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martes, diciembre 1, 2020

REVOLUCIÓN O CLAUDICACIÓN POLÍTICA

Apuntes acerca de la naturaleza del poder.

EDITORIAL DE CENTENARIO: NOVIEMBRE 2020

Hace unos días, los revolucionarios de todo el mundo conmemoramos el 103° aniversario de la Revoluciona Rusa. Desde nuestras páginas, queremos pensar aquella gesta como un acto de candente actualidad, en que su vigencia se asienta en haber puesto a la orden del día la lucha de clases y la revolución.

La revolución bolchevique dejó al desnudo que las relaciones entre las clases asumen un papel político en tanto y en cuanto suponen dominación y subordinación, luchas y reacomodamientos. Es decir, fundamentalmente porque las relaciones de producción se presentan en su aspecto político, el aspecto en que son realmente discutidas: como relaciones de dominación, como derechos de propiedad, como poder para organizar y gobernar la producción y la apropiación de la riqueza.

Las clases dominantes intentan negar la existencia de tal antagonismo. Lo niegan ocultando la presencia del conflicto social. Lo que subyace es la idea de un “capitalismo normal”. Claro está que en esa “normalidad” se presupone como “natural” que la dominación capitalista no tenga relación con turbulencias plebeyas de ningún tipo. Lo concreto es que las clases dominantes utilizan un doble lenguaje doble. Uno, hacia el interior de su propia clase. Un lenguaje que es directo, literal, descarnado. Y otro, hacia el exterior de la misma, donde intenta camuflarse con la suerte misma de “la nación”, “el mundo”, y sus intereses en particular con “el interés público”.

Sin embargo, la lucha de clases se manifiesta en todos los planos. En el plano económico, en el político y en el ideológico, incluso, en los momentos de crisis aguda, también en el plano político-militar. Cuando esa lucha alcanza su escalón más alto, en la guerra civil entre clases sociales, es el momento preciso en que el problema del poder se pone a la orden del día, y es cuando el interrogante a develar  no consiste en saber si el proletariado quiere combatir o no, sino en nombre de qué intereses debe combatir, por los suyos propios o por los de la burguesía, es la ventana, la oportunidad que requiere necesariamente de la existencia de un partido que permita resolver esa aparente aporía en términos revolucionarios.

Con la misma intensidad con que los bolcheviques conmovieron los cimientos del capitalismo de principios del Siglo XX, la caída de la URSS le abrió paso a la contrarrevolución más profunda de fines del mismo siglo y produjo una fuerte desmoralización en amplios sectores de la izquierda. Los comunistas argentinos tenemos la obligación de recuperar los elementos centrales del viraje histórico de nuestro XVI° Congreso, llevado a cabo en 1986 y que puso en primer plano la discusión sobre el lugar de las distintas clases en el proceso revolucionario, el carácter de la revolución y sus fuerzas motrices, la crítica a ese etapismo que provocó un aletargado reformismo, el Congreso que debatió el papel de la clase obrera, puso el ojo crítico sobre las democracias restringidas, y estableció claramente al Socialismo como horizonte político.

Tenemos la responsabilidad de combatir la desviación reformista que implica el abandono  de un enfoque de poder como eje de nuestra acción política, y de enfrentar las tendencias liquidacionistas dominantes en los ámbitos de dirección del PCA, tendencias que en fin, se enmascaran como defensa del Partido ante las amenazas disolutorias, pero que no son más que excusas para defender la línea previa del viraje. De ningún modo debemos admitir el aggiornamiento del Partido como fuerza política integrada al sistema de dominación capitalista, mucho menos, operando como una especie de franquicia del Frente de Todos.

Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande que no sea verdad tanta belleza!

La referencia al soneto del poeta español Bartolomé de Argensola sirve para ilustrar la cuestión de las falsas apariencias. Por ejemplo, resulta importante analizar las elecciones EEUU, pero con la previsión de no caer en obviedades, ni frases hechas. El sistema aún exhibe una gran capacidad discursiva para construir un sentido común.

La disyuntiva norteamericana no puede reducirse a una pelea entre Biden y Trump, ya que los matices políticos, que siempre existen, hay que considerarlos a partir de asumir primero que el imperialismo yanqui es el principal enemigo de la humanidad. Allá lejos y hace tiempo, Fredrich Engels nos señala ya una regla de oro de la alternancia entre republicanos y demócratas, cuando afirma que el sistema bipartidista no es más que el medio para que dos bandas de ladrones compitan para saquear al pueblo.

Al mismo tiempo, podríamos decir que si algo tienen en común los recientes procesos electorales norteamericano y chileno, es el denotado esfuerzo que hacen los “progresismos” por tratar de encontrar una salida a la crisis del capitalismo por derecha.  El Grupo de Puebla y su operador estrella, Marcos Enríquez Ominami, hace ingentes esfuerzos por convencer a los gobiernos de las bondades de salvar el neoliberalismo, para no caer en manos de otros neoliberales como Trump o Bolsonaro. Una paradoja cruel que se puede plantear en estos términos, tomando el caso chileno como ejemplo: cambiar la constitución pinochetista para salvar el neoliberalismo que instauro el pinochetismo.

Esta es la disyuntiva que deberán sortear gobiernos y movimientos populares que van a ser sometidos a fuertes presiones en nombre del combate al mal mayor. Según resuelvan esa disyuntiva se podrá ver el carácter de unos y otros.

AJUSTE, REPRESIÓN Y MUERTE

El ajuste fiscal que proyecta el gobierno apunta a obtener un déficit fiscal menor al 4% del PBI. Suena muy bonito, pero para tales fines el gobierno ha decretado el fin del IFE, la rebaja en las sumas destinadas al ATP (Programa de Asistencia al Trabajo y la Producción) y también su epílogo para fines del año, aumentos de tarifas que se colocan por encima de la inflación, el ajuste a las jubilaciones… Es evidente que al gobierno a dejado de lado el discurso equilibrado y conciliador para tomar abiertamente partido por las recetas fondomonetaristas de ajustes estructurales. .

En realidad, tal como señala el licenciado Héctor Giuliano, “el desequilibrio cambiario provocado por los capitales especulativo – financieros desde el ámbito bursátil está llevando hoy, como siempre, a la suba extraordinaria de la tasa de interés oficial como forma de contener el arbitraje con el dólar. El problema cambiario argentino que se está viviendo en nuestros días es un derivado de la política de endeudamiento cuasifiscal del Banco Central. Esta política, a su vez, es un epifenómeno de otro mayor e institucional, que es la problemática de fondo, insoluble, del sistema de deuda pública perpetúa, que rige en nuestro país sin solución de continuidad desde hace más de 40 años. Este esquema financiero -que es la causa de la cuestión económica de la Argentina- provoca periódicas e inexorables crisis cambiarias inducidas que son producto, en realidad, de crisis de deuda por falta de reservas internacionales del BCRA, reservas que a su vez son compradas con deuda. Esta política permanente, más allá de los cambios de gobierno, se continúa y agrava hoy por el trabajo en tándem Macri – Fernández de aumento de la deuda del Estado en general y de la deuda por pasivos remunerados del BCRA , esencialmente Letras de Liquidez (Leliq) y Pases Pasivos (PP) lo que lleva a un gravísimo desequilibrio estructural de la posición financiero – contable del banco. La sangría imparable de los intereses a pagar por tales pasivos, que son de corto y cortísimo plazo (Leliq a 7 días y PP a sólo un día) configura una maniobra de verdadero saqueo financiero del país, que se realiza a través del BCRA sostenido por una alianza fáctica entre los gobiernos de turno y el oligopolio de grandes bancos de plaza que son sus prestamistas y de fondos buitre (internacionales y nacionales) que a través de esos grandes bancos y de la Bolsa siguen operando con ganancias extraordinarias por arbitraje en nuestro país.”

Los compromisos asumidos con la usura internacional traen como consecuencia, ajuste, pobreza, desolación y muerte para los pobres de Argentina, y es un guante hecho a la medida de una mano de hierro que lo pueda aplicar con represión.

Podemos concluir a tono con el desarrollo de esta editorial, que la historia argentina del Siglo XX no comienza en 1945, ni la del Siglo XXI en el 2003. Interpelados a reflexionar en esta perspectiva hay que decir que el proyecto  que encarnó el peronismo de época,( kirchnerismo ) y su claque de aplaudidores, solo fue la expresión de un país en donde son determinantes las oscilaciones del mercado mundial,  con una soja a casi 700 dólares la tonelada  producto de la expansión de la demanda asiática, que al gobierno de Néstor Kirchner le permitió no solamente distribuir algo de esa renta entre los más pobres, sino garantizar al mismo tiempo un ciclo de toma de ganancias de las multinacionales asociada al negocio exportador, y principalmente, amortiguar  las  turbulencias del sistema político como producto de la crisis del 2001. En el fondo, el peronismo siempre fue eso, el garante de la gobernabilidad burguesa.

La izquierda revolucionaria y los comunistas no tenemos nada que ver con estas  políticas, no hay que dejarse ganar por la escoria que nos ofrecen  como refugio de lo posible y lo  inmediato, nuestro sentido de horizonte es la Revolución y el Socialismo y a esos objetivos debemos dedicar todos nuestros desvelos, confiando en que el futuro siempre será un gigantesco arco iris de posibilidades abiertas para nuestros sueños.

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