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viernes, octubre 23, 2020

HISTORIA DE LA DEUDA ETERNA [Genealogía de un delito perpetuo]

Por Eduardo Ibarra

“La Lucha precede, en cierto sentido, a las clases sociales. Esta afirmación explícita que las clases se conforman mutua y permanentemente por la lucha. Si bien la constitución primaria de las clases ocurre en oportunidad de los procesos de lucha constitutivos del modo de producción al que pertenecen, su reconstrucción es permanente, producto de los enfrentamientos cotidianos.» Flabián Nievas

A modo de aclaración preliminar, creemos que es necesario en este caso como en tantos otros, disponer para el análisis de ciertas herramientas metodológicas. Dichas herramientas en principio, deberían ayudarnos en la tarea de abordar todo análisis relacionado a la esfera de la economía política con espíritu crítico, subordinando toda definición, toda conclusión, no a conceptos establecidos a priori, sino por el contrario al más estricto rigor científico.

En segundo lugar, no tiene sentido encarar una cuestión tan compleja como la cuestión de la Deuda sin intentar la comprensión de su lógica sistémica, conforme a sus particularidades, continuidades y tendencias.

Siempre que se tenga la legítima pretensión decomprender un aspecto particular del sistema capitalista, es necesario analizar ese aspecto desde su multiplicidad concreta hasta su abstracción mínima. Sólo de ese modo se nos hace posible develar la manifestación fenoménica de la sustancia dentro del universo de las relaciones sociales que caracterizan a dicho sistema.

El presente trabajo intenta demostrar que la Deuda no solamente constituye un instrumento de subordinación económica o de dependencia política, sino una determinada relación de poder que se despliega de acuerdo con cada etapa de reproducción del sistema capitalista.

Esto significa que la deuda es parte de una matriz que responde a un esquema de poder resultante de la lucha de clases, donde distintas fracciones logran consolidarse como fuerza social, para atraer y subordinar a otras clases y fracciones, dando forma a los bloques de poder.

El Estado de bienestar. Un “lapsus” temporal del capitalismo.

Distintas corrientes historiográficas suelen presentar el crack de 1929 como una crisis financiera producto de la caída de las acciones bursátiles en New York, crisis que se extendió luego al resto del mundo occidental.

Sin embargo, no nos conforma la sola idea de que aquella depresión fue apenas la consecuencia de la ambición desmedida de un grupo de irresponsables. Por tal razón, y conociendo el funcionamiento del sistema capitalista, dicha depresión se presenta fundamentalmente, como el desequilibrio permanente entre la oferta y la demanda[1] preexistente en el capitalismo.

El exceso de producción, con respecto a las necesidades insatisfechas de la población, una y otra vez demostró que las crisis forman parte de los ciclos de reproducción y acumulación del sistema de acuerdo con la composición orgánica del capital y de las fuerzas sociales en pugna.

Esos ciclos además, respondiendo a la necesidad de la burguesía por ampliar los márgenes de ganancias, son el resultado de la competencia despiadada para no quedar afuera del mercado, por lo que la reducción de costos se encuentra íntimamente ligada a la mayor productividad, es decir, a mayor explotación.

Al ser el capitalismo un sistema que crea valor para autovalorizarse, se genera una contradicción intrínseca dada por un lado, por la necesidad de ampliar la ganancia del capitalista, y por el otro, por la necesidad de vender a los mismos obreros las mercancías que estos producen.  Sin contar que dentro de esa necesidad del capitalista por ampliar sus ganancias está incluida la variable de la disminución de los ingresos que perciben sus asalariados. 

Asimismo, dentro del ámbito mundial e histórico, la crisis de 1929 modificó la relación entre la sociedad civil y el Estado, cerrando las economías al comercio internacional y poniendo fin a los postulados del laissez faire. Las burguesías de los distintos países convalidaron esta nueva etapa de fortalecimiento de los partidos políticos como una forma de restablecer la gobernabilidad y la estabilidad de la economía amenazada, tanto por las protestas obreras internas, como por el surgimiento de la URSS como alternativa al capitalismo. Frente a esta situación, la intervención estatal fue el eje organizador y ordenador de las relaciones sociales, generando el incremento de las estructuras burocráticas estatales y partidarias.

Este proceso, en términos políticos, derivó en el ascenso de partidos de masas con mayores márgenes de autonomía, de acuerdo al grado de hegemonía de la burguesía en la sociedad civil y a la configuración histórica del Estado como regulador de las relaciones sociales.  Allí donde la sociedad civil se encontró más desarrollada,  la socialdemocracia (con sus distintas variantes) logró consolidarse en el poder, mientras que, en los países con Estados nacionales tardíos y con una hegemonía burguesa débil, el fascismo y el nazismo lograron conquistar la estructura estatal.

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, este modelo de capitalismo estatal y monopólico fue reconfigurado como lo que se conoce con el nombre de Estado de Bienestar.

A diferencia de lo que pregonaron los distintos partidos socialdemócratas y populistas, el corto período de auge del Estado de bienestar, fue parte de una etapa particular del sistema capitalista.

Las principales características de ese período fueron:

  1. Ampliación de la frontera de producción dentro de la economía de los Estados Unidos de Norteamérica.  Sólo por haber ingresado tardíamente a la Segunda Guerra Mundial, los EEUU  tuvieron la posibilidad de desarrollar su industria mediante la incorporación de una nueva mano de obra, a saber, la mano de obra de las mujeres, quienes se hallaban relegadas particularmente a la producción fabril.
  2. El desarrollo de las fábricas y el crecimiento de la mano de obra en general, posibilitó la rápida reconversión del aparato productivo de ese país una vez finalizada la guerra,  con crecimiento del mercado interno y la generación de excedentes dirigidos al comercio exterior.
  3. Con la necesidad de la reconstrucción de Europa y frente a la Unión Soviética como amenaza una vez desatada la Guerra Fría, el plan Marshall fue el instrumento utilizado para conquistar el mercado europeo y consolidar la expansión económica y política.
  4. El sistema fordista, junto al método taylorista, posibilitó un mayor grado de productividad y baja de precios, logrando aplacar las luchas sindicales.
  5. La creación del FMI junto con el acuerdo de Bretton Woods posibilitó un nuevo sistema comercial financiero para el expansionismo de los capitales norteamericanos.  Dentro de un aparente esquema librecambista se impuso al dólar como moneda internacional con los fines de dominar el tipo de intercambio entre los países periféricos y la nueva potencia imperialista.
  6. Junto con una Europa necesitada de manifacturas e inversiones y países subdesarrollados que solo producían materias primas, el capitalismo norteamericano pudo desarrollar su economía al tiempo que consolidaba su esfera de dominación frente al bloque socialista.

En conclusión, el surgimiento del Estado de bienestar o del Estado intervencionista, no fue producto de la buena voluntad de los partidos populistas o socialdemócratas, sino el resultante de una nueva etapa del capitalismo ante el fin del imperio inglés y el surgimiento del imperialismo norteamericano, dentro de un período transición entre las crisis económicas y guerras mundiales. Una etapa en la que se definieron nuevas formas de relaciones sociales de producción y un nuevo modelo de dominación mundial[2].

El principio de la globalización neoliberal

La década del ‘70 marcó el comienzo de la reconfiguración del mundo bipolar y de la estructura internacional del capitalismo.

El rápido desarrollo de la manufactura global generó una sobreproducción que presionó hacia la baja a los productos manufacturados y las tasas de interés, llevando a los grandes jugadores internos de EEUU a una crisis de rentabilidad. El modelo productivista yanqui de mercado interno entró en crisis frente al modelo toyotista japonés, modelo este último, que introdujo la robótica como novedad en los métodos de producción. Simultáneamente, la expansión de los mercados financieros más la aparición de empresas transnacionalizadas  que funcionan como actores de peso en las Relaciones Internacionales, hicieron que los derivados financieros se constituyeran en la mejor opción de inversión. Durante de ese proceso de expansión y reconversión del capitalismo, el Estado intervencionista o de bienestar fue transformándose en un lastre y en un freno para la nueva fase financiera y para la deslocalización productiva del capitalismo.

Para lograr esta reconversión del sistema fue necesario que las fuerzas represivas estatales y paraestatales aniquilaran toda resistencia a la reproducción del capital. El tándem Thatcher/Reagan con su ideología neoconservadora, fue quien coordinó el avance sobre las clases subalternas con el objeto de allanar el camino a la globalización del capital financiero en su versión neoliberal.  La derrota de las organizaciones revolucionarias en Latinoamérica,  el fin del nacionalismo panárabe, el quiebre de la resistencia de los mineros en Inglaterra y la implementación de la Perestroika en el bloque socialista, fueron algunos de los frentes de lucha que posibilitaron la configuración del mundo unipolar y hegemónico.

En ese contexto se impusieron a los estados latinoamericanos reformas estructurales y políticas  por medio del llamado Consenso de Washington.

La hegemonía neoliberal, llamada “globalización”, tuvo cuatro ejes.

Uno, fue la deslocalización de las empresas dentro de una nueva división internacional del trabajo, igualando costos y tercerizando áreas no competitivas. Otra, fue la expansión del entramado financiero para la colocación de excedentes y la obtención de mayores cuotas de plusvalía, en una nueva forma de acumulación del capital.  Una tercera, fue el desarrollo de la informática junto con las comunicaciones, que permitieron agilizar la entrada y salida de capitales de distintas plazas financieras. Y por último, la reformulación jurídica de la soberanía de los estados.

A pesar de que la globalización fue presentada como un triunfo del liberalismo frente a cualquier intromisión política (sea o no socialista), la implicancia de esta fase fue la imposibilidad de incrementar los niveles de producción a pesar de la introducción de la cibernética y la robótica, dentro de un contexto de mayor concentración y centralización de la economía a nivel mundial. Por lo cual, los mercados financieros fueron el ámbito necesario para volcar los excedentes productivos en búsqueda de mayores tasas de ganancias con menores riesgos y sin inversión real.

Fue, y es, en ese entramado donde la Deuda Externa Pública se desenvolvió, incremento y perfeccionó.

Argentina endeudada

“Si se dejan de lado las explicaciones autojustificadoras de la conducta cómplice, los hechos expuestos son singularmente reveladores de esa continuidad operativa a la que me he referido anteriormente, y una prueba más de que el “partido único” del pseudo poder sólo tuvo en la mira acceder a la conducción del Estado para servirse de él y no para ejercer los fines nobles que dignifican su ejercicio en bien de toda la comunidad”. Alejandro Olmos Gaona

Tomando la situación de la deuda en su relación con los inicios de la conformación del Estado, el empréstito de la Baring Brother bajo la presidencia de Rivadavia, no tuvo una relación progresiva ni lineal entre la deuda con los capitales ingleses y la deuda actual con los capitales transnacionales en la fase imperialista. Si bien la característica común fue la de extraer los recursos del país por medio del mercado financiero, no tuvo el mismo origen ni una misma finalidad.

Cuando las viejas colonias españolas se independizaron y se constituyeron en Estados nacionales, el lugar que ocuparon en la división internacional del trabajo fue la de compradores de productos industriales y exportadores de materias primas hacia los países centrales, principalmente Inglaterra. Los empréstitos e inversiones hacia los países periféricos desde los países industrializados tuvieron la finalidad de desarrollar una infraestructura logística y productiva agroexportadora, mientras se creaba un mercado interno para la importación de productos industriales. Si bien gran parte de la deuda quedó en manos de agentes especulativos y corruptos, su causa surgió del desarrollo que necesitaba el país para el comercio mundial y para la construcción y consolidación del Estado nacional[3].

A diferencia de este proceso de endeudamiento e inserción en la división internacional del trabajo, el origen de la deuda actual no se generó a partir de la necesidad del desarrollo productivo de la economía nacional para abastecer a los países capitalistas desarrollados, sino a una multiplicidad de causas correspondientes a la fase financiera global del imperialismo.

La matriz de dominación y saqueo que padece hoy la Argentina tuvo su inicio en la crisis del petróleo del año 1973. Esta crisis, como tantas otras del capitalismo, fue resuelta mediante la creación de un instrumento financiero (en este caso los petrodólares), cuyo propósito fue el de volcar el excedente productivo a los países periféricos como deuda.

De esta forma los grandes centros capitalistas lograron descomprimir el exceso de dólares y generar un mecanismo para obtener grandes y seguras ganancias.

Con estos instrumentos políticos, económicos y financieros, el imperialismo pudo canalizar las grandes fortunas de las monarquías árabes, mientras sometía a las economías latinoamericanas a un endeudamiento eterno.

Para imponer estas medidas fue necesaria la aniquilación de toda resistencia popular a través de guerras de baja intensidad y golpes de estados.

Si bien la deuda como tal fue explicada desde un aspecto económico financiero, en realidad formó parte de un cambio sistémico que se fue produciendo a partir de la expansión de los capitales transnacionales a nivel global y que se consolidó con la caída de la URSS y el fin del llamado Estado de bienestar o intervencionista.

Ante la derrota de los movimientos revolucionarios y antimperialistas, este modelo de Estado dejó de cumplir con el rol de contención social para transformase en una carga para las burguesías, las cuales pujaron por la disminución de las transferencias a los sectores populares a fin de incrementar su tasa de ganancia vía disminución tributaria y demás políticas libre mercado; y un freno al flujo de capitales financieros, en la que la nueva fase de extraterritorialidad y aceleración de movimientos bursátiles implicó la reconversión de la base jurídica y política de la soberanía estatal.

El proceso de endeudamiento fue comandado, en un primer momento, por los organismos internacionales y multilaterales de crédito y por los bancos privados sindicalizados.

El comienzo

En el caso de Argentina el mecanismo de desmantelamiento y endeudamiento del Estado, que se inició durante la dictadura militar del ‘76, tuvo cuatro ejes principales: 1) se emitieron cupos de deuda para las empresas estatales emitidos por el BCRA, los cuales no fueron utilizados para modernizar la estructura productiva, sino que fueron desviados hacia activos financieros y retornos de los funcionarios involucrados en las transacciones; 2) se estatizaron las deudas espurias de los grandes capitalistas locales y extranjeros sin ningún tipo de control ni auditoría; 3) se aplicaron seguros de cambio garantizados por el Banco Central para la toma de deuda privada; y 4) se institucionalizó un modelo de especulación con el tipo de cambio y la tasa de interés (carry trade)[4].

La finalidad de estas medidas fue la de incrementar el patrimonio de la burguesía interna y externa en base a la disminución del erario público y el vaciamiento de las empresas estatales.

Junto con estos mecanismos financieros, se instrumentó la transferencia del capital público al privado con la venta de insumos y productos subvencionados a los grandes grupos empresariales (acero, nafta, electricidad, etc.) a precios por debajo del costo de producción y muy por debajo del precio de mercado, haciendo que las empresas estatales comenzaran a ser deficitarias.

Este plan de la dictadura, que fue encabezado por la dupla conformada por el ministro de economía José Martínez de Hoz y el Secretario de Estado de Programación y Coordinación Económica Walter Klein[5],  estuvo enmarcado dentro de un programa de liberalización abrupta de la economía nacional[6], mediante la eliminación de controles de precios, liberación de las transacciones financieras, anulación de aranceles al comercio exterior, liberación de las tasas de interés, eliminación de los topes a los precios de los alquileres y la libre contratación sin salario mínimo. En otras palabras, esto fue la LIBERTAD DE EXPLOTACIÓN para FUGAR CAPITALES.

Al inicio del golpe de Estado en 1976 el monto de la deuda externa total era de 9.780 millones de dólares, compuesta por deuda pública (capital + intereses) de 6.402 millones y por una deuda privada (capital + intereses) de 3.378 millones de dólares.

Hacia el fin del proceso militar la deuda sumaba un total de 44.377 millones de dólares, dividida entre sector público (capital + intereses) de 30.108 millones y el sector privado (capital + intereses) de 14.269 millones[7].

De acuerdo con la auditoria de 1983 del BCRA, el sector financiero ocupaba, con respecto a otros rubros, entre un 80 y 90% de la composición de la deuda.

Tomando en cuenta que la fuga de capitales de ese período osciló entre 20[8] y 30[9] mil millones de dólares, se puede concluir que la deuda privada fue fugada en su totalidad por los medios anteriormente descriptos.

La dictadura dejó en 1983 un PBI de alrededor de 100 mil millones de dólares, con una relación del 60% de deuda, partiendo de una ratio deuda/PBI de un 18% a comienzo de 1976.[10]

Retorno de la democracia y continuidad de la deuda

Una vez retomada la democracia en 1983, el gobierno de Raúl Alfonsín tuvo un primer intento de auditar la deuda durante la gestión del ministro de economía Bernardo Grinspun, pero fue rápidamente obturado por la presión de EEUU, la mafia burocrática interna y los llamados “capitanes de la industria”. Tanto en el plano de los juicios a los militares como con el tema de la Deuda, la Unión Cívica Radical no tuvo la capacidad de llevar adelante su idea de un modelo al estilo de la socialdemocracia europea. Tampoco el peronismo, como oposición, representó un modelo alternativo, sino todo lo contrario. El pacto sindical-militar fue el compromiso asumido con la dictadura para encubrir la colaboración con la represión y especialmente, en el accionar de las fuerzas parapoliciales y el aporte de grupos del peronismo de derecha.

En 1985, ante la crisis económica, los vencimientos de deuda impagables, la alta inflación (que perturbaba las tasas de ganancias de la burguesía local y empobrecía a la clase trabajadora) y una caída del 40% de los precios de los bienes transables, el por entonces ministro de economía Juan Vital Sourrouille, intentó frenar la inflación por medios heterodoxos fijando precios y salarios[11]. El fracaso estrepitoso del llamado plan Austral, junto con la presión de los grupos económicos y la negativa del gobierno de EEUU para refinanciar la deuda externa, generó un nuevo plan económico llamado Plan Primavera que constituyó un giro en la concepción socialdemócrata del Estado. Se puso así en práctica un proceso de descentralización de las empresas estatales, convalidando la deuda privada estatizada como forma de consolidar y ampliar los intereses de la burguesía; al tiempo que se desfinanciaban las empresas estatales por medio de la desregulación, la autofinanciación y la introducción de capitales privados para competir en condiciones de igualdad dentro del sector público[12].

En el discurso de lanzamiento del plan Primavera, el 3 de agosto de 1988, el ministro Sourrouille y el ministro de obras y servicios públicos Pedro Trucco, anunciaron medidas desregulatorias para acoplar la economía a los cambios mundiales; que, según ellos, eran la solución a la crisis nacional interna[13].

Al final del gobierno de Alfonsín en 1989, la deuda se incrementó de 45 mil millones de dólares al inicio del período presidencial a unos 63.300 millones, junto con la caída del PBI en alrededor de 76 mil millones dólares. El déficit del sector público de ese año fue del 7,6%.

Durante la hiperinflación, que marcó el final del gobierno, las tasas de interés se elevaron en un 1.669 % y el salario real cayó un 30%. La tasa de desempleo aumentó de un 6% en 1983 a un 8,4% para 1989.

Las reformas liberales que el radicalismo trató de imponer hacia final del mandato presidencial, fueron resistidas por el peronismo como forma de oposición política y electoral, pero no desde una posición ideológica diferencial. Este discurso oportunista fue sostenido durante la campaña electoral hasta el triunfo de Menem en las elecciones presidenciales de 1989 y a la entrega anticipada del gobierno. Una vez iniciado el gobierno peronista, las medidas económicas tendieron a enfocarse hacia los intereses de la burguesía transnacionalizada.

Con la asunción de los ministros Miguel Roig y Néstor Rapanelli, provenientes del grupo Bunge y Born, se intentó frenar la inflación y el déficit de las cuentas públicas devaluando el Austral y subiendo las tarifas[14]. Este programa duró hasta la segunda hiperinflación, donde se generaron las condiciones para la asunción del Domingo Cavallo, el hombre de confianza de los capitales financieros y del imperialismo norteamericano[15]. El nuevo plan consistió en fijar el peso en paridad al dólar, abrir las importaciones, privatizar y extranjerizar las empresas estatales, descentralizar el Estado y lograr nuevos acuerdos con el FMI mediante el plan Brady. Todo englobado en el llamado Consenso de Washington.

Apoyados en la retórica del cambio y la adaptación a ese “nuevo” mundo de los ’90 donde predominaban la idea del fin de la historia y el fin de las ideologías, se consumó la venta de empresas públicas, se eliminaron los controles estatales de la macroeconomía y se incrementaron exponencialmente las cifras de la deuda externa.

Fue en esta etapa donde la Deuda dio un salto cualitativo y cuantitativo, al incrementarse en forma exponencial y al incorporarse un nuevo tipo de bonistas, es decir, los grandes capitales globales y los fondos de inversión comenzaron a tener preponderancia dentro del grupo de los acreedores externos[16].

El final de la década menemista no significó un cambio del programa económico, sino un recambio de figuras políticas que continuaron y agravaron la situación social hasta la salida de la convertibilidad en el 2002 con la asunción de Duhalde. Esta etapa produjo un cambio estructural en la economía y una reconfiguración de las relaciones sociales y del Estado.

El menemismo, como fuerza política de la burguesía transnacionalizada, reformuló las relaciones de poder al lograr someter a los sectores combativos del campo popular y a las clases trabajadoras dentro y fuera del peronismo. El cambio estructural del aparato productivo nacional fue parte de la consolidación de un proceso iniciado durante la dictadura militar como respuesta a la inserción a una nueva división internacional del trabajo, resultante de una mayor centralización de la economía global y de la deslocalización del capital productivo.

Las características principales de este cambio estructural/productivo a nivel nacional fueron:

  • Modernización de la agroindustria con el desarrollo científico tecnológico de las semillas transgénicas y de la robótica en las maquinarias.[17]
  • Primarización de la industria nacional convirtiéndola de ese modo, en un eslabón más de la cadena de producción global.
  • Desarrollo del sector de servicios complementario a la demanda de los capitales transnacionales. (Ej.: call centers, franchising, etc.)
  • Desarrollo del mercado financiero para la reproducción del capital.

El ingreso de capitales se produjo por medio de deuda pública y privada, y por negocios financieros especulativos. Mientras que la salida se llevó a cabo por medio de pago de deuda estatal (fundamentalmente a cambio de las privatizaciones) y por fuga de capitales.

  • Privatización de las empresas estatales y extranjerización de todo el aparato productivo.
  • Privatización de puertos y del comercio exterior.
  • Eliminación de las juntas reguladoras estatales. (Junta Nacional de Granos, Junta Nacional de Carnes, etc.)
  • Tercerización de las ramas de la producción no rentables a los grandes monopolios u oligopolios.
  • Modernización y desarrollo de las comunicaciones y de la informática.
  • Reforma laboral para la mayor apropiación de plusvalía y mayor disciplinamiento de los trabajadores (reforma laboral y despidos masivos mediante).

La deuda fue parte del plan de reconversión de la economía y el fundamento para realizar las privatizaciones de las empresas estatales. Con un armado discursivo, ideológico y comunicacional, las privatizaciones fueron presentadas como una forma de saldar definitivamente la deuda pública ante los acreedores privados. Con este mecanismo la burguesía local y transnacional adquirió bienes del Estado a niveles ridículamente inferiores al precio de mercado.

Al culminar la década de los ‘90 el Estado había perdido sus grandes empresas y la deuda se había incrementado exponencialmente.

De 1989 a 1999 la deuda se incrementó a unos 145 mil millones de dólares[18], con un PBI anual de 283 mil millones de dólares (con una reducción del 3 % para 1999, tomando el año anterior). Lo cual dio una relación deuda/PBI de alrededor de un 50%.

Los niveles de desempleo se elevaron a un 14,5% y de subempleo al 14,9%.

Con el final del menemismo en 1999 y con la asunción de un nuevo gobierno de coalición encabezado por Fernando de La Rúa, el plan económico de la Convertibilidad continuó hasta su eclosión en la gran crisis social de 2001. La deuda pública se volvió a engrosar con el llamado “megacanje” y el mecanismo de los depósitos garantizados.

El “legendario” ministro de economía de Menem fue puesto nuevamente en esa cartera para afrontar la situación económica apremiante, lo que significó acelerar más aun las variables económicas para una nueva crisis de dimensiones históricas.

Su plan, implementado junto con el nefasto negociador de la deuda de la dictadura Daniel Marx, fue la de aplicar en forma brutal los mismos mecanismos de endeudamiento. Antes de la asunción de Cavallo, el por entonces ministro de economía José Luis Machinea, implementó el blindaje del FMI/Banco Mundial por una suma de 40.000 millones de dólares, los cuales solo fueron prestados en un porcentaje muy inferior.[19] Este plan fracasó y a principios de 2001 la economía continuó en caída.

Para remediar esta situación la dupla Cavallo-Marx implementó un nuevo megacanje, que fue impulsado por los propios acreedores del Plan Brady: Muldford, el JP Morgan, y también por los hermanos Rhom.

El nuevo viejo plan fue el de emitir cinco tipos de bonos por más de 30 mil millones de dólares, que incrementó la deuda en un 10%, con intereses futuros por 85 mil millones de dólares. Junto a este instrumento financiero se rescataron algunos títulos (similar al megacanje) por su valor nominal que doblaba el del valor de mercado, mientras se aplicaban los préstamos garantizados a otros títulos devaluados. Esto permitió a los bancos internacionales contabilizar los viejos títulos en los balances de las filiales locales. O sea, cambiaron bonos por préstamos bancarios a valor nominal, para fugar capitales (plata de los ahorristas) por medio de asientos contables entre las filiales y las casas matrices. Es en este contexto donde se decretó el corralito, para enfrentar la corrida bancaría y la falta de liquidez.[20]

Después del colapso del gobierno de la Alianza y de la sucesiva seguidilla de gobiernos interinos en la que se decretó el default, comenzó lo que se conocería más tarde como la década kirchnerista, con un primer gobierno de Néstor Kirchner y dos mandatos posteriores de Cristina Fernández.

La posición asumida con respecto a la deuda pública fue la de lograr solvencia para salir de la cesación de pagos e ir negociando con los acreedores determinadas quitas y nuevos contratos.

Con un superávit gemelo y una demanda externa que hacía subir el precio de los commodities durante la primera mitad de la década K, los pagos al Fondo Monetario y los canjes de deuda tuvieron un relativo éxito al cancelar toda la deuda con el organismo multilateral de crédito y lograr el “apaciguamiento” monetario para una importante cantidad de bonistas.

Desde una retórica independentista y popular se convalidaron y se legitimaron todos los reclamos de los acreedores, cuyos títulos abarcaban un período que iba desde la época de la dictadura hasta el megacanje. El kirchnerismo, autoadjudicándose el título de “pagador serial”, justificó el saqueo al pueblo argentino con una falsa retórica que no se correspondía con los hechos de la realidad. [21]

Sin embargo, “el veranito” pagador duró hasta la crisis internacional de 2007 y hasta la crisis nacional de 2008, cuando los precios de la soja comenzaron a caer abruptamente y con ellos, cayeron también las reservas del Banco Central.

Con un desmoronamiento progresivo de la economía que imposibilitaba el pago a todos los acreedores, comenzó un período de negociaciones que concluyó en el pago de una deuda para con el Club de París y con los juicios millonarios que los grandes capitalistas globales que habían comprado títulos de deuda defolteados llevaron a cabo contra la Argentina.

El tan declamado desendeudamiento del kirchnerismo no fue otra cosa en definitiva, que la continuidad del sistema de deuda perpetua implementado por la dictadura de 1976 que, de algún modo u otro, institucionalizó un mecanismo por la cual se paga y se negocia para volver a adquirir nuevas deudas e incrementar la deuda mediante la capitalización una y otra vez de los intereses

Los pagos que se realizaron a los acreedores, tanto privados como multilaterales, no resultaron una reducción de la deuda argentina, sino un cambio en su composición al generar una deuda intra-estado. 

Por medio de los recursos del ANSES (es decir, dinero de los jubilados)[22], de las reservas del BCRA[23] y de otros fondos de bancos estatales, se emitieron títulos intransferibles para que el Estado asumiera los vencimientos con los bonistas.

En lo referente a las obligaciones con los organismos multilaterales de crédito, se pagó la totalidad de la deuda con el FMI por 9.500 millones de dólares y se negoció la deuda de 6.000 millones de dólares con el Club de París, pagando 9800 millones de dólares[24].

El primer ofrecimiento que hizo el kirchnerismo a los acreedores privados fue el de atar los cupones del canje del 2005 al crecimiento PBI, que por aquellos años tenía un crecimiento récord, logrando por un lado, un alto grado de aceptación, y por el otro, un gran descuento de esos bonos.

Sin embargo, los grandes capitalistas (fondos buitres) que no entraron al canje y llevaron la negociación a los tribunales de New York, exigiendo el cobro total de los títulos más los intereses adeudados. En lo referente al descuento de la estructuración de deuda, lo que se ganó con la quita se perdió con el aumento de los intereses y del dibujo del PBI por parte del Indec.

En términos macroeconómicos, cuando asume el primer gobierno kirchnerista en 2003 la deuda era de 150 mil millones de dólares y la ratio deuda PBI (relación Deuda-PBI) al inicio de la gestión K era de casi un 120 %, con una composición de un 75.7 % de extranjera y 24.3 % de moneda nacional.

Al finalizar el segundo mandato de Cristina Fernández la deuda se ubicó en 240 mil millones de dólares, o 300 mil millones de Euros, de acuerdo a distintos cálculos[25], con un porcentaje de 52 % de deuda sobre PBI y una relación entre monedas de 69,3 % para la divisa extrajera y de 30,7 %  para la divisa nacional[26].

Si bien en términos relativos la relación Deuda-PBI tal como muestran los porcetajes más arriba mencionados fue disminuyendo durante el kirchnerismo, en términos absolutos se incrementó por el propio aumento del Producto Bruto Interno y el cambio en su composición. Ese PBI inicial en 2003 que representaba la suma de 127 mil millones de dólares, en 2015 se elevó a 580 mil millones de dólares.

En lo que respecta a la fuga de capitales, desde el período que abarcó a Duhalde y los dos primeros años de kirchnerismo (2002-2005), las sumas variaron de acuerdo a los distintos métodos de evaluación.  Con el Método Residual de la Balanza de Pagos la fuga sumaron unos 142.098 millones de dólares, por Stocks  unos 129.119 millones de dólares y por el método cambiario del Banco Central en 101.932 millones de dólares[27].

Un gran salto al vacío

La asunción de Mauricio Macri en diciembre de 2015 fue la esperanza blanca de la burguesía y de la pequeña burguesía aspiracional. Por primera vez en la historia contemporánea una fuerza política de derecha lograba ganar las elecciones nacionales por medio del voto mayoritario, desbancando al peronismo de su relato mítico de ser la única fuerza con capacidad de triunfar electoralmente y de gobernar sin crisis propia.

La burguesía asumió con Macri a la cabeza la idea que, una vez recompuesta la gobernabilidad y el tejido social luego de la rebelión de 2001, podría imponer ella misma sus propios cuadros dirigenciales y técnicos.  De ese modo, fue recreando la histórica dicotomía del anhelado triunfo de la civilización liberal sobre la barbarie peronista.

Lo que en realidad subyacía encubierta bajo esa sobrecargada retórica confrontativa, era la disputa de dos fracciones de la burguesía por la administración del Estado. Una disputa que desde la fracción peronista, se presentaba como la capacidad, en su versión kirchnerista, de estabilizar la situación social mientras se restituían los niveles de las tasas de ganancias de los capitalistas locales y globales.  Al mismo tiempo, este proceso fue visto por el bloque macrista con sus clases y fracciones aliadas, como la maduración de las condiciones objetivas y subjetivas para una nueva hegemonía neoliberal, libre de todo residuo popular.

Si bien en su momento, la aparición del kirchnerismo fue tomada por la clase dominante como “un mal necesario” para obturar el ascenso de partidos anticapitalistas (aceptando incluso la transferencia del Estado a los sectores de la economía informal), una vez cooptados los grupos piqueteros y reencauzado el sistema político, esa misma clase comenzó a rechazar esas políticas asistencialistas y a las cargas tributarias, denunciándolas como formas de expropiación de la riqueza y la propiedad privada.

En términos políticos y sociales, el proyecto macrista fue el intento de reformular el rol de Estado para un nuevo grado de explotación y saqueo al pueblo, mediante reformas laborales y reforma del sistema jubilatorio, facilitando al mismo tiempo, un mayor grado de movilidad de capitales.

Las promesas vertidas por Mauricio Macri de que su sola presencia a la cabeza del Poder Ejecutivo iba a atraer inversiones externas para reactivar la economía, se vio desmentida por el retraimiento de los mercados y por el estancamiento de precios a la baja de los productos primarios transables. Ante esta situación, el plan económico fue sostenido por medio de un constante endeudamiento y por medio de altas tasas de intereses para contener la corrida al dólar.

El carácter liberal y pro mercado del gobierno, terminó siendo un híbrido entre controles cambiarios y libertad para la fuga de capitales, mientras se profundizaban las políticas asistencialistas y/o clientelistas para contener la constante pérdida de puestos de trabajo y del poder adquisitivo de los asalariados en el sector formal.

Macri pasó de ser la esperanza burguesa a constituirse en la peor pesadilla, incluso para la propia burguesía que sufrió una caída histórica de las actividades productivas, salvo para los acreedores financieros internos y externos del Estado[28].

Al finalizar el mandato de Mauricio Macri la deuda acumulada ascendió a un total de entre 320 mil a 350 mil millones de dólares, mientras la fuga de capitales se elevó a unos 86 mil millones según datos del BCRA.

La tasa de desempleo se ubicó en un 9,7 % y la subocupación en un 12 % para el año 2019.  En lo que respecta a las personas por debajo de la línea de pobreza, el índice llegó al 35,5 % y al 8 % la indigencia.

El macrismo no desarrolló nuevos mecanismos de explotación y saqueo al pueblo argentino, sino que potenció la matriz de endeudamiento y la fuga de divisas.

A modo de conclusión

El análisis de los períodos del capitalismo en su relación con la deuda argentina, implica un abordaje complejo en una multiplicidad de variables y de categorías relacionadas entre sí.

En esa multiplicidad de factores existen distintos métodos de aplicación con distintos resultados y enfoques científicos-ideológicos. En ese sentido, lo que hemos intentado fue abordar tan complejo desarrollo a fin de comprender y demostrar que la deuda forma parte del despliegue de las relaciones sociales de producción, determinadas por la reproducción y acumulación del capital dentro de la lógica de explotación y apropiación de la plusvalía con sus particularidades para cada período o estadio temporal.

Una vez establecida su genealogía y desarrollo, y descubierto que la deuda responde a una lógica propia del sistema, podemos entender que las diferencias entre las teorías del liberalismo tradicional y del keynesianismo en todas sus variantes, son meramente formales, en tanto y en cuanto no cuestionan la deuda en sí misma como mecanismo de expoliación.

Mientras que los liberales explican la deuda como un instrumento normativo de la economía en el que su crecimiento exponencial es asignado al déficit presupuestario estatal,  los keynesianos asumen el endeudamiento desde una concepción político/moral por abuso de ese instrumento por parte de una clase antipopular u oligarca que no termina de ser del todo definida conceptualmente.

En cambio, para nosotros los marxistas, la deuda es una variable más dentro de la lógica normativa de la lucha de clases, por y para la apropiación del excedente en función de la relación social de producción y su despliegue en todos los ámbitos de la sociedad. Por lo tanto, el endeudamiento forma parte de la reproducción y reconfiguración del sistema como método de sometimiento contra las clases trabajadoras.

Este desarrollo histórico nacional se manifestó en distintos períodos de la siguiente manera:

  1. Inicio del mecanismo de la deuda tras la derrota militar de los movimientos revolucionarios en la década del ‘70 con la instauración del llamado Proceso de Reorganización Nacional (dictadura cívico militar).
  2. Derrota ideológica en la década de los ‘90, con el inicio de la hegemonía neoliberal a partir del fin de la URSS y la caída del campo socialista. Se imponen las reformas estructurales, se incrementa la deuda y hacen su aparición los nuevos acreedores no institucionales.
  3. Recomposición de la gobernabilidad post crisis 2001 y cooptación de los grupos piqueteros por parte del kirchnerismo/peronismo. Se produce el cambio en la composición de la deuda y se perfeccionan los mecanismos de endeudamiento.

Tomando en cuentas únicamente las variables macroeconómicas y su desarrollo en el período comprendido en la nota, vemos que el aumento constante de la deuda fue directamente proporcional al aumento de la pobreza, del desempleo y de la fuga de capitales.  Al tiempo que ese aumento se constituyó en un factor inversamente proporcional a la distribución de la riqueza y la disminución del poder adquisitivo de los asalariados. También hubo una relación inversa en la descapitalización del Estado frente al crecimiento del patrimonio privado.

Ahora bien, todas estas variables fueron y siguen siendo manifestaciones de una causa primaria que refiere ni más ni menos, a una nueva forma de sustracción del plusvalor surgida del cambio en los modos de producción y de su reproducción ampliada. 

Para terminar, todo este análisis sobre la Deuda, nos permite identificar claramente cuatro formas a través de las cuales se expresa la apropiación de plusvalía en el actual panorama del capitalismo:

  1. La relación social producción donde se encuentra la contradicción entre los medios privados de producción y el trabajo vivo (creación de valor vs. expropiación de plusvalía / salario vs. ganancia).
  2. Apropiación de un mayor porcentaje de plusvalía por medio de la imposición de precios por sobre el valor de las mercancías, tarea que lleva a cabo la burguesía monopólica, que no sólo realiza la plusvalía generada en la relación de producción, sino a través de la carestía.
  3. Utilización de los recursos destinados a educación, salud pública, jubilaciones, ahorro público, obras y servicios públicos más otros ítems, para el pago de intereses la Deuda. 
  4. Los contratos de deuda que funcionan como un embargo a futuro de toda la masa que conforman los salarios tanto del sector privado como público.

Podemos decir que todo este derrotero de la deuda pública fue y sigue siendo parte de una construcción hegemónica que, por una u otra razón, se ha convalidado como un instrumento de dominación por todos los gobiernos y todos los partidos del sistema, desde 1976 hasta la fecha.


[1] En el famoso libro “el crash de 1929”, de John Kenneth Galbraith, las causas de la debacle son puestas en la ambición desmedida de los norteamericanos (genéricamente) para hacerse ricos.

Durante 1925 el deseo de hacerse rico sin esfuerzo llevó hasta Florida un número de personas satisfactoriamente creciente todas las semanas se procedía a nuevas parcelaciones de terrenos… En Florida se dividió la tierra en parcelas edificables y éstas fueron vendidas mediante el pago inicial de un 10 por ciento. Estaba claro que muchos de los desagradables terrenos que cambiaron de manos de esta forma eran tan repugnantes para los compradores como para los que pasaban por las inmediaciones. Los compradores no tenían la menor intención de vivir en ellos, y era difícil suponer que alguien se decidiese a hacerlo. La realidad era que esos dudosos activos aumentaban de valor día a día y podían revenderse con razonable beneficio en una quincena”.

Si bien, la crisis se manifestó con la caída de las acciones; de mercados con activos “dudosos o ficticios”, no logró comprender que ese fenómeno fue parte de un entramado social en el que subyacen las verdaderas causas del sistema capitalista.

[2] Thomas Piketty describe la relación entre el capital invertido en el exterior y el producto interno, entre el final del predominio europeo y el inicio de la hegemonía norteamericana.

Refiriéndose a Europa dice: “Es importante comprender correctamente que esos activos extranjeros netos tan importantes permitieron al Reino Unido y Francia estar en situación de déficit comercial estructural a fines del siglo XIX y principios del XX. Entre 1800 y 1914, esos dos países recibían del resto del mundo bienes y servicios por un valor netamente superior a lo que exportaban ellos mismos.”

Con respecto a la consolidación del imperialismo norteamericano (el término imperialismo no es utilizado por él) menciona: “En particular, en los años cincuenta y sesenta el capital extranjero neto propiedad de los Estado Unidos seguía siendo bastante limitado (apenas 5% del ingreso nacional, cuando el capital nacional se aproximaba a 400%, es decir, 80% veces más).

[3] La deuda con la firma inglesa Baring Brother, no fue el único empréstito que se contrajo en el período de formación de la nación argentina. Durante la lucha entre la Confederación y la Pcia de Buenos Aires, ambos bandos contrajeron deudas externas e internas. En 1861, poco antes de Pavón, la Confederación presentaba una deuda externa de 1.2 millones de pesos y un total de títulos nacionales por 2.9 millones de pesos, siendo el mayor acreedor externo el gobierno monárquico brasilero. En 1864 la Provincia de Buenos Aires contabilizaba un empréstito de Londres por 394.306 pesos. Estas deudas fueron utilizadas, junto a otros recursos propios, para reforzar e incrementar los ejércitos, con el objetivo de imponer un modelo de Estado nacional. 

El empréstito de Londres de 1824 fue provincial hasta que en el año 1880 fue reconocido como nacional, y fue terminado de pagar en 1904. De 1 millón de libras de la deuda originaria, se terminó de pagar 1.641.000 libras.

[4] La hegemonía del sector financiero alentó las prácticas especulativas. Entre ellas cabe mencionar dos ejemplos. El primero se basaba en el aprovechamiento del diferencial de tasas de interés, interna y externa: “el mecanismo utilizado era muy simple: se introducían dólares prestados por bancos extranjeros, se los pasaba a pesos, se realizaban ganancias por la tasa de interés nominal interna mucho mayor que el costo del crédito, fijado por la tasa de interés externa y el ritmo de devaluación, después se reconvertían los pesos a dólares, se los sacaba del país y se los depositaba en un banco extranjero, y se obtenía un nuevo crédito en dólares de ese banco con garantía del depósito: así se repetía la operación” El otro mecanismo importante fue el del seguro de cambio, establecido por el Banco Central en junio de 1981, cubriendo el repago de créditos externos privados de hasta dieciocho meses: “no obstante la prima del 2% mensual que debía pagarse y la fórmula de indexación aplicada, este seguro significó un subsidio que fue ampliamente utilizado por el sector privado, incluso mediante la práctica de autopréstamo. Mario Rapoport, Historia económica, política y social de la Argentina (1880 2003).

[5] Al momento de asumir como funcionario, el estudio de Walter Klein era apoderado de un solo banco, el Scandinavian Enskilda Bank. Al culminar la dictadura su estudio contaba con la representación legal de 22 bancos externos que, casualmente, eran los acreedores de la deuda externa argentina.

[6]https://www.youtube.com/watch?v=Yf20qQVeDzY

[7] Fuentes del Banco Central citadas en el libro de “La deuda externa” de Alejandro Olmos.

[8] Mario Rapoport “Historia económica, política y social de la Argentina (1880 2003)”

[9] Eduardo Basualdo “Estudio de historia económica argentina”

[10] Entre otros “logros” de las políticas de la dictadura están: un crecimiento promedio nulo del PBI (entre 1976 y 1983 del 0.6%), una inflación del 200%, aumento del déficit fiscal del 17%, incremento de la pobreza de un 2,6% a un 25% y un aumento en la desocupación del 3% al 9%

[11]https://www.youtube.com/watch?v=5670W6hS3VQ

[12] En el libro “Los partidos políticos y la política exterior argentina” María Cecilia Míguez, menciona que en año 1987 se produjo una bisagra en el plano político y económico lo cual llevó a que… “nuevas tendencia se reflejaron rápidamente en los renovados diagnósticos realizados por el equipo económico de Sourrouille y en el recambio de funcionarios, como el caso de la renuncia del secretario de Industria y Comercio Exterior, Roberto Lavagna. En la presentación del “australito”, el titular de la cartera de Hacienda ya no afirmaba que la crisis era producto de los problemas heredados de la dictadura -como el endeudamiento externo-, sino que ahora sostenía que las dificultades de la economía argentina y las tendencias inflacionarias residían en la continuidad del “populismo” y de un modelo “estatista”.

[13]https://www.youtube.com/watch?v=UPq5rCaz17o

[14] Alberto Bonnet menciona en su libro “La hegemonía menemista”:

La cooptación por parte de las clases dominante respondía, ciertamente, a que esas clases dominantes no contaban de antemano con un partido de gobierno propio, es decir, identificado político-ideológicamente con esa reestructuración de la acumulación y la dominación capitalista que impulsaban. La disponibilidad a ser cooptado por parte del partido respondía, a su vez, a la profunda crisis político-ideológica.

…Sus designaciones iniciales parecieron responder así a una lógica que consistía en combinar los cuadros más derechistas de su propio partido (como J. Triaca, sindicalista plástico que había encabezado la CGT Azopardo cercana a la dictadura, nombrado ministro de trabajo) con cuadros extrapartidarios, cuya presencia en el gobierno parecía apuntar a ratificar su compromiso reaccionario ante las propias clases dominantes. Estos cuadros extrapartidarios provendrían de empresas privadas (el ministro de economía se reclutaría entre los grandes empresarios, O. Vicente de Pérez Companc, C. Tramutola de Techint, F. Macri de SOCMA, M. Roig de Bunge y Born, y la elección, significativamente, recaería en este último) o de la derecha tradicional mediante un acuerdo con la UCeDé (su jefe A. Alsogaray como asesor en temas de la deuda externa, la hija, M. J. Alsogaray como interventora de Entel, A. Dalesio de Viola sucesivamente en varios cargos)

[15] La burguesía local tuvo un rol importante durante la convertibilidad y las privatizaciones, pero como clase subordinada a las empresas extrajeras y a los acreedores financieros.

[16] Cabe destacar que la incorporación de los grandes y pequeños capitalistas globales como tenedores de bonos argentinos, creó un problema a la hora de negociar nuevos contratos y refinanciamientos, ya que, a diferencia de organismos como el FMI o los grandes bancos sindicalizados, estos nuevos acreedores no tienen una estrategia unánime. Cada cual responde a su capacidad para reclamar jurídicamente, de incrementar el plazo de cobro o de negociar bajas de intereses vs bajas de capital.

[17] Esto implicó un cambio en la composición orgánica del capital con mayor porcentaje del capital constante sobre el variable.

[18] De acuerdo a Rapopot la deuda pública consolidada fue de 121.800 millones de dólares.

[19] En el libro “La Argentina robada” de Cafiero y Llorens, se cita a un economista del Jp Mogan en lo referente a lo que significó el blindaje: Rimmer de Vries. Economista del banco J P Morgan, lo caracterizó como un bail out for speculators, un salvataje para inversores que habían estado especulando, o sea, la liberación no era para el país deudor, sino, para los inversores que especulaban con altos rendimientos.

[20] Cafiero y Llorens demostraron que la falta de liquidez no fue producto de la corrida bancaria, sino, de las operaciones fraudulentas de los bancos. Frente al falaz argumento utilizado por los medios hegemónicos de ese entonces, que culpaban al retiro masivo de depósitos por el corralito, destacan: En los cuadros patrimoniales consolidados de las principales entidades del sistema financiero se observa una caída brusca de Activos y Pasivos, sin que hayan impactado en los resultados patrimoniales, los que se mantuvieron en niveles similares. Una caída del 26.2% en los activos, sólo impactó en una disminución del 4.6% de sus patrimonios netos.

[21] Durante el discurso en un acto en el Banco Nación el 11 de enero de 2010, Cristina mencionó que: “Argentina necesita imperiosamente salir del default para que nuestras empresas pueden conseguir financiamiento más barato en todas partes del mundo…

El Fondo de desendeudamiento ha caído bien en todos los sectores que tienen que ver con los mercados nacionales e internacionales.

[22]Se utilizó el 64% del Fondo de Garantía de Sustentabilidad del Anses para el pago de deuda.

[23] Por el préstamo del Banco Central al Tesoro para el pago de deuda, la entidad bancaria comenzó a emitir títulos Lebac.

[24]https://revistacentenario.com/2019/11/03/deuda-publica-mala-praxis-o-estafa-organizada/

[25]https://datosmacro.expansion.com/deuda/argentina#:~:text=La%20deuda%20p%C3%BAblica%20crece%20en%20Argentina&text=Esta%20cifra%20supone%20que%20la,57%2C11%25%20del%20PIB.

[26]https://www.argentina.gob.ar/economia/finanzas/presentaciongraficadeudapublica

[27] Eduardo Basualdo “Endeudar y fugar”

[28] Como menciona Héctor Giuliano en la nota de Centenario, con respecto al pago de intereses al final del gobierno macrista:

…cada día que pasa, como un contador de taxi, están cayéndole al país débitos por 3.000 millones de pesos, solamente del Tesoro Nacional.Para que ustedes tengan idea, (porque entonces bajemos estos grandes números a la realidad) construir un hospital de mediana complejidad, totalmente equipado puede salir entre 1.200 y 1.400 millones de pesos… O sea, dos hospitales o más. O si quieren agregar un equivalente, se pueden construir 36 escuelas. Con una gran diferencia, (fíjense aquí lo que es deuda financiera frente a lo que es una deuda económica): si esos mismos 3.000 millones de pesos se los imprimiera y se los utilizara para pagar la creación y la construcción de escuelas, eso aumentaría la actividad económica, daría ocupación a la gente, proveería servicio de educación a los chicos, activaría la economía. Mientras que esos mismos 3.000 millones de pesos del pago de intereses hacen el efecto exactamente contrario, retraen la economía, generan desempleo, provocan recesión”

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