestión que en su conjunto presentan una variada muestra de los posibles puntos de vista sobre el asunto; pretendemos así aportar a desplegar un debate vital para nosotros y la causa que sostenemos.

1 en la biblioteca virtual del Partido Comunista hay enlace al texto completo : https://www.facebook.com/bibliotecavirtual.pca/

Editorial N° 0: Centenario, una revista de ideas

De ideas comunistas para el siglo XXI, un siglo que se abrió con la recuperación plena y casi absoluta del dominio imperial sobre la mayor parte del mundo pero que, en poco más de quince años, presenta la vieja antinomia de Rosa Luxemburgo; Socialismo o Barbarie, como algo tan evidente que hasta una larga lista de “analistas” moderados, la visualizan como la más posible de las hipótesis de futuro.

Centenario se presenta como una revista comunista de ideas en un país donde el comunismo es acaso la cultura política más nacional y tradicional de todas las tradiciones culturales políticas. También el país donde la cultura comunista ha sido la más estigmatizada, perseguida y reprimida. Desde la sanción de la Ley 4144 de 1902 hasta la política de exterminio de militantes de la última dictadura; desde la Ley 17401 de represión a las actividades comunistas sancionada por la dictadura de Onganía hasta la actual campaña de estigmatización de la militancia a la que se le vuelve a gritar en los programas de televisión el clásico “andate a vivir a Cuba” lo que es lo mismo que decir que el comunismo, la militancia de izquierda, es algo exótico, “infiltrado”.

La comunista es acaso la cultura política más antigua de la Argentina.  De hecho, desde 1850 en adelante existen periódicos y esfuerzos organizativos por parte de representantes de la población negra (El proletario, 1857) y de grupos de inmigrantes europeos con antigua tradición de lucha (Sección Francesa de la Primera Internacional en Buenos Aires,1872). 

Pero el antecedente directo más antiguo de la tradición política socialista y comunista se remonta a la Comisión Organizadora de los actos del Primero de Mayo de 1890 (en simultaneo con la celebración mundial por vez primera), que constituyó el primer intento por fundir la cultura revolucionaria con el movimiento obrero realmente existente. Y eso es precisamente el comunismo como movimiento social.

De aquella Comisión Organizadora -conservamos sus nombres: José  Winiger, Nohle Schultz, August Khun y Marcelo Jacqueller-, surgió luego el intento de organizar una central obrera en la Argentina, que tuvo en el periódico El obrero de Germán Ave Lallemant su órgano de clara definición marxista.  Al fracasar la formación de la Federación Obrera Argentina, en 1892 se tomó la decisión de constituir la Agrupación Socialista.  En 1894 se funda el periódico socialista La Vanguardia, y en 1896 ya se constituye formalmente el Partido Socialista en cuya fundación participaron algunos de los más renombrados intelectuales de la época: José Ingenieros, Roberto Payró y Leopoldo Lugones entre otros. Desde su segundo Congreso, el Dr. Juan B. Justo se convirtió en el principal referente, llevando al Partido Socialista todas las contradicciones, virtudes y límites que hoy se pueden analizar de quien fue traductor del primer tomo de El Capital de Carlos Marx, un intelectual de nota que utilizaba indistintamente nociones del positivismo y el liberalismo, junto con ideas socialistas, con el desastroso resultado que es de imaginar.

Aunque pocos lo admiten, esa contradicción iría a acompañar como la sombra al cuerpo los más de cien años de cultura comunista en la Argentina que ha cobijado y educado a miles de militantes revolucionarios que organizaron sindicatos, clubes, cooperativas, organizaciones estudiantiles, agrarias y de derechos humanos con una perspectiva de acumular fuerzas para la revolución en la lucha cotidiana. Pero también, y es tan innegable que en el propio gobierno ultraderechista de Macri hay una colección de ex comunistas cuyo nombre ni siquiera merece mencionarse en este articulo, una pléyade de conciliadores reformistas de bajo vuelo y hasta traidores sin escrúpulos.

En Juan B. Justo y sus iguales, la tendencia al reformismo se inscribía en un corrimiento generalizado a la derecha en el movimiento socialista mundial de la época (del que los bolcheviques rusos de Lenin y los seguidores de Rosa Luxemburgo en Alemania eran la excepción). 

Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, los debates se agudizan y las posiciones se separan: la mayoría de la dirección y la totalidad de los legisladores se deslizan  hacia un intervencionismo pro Entente (Gran Bretaña, Francia, Rusia, EE.UU., etc.) como un modo de sacar provecho electoral de la neutralidad asumida por Irigoyen.  En abril de 1917 el Partido Socialista realiza un Congreso Extraordinario e imprevistamente el grupo de izquierda consigue aprobar un mandato prohibiendo a los legisladores socialistas convalidar medidas belicistas. En setiembre, con la excusa del ataque por los alemanes de un barco argentino, los diputados aprueban leyes de tal carácter desatando una crisis de proporciones en el Partido Socialista.  Al advertir la gravedad de la situación, los diputados apelan a una maniobra oportunista: amenazan renunciar a las bancas si no se les renueva la confianza cambiando el eje de la discusión del hecho de que ellos han violado las resoluciones congresales y llevado al Partido a una posición seguidista del imperialismo inglés. Chantajeados por la perspectiva de perder la representación parlamentaria, la mayoría de los militantes del partido se pronuncia por la dirección, y ésta  expulsa a los internacionalistas los que, estimulados por el triunfo de la Revolución Socialista en Rusia en noviembre de 1917, deciden abandonar el Partido Socialista, realizar su propio Congreso y fundar un nuevo partido: el Partido Socialista Internacionalista, más tarde Partido Comunista.  Era el 6 de enero de 1918.

El primer Comité Ejecutivo del nuevo partido estuvo encabezado por Luis Emilio Recabarren (que fuera años después fundador del partido chileno), Guido A. Cartey, Juan Ferlini, Arturo Blanco, Aldo Cantoni (más tarde, uno de los fundadores del bloquismo sanjuanino), Pedro E. Zibechi, Carlos Pascali, José Alonso, Emilio González Mellén y  Alberto Palcos (luego miembro de la  Academia Nacional de Historia). Difunden un Manifiesto que explica lo sucedido al pueblo: El Partido Socialista, ha expulsado de su seno, deliberada y conscientemente al socialismo. No pertenecemos más al Partido Socialista. Pero el Partido Socialista no pertenece más al socialismo. Denunciar esta verdad a los trabajadores y fundar el verdadero Partido Socialista Internacional son deberes morales imperativos a los cuales no podremos sustraernos sin traicionar cobardemente al proletariado y a nuestra conciencia socialista. Lucharemos en defensa de los intereses de los trabajadores. Pero cuando breguemos por el programa mínimo será a condición de abonarlo, de empaparlo, por decirlo así, en la levadura revolucionaria del programa máximo, consistente en la propiedad colectiva, por cuya implantación, a la mayor brevedad, lucharemos sin descanso y sin temores.

Entre el proyecto revolucionario y la institución, eligieron el proyecto revolucionario y eso le dio la legitimidad histórica que reivindicamos. Han pasado desde entonces casi cien años y el análisis detallado de ese recorrido será uno de los objetivos de Centenario desde la perspectiva gramsciana que tanto molesta a los burócratas de turno: He aquí por qué del modo de escribir la historia de un partido deriva el concepto que se tiene de lo que un partido es y debe ser.  El sectario se exaltará frente a los pequeños actos internos que tendrán para él un significado esotérico y lo llenarán de místico entusiasmo.  El historiador, aún dando a cada cosa la importancia que tiene en el cuadro general, pondrá el acento sobre todo en la eficacia real del partido, en su fuerza determinante, positiva y negativa, en haber contribuido a crear un acontecimiento y también en haber impedido que otros se produjesen“ o dicho de un modo muy concreto, un partido es lo que es en la lucha de clases. Ni más ni menos.

La inesperada, para muchos, coincidencia temporal entre la celebración del Bicentenario de la Declaración de la Independencia del 9 de julio de 1816 y el establecimiento de un gobierno como el de Macri, expresión cabal del proyecto imperialista para la región en las nuevas condiciones de crisis civilizatoria capitalista y lucha desesperada de los EE.UU. por conservar su rol hegemónico mundial, nos pone frente a una crisis de alternativa que tiene múltiples lecturas pero una de ellas nos remite a la frustración de los esfuerzos centenarios de la cultura comunista, en sus más diversas formas de existencia, que no pensamos desde una sola institución sino desde un espacio cultural que ha admitido y admite diversas formas de existencia. Una cultura que no pudo resolver, hasta ahora, ni por sí ni acompañando otras culturas, la crisis de alternativa revolucionaria que arrastramos desde la derrota de Moreno, Monteagudo, San Martín, Artigas y Belgrano.

Digamos de entrada que es necesario superar las visiones más simplistas y primitivas sobre el poder. Aquellas que lo cosificaban y por eso hablaban de “asaltar el poder” o “tomarlo” en un acto único y casi mágico. También es necesario descartar el arsenal que proveyeron aquellos que llamaban a dar la espalda al Poder, ignorarlo de modo tal que por el camino del “no poder” se termine superando la situación de dominación. Ideas que no solo venían de Tony Negri sino que aquí fueron impulsadas por una larga lista de dirigentes sociales e intelectuales que alimentaron el “horizontalismo” y la negación de toda forma de partido político en un anticipo paradójico de lo que consumó el Pro y su revolución de la alegría despolitizada.

El poder es una de esas categorías relacionales, es decir que solo se puede pensar el Poder de un grupo social en relación a otro grupo social en relación de subordinación hacia el primero. Lo que queremos decir es que a veces cuando se discute la crisis de alternativa del campo popular se deja de lado el análisis del modo de construcción del Poder por parte de las clases dominantes. De sus labores represivas y destructivas de organización revolucionaria pero también de sus labores de captación de hombres, corrientes y hasta partidos políticos enteros.

Dicho de un modo pedagógico, hay una determinada cantidad de Poder en una sociedad y si un bloque construye mucho es en detrimento del otro bloque. Y el poder del bloque dominante no nació en las escaramuzas de la 125 sino que tiene una larga historia.

Muchas cosas han cambiado en el territorio que hoy es la Argentina desde que los españoles lo usurparon, pero el bloque de poder que se constituyó entre los herederos de las tierras usurpadas, los comerciantes porteños y el Imperio Británico, sobrevivió y esterilizó la Revolución de Mayo y la Campaña Libertadora de San Martín, las luchas entre federales y unitarios y todas las transiciones que hubo desde Roca a Cristina Fernández. Es el poder de un bloque social inmensamente rico que basa su fortaleza en aquello que Carlos Marx llamaba la renta diferencial agraria, ese plus valor que le genera a la burguesía el usufructo de las tierras como campo de cultivo, de cría de ganado y de extracción de hidrocarburos y minerales. Es el poder de un bloque social que aprendió política con los Ingleses Colonialistas y hoy está íntimamente articulado con el Imperio Yankee, el único poder global del siglo XXI; un Poder basado en su fuerza militar y cultural que sobrevive a sus propias crisis de valorización del capital y de situaciones críticas en las materias primas y la energía.

Entre las tantas tonterías que ha dicho la izquierda argentina resalta aquella que habla de un país pobre de desarrollo capitalista insuficiente. Todo lo contrario. Es el poder burgués en un país inmensamente rico y con yacimientos estratégicos que hoy desatan la lujuria imperial que sueña con reeditar entre nosotros los efectos del Plan Colombia, propagandizado como arma contrainsurgente pero que tuvo funciones organizativas de la mega minería y de la producción de sustancias plausibles de comercializar como drogas de consumo humano adictivo.

No disimulamos nuestras propias falencias, pero partimos de reconocer las capacidades del enemigo. Sus fortalezas materiales y subjetivas. Su enorme hegemonía cultural, que no la conquistó de otro modo que con la picana y la capucha, pero que se reproduce por medio de un enorme aparato de modelación de las subjetividades al que el kirchnerismo apenas rozó y que en mucho terminó reproduciendo. Y en este terreno, lo que no se derrota y desarticula, se fortalece hasta cobrarse revancha por las ofensas recibidas.

En noviembre de 1986, en el XVI Congreso del Partido Comunista, se afirmó que el Partido Comunista, aquel fundado en 1918, había sufrido una desviación oportunista de derecha; y es más, se avanzó luego en la relectura de la historia política argentina y del actuar comunista para afirmar que el heroísmo militante había sido interferido y hasta esterilizado por una cultura política denominada de “frente democrático nacional” que confiaba en la existencia de una burguesía nacional como aliada de la clase obrera y en una visión etapista por lo que antes de la lucha abierta por la revolución había que conquistar la democracia efectiva y diversas reformas. Por esos caminos, se dijo, el Partido Comunista había perdido su norte estratégico que no es otro que la conquista del poder político mediante una revolución que ponga en marcha un largo proceso de cambios para asegurar la liberación nacional y avance hacia el socialismo y el comunismo.

Dado que por décadas, el Partido Comunista ocupó un lugar central no solo entre las fuerzas de izquierda sino en toda la cultura de rebeldía, la “cultura del frente democrático nacional” no solo jugó un papel sustancial en la frustración del objetivo prioritario de constituir una fuerza revolucionaria que pueda hegemonizar la construcción de una fuerza alternativa verdadera (frustración de la posibilidad de principios del siglo que precipitó y posibilitó la aparición del Irigoyenismo; la frustración de la posibilidad que generó la heroica resistencia a la década infame de los 30 del siglo pasado, en las condiciones del triunfo contra el eje de Alemania, Japón e Italia, que permitió el surgimiento del peronismo; la frustración del ciclo abierto por el Cordobazo en 1969 y aplastado a sangre y fuego por el Terrorismo de Estado genocida o en la última oportunidad perdida del ciclo abierto en el 2001. Lo dramático y paradójico que muchas de las fuerzas que se proclamaron superadoras de las limitaciones reformistas del Partido Comunista terminaron repitiendo y aún ampliando la cultura del frente democrático nacional en lo que tiene de posibilismo y etapismo.

Es que el posibilismo más vulgar ha dominado desde 1983 en adelante el pensamiento político de las fuerzas de centro izquierda y de izquierda moderada. Para fines de los ochenta del siglo pasado, la derrota de los procesos de transición al socialismo modificaron la vieja Tercera Vía socialdemócrata que dejó de buscar un lugar intermedio entre el socialismo y el capitalismo para comenzar a imaginar un supuesto lugar intermedio entre el capitalismo neoliberal, “salvaje” y “financiarizado” y otro capitalismo nacional, “humano” y “productivo”, intentos vanos de ponerle apodos a un sistema que con su nombre y apellido define sin error posible a un modo de producción y dominación que funcionan de un modo inescindible y poco reformable, el capitalismo.

Agotada la legitimidad del Kirchnerismo, ante las clases dominantes, como modo de superar la crisis capitalista del 2001 y herramienta de depuración del capitalismo de sus modos neoliberales ya gastados (y eso se visualizó sin dificultad en la crisis por las retenciones a la especulación sojera ante el intento de la resolución 125 del 2008), todos los intentos de “profundizar” el proyecto -de modo tal de recuperar legitimidad social y derrotar una derecha que pretendía recuperar a pleno el modelo de país que se fundó con la picana eléctrica y se configuró plenamente por el peronismo en su modo menemista-, se frustraron una y otra vez por la hegemonía ideológica de esta combinación de posibilismo y Tercera Vía posmoderna, posibilismo de Tercera Vía que esterilizó los esfuerzos militantes y aún los aciertos del gobierno en el terreno de la Memoria, la asistencia social focalizada en los más pobres y el acercamiento a los procesos de búsqueda de cambios en Latinoamérica (afectados también, en diverso grado, por el mismo virus cultural del posibilismo de Tercera Vía).

Si la apuesta del “Viraje del Partido Comunista” a recuperar los atributos fundacionales se enfrentó con dos escollos inesperados y enormes: la derrota de los procesos de transición al socialismo en la URSS y buena parte del llamado campo socialista y el triunfo del menemismo en la Argentina; en la última década los esfuerzos por construir una estrategia revolucionaria comunista en la región chocaron contra la potente hegemonía del Posibilismo de Tercera Vía en los procesos progresistas y aún en la izquierda.

Y se sabe que el progresismo es cruel en el modo de ejercer la hegemonía cuando la conquista. Alcanza con releer a Emir Sader o los modos con que se manejó la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional en manos de Ricardo Forster, el mismo que justificaba los crímenes de Milani a nombre de la “razón de Estado” como un Suslov nacional y popular, para entender la debilidad del pensamiento comunista verdadero y la necesidad de potenciarlo.

Centenario no tiene todas las respuestas ni mucho menos.

Sobre algunos temas tenemos hipótesis y sobre otros tenemos preguntas pero sí tenemos algunas convicciones que son sencillas de explicar.

El capitalismo es el problema y no la solución.

El socialismo no surgirá sin lucha revolucionaria y sin la destrucción del orden burgués que tiene mucho más de cien años en la Argentina.

Las revoluciones son creación heroica de los pueblos o no son nada.

Y hacen falta fuerzas organizadas para hacer realidad un proyecto revolucionario, fuerzas políticas que sean capaces de reconocer la realidad en su más dura expresión para transformarla y de construirse con los atributos necesarios para jugar el rol de vanguardia que se requiere de ellas.

Fuerzas comunistas que anticipen en su modo de existencia la sociedad de iguales por la que luchamos. La cultura de la rebeldía, de la solidaridad. El espíritu creador y subversivo que se necesita para derrotar la cultura

No nos arrepentimos de nada ni de nadie de los que han luchado por el socialismo en la Argentina y estamos convencidos que hace falta una nueva fuerza política que honre a todos esos luchadores y lleve sus sueños a la victoria.

En esa nueva fuerza tienen lugar y razón de ser los herederos de la cultura comunista, para lo cual habrá que encontrar los mejores modos de correspondencia entre el proyecto y la institución pero desde Centenario solo venimos a aportar debates e ideas; no nos animan enfoques internistas ni venimos a fundar ninguna otra cosa que una revista.

Una revista de ideas.

De ideas comunistas, nada menos

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