Editorial N° 4: Semilla de un futuro socialista

La materialización de una revista nos pone ante el desafío de elevar la calidad de las argumentaciones en torno a los problemas que siempre han estado en la agenda de los militantes revolucionarios, esto se torna más significativo especialmente en el año del centenario de la Revolución Rusa. Aspiramos a salvar del olvido las voces rebeldes e inconformistas de los principales líderes bolcheviques, nos interesa rescatar la fertilidad de sus enfoques, porque demuestran la evidente actualidad de sus ideas y de sus planteamientos, en una época como la nuestra en que el posibilismo se pavonea por el andarivel izquierdo de la política Argentina. Así la reflexión teórica actúa como antídoto al conformismo neoliberal, como resistencia al modelo civilizatorio mercantil del imperio y como semilla de un futuro socialista para la humanidad.

En medio de la coyuntura electoral los debates se omiten y los cultores del posibilismo recurren al viejo truco, de que cuando una decisión no admite ninguna defensa, la presentan como inevitable, es en el ejercicio de ese recurso, en donde la democracia se convierte en el único horizonte posible y pensable de la política, las elecciones su única vía y una alianza con el peronismo la posibilidad real de su concreción. Esta operación vuelve árido cualquier esfuerzo por pensar la política en términos históricos y la historia en términos políticos.

Los exegetas de la democracia y sus epígonos, nos la presentan como la expresión universal de la igualdad, la fraternidad y la libertad, no como lo que realmente representa, la forma moderna de la dominación política de la burguesía, no es casual que en estas precisas circunstancias, la retórica del anticomunismo se vuelve a poner a la orden del día, no tanto contra un enemigo antaño temido, sino a favor de la superioridad mundial del capitalismo liberal democrático occidental. Aquí resulta pertinente traer a Lenin: “de modo general, la democracia política es tan sólo una de las formas posibles (aún cuando sea teóricamente normal para el capitalismo “puro”) de las superestructuras del capitalismo. Como lo prueban los hechos, el capitalismo, lo mismo que el imperialismo, se desarrolla bajo cualquier forma política y subordina todas estas formas”. El siglo XX y el que transitamos, son generosos en confirmar estas afirmaciones del genio bolchevique, al reducir las formas a las necesidades del imperialismo, el capitalismo nos ha dado de muestra las guerras mundiales, el fascismo, el nazismo, las dictaduras militares y los actuales “golpes suaves”.

No está en nuestro ánimo subestimar la lucha democrática, sino afirmar que ésta es inseparable de la lucha por la reforma y la revolución, no sólo como meta, como programa, es decir el socialismo como aspiración máxima de democracia, sino que aquí se entrelazan el programa y la vía, porque es preciso integrar lucha democrática como forma de lucha: la concepción moderna de la lucha democrática implica su impregnación de todas las formas de luchas, desde lo electoral hasta lo militar.

No se observa en la articulación electoral en torno al peronismo kirchnerista una relación dialéctica entre vía y programa, entre reforma y revolución, sino que la misma se asienta en lo fundamental, en la expectativa a una vuelta de un capitalismo consumista, que ensanche la capacidad de compra de amplios sectores populares, cada vez más comprimidos por el macrismo y los gobiernos provinciales: “el carácter burgués del peronismo no se mide tan sólo por la naturaleza de su propuesta, sino también por la naturaleza de las aspiraciones colectivas; no imbuye a sus sostenedores de una ética protestante espartana, sino de una elevada dosis de hedonismo consumista. El horizonte vital de los trabajadores peronistas es preciso, exacto inequívoco, está representado en el horizonte que la publicidad propone para sus consumidores: pensar otra cosa es falso y grave”. (Horowicz en Los cuatro peronismos)

Esto explica de manera cabal porqué el debate con el populismo se reduce al nivel de consumo de los sectores populares y no a las modificaciones reales en el terreno de la estructura y la superestructura, así la política no es la economía concentrada como afirmaba Lenin, sino la condensación de la retórica, tan propia del peronismo, lleno de épicas vacías.

Si la alianza con la burguesía liberal se demuestra ilusoria, si los trabajadores rompen definitivamente con la noción caótica de “pueblo”, la pregunta obligada sería ¿no se encuentra acaso de modo definitivo, en un aislamiento sin esperanzas, no se ve llevado a una lucha destinada necesariamente al fracaso? La respuesta hay que encontrarla en la demostración práctica de sus más que evidentes objetivos de clases diferentes, esta es la razón por la que el maridaje caótico entre burguesía y clases subalternas expresado en la noción populista, confusa y abstracta de “pueblo” debe dislocarse, debe ser apartada, pero tan solo para que surja, a partir del entendimiento concreto de las condiciones de una revolución socialista, la noción de “pueblo” en su acepción revolucionaria, o sea, la alianza revolucionaria de todos los oprimidos. Este es el derrotero que debería transitar cualquier fuerza que reclame para sí su condición de revolucionaria, caso contrario debiera asumir por confusión o abiertamente las banderas propias del peronismo, que es la principal fuerza de la gobernabilidad burguesa en la argentina.

El capitalismo y la clase dominante, lumpen, colonizada, vasalla, instala su “agenda de prioridades”: seguridad, desarrollo, estabilidad, crecimiento (entre otros rótulos) que condensan un mismo y viejo problema, garantizar y sostener las condiciones de funcionamiento y reproducción del capitalismo a través de su despliegue histórico; aunque parezca una tautología, el gobierno de los capitalistas a cada momento, en cada medida busca recomponer su tasa de ganancia; de esta manera el imperialismo (entendido como capitalismo de los monopolios) no deja márgenes para experiencias “benefactoras” del mismo, y extiende certificado de defunción a los progresismos, para anunciar un devenir de democracias neoliberales degradadas.

Queremos ubicar en el centro del debate el tema del poder, es decir el papel del Estado. Si el mismo es central para la perpetuación del capitalismo, para la reproducción de su dominación, para la acumulación del capital y para el control de las clases subalternas ¿podemos derrotar a la burguesía sin destruirle o anularle este dispositivo estratégico?

El recorrido de la izquierda y de los sectores populares es aleccionador cuando se pierde de vista la cuestión de poder y el enfrentamiento contra el estado burgués, nobleza obliga, nos hemos constituido como parte de una izquierda que no encuentra los caminos para superar la crisis de la política como instancia totalizadora y la concibe como un puro empirismo, condenando a una buena parte de la misma a una larga tradición en cuanto a pretender la conquista de situaciones minoritarias.

Asumir una visión totalizadora de los fenómenos históricos, nos permitirá eliminar de raíz la apología de la contingencia, la inconstancia y la intermitencia, que concibe la revolución o el “cambio social” como un acontecimiento sin historia; queda claro en este sentido que la actividad autónoma, aunque contrahegemónica, no logrará trascender su posición integrada en la totalidad de la sociedad capitalista (donde las instituciones están hechas para perpetuar la hegemonía de las clases dominantes) sino apuesta a construir identidades masivas, herramientas de articulación y estrategias de poder (la idea de de construir poder de espalda al poder se ha verificado inconducente para los proyectos revolucionarios).

En el año del centenario de la revolución de Octubre queremos recuperar sus más altos ideales y conquistas, reafirmando a cada paso nuestra lucha por el socialismo, que es en definitiva la posibilidad de optimizar los recursos humanos y los recursos naturales en beneficio del pueblo; la desaparición de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, es también la razón por la que luchamos y por la que lo han hecho a lo largo de la historia los revolucionarios de todos los continentes y, hoy, se eleva gigante como una bandera ética y política mas necesaria que nunca, en tanto respuesta anticapitalista y revolucionaria a la crisis del sistema.

Argentina en contrarrevolución (accidentada)

Por Jorge Beinstein ——

La tentativa de construcción de una dictadura mafiosa.

La hipótesis de que Argentina se encuentra actualmente sumergida en un proceso de tipo contrarrevolucionario puede parecer exagerada, no tendría sentido hablar de contrarrevolución cuando no había en 2015 ninguna amenaza revolucionaria sino una experiencia que desde el punto de vista económico podría ser caracterizada como keynesianismo light extremadamente sensible a las presiones del establishment y asociada a un paquete político-cultural igualmente moderado que aunque entre otros temas reivindicaba a la militancia revolucionaria de los años 1960 y 1970 lo hacía borrando su programa y sus formas de lucha, reduciéndola a la imagen herbívora de una generación “idealista” que “quería cambiar el mundo”. Eso y un poco más (sobre todo una gradual transferencia de ingresos hacia las clases bajas) bastaron a las élites dominantes para alzar la bandera del combate contra el “populismo” y arrastrar a grandes sectores de la capas medias.

No todas la contrarrevoluciones han sido generadas por situaciones o peligros revolucionarios, en ciertos casos se trataba de procesos que buscaban liquidar reformas o bloqueos que impedían la ofensiva elitista. Si nos atenemos a la experiencia histórica esa moderación del adversario constituye una condición importante para la irrupción de avalanchas reaccionarias, Ignazio Silone se refirió al ascenso del fascismo italiano como “la victoria de una contrarrevolución enfrentada a una revolución inexistente”1, ausencia que incentivó la agresividad fascista segura de su impunidad.

De 1955 a 1976

Podríamos ubicar en 1955 a la primera tentativa contrarrevolucionaria2, el objetivo de sus protagonistas locales era el retorno a la vieja sociedad oligárquica de comienzos del siglo XX, el intento fracasó pese a las represiones y proscripciones desbordado por el nuevo país con sus sindicatos obreros , sus industrias y sus nuevas clases medias. Aunque no fracasó del todo ya que inició un complejo proceso de sometimiento a los Estados Unidos, de extranjerización industrial y financiera, de concentración de ingresos, de reconversión policial de las Fuerzas Armadas. El mismo despertó resistencias populares que se fueron extendiendo y radicalizando hasta llegar a disputar el poder hacia comienzos de los años 1970, su cuerpo político era el peronismo que como lo señalara Cooke se había convertido en “el hecho maldito del país burgués” bloqueando su estabilización. Los círculos dirigentes no podían consolidar su predominio mientras que las fuerzas populares no conseguían derrocarlos, es lo que Portantiero definió como empate hegemónico. No se trató de un tira y afloje con resultado cero, ese pantano cubierto por una densa capa de podredumbre política engendró germenes, primeros desarrollos y articulaciones de un abanico social parasitario que se fue adueñando de los circuitos económicos e institucionales del país interrelacionado con la expansión imperial de los Estados Unidos.

La dictadura instalada en 1976 marcó el salto cualitativo del proceso degenerativo del sistema, la acumulación de cambios perversos se convirtió en victoria del capitalismo gangsteril donde convergían viejos oligarcas reconvertidos y burgueses advenedizos, militares, propietarios rurales y de grandes medios de comunicación, contratistas del estado, industriales, banqueros y comerciantes, masa difusa atravesada por la integración de la cultura de la especulación financiera y de los negocios rápidos en general con prácticas criminales a gran escala.

Mas allá de su final político grotesco la contrarrevolución de 1976 implantó cambios duraderos ya que a partir de ella la clase dominante transformada en lumpenburguesía dejó definitivamente atrás sus componentes industrialistas-nacionales (poco serias) u oligárquicas-aristocráticas (con turbios pasados no muy lejanos). También obtuvo otros éxitos no menos significativos como la consolidación en los espacios políticos, judiciales, sindicales y comunicacionales de redes mafiosas que pasaron a ser el elenco central del sistema y sobre todo al hundir en el pasado a los desafíos revolucionarios de los años 1960-1970.

De todos modos no consolidó estructuras estables de dominación, la dinámica cortoplacista y transnacionalizada fue llevando al sistema hacia el desastre de 2001 que aparentó sellar su agotamiento histórico aunque en realidad solo se trató del repliegue táctico de élites aturdidas y algo asustadas por el derrumbe a la espera de tiempos mejores.

La era Menem, había marcado en los años 1990 el auge ideológico de ese ciclo, coincidió con los fenómenos globales de financierización y unipolaridad estadounidense y dejó entre sus varias herencias a una derecha peronista política y sindical que venía de antes pero que pasó a formar parte del instrumental operativo normal de los círculos dominantes.

De 2001 a 2015

La degradación de los años 2000 y 2001 no derivó en una nueva contrarrevolución, las clases dirigentes deterioradas fueron incapaces de superar por derecha su propia crisis, no pudieron aglutinar a sus núcleos centrales imponiendo un régimen durable de penuria generalizada para las clases bajas y la posibilidad de agrupar a las capas medias como furgón de cola fue quebrada por el desenlace económico catastrófico de fines de 2001.

Entonces se produjo una situación que al parecer reproducía la de los años del “empate hegemónico” aunque en realidad se trataba de otra cosa: un pantano sin alternativas, sin banderas a la vista, donde la clase dominante no podía mostrar las suyas y las clases populares carecían de ellas.

El resultado fue la irrupción en 2003 de un híbrido progresista que fue avanzando en el espacio de “lo posible”, la mejoras de los precios internacionales de las materias primas, la expansión del mercado de Brasil y otros beneficios externos fueron combinados con estrategias de ampliación prudente del mercado interno. Aumentaron los salarios reales recuperando los niveles de mediados de los años 1990 pero por debajo de los de mediados de los 1980 inferiores a su vez de los de mediados de los 1970. Se redujo la desocupación, se duplicó el número de jubilados (y se renacionalizó el sistema jubilatorio) pero quedaron intactos los intereses de los grupos parasitarios dominantes.

La experiencia alcanzó su techo cuando comenzó el desinfle de los precios internacionales de las materias primas mientras la expansión indolora del mercado interno tocaba los límites del sistema. Se agotó la ampliación de ese mercado apelando al achicamiento del desempleo con salarios reales en alza moderada, el paso siguiente necesario habría sido distribuir ingresos hacia las clases bajas a gran escala acelerando las subas salariales, lo que requería establecer un fuerte control público del comercio interior (bloqueando las corridas inflacionarias), del comercio exterior y del mercado de divisas (para liberar a la economía del chantage de los exportadores concentrados) y del sistema bancario (para reducir costos financieros). Pero eso no se podía hacer sin el quiebre del poder de bloqueo de las mafias cuyos instrumentos mediáticos y judiciales cumplen un rol decisivo. Dicho de otra manera para que la economía siguiera creciendo era necesario ir más allá de los límites concretos del país burgués-mafioso desplegando una revolución popular democratizadora del conjunto de las relaciones sociales, objetivo inexistente en el imaginario de aquel gobierno. Los argumentos básicos del kirchnerismo eran que esa ofensiva no solo no era necesaria sino que además resultaba suicida dado el enorme poder de la derecha o bien que no existía el respaldo popular necesario para dicha aventura. Claro, el respaldo no aparecía porque no era incentivado mediante grandes medidas sociales (salariales, crediticias, etc.). Así fue como la dinámica astuta de “lo-posible” se convirtió en el camino hacia la derrota, el híbrido pudo reinar durante doce años gracias al repliegue inicial de las élites dirigentes, pero su reinado posibilitó la recomposición de esas élites, su redespliegue económico, mediático, político, judicial, orquestando un enorme tsunami reaccionario.

La contrarrevolución

Con la llegada de Macri a la presidencia se desencadenó un fenómeno que combina aspectos propios de una restauración conservadora y sus brotes neofascistas con otros que expresan una desaforada fuga saqueadora hacia adelante. Nostalgias de los tiempos de la dictadura militar y del menemismo más algunas pequeñas dosis desteñidas de viejo aristocratismo oligárquico unidas al ímpetu del saqueador completamente desinteresado de esas u otras nostalgias a lo que se agrega el desprecio hacia los pobres, todo ello atravesado por componentes de barbarie altamente destructivas.

Observemos en primer lugar el comportamiento del sujeto del desastre, reiteración ampliada y radicalizada del espectro lumpenburgués de los años 1990 donde se presentan personajes de configuración variable inmersos en complejas tramas de operaciones que van desde actividades industriales mezcladas con embrollados negocios de exportación e importación hasta turbios contratos de obras públicas, ganando mucho dinero con la compra-venta de jugadores de fútbol vinculada el blanqueo global de fondos provenientes del narcotráfico, concretando emprendimientos agrícolas, subas desaforadas de precios, contrabandos, manipulaciones financieras, estafas al Estado y manejos de multimedios. Mundo tenebroso protegido por redes madiáticas y judiciales, reducida lumpenburguesía transnacionalizada, rodeada por un círculo más extendido de aspirantes a la cumbre donde se revuelcan jueces, políticos, burócratas sindicales, periodistas y comerciantes audaces, ejerciendo su influencia sobre grandes masas fluctuantes de clase media.

Es posible visualizar a la cima de la clase dominante argentina como a una suerte de articulación mafiosa inestable que puede en ciertas coyunturas unir fuerzas en torno de una ofensiva saqueadora pero que más adelante aparece sumergida en interminables disputas internas acosada por las consecuencias sociales y económicas de sus saqueos y por un contexto global de crisis. Dos personajes sintetizan el recorrido histórico de esa clase desde sus lejanos orígenes en la colonia hasta hoy: José Alfredo Martines de Hoz y Maurizio Macrì. La familia Martinez de Hoz se instaló en Buenos Aires hacia fines del siglo XVIII y amasó una primera fortuna con el contrabando y el tráfico de esclavos, convertida luego en gran propietaria terrateniente (exterminio de pueblos originarios mediante) en 1866 el descendiente José Toribio Martinez de Hoz fundó en su casa la Sociedad Rural Argentina, bastión de la oligarquía, mucho tiempo después José Alfredo Martinez de Hoz encabezando negocios legales e ilegales muy diversificados fue en 1976 el cerebro civil de la dictadura militar dándole cobertura institucional a los negocios parasitarios dominantes como el dictado de la Ley de entidades financieras vigente hasta la actualidad. Los Martinez de Hoz representan el ciclo completo que va desde los orígenes coloniales pasando por la consolidación aristocrática-terrateniente hasta llegar a su transformación lumpenburguesa.

Por su parte Maurizio Macrì es el primogénito de un clan mafioso originario de Calabria, su abuelo Giorgio acumuló una importante fortuna en la Italia mussoliniana como contratista del estado en obras públicas (principalmente en la Abisinia ocupada por el ejercito italiano), terminada la guerra fundó una fuerza política neofascista, pero acosado por los nuevos tiempos democráticos emigró a la Argentina seguido luego por sus hijos en 1949. Su primogénito Franco continuando la especialidad de su padre se convirtió al poco tiempo en empresario del sector de la construcción haciendo grandes negocios como contratista del estado y contrajo matrimonio en los años 1950 con Alicia Blanco Villegas perteneciente a una tradicional familia de terratenientes de la Provincia de Buenos Aires.

El gran salto se produjo durante la última dictadura militar en estrecha relación con varios de sus jefes, fue el caso del Almirante Massera con quien compartió la pertenencia a la célebre logia mafiosa italiana P2. Siguiendo la línea sucesoria clásica, su primogénito Maurizio aparece, según lo explican diversos autores, como el heredero y jefe natural del clan familiar, el capobastone de la ’ndrina (si empleamos la terminología de la mafia calabresa: la ‘ndrangheta)3. Es un caso sin precedentes en la historia argentina y muy raro a nivel global el que un personaje de este tipo ocupe la presidencia de un país aunque esa aberración puede ser comprendida a partir de la degradación profunda de la burguesía argentina. Ya no se trata de políticos o militares vendidos a las mafias ni de oligarcas devenidos mafiosos sino de un mafioso convertido en Presidente.

Todo esto nos sirve para entender mejor la contrarrevolución en curso. Desde diciembre de 2015 se sucedieron vertiginosamente medidas como la hiperdevaluación del peso, la reduccción o anulación de impuestos a la exportación, la suba de tasas de interés y de tarífas de electricidad o la apertura importadora y la liberalización del mercado cambiario que aumentaron el ritmo inflacionario, contrajeron los salarios reales, achicaron el mercado interno, incrementaron el déficit fiscal, la desocupación y la fuga de capitales.

Como es lógico las inversiones extranjeras anunciadas nunca llegaron mientras aumenta sin cesar la deuda pública externa. Todo lo anterior puede ser sintetizado como un gran saqueo concentrador de ingresos que van siendo sistemáticamente enviados al exterior, pillaje desenfrenado sostenido con deudas que en principio debería derivar tarde o temprano en una mega crisis al estilo de lo ocurrido en 2001.

El fenómeno no se reduce al plano económico extiende sus garras hacia el conjunto de la vida social, desde la destrucción sistemática de la educación pública, hasta la sinuosa reinstalación de la teoría de los dos demonios alivianando la carga del genocidio de la última dictadura (que según el gobierno macrista no sería tan grande) y el intento de ir reduciendo los derechos sindicales y de protesta, pasando por el gradual despliegue represivo y el bombardeo mediático convencional y a través de las redes sociales inflando formas subculturales fascistas. Visualizando su dinámica general y más allá de los discursos oficiales, el gobierno macrista apunta desde su instalación hacia la consolidación de una dictadura mafiosa, sistema autoritario de gobierno con rostro civil y apariencia constitucional, que viene avanzando en medio de desprolijidades y tanteos. La lógica del proceso es simple: el achicamiento del mercado local combinado con un mercado internacional enfriado que no permite auges exportadores empuja a las élites dominantes a acentuar la rapiña interna lo que plantea crecientes problemas de control del descontento popular. La intoxicación mediática resulta insuficiente, la base social del gobierno se va restringiendo, entonces el recurso a la represión directa con más o menos coberturas “legales” se va convirtiendo en un instrumento cada vez más importante.

El pantano y el laberinto

Dos imágenes, la del pantano y la del laberinto, facilitan la comprensión de la tragedia argentina. Los primeros meses de 2017 marcan el empantanamiento del proceso, la impopularidad del gobierno asciende rápidamente, algunos círculos opositores señalan fracasos macristas como resultado de la torpeza del presidente, de su falta de inteligencia, sería más acertado verlos como las consecuencias del choque entre una mentalidad mafiosa simplificadora y audaz, muy eficaz en el mundo de los negocios turbios pero crecientemente ineficaz ante el despliegue de una sociedad compleja. Un amplio abanico de complicidades parlamentarias y sindicales, de no-oficialismos complacientes, posibilitó el avance arrollador de los primeros meses, pero la persistencia de la recesión y la multiplicación de perversidades gubernamentales fueron generando una oposición popular creciente. La realidad se presenta como un pantano que traba, dificulta la marcha

de los depredadores cuyos delirios se hunden en el barro viscoso del territorio conquistado. La lógica del poder hace que las tentativas por salir de esa situación tienden a agravarla, la intoxicación mediática va perdiendo eficacia, las arbitrariedades judiciales y las represiones engendran su contrario: repudio popular. El gobierno va cambiando de aspecto, la memoria latente mafiosa-fascista de la ‘ndrina original, del mussoliniano abuelo Giorgio, convergiendo con los recuerdos de los magníficos negocios realizados en los tiempos de Massera y Videla, asoma desde el rostro crispado de Maurizio desplazando a la cara amable fabricada por los asesores de imagen. El sello autoritario convocante de minorías feroces aparece como la bandera de la contrarrevolución acosada.

De todos modos el actual sistema de poder no se apoya solo en sus propias fuerzas, cuenta con un aliado decisivo: la debilidad estratégica de sus víctimas enredadas en un laberinto que les ha impedido hasta ahora pasar a la ofensiva. Laberinto simbólico, psicológico, pero también construido con aparatos sindicales y represivos, instituciones degradadas, dinámicas económicas depresivas.

Como no recordar a los dirigentes opositores y a otros no tanto repitiendo desde los primeros días del proceso su deseo de que “al gobierno le vaya bien porque de ese modo al país también le irá bien” mientras el gobierno devaluaba, eliminaba retenciones a la exportación, subía las tasas de interés, liberaba importaciones, daba las primeras señales represivas. Como no tener presentes a esos mismos personajes insistiendo en que el de Macri es un gobierno legítimo, avalado por su origen electoral democrático y que por consiguiente debería disfrutar de gobernabilidad hasta el final legal de su mandato (fines de 2019) ignorando su llegada al poder a través una sucesión de manipulaciones mediáticas y judiciales que bien podría ser caracterizada como golpe blando y su desarrollo posterior como construcción zigzageante pero sistemática de un sistema dictatorial.

Nos encontramos ante el bloqueo ideológico de políticos que predican el sometimiento a “las instituciones” (mafiosas) y de jefes sindicales dedicados a enfriar las protestas sociales, empezando por la cúpula de la CGT, condenando a las bases populares a recorrer un embrollado laberinto regiminoso sin salida real. Tratan de convencernos de que ese laberinto tiene una puerta de salida y que un conjunto de sabios dirigentes ha podido localizar el hilo de Ariadna que permitirá superar la encerrona. Recomiendan aferrarse al mismo y recorrer mansamente pasadizos que atraviesan plazos electorales (y sus correspondientes intrigas politiqueras), decisiones arbitrarias de camarillas judiciales, avalanchas mediáticas y posibles diálogos con un poder autoritario. En realidad el laberinto no tiene salida, la única posibilidad emancipadora es destruirlo en los cerebros de las víctimas, en las calles, desplegando una amplia ofensiva popular, aplastando las fortalezas elitistas (mediáticas, judiciales, empresarias, políticas).

Lo que aparece con el fracaso económico de Macri: una recesión que puede derivar en la normalización de una “economía de baja intensidad”, de estancamiento tendencial prolongado (más allá de algunas expansiones anémicas), puede llegar a convertirse en la consolidación de una sociedad desintegrada, caótica, albergando vastas áreas sumergidas en la pobreza y la indigencia, gobernada por una cúpula mafiosa (con o sin el capobastone calabrés).

Si observamos el largo plazo constataremos que desde la formación de la Argentina moderna, hacia fines del siglo XIX, se ha perpetuado la reproducción, como componente imprescindible del subdesarrollo, de una clase dominante oligárquica que llega ahora finalmente a su nivel de degeneración extrema de articulación mafiosa navegando en los circuitos globales de negocios parasitarios. Ese recorrido histórico fue de tanto en tanto atravesado por tentativas democratizadoras que buscaban principalmente integrar al sistema a capas sociales excluidas. Pero una y otra vez el sistema las desbarató imponiendo su dinámica excluyente, lo han podido hacer porque esas oleadas populares nunca eliminaron los pilares esenciales de su dominación, apaciguadas, desviadas, engañadas por los mitos cambiantes del país burgués, sus pasadizos institucionales, seudopatrióticos o globalistas, dialoguistas o restauradores del orden.

En última instancia se trata del combate entre la creatividad del pueblo, reproducción ofensiva de identidad, desarrollo de luchas, enfrentada hoy a fuerzas tanáticas desatadas por una élite cuyo único horizonte es el saqueo.

1 Ignazio Silone, “L’école des dictateurs”, Gallimard, Paris, 1981.

2Queda abierta la reflexión acerca del significado del golpe de estado de 1930.

3Recomiendo la lectura de:

– Rocco Carbone, “Andragathos”, Página 12, 24 de febrero de 2017, https://www.pagina12.com.ar/22055-andragathos

– “Antonio Macri, italian leader of the ‘Ndrangheta…”, https://www.revolvy.com/topic/Antonio Macrì&uid=157

– Horacio Verbitsky, “De Calabria al Plata. El presidente Maurizio Macrì y las mafias”, Página 12, 9 de

abril de 2017, https://www.pagina12.com.ar/30709-de-calabria-al-plata

ASALTO AL CIELO

Por Lucho Broz——

Ensayo introductorio sobre la historia económica de la Revolución Rusa

Las siguientes líneas decepcionarán al lector que espere hallar una nueva reversión de la vulgata sobre el proceso y los acontecimientos más destacados que llevaron a los bolcheviques al poder en 1917. El objetivo de este artículo es aportar aproximaciones a quienes busquen comprender qué significó la Revolución Rusa en términos materiales, estructurales, considerando que ninguna revolución del siglo pasado transformó tan radicalmente la materialidad sobre la que operó. Ninguna fue tan profunda como la Revolución Rusa.

Evidentemente, para muchos no es sencillo dejar de pensar la historia de este proceso como si se viviera con el tiempo detenido en la interna del PCUS de los años ´20. Entonces, en lugar de analizar críticamente esa apariencia dicotómica y enmarcarla dentro de un desarrollo que la excede por mucho, se la observa como si la interna se hallara actualmente en curso y se estuviese participando de ella. Desde el enrolamiento en alguna de las facciones contendientes se juzga al conjunto del proceso, se evalúa el todo con el criterio de la parte.

El espíritu de este texto es brindar herramientas para superar esa trampa ideológica. Esto es necesario a fin de visibilizar los resultados concretos que arroja la experiencia más transformadora del siglo, ya que, si la Revolución alcanzó esos grados de profundización fue porque el programa estructural no sólo sobrevivió a la sangría intestina, sino que se realizó a través de esta. Y se supo llevar hasta las últimas consecuencias.

Para culminar estas aclaraciones preliminares, adelantaré algunas cuestiones respecto a las categorías que empleo. Por una parte entiendo como clase obrera al sujeto desposeído de la propiedad privada de los medios de producción, aun cuando pudiera ejercer control efectivo sobre los mismos, desempeñando tareas de dirección o gerenciamiento, que lo incluyen igualmente como asalariado, vendedor de fuerza de trabajo. Por otra parte, no concibo a la dictadura del proletariado como una asamblea universal, donde participan en igualdad de condiciones todos los individuos que componen el sujeto. A modo de contraejemplo, la dictadura de la burguesía, incluso en su forma actual de democracia formal pluripartidista, no es ejercida al unísono por el conjunto de los burgueses, compartiendo cuotas de poder, repartidas simétrica y equitativamente entre ellos. Los grupos que ostentan el poder en representación del programa burgués intentan subordinar a sus compañeros de clase, que muchas veces son, a su vez, rivales políticos. Lo que determina el carácter de clasista es el contenido del programa estructural que el poder lleva adelante, cuyas formas políticas pueden manifestarse como el despotismo de la más cerrada camarilla. Del mismo modo, la dictadura del proletariado, se dio eliminando a toda su competencia política, pero también concentrando el poder en un estrecho sector de la jerarquía partidaria, al interior de la propia clase obrera.

Por último, todas las apreciaciones que están contenidas en este proto ensayo no se corresponden necesariamente con el pensamiento de los compañeros que integran la redacción de Centenario. Porque soy consciente de que estos planteos invitan a la controversia, pero el estudio no deja de señalarme su justeza, me adjudico plenamente la responsabilidad sobre sus contenidos y no pretendo que sean asumidos por línea editorial alguna.

En fin, retomando lo dicho al comienzo, el proceso previo al triunfo bolchevique que está próximo a cumplir sus primeros cien años, quedará pendiente para artículos futuros. A continuación nos centraremos en la obra revolucionaria. Porque, a diferencia de lo que suele creerse, la Revolución no triunfa con la conquista del poder, allí apenas comienza.

EL PALACIO VENCIDO

En los días victoriosos que sucedieron inmediatamente al asalto del Palacio de Invierno, se constituyó un gobierno obrero en la capital de un imperio eminentemente campesino, donde el partido bolchevique, a la cabeza del proletariado activo, conquistó las ruinas de un aparato estatal en desintegración. El poder del régimen naciente apenas alcanzaba los principales centros urbanos y se veía a sí mismo como una comuna en armas, el bastión temprano de una revolución internacional, considerada tan próxima como necesaria. La revolución rusa no tenía esperanzas de sobrevivir si el proletariado de Europa no se retiraba de la IGM (Primera Guerra Mundial), entonces en curso, para volver sus armas contra las burguesías de sus respectivas naciones y, tras librar la batalla final, tomar el poder en la vanguardia del capitalismo. Pero, a su vez, el triunfo del proletariado ruso en las jornadas de octubre y el desmoronamiento del imperio del zar eran la prueba más contundente de que el capitalismo había ingresado en una crisis terminal y que la revolución mundial encabezada por la clase obrera de los países avanzados estaba próxima.

Lo cierto es que al retirarse de la IGM, la Revolución rusa le declaró la guerra a toda la burguesía europea y mundial. Mientras la victoria del proletariado a escala universal, que traería la única paz definitiva, demoraba su concreción, la clase obrera rusa debió encarar un proceso mediante el cual concentraría bajo su control todos los recursos políticos y económicos para enfrentar con éxito la contrarrevolución local e internacional. Dicho proceso puede observarse desde dos aspectos analíticamente distinguibles: la progresiva centralización del capital a nivel nacional hasta alcanzar cotas cuasi absolutas (apropiación de los medios de producción por la clase trabajadora bajo la figura de la propiedad estatal), acompañada paralela e indispensablemente por una concentración del poder político en el Estado obrero, es decir, la máxima elevación de la capacidad del proletariado organizado para imponer su voluntad sobre sus antagonistas, que sólo fue posible practicar mediante una dictadura de partido único, fuertemente concentrado en su dirección.

La Revolución necesitaba expandir la autoridad obrera hacia el resto del territorio nacional y abandona rápidamente su embrionaria fase de comuna para constituirse en Estado, reorganiza su aparato técnico burocrático tanto en la administración, en la vigilancia política, como en la producción, funde sus formaciones milicianas en un ejército regular cuya oficialidad proviene mayoritariamente de las antiguas armas zaristas y somete los soviets locales al soviet que dirige el Partido Bolchevique.

LA CENTRALIZACIÓN

I. Comunismo de Guerra

Durante los años que duró la guerra civil rusa (1918-1920), la centralización del capital avanzó rápidamente hacia posiciones que en los posteriores tiempos de paz serán imposibles de sostener. Al conjunto de medidas adoptadas por la Revolución en este periodo se lo conoce como “comunismo de guerra”.

Aun así, no se llegaría a controlar efectivamente, más que a través de incursiones violentas, el sector fundamental de la economía rusa.

El principal productor de excedente en la Rusia de entonces era el campo. La población campesina rondaba el 80% del total. La producción agraria suponía la columna vertebral de la estructura nacional. Su control será el principal desafío para el partido de la clase obrera. Pero la Revolución proletaria no llegaba aún al campo, allí son los campesinos quienes, al observar el derrocamiento de la burguesía noble terrateniente, toman las tierras y las reparten entre ellos, creando un modelo de propiedad individual que contemplaba desde el minifundio hasta haciendas de mayor tamaño. Este movimiento espontáneo del campesinado se realiza fuera del control del proletariado revolucionario, los bolcheviques carecen de inserción en las zonas rurales y apenas se limitan a emitir un decreto que estatiza toda la tierra cultivable, pero la entrega en tenencia a los campesinos que la ocuparon y la explotan. Simplemente, se legaliza lo que ya ocurre de hecho. La debilidad del partido del proletariado entre los campesinos es obvia.

Esta división desorganizada de la tierra productiva en minifundios multiplicó en la práctica la propiedad privada y liquidó el excedente que el gobierno obrero requería para alimentar a los trabajadores urbanos y a las tropas movilizadas por el Ejército Rojo. Entonces, la obtención de grano para tales fines se realiza mediante requisas compulsivas. Partidas armadas recorren el campo confiscando el alimento a través de la coacción, recurriendo, cuando resultaba necesario, a la toma de rehenes y las ejecuciones sumarias. Lenin inaugura la práctica propagandística de utilizar la clasificación de kulak (campesino rico) como insulto contra cualquier granjero que se resistiese a entregar su cosecha.

A esta época corresponde la aparición de los primeros koljós (haciendas colectivas) y sovjós (haciendas del estado). Ambos experimentos con los cuales el poder bolchevique buscó operar entre los campesinos sin recurrir a la fuerza gozaron de escasa ventura, pronto aparecería la resistencia minifundista, sobre todo, contra la gran hacienda estatal. El consenso campesino como vehículo para expandir la revolución proletaria hacia el campo, no resultó. El campesinado ruso había realizado su propia revuelta autónoma, enarbolando un programa pequeñoburgués, aspirante a la propiedad individual de la tierra. La contradicción con el modelo de cultivo colectivo a gran escala que los bolcheviques intentaron exportar al campo es evidente. Y es por ello que a la Revolución su estado de debilidad fuera de los centros urbanos la obligará a operar siempre externamente sobre la enorme mayoría de la población rusa, aplicando medidas que combinan la concesión y la coacción. Sus primeros decretos sobre la situación agraria contienen en esencia el programa eserita, auténtico partido del campesinado, pero se garantiza el acopio de grano mediante el terror de las armas.

Fuera del espacio rural, la centralización económica fue abrumadora. La burguesía urbana resultó rápidamente vencida y expropiada. Se nacionalizó el grueso de la industria, el comercio y la banca. Fue creado el VASENJA, órgano de la centralización industrial a fin de evitar las tomas espontáneas de fábricas por los obreros organizados en comités, y se puso la gestión en manos de una corporación de especialistas, muchos de los cuales eran los antiguos dueños expropiados por la revolución.

Hacia 1920 la victoria del Ejército Rojo en la contienda contra la contrarrevolución local y la intervención de las potencias extranjeras era irreversible. Pero la economía había colapsado. Las requisas sistemáticas hicieron que el campesinado dejara de producir un excedente que sabía le sería arrebatado a punta de fusil. Los campesinos se revelaban: algunos, retrocediendo a una agricultura de subsistencia; otros, ocultando y comerciando el grano con traficantes ilegales, que revendían en las ciudades a precios extorsivos. Amparados en la propiedad fáctica de la tierra le negaron a la Revolución el acceso al alimento. Entonces, los motines agrarios estallaron, hombres desmovilizados que habían servido a las armas durante la guerra civil se lanzaron al pillaje. La amenaza del hambre hizo su aparición. Sin insumos ni alimentos, se paralizaron las fábricas y los transportes, la población abandonaba las ciudades para migrar masivamente al campo en busca de comida. Moscú y Petrogrado, las grandes urbes industriales donde el proletariado revolucionario poseía sus bastiones políticos y sociales, perdieron el 44,5% y el 57,5% de su población respectivamente, una estadística aberrante que muestra por sí misma el tamaño de la catástrofe social. El campesinado estaba engullendo a la clase obrera.

II. NEP

La NEP (Nueva Política Económica) fue una tregua con el campesinado a fin de superar la crisis, basada en el abandono de las requisas sistemáticas por parte de la Revolución para hacerse con el alimento y en la apertura de un libre mercado donde se realizaría el intercambio entre la ciudad y el campo. El Estado obrero conservaría el control de la industria de envergadura y el comercio exterior. La industria vendería sus manufacturas a los campesinos a cambio del grano. El objetivo principal de la NEP era restaurador, se trataba de un paso atrás en la centralización. La orden de Lenin a los comunistas fue que aprendieran a comerciar.

El comunismo de guerra no fue caprichosamente abandonado, el hambre obligó a revisar el rumbo. Urgía volver a producir el excedente agrario indispensable para alimentar a la población obrera, pero la tierra no estaba en manos de la Revolución. Por lo tanto, la tarea era lograr que los campesinos cultivaran, cosecharan y entregaran el grano que habría de consumirse en la ciudad. Esto se logró mediante un compromiso, una alianza obrera y campesina en la cual el grano ya no sería arrebatado por la fuerza, sino que se obtendría a través del comercio.

Según el nuevo modelo, los campesinos debían destinar una proporción fija de su producción al intercambio con el Estado, pudiendo comerciar libremente el resto. Como consecuencia, la industria estaba destinada a producir bienes para el campesinado, de modo tal que el objetivo de consumir dichos bienes resultara un estímulo para los campesinos en la producción del excedente comercializable.

El sector industrial, aquel en que más había avanzado la centralización de la propiedad en manos de la clase obrera bajo la figura de la propiedad estatal, sufrió un proceso de descentralización administrativa. La gestión del capital industrial se dividió en grandes trust que abarcaban varias empresas cada uno y eran dirigidos por los llamados “especialistas burgueses”, es decir los ya mencionados antiguos propietarios. A estos, la Revolución les devolvió la administración de las empresas que les supo expropiar, pero en calidad de concesión a cambio de un canon. La financiación de la actividad industrial no corría por cuenta del presupuesto estatal sino que cada trust debía garantizársela obteniendo ganancias en el libre mercado. El partido de la clase obrera consolidaba un modelo en el cual la explotación de dicha clase cumplía un rol fundamental en la capitalización de las empresas estatizadas.

El comercio, por su parte, se hallaba disputado entre organismos estatales y comerciantes privados.

El acopio, o sea la compra de granos por parte del Estado, jugaba un papel central. En primer lugar, permitía colocar alimentos económicos en el mercado urbano y de este modo abaratar la reproducción de la fuerza de trabajo del proletariado, ampliando el margen de excedente que los trust pudiesen apropiar. Para que los precios se mantuviesen estables, el Estado debía triunfar en la competencia con los comerciantes privados por la compra de productos agrícolas. Luego, el cereal era entonces el principal bien exportable que permitía adquirir las divisas necesarias para la importación de bienes de capital, maquinarias y herramientas, destinados a expandir la industria.

La Revolución se mostró exitosa en su tarea restauradora a costa de limitar la profundización de su alcance. Rápidamente el modelo de la NEP logró sacar a la economía de la crisis en que se encontraba previamente, la producción tanto agrícola como industrial alcanzó índices cercanos a los que precedieron la entrada de Rusia en la IGM. Sin embargo, tan pronto como supo recuperar la actividad productiva y el comercio, el modelo mostró sus contradicciones. La primera de ellas se manifiesta en lo que es conocido como la “crisis de las tijeras”, carátula que hace referencia a las furiosas fluctuaciones de precios del agro y la industria. Entre 1921 y 1922, la ciudad hambrienta generó una demanda de alimentos que superó por mucho la demanda de manufacturas en el campo, con lo cual los precios agrícolas se dispararon y los industriales se deprimieron. El salario real cayó bruscamente ante la inflación, golpeando directamente a la clase obrera, y el reducido mercado que el campesinado representaba para las manufacturas trajo una reducción de la producción industrial y una consecuente aparición del desempleo, fenómeno desconocido durante el comunismo de guerra. 1923 fue un año que halló, como mínimo, un millón de desempleados. Lo que aquí ocurría era una transferencia de recursos de la ciudad al campo. El comercio regido por la libre oferta y demanda permitía que el campesinado comprara manufacturas por debajo de su valor y vendiera granos muy por encima, de este modo, el excedente producido mediante la explotación del proletariado iba a parar a sus manos. La NEP brindaba un estímulo al productor agrario sacrificando a la clase obrera.

Los trusts, las corporaciones de la industria, respondieron con un movimiento de kartel, por un lado, aumentaron la productividad en base a la sobreexplotación, expulsaron trabajadores y redujeron salarios, así retiraron demanda urbana y achicaron el mercado para los productos agrícolas, presionando a la baja sobre sus precios. Por otro lado, acordaron reducir la oferta y sostener los precios de las manufacturas. El resultado fue una apertura de las tijeras en sentido inverso, los precios agrícolas se deprimían mientras los industriales se disparaban. El gobierno bolchevique se vio en la necesidad de implementar controles estatales que limitaran los efectos del libre comercio. La crisis fue paliada en gran parte gracias a la intervención del poder revolucionario mediante la maquinaria estatal, para recuperar el equilibrio en los precios. A medida que las contradicciones de la NEP salían a la superficie, se consolidaban las fuerzas que hallaban la solución en una centralización cada vez mayor. La crisis de las tijeras demostró al partido del proletariado que los desajustes de la NEP no podían ser resueltos dentro de los límites del propio modelo, la clase obrera organizada requería operar sobre el movimiento del capital con crecientes controles de precios y mayor potestad en la asignación de recursos.

A partir del año 1925 dichas contradicciones adquirirán carácter cada vez más dramático. Las necesidades de la Revolución comienzan a colisionar contra su política de tregua con la burguesía y pequeña burguesía ampliamente mayoritaria en el campo, aferrada a la propiedad fáctica individual sobre la tierra productiva.

La NEP había engendrado potentes corporaciones rivales que amenazaban con cooptar al Estado dirigido por el partido de la clase obrera. La más poderosa de ellas, sin dudas, la corporación agraria que conformaba el campesinado en su conjunto, reducto de la burguesía aún inexpugnable para la revolución, podía orientar el modelo hacia una clásica economía agroexportadora, productora de materias primas y alimentos para el comercio exterior, gracias a la alta productividad del trabajo agrícola y la disposición de suficiente tierra cultivable, e importadora de manufacturas y bienes de capital. Luego estaban los trutst industriales, los comerciantes privados que vehiculizaban la transferencia de excedentes y los sindicatos, atados a la contradicción de representar el interés general de la clase como un brazo más del aparato estatal, a la vez que presionaban por aumentos salariales e intereses de los obreros particulares en determinados sectores de la producción.

En relación al plan industrializador que debía adoptarse, en el Partido y en el Estado había quienes bregaban por un desarrollo que privilegiara la industria liviana, pues no demandaba grandes inversiones de capital que generaran cuellos de botella en otros sectores de la economía, su carácter mano de obra intensivo garantizaría el pleno empleo y, al producir bienes de consumo masivo, permitiría recuperar los recursos que absorbía y reinvertir rápidamente. Pero lo más importante de este modelo es que conservaría la alianza con el campesinado. Con matices, ese era el plan que se intentó seguir mientras la NEP estuvo en vigencia.

III. Industrialización y colectivización

La industria que se recupera en base al intercambio con el campesinado es la que se conoce como industria ligera, aquella que produce los bienes atractivos para los campesinos. La “alianza del textil”, denomina Lenin al compromiso obrero-campesino que permite el acopio de grano intercambiando, por ejemplo, vestidos. Pero desde que la revolución mundial había fracasado en la oleada de posguerra y el capitalismo europeo mostraba su capacidad de recomposición, la prioridad de la Revolución rusa para subsistir solitariamente en un entorno hostil, sin la posibilidad de contar con la solidaridad de un proletariado victorioso en Europa, era acortar la brecha productiva con occidente. Para ello resultaba indispensable el desarrollo de una industria que le permitiera armarse: la industria pesada, la producción de medios de producción. Sin embargo, este sector industrial rompe el esquema de la “alianza del textil” ya que su producción no está orientada a la seducción del campesinado. Por ello, cada vez que se asignan mayores recursos a la industria pesada a través de los organismos estatales que el poder obrero controla, los campesinos responden recortando la entrega de granos, puesto que disminuye la oferta de productos por los que estarían dispuestos a intercambiar. Así se entra en un círculo vicioso, el acopio cae y se entorpece la planificación, sin el grano necesario para importar maquinaria y alimentar a la clase obrera urbana es imposible avanzar en la ampliación de la industria pesada.

Por otra parte, el Poder soviético debe enfrentarse a la tradicional práctica de la especulación. Los campesinos prefieren vender el grano a los comerciantes privados. Estos pueden pagarlo más caro que los organismos estatales de acopio porque luego lo revenden en la ciudad a precios inflados. Dando muestras de la más coherente racionalidad burguesa, el campesinado se orienta a comerciar con los mercaderes particulares, e incluso oculta el grano cosechado esperando que la escasez eleve los precios del mercado, para venderlo cuando resulte más rentable. El acopio indispensable para llevar adelante los proyectos de la Revolución se estanca y los controles de precios quedan obsoletos. Las primeras crisis de acopio son afrontadas con políticas de mayores estímulos hacia el campesinado a fin de que este opte por vender la cosecha en lugar de acapararla. Se espera que si aumentan las ventajas para el productor agrario, la cosecha crecerá y se cumplirán los objetivos de acopio. La clase obrera internaliza a través del Partido la contradicción entre la necesidad de industrialización y el mantenimiento de la alianza con los campesinos, y se resuelve avanzar al unísono en ambos frentes: se reducen las cargas fiscales sobre los productores agrarios para que dispongan de mayores cantidades de dinero si colocan el grano en circulación, pero a la vez las instituciones estatales de la industria presionan por ampliar el crédito a la industria pesada. Lo que ocurre cuando entra en rigor esta contradictoria política de compromiso es que, al no aumentar la oferta de manufacturas producidas por la industria ligera, nuevamente los campesinos elijen acaparar la cosecha en lugar de cambiarla por mayores cantidades de un papel moneda sin valor en la práctica, ya que no hay productos por los cuales cambiarlo en los almacenes rurales.

En 1927 comienza a cristalizar seriamente el consenso en torno a la urgencia de desarrollar una industria pesada en condiciones de confrontar con occidente. Los temores de que se formara un bloque antisoviético hegemonizado por Inglaterra parecían concretarse y la amenaza de que por fin tendría lugar la esperada guerra con las potencias europeas oscurecía el panorama con la ruptura de relaciones Anglo-soviéticas.

La Revolución debió entonces afrontar la situación de que el acopio de grano no dependía únicamente del éxito de la cosecha, sino de la voluntad privada de los tenentes de la tierra.

La actitud del gobierno obrero encontró un momento bisagra en el pasaje de año entre 1927 y 1928. La recaudación de grano retrocedió cerca de un 55% en relación al período de 1926-1927, el abastecimiento de las ciudades y las exportaciones estuvieron en serio peligro, las circunstancias tornaron desesperantes. La necesidad de acelerar el desarrollo industrial era eminentemente política y el momento político era crítico. En mayo de 1928 se retomó la práctica de las requisas forzosas, esta vez bajo el nombre de “medidas excepcionales”. Los objetivos de acopio habían sido colocados tan alto por la presión industrializadora que el requisamiento contra los campesinos ricos resultaba insuficiente, el método se extendió también a la pequeña burguesía y al campesinado en general. En el Partido existía la idea siempre presente de organizar al campesino pobre en conjunto con la clase obrera para confrontar al terrateniente, pero sólo fue posible movilizar a los minifundistas cuando se les prometió que recibirían parte de los productos confiscados. Desde el momento en que el gobierno obrero ordenó centralizar todo el grano, minifundistas y terratenientes concentrados cerraron filas en un mismo bando contra las requisas revolucionarias. Las expropiaciones permitieron que el acopio se acerque a los objetivos fijados y a comienzos de 1928 se decide disminuir las medidas de fuerza, pero ni bien esto sucede, cae sensiblemente la recaudación de grano. Estaba claro que el acopio dependía ya directamente de la coacción contra los campesinos. Esta pasaba a ser la única vía para someter la corporación agraria al proyecto de la clase obrera. Una vez sistematizadas las medidas de excepción, se había tendido un puente que conducía a la adopción de una política que afrontara la superación definitiva de la NEP.

En este sentido, la voz de vanguardia la había portado Yevgueni Preobrazhenski, un destacado economista bolchevique, que ya en el primer lustro de los años 20 sistematizó un modelo de industrialización acelerada que se alzaba en oposición a una recién nacida NEP. El programa de Preobrazhenski suponía un rápido desarrollo de la industria pesada adaptado a las condiciones que presentaba un país como la Rusia de su tiempo. En un contexto de aislamiento internacional, sin posibilidad de acceso al crédito externo y con una industria local de escala tan reducida que le resultaba imposible autofinanciar su rápido desarrollo, el excedente que sostendría el proceso debía provenir de la explotación agraria, a costa de sacrificar al campesinado. Lo que el propio autor llamaba “acumulación primitiva socialista”, remitiéndose a los inicios históricos del capitalismo mundial, consistía en la explotación de los productores rurales por parte de la clase obrera, con el objetivo de acumular los recursos necesarios que serían destinados al desarrollo de una industrialización acelerada, privilegiando la industria pesada sobre la ligera y la producción de medios de producción sobre la de bienes de consumo. Por otra parte, las grandes masas campesinas serían separadas de la tierra y llevadas a la ciudad para engrosar las filas del proletariado, que operaría en la gran industria naciente. Es decir, toda la sociedad, el campesinado, los consumidores urbanos, y los trabajadores fabriles tendrían que ser sometidos al régimen de acumulación. No es difícil encontrar la analogía con el proceso de enclossure que dio vida al capitalismo en Gran Bretaña entre los siglos XVI y XVIII, sólo que la transformación realizada a lo largo de varios centenares de años en Europa, habría de realizarse en unas pocas décadas dentro de la Unión Soviética.

Lo notable es que a pesar de esta evidencia, el adelantado Preobrazhenski ve en su programa la superación del modo de producción capitalista, cuando en verdad lo que estaba proponiendo, y lo que finalmente ocurrió en la URSS, era la más acertada forma de desarrollo pleno del capitalismo. Un capitalismo donde la clase obrera barre a la burguesía para centralizar en sus manos la propiedad del capital de forma casi absoluta y, organizada burocráticamente en su partido, administra, desde la dirección del Estado, la explotación sobre sí misma, ya no para sostener el consumo privado de una clase propietaria, sino únicamente para reproducir el capital que ahora le pertenece.

El programa de Preobrazhenski fue adoptado por Trotski y, luego de derrotar a Preobrazhenski, a Trotski y a otros jerarcas bolcheviques en la disputa interna por la conducción del proceso, finalmente fue puesto en práctica por Stalin. Si a comienzos de la década del 20, el consenso general dentro del partido era que esta propuesta de industrialización parecía inviable, en el ocaso de dicha década la mayoría estaría de acuerdo en que era indispensable.

El Partido asumió que la única vía por medio de la cual se podría garantizar la provisión de grano necesaria para encarar plenamente el proceso de industrialización acelerada era la colectivización del campo. El tiempo de la tregua con el campesinado había llegado a su fin y, empleando el aparato estatal, el Partido de la clase obrera organizada se propuso expandir su control sobre aquellos espacios que aún se resistían a ser sometidos. Se generalizó la conciencia de que la política de conciliación pluriclasista con los campesinos al interior del país, en un contexto internacional de agresión imperialista latente, comprometía el futuro de la Revolución. Sostener las condiciones materiales que suponían la existencia de la clase campesina impedía al gobierno de la clase obrera armarse en una escala simétrica a la de sus potenciales agresores. En el pasaje de la década del 20 a la década del 30, es tomada la decisión de completar la Revolución. El proletariado se lanzará a colonizar y sometener a la enorme masa de la población: el campesinado.

La colectivización supuso el fin de la tenencia individual de la tierra, del ganado y las herramientas, y la organización del campesinado en haciendas colectivas (koljós) dirigidas por el Partido. El objetivo central de esta transformación fue asegurar el aprovisionamiento de grano a los organismos del Estado. Así tuvo lugar la transformación estructural más profunda operada por la Revolución, su expansión hacia posiciones jamás alcanzadas hasta entonces en la centralización del capital bajo su comando. La sociedad completa fue revolucionada.

Mientras tuvo vigencia la alianza obrero-campesina, el partido esperaba cooptar al campesinado y lograr una colectivización voluntaria. En 1928, el 97,3% de la tierra cultivable se encontraba bajo régimen de explotación individual, y el pequeño porcentaje de hogares campesinos colectivizados voluntariamente eran, en su mayoría, pobres. Pero el campesinado pobre representaba apenas el 35% de la población rural total. Evidentemente, el campesino medio y los terratenientes más concentrados no se convertirían a la producción colectiva por voluntad propia. Efectivamente, la colectivización fue realizada de manera forzosa. Para ello se movilizó a la GPU (heredera de la Cheka) y se armaron brigadas de obreros reclutados en las grandes urbes industriales, que marcharon al campo con la misión de requisar haciendas, bloquear caminos, expropiar tierras, confiscar herramientas y animales, organizar y presidir los koljós. El proletariado, débil y extraño en la ruralidad, tuvo que conquistar el campo por la fuerza apoyado en las armas del Estado que conducía y debió dirigir la colectivización a fin de asegurar la explotación del campesinado expropiado y la vehiculización del excedente hacia el aparato centralizador. Como es natural, los campesinos intentaron, pasiva o activamente, resistirse a la dictadura de la clase obrera, pues, a diferencia de lo que se había pensado en años idílicos de la Revolución, esta no libera al campesinado en un sentido abstracto, sino que lo expropia y lo somete. Debe tenerse en claro que cuando se hace referencia al excedente, se está hablando de trabajo realizado y no remunerado. Si el Estado obrero necesitaba apropiarse de mayores porciones de excedente campesino, lo que requería de los hasta entonces tenentes de la tierra era hacerlos trabajar gratis, ampliar ese margen por la fuerza.

Las detenciones en manos de la GPU y las deportaciones fueron algunas de las medidas tomadas para doblegar la resistencia. Esto permitió que muchos campesinos pobres y medios se sometieran a la colectivización en la búsqueda de que las medidas disciplinarias no cayeran sobre ellos. Al estilo de las prácticas de Lenin durante el comunismo de guerra, la calificación de kulak dejó de representar a los campesinos ricos y se extendió a todos los enemigos de la colectivización. Así se logró romper la solidaridad aldeana, telúrica, de los minifundistas con los terratenientes, los campesinos pobres abandonaron a los ricos para no acabar compartiendo con ellos un lugar en los trenes de la muerte.

En 1930, los kulaks habían dejado de existir. Fueron desposeídos e insertados en los koljoses o deportados, no hacia campos de concentración, pues la mayoría de ellos terminó libre, proletarizándose en regiones remotas. En 1932 el 62% de los campesinos había sido colectivizado y hacia 1937 el índice alcanzaba al 93%.

La colectivización forzosa separó al campesino de la tierra en pocos años, proceso que en el occidente capitalista, como ya se ha señalado, demoró varios siglos. La clase obrera soviética estaba actualizando y llevando al máximo el desarrollo del capitalismo en la URSS a tiempo monstruosamente record, con toda la brutalidad de los característicos métodos que el capitalismo impone. El desarraigo y la superexplotación se cobró cerca de cuatro millones de muertos por hambre y diez millones de campesinos expropiados migraron a las ciudades, para engordar las filas del proletariado fabril en las nuevas industrias por las cuales muchos fueron obligados a dejar la vida. Tanto en las zonas agrarias, donde se vieron despojados de la tenencia de la tierra, como en las migraciones hacia las ciudades, los campesinos fueron proletarizados forzosamente por la dictadura del proletariado. Y, finalmente, la clase obrera tomó en sus manos la dirección del proceso productivo en el campo.

La centralización del capital a escala nacional en manos del sujeto obrero, el control estatal total sobre la producción, la sustitución del libre comercio por la asignación planificada de recursos, liberaron el camino para concretar la industrialización acelerada. La revolución del hierro y el acero, que venía transformando la gran industria occidental desde mediados del siglo XIX, fue completada en la Unión Soviética meteóricamente por el primer plan quinquenal iniciado en 1929, y por los que le sucedieron. Cuando estalló la IIGM en Europa en 1939, la URSS ya había logrado pasar de país agrario a potencia industrial productora de medios de producción y material bélico en condiciones de confrontar con la tecnología de las potencias rivales.

Stalin dijo a los soviéticos en febrero de 1931 que debía acortarse en diez años el atraso de siglos que los separaba del capitalismo occidental. Ese era el lapso que la URSS disponía para alistarse si no quería ser derrotada por una potencia imperialista. En efecto, nunca en la historia de la humanidad un proceso revolucionario sufrió una agresión tan poderosa y brutal como la que habría de enfrentar la URSS. Exactamente una década más tarde de aquel discurso de Stalin, hacia junio de 1941, la Alemania nazi, aprovisionada por una retaguardia que abarcaba a casi toda Europa, invadía el territorio soviético. El proceso de centralización económica y política iniciado desde octubre de 1917 hizo posible que la Revolución enfrentara victoriosa a la maquinaria de guerra alemana, que era por entonces la más perfecta y potente arma del imperialismo.

La guerra comenzaba para la Unión Soviética con enormes contingentes de tropas y maquinaria bélica alemanas penetrando profundamente en su territorio. Las fuerzas ante las cuales se había rendido casi toda Europa lanzaban el grueso de su poder sobre la única Revolución, emergida en la oleada continental de finales de la década del ´10, que aún subsistía en el continente. Apenas cuatro años después, revirtiendo todos los pronósticos, Berlín era un cúmulo de ruinas sobre el que marchaba victorioso el Ejército Rojo, sostenido en su avance incontenible, desde lo profundo de la estepa hasta la capital del imperio nazi, por su estructura industrial pesada.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

-Bettelheim, C. La lucha de clases en la URSS. Segundo período (1923-1930).

-Carr, E. H. La Revolución Rusa de Lenin a Stalin 1917-1929.

-Fitzpatrick, S. La Revolución Rusa.

-Hobsbawm, E. Historia del siglo XX.

-Kolakowski, L. Las principales corrientes del marxismo. I Los fundadores.

-Saborido, J. Historia de la Unión Soviética.

-Serge, V. Memorias de un revolucionario.

-Service, R. Historia de Rusia en el siglo XX.

-Trotsky, L. Historia de la Revolución Rusa.

RAÚL GONZALEZ TUÑÓN, EL ETERNO DESOBEDIENTE

Por Pablo Stasiuk ——

Cuando me decidí a hacer una nota sobre Raúl Gonzalez Tuñón, estaba seguro que al repasar su obra caería rendido otra vez, como tantas, ante la obra de uno de los poetas más significativos de nuestro país y del mundo.

Tuñón nació en Capital Federal, en el barrio de Once, el 29 de marzo de 1905. A los 17 años empieza a publicar sus primeros poemas en la revista Caras y Caretas. Unos años después viaja a la guerra del Chaco Paraguayo como corresponsal de guerra del Diario Crítica.

En el año 1934 viaja a España, y para que tengamos real dimensión de González Tuñón nombraremos a los que lo recibieron: Miguel Hernández, García Lorca y Pablo Neruda.

Salud a la cofradía

trotacalle y trotamundo

todo nos falta en el mundo

todo, menos la alegría.

Y viva la Santa Unión

De sin ropas y sin tierras

todo nos falta en la tierra,

todo, menos la ilusión.

París, 1937, Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, Pablo Neruda, Amparo Mom (primera esposa de Tuñón), Emile Savitry (fotógrafo), Delia del Carril (pintora argentina casada con Neruda), Tuñón y dos escritores miembros de las Brigadas Internacionales.

Sus primeros poemas tienen un origen casi hermanado con el tango. Surge en los conventillos cerca del puerto, poesía que contaba a los “vagos y mal entretenidos” de la década del 20 en Buenos Aires. Unos años más adelante, el clima que se vivía con las noticias sobre la Guerra Civil Española, lo hicieron volcarse casi definitivamente a la poesía comprometida. En 1936 aparece “La Rosa Blindada”, donde la poesía surgía desde el recuerdo de su abuelo Manuel Tuñón, obrero que lo llevara por primera vez a una manifestación socialista, sumado al cancionero popular de los Republicanos españoles y a la propia decisión de darle contenido político a casi todo lo que escribe.

En la década del 30, ya afiliado al Partido Comunista, empezó a ser mirado de mala manera por el reformismo de muchos camaradas. Es que Tuñón era un verdadero rebelde, como dijera Ricardo Güiraldes: “Raúl fue el eterno desobediente. El que nunca acató”

EL POETA MURIÓ AL AMANECER

Sin un céntimo, tal como vino al mundo,
murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, las esperanza y la miseria.

Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.

Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.


Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

La vida de González Tuñón es rica en datos, hay mucho material, citas y notas de otros escritores hablando sobre él, pero en éste caso especial la mejor forma de contar al poeta es con la palabra propia. Cada poema de Tuñón estremece, te sumerge en una atmósfera de la que es difícil escaparse y uno siente, ante cada palabra que lee, que no había otra más correcta para que eligiera el poeta.

Los que osamos escribir algo, y digo osamos porque después de leer a Tuñón todo parece oscuro, tenemos ciertos referentes en los que intentamos apoyarnos. En mi caso personal, creo que la poesía con contenido político está absolutamente representada en la obra de Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana y quien es hoy nuestro “homenajeado”: Raúl González Tuñón.

Porque el niño conserva todos los libres bríos
de la invención, baraja sus monstruos increíbles
y sus enloquecidos ángeles.
La bárbara inocencia sin prejuicios de la primera pureza
y el espléndido caos, el delirio de la razón, la fantasía.

El niño es el primer surrealista.

Y crece es hombre, y sigue viviendo más no sabe
y quien lo lleva adentro así lo ignora.
A veces, de manera sutil, eso supongo,
en cada acto adulto la infancia nos vigila
—una voz, un suceso rotundo, familiar, una lámpara,
una paloma herida con mensaje—.

Todo hombre en el final minuto de su invierno
piensa en algo lejano cuando muere.
Y la muerte es el último país que el niño inventa.


En cuanto a su pensamiento político, Raúl fue un enamorado de la Revolución Rusa y lo fue hasta el último de sus días. Férreo admirador de Lenin y Stalin, escribiría ante la muerte de Leon Trotsky:

Sobre el cadáver de León Trotsky: en Coyoacán, palacete campestre pagado por el dinero norteamericano, ha muerto León Trotsky, literato notable, hombre pequeño y traidor del Partido Comunista y de la Unión Soviética. Nunca fue antifascista como nosotros lo fuimos…él, el hombre de la ‘revolución permanente’- delatando y calumniando a sus viejos camaradas del Partido… Hoy que la prensa reaccionaria del mundo canta loas a su pobre cadáver de viejo resentido arrojándole la final paletada de tierra de ignominia, como se agranda la figura de Lenin cuya memoria fue escupida por los que hoy exaltan al Traidor, y cómo, cómo se agranda la figura de Stalin, el fantasma del fascismo y del imperialismo, la expresión suprema de nuestra causa y de nuestro Partido. .. Atrás, pequeño hombre. La tierra generosa hará con tus cenizas lo que hace con las cenizas de todos los hombres: algo útil a la tierra. Recién ahora tu carne torturada de envidia y fiebre oscura, tendrá un sentido, una función, pero los pueblos y el Partido no olvidarán que hubo un traidor… Atrás, pequeña sombra de lúcida maldad. Silencio sobre la tumba del pobre León Trotsky, cuidador de conejos, esposo y padre… Que su ceniza tenga paz, pero no su memoria”.

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

Tuñón es un personaje riquísimo en historias, pero como acostumbramos a hacer en CENTENARIO, trataremos de hacer que sea la palabra del poeta la que cuente su propia historia, una historia de conventillos, guerras, amantes, poesía y militancia. Murió el 14 de agosto de 1974 en el mismo lugar que lo vio nacer. Cuentan que una vez dijo: “El mejor de todos nosotros es César Vallejo”, aunque el estilo del peruano difería bastante de su poesía.

Para terminar, volvemos a remarcar que la intención de CENTENARIO es rescatar y homenajear a los artistas populares que además se han destacado por su militancia política, comprometiéndose enteramente ante las luchas y las reivindicaciones de su pueblo. El artista que no cuente lo que le pasa a los suyos, es un artista a medias…o un hombre a medias, simplemente.

EL CABALLO MUERTO

Media noche. Sobre las piedras
De la calzada hay un caballo muerto.
Aún faltan cinco horas
Para que venga el carro de “La Única”
Y se lo lleve. Ese caballo viejo,
hedoroso de sangre coagulada,
ese pobre vencido, fue un obrero.

Un hermano del pájaro, un hermano del perro.
Fue el hermano caballo que anduvo bajo el sol,
que anduvo bajo el agua, que anduvo entre los vientos
tirando de los carros
con los ojos cubiertos.
Fue el hermano caballo. Ninguno irá a su entierro.

Marxismo y determinismo

Por Eduardo Ibarra ——

El abordaje del marxismo ha sido, desde su nacimiento, una cuestión compleja y problemática, dentro de los debate académicos (de supuestos eruditos) y en la propia acción política de los movimientos revolucionarios (ámbito fundamental y verdaderamente importante).

En la mayoría de los casos una aproximación a las primeras nociones del marxismo es en términos generales, las que remiten a una visión estructuralista y determinista. Si bien el siglo XX estuvo atravesado por un océano infinito de debates y de confrontaciones políticas en torno a esto, los errores políticos han sido las consecuencias más drásticas y relevantes a la hora de confrontar interpretaciones y deformidades.

Tanto Marx como Engels tuvieron distintos puntos de vista con respecto a diversos análisis que no encuadrarían en las posteriores posiciones ortodoxas. En diversos artículos fue el propio Marx que remarcó que la construcción del socialismo no estaba marcada por etapas idénticas para el desarrollo del capitalismo en cada país, claramente expresado en su visión de Irlanda como de Rusia. A su vez fue Engels quien menciona en una carta a Bloch la importancia de los factores económicos, pero que a la vez remarca otros aspectos que influyen en la historia, dejando por sentado que sólo se menciona que la estructura determina la superestructura y nada más, o sea, no abarcaron más porque no pudieron abarcar más. Si bien Engels fue quien más rasgos positivistas plasmó dentro de su obra Anti Dühring, la cual posteriormente fue utilizada como característica principal en la formulación del llamado materialismo dialéctico. La intención del padre del materialismo histórico fue la de escribir una serie de libros en la cual el Capital era el primero dentro de una obra que abarcaba seis títulos. ¿Por qué no lo hizo?, simplemente porque se murió.

Si bien ya en vida de ambos pensadores la propia filosofía política iba siendo deformada, después de sus muertes es cuando más fuertemente comienzan ciertos representantes del marxismo a imprimirle características a conveniencia, intereses y de acuerdo las circunstancias políticas en juego.

Desde el reformismo socialdemócrata pasando por el socialchovinismo hasta el tradeunionismo, autores defeccionados como Bernstein o Kaustky, han deformado al marxismo en función de la propia condición política europea. Fueron éstos como fieles y más destacado representante del pensamiento de Marx y Engels, quienes apoyaron la colaboración con el Estado burgués en función de unas reformas gradualistas, y fue Kaustky quien apoyó la Primera Guerra Mundial a favor de que el proletario europeo entre en la conflagración fratricida, pero también fue el que introdujo la idea falsa de que los autores del materialismo histórico eran intelectuales escindidos de las masas obreras europeas, desconociendo toda la actividad política y debate entre los trabajadores de distintos países, inclusive y muy importante, en la creación del Manifiesto Comunista.

El hecho más trascendente y complejo para el marxismo fue la tesis de Bujarín, que impuso, con el poder del aparato stalinista de por medio, la idea de que el marxismo es una ciencia que predice todo, cuyas leyes son irreversibles por medio de las cuales se realiza indefectiblemente el socialismo, por lo tanto el poseedor del conocimiento de esas leyes es quien sabe dirigir a las masas hacia un futuro deseable, cosa que supo utilizar muy bien todo el andamiaje burocrático stalinista, el cual se encontraba en un momento histórico de desmovilización y carencia de cuadros, producto de años de guerra civil y purgas. El marxismo pasó a ser un dogma y no una filosofía en permanente movimiento y reformulación.

En el período post Segunda Guerra Mundial hay otra versión del marxismo que establece la objetividad de las relaciones sociales dentro del marco económico como determinante de la superestructura. Es el filósofo francés Althusser quien basándose más en una concepción spinozoniana deformó la teoría y praxis marxista.

Después de un sinfín de debates, nombre, libros, refutaciones, contrarefutaciones, post, neos, etc, el marxismo entra al siglo XXI de la mano de un cambio en históricos en distintos países de América Latina, donde la construcción del socialismo hacia una sociedad comunista tiene su mirada e impronta propia, dejando de lado al dogmatismo y a todo determinismo paralizante, rescatando a los grandes constructores del marxismo, tanto en la teoría como en la práctica (ambos aspecto unidos indefectiblemente). Nombres como Vladimir Lenin, Antonio Gramsci, Georg Lukács, Antonio Mella, José Mariátegui, Héctor Agosti etc, son los que han contribuido la conformación del marxismo de cara a una sociedad igualitaria y en definitiva más humana. Son los que rompieron los moldes preestablecidos de los guardianes del dogma, los eruditos iluminados reguardados en claustros de palabras sin vida, son los que han aportado al marxismo aquello que Marx supo ver en la esencia misma de la vida del hombre, que todo es movimiento y ese movimiento está sujeto a la acción del hombre frente a la naturaleza y frente a las disputas de los distintos estamentos y clases sociales de acuerdo a cada momento histórico.

La filosofía de la historia y el hombre

La reproducción de un marxismo dogmático de manual e inofensivo, ante la imposibilidad de traslación de modelos ahistóricos y sin la impronta de cada pueblo, sigue superviviendo en distintos sectores y grupos izquierdistas con más o menos poder mediático y académico.

Distintas versiones trasnochadas del marxismo toman al Capital como un manual infalible para todo tipo de situaciones y desde una perspectiva netamente economicista, ya sea desde el troskismo (tan de moda en nuestro país) hasta los resabios del stalinismo. Esto imposibilita la inserción del marxismo como cultura propia de las clases trabajadoras para la generación de una identidad socialista frente a la hegemonía burguesa en todas sus variantes. El entender a las clases trabajadoras y a la propia burguesía en función del momento histórico en el cual escribió Marx, alegando una supuesta pureza ideológica, hacen del marxismo una ideología estéril en función de una casta de charlatanes y políticos de poca monta, hacen a la imposibilidad de alianzas entre distintas clases subalternas, inclusive con ciertos sectores de las burguesías autóctonas, para la construcción del socialismo.

muchos marxistas están persuadidos de que todas las fases de la evolución se dan en la misma forma en casi todos los pueblos modernos… Antonio Gramsci

Nada está preestablecido, todo lo escrito y analizado corresponde a un momento en la historia del hombre, a sus necesidades y a sus posibilidades de acuerdo al momento en que vive. Si la dialéctica muestra los movimientos en la historia donde todo se crea y perece, es un contrasentido tomar modelos como reglas eternas. Los pueblos cambian y el propio sistema capitalista no es lo que fue, por lo tanto las respuestas no pueden ser las mismas, y esas respuestas están en las manos de los pueblos de acuerdo a sus posibilidades. Cuando Marx criticó al materialismo primitivo de Feuerbach, lo hizo en función de que las condiciones materiales no son las que determinan al hombre, no es un ser pasivo frente a la naturaleza, sino que es un ser cultural que acciona sobre el medio a fin de transformarlo para su bienestar, y que es al mismo tiempo condicionado por el mismo medio que modificó, el cual volverá a transformar para satisfacer sus nuevas necesidades. El centro de la teoría marxista es el hombre en su lucha por la liberación de su naturaleza biológica animal, y de la subordinación frente a otros hombres en las relaciones sociales de cada etapa de su vida histórica. En definitiva el comunismo es la liberación para que todo hombre tenga las riendas de su destino, no bajo la falsa idea de libertad individual del liberalismo concebida como forma de despojo de las clases trabajadoras, sino desde la verdadera libertad, que es la del ser social, la del ser colectivo igualitario. Solo el ser socializado puede liberar y ejercer todas sus potencialidades, sin división social del trabajo, ni de clases, sin la separación entre intelecto y esfuerzo físico (entre los que piensan y los que hacen).

Ahora bien, la separación repetida hasta el cansancio, entre la estructura y la superestructura, siendo la primera las relaciones de producción que determina a la segunda compuesta por el Estado dentro del campo político, jurídico, ideológico y cultural, carece de asidero científico y denotan un arrastre ideológico de la naturalización de las formas económicas burguesas para entender y formular un mirada social del sistema capitalista. La concepción de la economía como ente fundamental y articulador de todos los demás aspecto de la vida de una sociedad, surge con el triunfo de la burguesía por sobre la monarquía y demás estamentos, naturalizando de éste modo la sumisión de la clase obrera y el campesinado a la lógica de la reproducción del capital. Esto es tomado por muchos marxistas guardianes de la ortodoxia a través de una lectura sesgada en lo económico del Capital y como una obra cúlmine sin pasado (ya que relegan otros trabajos anteriores) y sin futuro (porque desconocen como herejes cualquier crítica o modificación).

Las condiciones objetivas materiales son las que condicionan al hombre en cuanto al medio en el que se desenvuelven, pero nunca es el medio que determina y sublima al hombre en su accionar, con más o menos libertad o más o menos opciones. Al respecto Gramsci sostenía (desde la cárcel fascista y en pésimas condiciones):

la filosofía de la praxis (marxismo) es una reforma y un desarrollo del hegelianismo, es una filosofía liberada y (o que busca liberarse) de todo elemento ideológico unilateral y fanático; es la conciencia plena de las contradicciones a través de las cuales el filósofo, entendido individualmente o como grupo social entero, no sólo comprende las contradicciones, sino que se coloca a sí mismo como elemento de la contradicción, eleva este elemento a principio de conocimiento y, por lo tanto, de acción. El “hombre en general”, de cualquier manera que se presente, es negado, y todos los conceptos dogmáticos “unitarios” son disueltos y destruidos en cuanto expresión del concepto de “hombre general” o de “la naturaleza humana” inmanente en cada hombre.

Es un hombre “histórico” en un momento histórico que ocupa un lugar dentro de la sociedad, en forma concreta y no abstracta, que tiene capacidad de acción y por lo tanto de transformación. La corriente de la historia nos arrastra (por las clases dominantes) si nos dejamos arrastrar. Claramente es estar anclados a una concepción economicista que nos ancla en un lugar determinado, supeditando nuestra conciencia a los hechos circundantes.

Como sostuvo el gran Luckacs, el hombre no es un ser conformado por su historia y determinado por las condiciones presentes, es también, un ser con futuro y con idea de un futuro que lo constituye en su propio presente. Por lo tanto no podemos ver al hombre en función ontológica de su ser, sino en su carácter teleológico. Todo hombre y por ende clase social, tiene una proyección a futuro que establece su comportamiento en el presente, a fin de poder, o intentar, construir ese futuro anhelado (que lo logre o no y en qué medida lo logra, es otro tema). Como sostenía el no asumido estructuralista Foucault, cualquiera fuesen las condiciones en las que se encuentran las clases subordinadas, siempre hay márgenes de acción para la resistencia a las relaciones sociales de producción y dominación. Por lo tanto el hombre/clase se propone aquello que puede lograr, aquello que está a su alcance de acuerdo al momento histórico en que vive. Marx los describe claramente en la “Crítica de la economía política”:

La humanidad se plantea siempre sólo los objetivos que puede resolver… surge solamente allí donde las condiciones materiales de su realización existe ya o por lo menos, se hallan en el proceso de su devenir… una formación social de producción no perece antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas por las cuales es aún suficiente y moderna…

La idea de un futuro que una clase puede pretender, no es una especulación fantástica, es el desarrollo de su propio presente atado a su voluntad.

En un pasaje de sus “cuadernos de la cárcel”, Gramsci lo expone en forma clara y contundente:

La pretensión (presentada como postulado esencial del materialismo histórico) de presentar y exponer cada fluctuación de la política y de la ideología como una expresión inmediata de la estructura, debe ser combatida teóricamente como un infantilismo primitivo, y prácticamente con el testimonio auténtico de Marx, escritor de obras políticas e históricas concretas…

Se podrá ver cuánta cautela real introdujo Marx en sus investigaciones concretas, cautela que no podría hallar lugar en las obras generales. Con esta cautela se podrían agrupar, como ejemplos, los siguientes:

  1. La dificultad de identificar en cada ocasión, estéticamente (como una imagen fotográficamente instantánea), la estructura; la política es, de hecho, en cada ocasión, el reflejo de las tendencias de desarrollo de la estructura, tendencias que no tienen por què realizarse necesariamente. Una fase estructural sólo puedo ser analizada y estudiada concretamente después que han superado todo su proceso de desarrollo, no durante el proceso mismo, a no ser que se trate de hipótesis, y declarando explícitamente que se tratar de hipótesis.

  2. De ello se deduce que un determinado acto política puede haber sido un error de cálculo de parte de los dirigentes de las clases dominantes, error que el desarrollo histórico, a través de las “crisis” parlamentarias gubernativas de las clases dirigentes corrige y supera; el materialismo histórico mecánico no considera la posibilidad del error, sino que considera a todo acto político como determinado por la estructura, inmediatamente, o sea, como reflejo de la modificación real y permanente de la estructura…

  3. No se tiene en cuenta suficientemente que muchos actos políticos son debidos a necesidades internas de carácter organizativo, esto es, ligadas a la necesidad de dar coherencia a un partido, a un grupo, a una sociedad…

En la discusión entre roma y Bizancio sobre la procesión del Espíritu Santo, sería ridículo buscar en la estructura del Oriente europeo la afirmación de que el Espìritu Santo procede solamente del Padre y en la del Occidente la afirmación de que procede del Padre y del Hijo.

Las categorías estructurales están en función meramente analíticas a modo de simplificación para el abordaje teórico, en el cual se establecen abstracciones para comprender ciertas “leyes” o conductas que rigen en distintos ámbitos, pero no como compartimientos estancos o metafísicos. Tanto en la estructura como en la superestructura la reproducción del capital se realiza en lo político ideológico como en lo cultural y económico, con cierto grado de autonomía en la que todas las clases sociales se enfrentan o se alían.

El obrero frente a una máquina no sólo se encuentra despojado y violentado (en su pasado y presente como clases), sino que también la relación que se establece en los modos de producción tiene ver con un modelo cultural de valores y legitimaciones. El obrero va trabajar por necesitad económica y también por la naturalización de su alienación y explotación. Marx no solo atacaba al sistema capitalista por la expropiación del plusvalor por parte de la burguesía, también atacaba al sistema por la deshumanización de hombre trabajador frente al desarrollo tecnológico, por lo que reclamaba por el fin de la explotación y la independencia y dominación de procesos productivos, para la plena realización de todo hombre en plano de igualdad. La lucha de la clase obrera por dejar de estar atado a la ley del valor, a la mercantilización de la vida.

Esto implica:

1 En las propias bases materiales de producción la cultura, la ideología están presentes no como elementos ajenos o complementarios, sino como aspectos integrados indisociables. Un obrero es obrero tanto económicamente, como culturalmente, sin la cultura (de clase burguesa o de clase proletaria) no sería un hombre sino un animal, y a la propia burguesía tampoco le sirve un animal.

2 Como claramente mencionó el historiador inglés Edward Thompson en su, ya clásico, libro, El origen de la clase obrera en Inglaterra, la clase no se forma sólo por los medios de producción. La clase se constituye a partir de la construcción de la identidad de la clase, la construcción de su cultura que identifica como tal. Un millón de hombres produciendo en las fábricas, son un millón de individuos trabajando. El todo es la cultura propia que los identifica, crea las nociones en común.

3 En la llamada superestructura la lucha por la reproducción del capital se da entre los poseedores de los medios de producción y los despojados, pero también entre fracciones de las distintas clases sociales. Ninguna clase se encuentra ajena a la lucha cultural, política e ideológica, salvo que sea una clase caduca, un resabio del pasado.

Lo cual implica que la política no es un reflejo de la economía, son ambas caras de una misma moneda, que se penetran e influyen mutuamente.

El ejemplo más claro es el caso del litigio internacional que el Estado argentino sostiene con los grupos capitalistas financieros transnacionales, llamados fondos buitres, donde un juez de EEUU determinó que los bonos de deuda estatal deben pagarse miles de veces más que su valor de adquisición, por lo que el pueblo argentino tiene que trabajar para pagar a unos especuladores internacionales sólo por una interpretación de una ley extranjera, sin mediar relaciones “objetivas” de producción.

En la estructura “objetiva” se dan las luchas culturales por la subordinación de las clases trabajadoras por parte de las burguesías. La manifestación de la dominación brutal y violenta ante los avances y reclamos de los obreros en determinados momentos históricos, se ejerce sólo en un momento dado y con claras limitaciones. Es por medio de la naturalización de las relaciones de producción que se “ata” al obrero a la máquina y se generan bolsones de desclasados, es por medio de lucha cultural donde se aplicaron y se aplican los modelos económicos ideológicos del fordismo y el taylorismo, y en donde la llamada globalización de los mercados financieros se propaga por medio de universidades empresariales y los cursos distintos cursos para empresas a fin de ganar la conciencia de las clases subalternas, adoptando conceptos y valorizaciones propias de las burguesías transnacionalizadas. Se han generado nuevas corrientes de pensamiento en las distintas disciplinas científicas e incorporando distintas herramientas de esos campos a las llamadas ciencias empresariales. Los conceptos cercenados de Marx, Maquiavelo, Hobbes etc, son resignificados para explicar la expansión de los mercados financieros y la destrucción del Estado de bienestar o intervencionista. El famoso “adaptarse al cambio” fue la punta de lanza de la batalla cultural de la burguesía, para derrotar cualquier forma de resistencia a la avalancha globalizadora. Las distintas y disimiles religiones no fueron la excepción a la ola neoliberal, que dentro de una mixtura amorfa se conjugaron prácticas y creencias en pos de un individualismo hedonista y consumista.

4 En el ámbito de la lucha política por hacerse del gobierno, cada clase y fracción de clase lucha para conformar un nuevo bloque de poder, a finn de hegemonizar y subordinar a las demás clases. En ésta lucha las fracciones burguesas pueden provocar distintas crisis llamadas de representatividad o gobernabilidad, las cuales no implican una crisis económica fatal del propio sistema capitalista. Es claro que si se piensa que la estructura “objetiva” determina la superestructura “subjetiva”, cualquier crisis es entendida como una crisis de las relaciones de producción y de un carácter profundo e irreversible. Gramsci lo refuta destacando que las luchas por una nueva conformación de las alianzas interburguesas pueden generar crisis de carácter coyuntural. También la reproducción y acumulación del capital genera ciclos de expansión y depresión, que no son signos de deterioro fatalista del sistema, sino la manifestación de la propia lógica contradictoria del capitalismo.

En definitiva, Gramsci menciona a modo de conclusión:

No se trata de descubrir una ley metafísica de “determinismo” y tampoco de establecer una ley “general” de causalidad. Se trata de comprender cómo en el desenvolvimiento histórico se construyen fuerzas relativamente “permanente” que obran con cierta regularidad y automatismo.

Cada sistema se desarrolla y reproduce a través de la hegemonía cultural que abarque al conjunto de las clases subalternas. Cada ley es una ley permanente de acuerdo a cada sistema y la lucha de clases implica la naturalización o ruptura de la cultura e intereses de clase. La lucha es para demostrar que las leyes son intrínsecas a cada sistema en cada momento histórico y no leyes eternas infalibles

La mejor forma de dominación es no saber que se está dominado, es la aceptación del sentido común, que no es más que el sentido que las clases dirigentes imponen a las demás clases. Para romper esto es necesaria la acción política para hacer salir a las multitudes de la pasividad, destruir la ley de los grandes números… por medio de la coparticipación activa y consciente, creando un lazo estrecho entre la masa, partido, grupo dirigente, y todo el conjunto como hombre colectivo.

La dialéctica

Se ha hecho de la dialéctica marxista una fórmula matemática infalible, en parte producto de tomar la concepción positivista del “Anti Dürhing” donde se aplica las leyes de la naturaleza en su desarrollo dialéctico a la política y las ciencias sociales en general. Tal es así que tantos teóricos superficiales y políticos del izquierdismo vulgar, van buscando en cada hecho social la tríada que puede dar a cada tesis su antítesis, a fin de llegar a una síntesis. Sin embargo no todo en la vida está dado por una tríada permanente y no toda negación dará un paso hacia una síntesis abarcadora, y mucho menos superadora.

La negación de una clase y su posible superación por otra, estará supeditada a la construcción consiente y al desarrollo histórico de la clase que niega, cuyo resultado no está determinado de antemano. En las relaciones sociales dos más dos difícilmente sean cuatro.

Ahora bien, se puede llegar a encontrar una concepción determinista de la dialéctica en los llamados (artificialmente) escritos políticos de Karl Marx, sin embargo esto es parte de una lectura dogmática, manipuladora y fuera de contexto histórico.

Entre los escritos “políticos” el Manifiesto” es el más destacado, que induce a concebir a la dialéctica como una fórmula mágica para el devenir de la lucha de clases, pero para comprender esto hay que tomar en cuenta dos factores más que importantes:

  1. El Manifiesto no fue escrito por Engels y Marx de forma aislada de la clase obrera europea del siglo XIX, sino todo lo contrario, fue debatido y pensado con los trabajadores y a pedido de éstos, por lo tanto la acción y voluntad de la clase está más que presente en cada uno de los principios que se exponen.

  2. El Manifiesto es un libro que apuntó a la acción de una clase explotada y débil frente a una naciente burguesía industrial, cuya voluntad y desarrollo era enorme (como lo demostró la historia del siglo XX). Frente a esta situación la necesidad de generar una moral y cultura socialista de la clase obrera, implicó la construcción de una fe científica que levantara a las masas explotadas. Por lo tanto, ante el desarrollo de la lucha el convencimiento del triunfo asegurado es más que necesario.

En conclusión. Toda construcción de la cultura y conciencia de clase implica la acción directa de las masas en su formulación y la internalización o convencimiento de que el futuro es posible. El cerebro necesita del corazón, como el corazón del cerebro.

Al respeto Gramsci, como un gran antideterminista, escribió:

Cuando no se tiene la iniciativa en la lucha, y cuando la lucha misma termina por identificarse con una serie de derrotas, el determinismo mecánico se convierte en una fuerza formidable de resistencia moral, de cohesión, de perseverancia paciente y obstinada.

La voluntad real se disfraza de acto de fe en cierta racionalidad de la historia, en una forma empírica y primitiva de finalismo apasionado, que aparece como un sustituto de predestinación, de providencia, etc., de las religiones confesionales… Pero cuando el “subalterno” se torna dirigente y responsable de la actividad económica de masas, el mecanismo aparece en cierto momento como un peligro inminente, y se produce una revisión de toda la manera de pensar porque ha ocurrido un cambio en el modo social de ser. Los límites y el dominio de la “fuerza de las cosas” son restringidos. ¿Por qué? Porque, en el fondo, si el subalterno era ayer una cosa, hoy ya no lo es; hoy es una persona histórica, un protagonista; si ayer era irresponsable porque era “resistente” a una voluntad extraña, hoy se siente responsable porque ya no es resistente, sino operante y necesariamente activo y emprendedor. Pero incluso ayer, ¿fue solamente mera “resistencia”, mera “cosa”, mera “irresponsabilidad”?. Ciertamente, no. Al contrario, es menester poner de relieve que el fatalismo no es sino la forma en que los débiles se revisten de una voluntad activa y real.

Cuanto te debemos Gramsci y que poco te hemos reconocido.

Es claro que la construcción de una ideología contra hegemónica requiere de la construcción consiente de las masas y de su incorporación como acto de fe para emprender la lucha. Ninguna Revolución se lleva adelante y triunfa debatiendo sí el futuro es dudoso o las condiciones “objetivas” materiales se imponen a la cultura “subjetiva”, ninguna lucha total como son las guerras civiles son en nombre de una construcción a futuro, el grito de guerra es del triunfo seguro, sin dudas y determinado, porque somos los que debemos triunfar y triunfaremos.

El presidente del PJ, una breve caracterización

—–Nueva sección: Caracterizando bloques provinciales y regionales: San Juan.

Por Ludmila Alcoba

La carrera política del actual presidente del PJ, tiene inicio en su juventud, cuando presidió el Centro de Estudiantes de la facultad de Ingeniería de San Juan, y más tarde, la Juventud Peronista de la provincia. Elegido tres veces gobernador –luego de un plebiscito realizado para modificar la constitución provincial y permitir su reelección-, José Luis Gioja sigue siendo hoy un nombre de peso en el partido que se pretende posicionar como eje nuclear de la oposición al gobierno de Cambiemos-UCR, en el esquema bipartidista.

Referente del PJ desde la juventud, José Luis Gioja ocupó cargos en casi todos los gobiernos Sanjuaninos desde la década del 80. Durante el menemismo, fue fundamental para ayudar a instalar al empresario Escobar en el gobierno de la provincia -quien encabezó la aplicación a nivel provincial de las políticas de ajuste y privatización neoliberales que se articulaban desde la nación-; y además de formar parte del escobarismo, apoyó como diputado las legislaciones entreguistas del menemismo, como por ejemplo la privatización de YPF en 1992, que contó con su voto afirmativo.

Una de las patas del entramado legal que, durante el menemismo entregó la soberanía de los recursos de nuestro país, a las empresas trasnacionales, fueron las leyes en torno a la actividad minera, en las que Gioja, diputado y presidente de la comisión de minería, cumplió un rol fundamental tanto en su elaboración como en su posterior aplicación. Estas leyes, que favorecen en todo a las empresas trasnacionales, eximiéndolas de aranceles e impuestos a los activos productivos, garantizándoles estabilidad financiera por treinta años, y fijando un tope de regalías de un 3%, entre otras cosas; son parte del marco legal que afianza el carácter neocolonial de nuestra economía.

Las estrechas relaciones de Gioja con Barrick Gold, y otras empresas trasnacionales (de las que es poco más que un efectivo lobbista), además de implicar riesgo de un grave impacto ecológico para la provincia, con cada vez más constantes derrames de solución cinaurada, repercutieron en un modelo económico provincial que durante las últimas décadas giró en torno a la extracción minera, y que hoy amenaza con dejar en la calle a miles de trabajadores.

Desde la década del 70 con la Dictadura Militar, a partir un proceso de concentración en manos de pequeños grupos de la burguesía, local y de la pampa húmeda, que monopolizaron la producción vitivinícola, comenzó el declive de la vitivinicultura como principal actividad económica de la provincia. Este modelo neoliberal se profundizó en los 90, destruyendo a pequeñxs y medianxs productorxs y expulsando a grandes cantidades de trabajadorxs. La necesidad de una alternativa económica para la provincia, es aún hoy una de las exigencias que el bipartidismo tradicional sanjuanino (bloquismo hoy casi acabado, y pejotismo) no han estado ni siquiera cerca de ofrecer.

La discusión acerca de la actividad minera, oscila en el discurso hegemónico, entre los polos de la defensa acérrima de un modelo minero trasnacional saqueador, extractivista, contaminante y enmarcado en la lógica de depredación voraz del capitalismo; y la oposición absoluta a cualquier tipo de minería. El urgente planteo de derogación de las leyes mineras entreguistas vigentes, la creación de un nuevo código minero que devuelva la soberanía estatal sobre los recursos, y permitan el desarrollo de una minería estatal, con rigurosos controles, sin lixiviación de cianuro, etc. queda desdibujado así, completamente.

Además de las empresas trasnacionales, otro sector al que se sentó en el sillón de mando de la provincia a través del giojismo fue la iglesia católica, principal agente de la reproducción de los reaccionarios valores de la sociedad sanjuanina. La sistemática violación de los derechos de las mujeres y de la comunidad LGTBIQ ha estado amparada en la inmiscusión de la iglesia en las decisiones de estado.

El papel del PJ provincial ante avances en materia de derechos como el matrimonio igualitario, por ejemplo, llegó incluso a contraponerse a las posiciones del kirchnerismo en su momento: el día en que se iba a tratar la ley de Matrimonio Igualitario, el ejecutivo provincial decretó asueto administrativo, y faltas justificadas en las escuelas, para convocar a la marcha en contra. La utilización de niñxs para juntar firmas contra la democratización de derechos, ha sido una de las tácticas empleadas.

Similar situación observamos con respecto de la ley de Educación Sexual Integral, que no se aplica en las escuelas de la provincia; la ley contra la Violencia Obstétrica, concebida para amparar los derechos de las mujeres, vulnerados de manera permanente en la salud pública y privada.

Párrafo aparte merece la designación de ministros de salud que, respondiendo al mandato divino, no sólo cierran de plano la discusión sobre el derecho al aborto libre, seguro y gratuito en los hospitales públicos, sino que dejaban vencerse en las oficinas, los anticonceptivos enviados de nación, en una clara muestra de atropello al derecho de salud sexual y reproductiva, y de doble moral patriarcal, reaccionaria y homo-transfóbica.

La detención de una pareja de jóvenes que se besaban en el parque fue una de las expresiones de la homofobia recalcitrante y de la violencia institucional que es moneda corriente en la provincia, amparada bajo el Código Contravencional. Las razzias a los barrios populares, operativos policiales en los que la policía levanta básicamente a todx joven que se encuentre en la calle; la continua persecución con un marcado sesgo de clase a artistas populares, murgas, militantes, y jóvenes; vienen siendo una constante en el accionar de la policía. Esta situación ocurría en el Giojismo y se mantiene en la actualidad.

En tanto el sucesor de Gioja en la gobernación de San Juan, Sergio Uñac, ha asentido servilmente a todas las medidas del Macrismo. El ejemplo más reciente es la firma del “Compromiso Federal para la Modernización del Estado”, eufemismo para achicamiento del estado y despidos en el sector público. El panorama que se vislumbra, además, hallaría una continuidad entre Gioja y Uñac, a pesar de las rencillas y disputas que venían dándose hacia el interior del FPV en la provincia.

Es evidente que sólo nos queda la construcción de una alternativa política real para lxs trabajadorxs, fuera del bipartidismo burgués que intentan instalar como la única opción en nuestro país. La salida al ajuste, la entrega y la represión del gobierno de Cambiemos, no existirá, si no está enmarcada en un proyecto de modificaciones estructurales, que nos alejen de las lógicas clientelares y punteristas, para acercarnos a la construcción de poder popular con voluntad de poder.

Transformaciones estructurales de ningún tipo serán posibles mientras la lectura de la coyuntura nos lleve de las narices al “todxs contra Macri” que nos pretenden imponer, ya que la política de CAMBIEMOS es ni más ni menos que la expresión más aguda y notoria de un gobierno funcional a los monopolios y a los sectores concentrados. Macri es el enemigo, pero es una cara de las tantas que este puede mostrar. Es imperioso no perder de vista que cualquier forma de capitalismo, más o menos “humanizado” y demás adjetivos, es el enemigo. Cualquier proyecto capitalista estará lejos de ser un proyecto de y para el pueblo: siempre será un proyecto para las minorías privilegiadas.

El chavismo como fenómeno social: Entre la revolución y el gatopardismo

 Por Miguelangel Hernández ——

Tengo contra los tiranos

Cheques de persecuciones

No les cobro el odio, madre,

Eso lo harán los demás.

Lego a la justicia en marcha

Mi apellido.

Y para la revolución

Que dio música a mis gustos

Endoso mis “stock” de acciones.

Pío Tamayo, 19321

El chavismo, entendido no solo como la adhesión a un determinado partido político y sus respectivos líderes, sino como aquella identidad política que emerge del fenómeno Chávez conformando un nuevo sujeto político, ambiguo y policlasista, pero capaz de movilizar enormes contingentes de personas, suele ser visto desde el exterior como esta suerte de novísimo movimiento de izquierda que de forma casi espontánea surgiría entre las cenizas del socialismo real para impulsar la gran revolución proletaria internacional.

Sin embargo, un breve recorrido por sus condiciones de posibilidad hace evidentes las limitaciones estructurales que por un lado imposibilitan que al girar sobre su propio eje tome de forma natural el curso hacia el comunismo, mientras, a su vez, señalan la necesidad de una firme vanguardia revolucionaria capaz de hegemonizar dicho espacio y darle una verdadera direccionalidad socialista y de clase.

Si bien es evidente que existe un potencial revolucionario inherente al fenoméno en si mismo, en tanto moviliza a los sectores populares y es capaz de sacar a la calle incluso a los grupos poblacionales más marginados, gran parte del imaginario chavista sólo rearticula elementos que se encontraban gravitando en el tablero político venezolano, algunos de ellos, formando parte del bagaje discursivo del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y demás organizaciones de izquierda, así como, de partidos como Acción Democrática (AD), cuyos orígenes socialdemócratas no evitarían que en los años 80 comenzara un largo viraje hacia el neoliberalismo..

Desde principios del siglo XX y a raíz de una disputa por los abundantes recursos naturales que caracterizan al país, comenzó a tomar fuerza el discurso antimperialista llegando a su climax con la toma de posesión de Romulo Betancourt (1908-1981), disidente de las filas de la Juventud Comunista de Venezuela (JCV) y fundador de AD, un partido en sus orígenes de inclinación nacional desarrollista en concordancia con el resto de los populismo latinoamericanos que surgieron desde finales de los 50.

No obstante, ya desde entonces comenzaría a atenuar su discurso en orden de distanciarse de su pasado comunista que generaba suspicacia al gobierno norteamericano imbuido plenamente en la lógica mcartista para la fecha, hasta el punto de insistir en no permitir bajo ningún termino que el PCV formara parte del pacto de gobierno postdictadura aunque fueran los principales organizadores de la coalición que derrotaría definitivamente a la misma con el nombre de Junta Patriótica, esto último, generando bastante descontento entro los militantes más jóvenes del partido que representada quienes consideraban a los comunistas compañeros de lucha.

Otro componente que ha estado gravitando en la política venezolana desde hace mucho tiempo es el bolivarianismo. En principio, Simón Bolívar, al representar un estandarte del pensamiento político radical del siglo XIX, tiene la capacidad de ser resignificado de diversas formas, y consecuencia de ello, ha sido el significante vacío predilecto de la mayoría de los partidos de masas venezolanos.

Ya el PCV reivindicaba la figura del libertador desde una óptica emancipadora desde su fundación, rescatando la imagen de Bolívar como representante de la lucha por un país más igualitario, y sobre todo, de la reticencia frente a cualquier tipo de dominación extranjera, representada en el siglo XX por el imperialismo Norteamericano.

Ahora bien, las anteriores líneas no buscan desestimar al chavismo como el fenómeno político más relevante que ha atravesado el país desde hace más de 20 años, ni las conquistas sociales conseguidas como resultado, donde resaltan La Ley Orgánica del trabajo, los trabajadores y las trabajadoras, las diversas Misiones Sociales, entre otras. Lo que se trata es de demostrar que han ocurrido eventos similares en la historia política venezolana, los cuales culminaron con su normalización por el sistema capitalista, asfixiados en la lógica petrolero rentista.

Quizás el logro más importante fue conseguir la manera de unificar a toda la izquierda en una gran coalición, aunque su fragilidad se haga evidente frente a la crisis económica actual y el comportamiento de determinados actores quienes parecen estar más preocupados por mantener los beneficios que la función burocrática provee que por derribar el sistema capitalista o aunque sea trasformar el modelo rentista culpable en gran medida de la crisis actual. Además, es relevante señalar que de por sí la cultura política venezolana ha sido siempre reacia al neoliberalismo, hasta el punto en que, Carlos Andrés Pérez (1922-2010), el único presidente que se empeñó en aplicar un ajuste radical para avanzar en ese dirección, terminó tras las rejas teniendo que interrumpir su mandato2.

Dicho hecho no es casual, sino que emerge del carácter petrolero del modelo de acumulación venezolano, tan determinante que puede afirmarse como la historia de los partidos políticos venezolanos ha sido la historia de una disputa sobre la distribución del excedente petrolero3. Todo ello permite entrever la existencia enorme potencial revolucionario en dicha cosmovisión del mundo, el cual, puede esfumarse fácilmente sin una vanguardia de clase que empuje el proceso de trasformación hacia el socialismo, rescatándolo de aquella ambigüedad habitual producto por su naturaleza populista4.

Si bien el ciclo progresista latinoamericano contribuyó a mejorar la calidad de vida de las clases populares, no deben olvidarse las palabras de Lenin sobre el Estado burgués:

Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento: he aquí la verdadera esencia del parlamentarismo burgués, no sólo en las monarquías constitucionales parlamentarias sino en las repúblicas más democráticas.5

Frente a una nueva ofensiva del imperialismo y las derechas del mundo, solo el socialismo permitirá consolidar lo logrado y avanzar hacia una vida más digna, la Argentina es el ejemplo de lo que espera caso contrario, y la vacilación solo alarga la agonía, firmeza no es sacar los tanques a la calle sino socializar los medios de producción, el futuro del subcontinente está en juego.

1Poeta y precursor del marxismo en Venezuela nacido en 1989. Contribuyo a fundar el Partido Comunista de Cuba.

2Para un desarrollo más profunda de dicho acontecimiento, consúltese: Rey, J. C. (2009). Crisis de la responsabilidad política en Venezuela. La remoción de Carlos Andrés Pérez de la presidencia. Caracas: Fundación Manuel García –Pelayo.

3Dicha disertación se extrae de: Coronil, F. (2013). El estado Mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela. Caracas: Editorial Alfa.

4Se utiliza el concepto de populismo desarrollado por: Laclau, E. (2005). La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

5Lenin, V. I. (1975). El Estado y la revolución. Buenos Aires: Anteo.

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